domingo, 30 de marzo de 2008

CON LA TRANSGRESIÓN EN LA SANGRE. Los hermanos Lucio Victorio y Eduarda Mansilla

Los hermanos Lucio Victorio y Eduarda Mansilla, - fundadora de la familia hoy apellidada García-Mansilla-, asombraron con sus costumbres y sus obras a la sociedad argentina del siglo XIX. Mientras que él alternaba las virtudes de un héroe con las
de un dandy y escribía textos clásicos como Una excursión a los indios ranqueles , ella cruzaba en sus novelas los límites fijados a su género y demostraba, como Lucio, una honda comprensión de los "bárbaros", fustigados por Sarmiento

"-Dormite, dormite hijita, que viene Lavalle a comerte" "¿No oyes, niño, esos gritos...? Son las almas de los que están en los calabozos, bajo la tierra." En la Buenos Aires de la década de 1840, aún no se conocía a Stephen King. Pero el tío Tomás y la tía María, dos antiguos esclavos negros, confiaban ciegamente en los efectos persuasivos del terror sobre el alma infantil e intentaban producirlos en los dos hermanitos que tenían a su cargo, para que se durmieran sin protestas. Sobre uno de los dos -la niña- fracasaba, sin embargo, el encantamiento: "¡Che, Lucio! ¿Estás durmiendo? Yo no he oído nada." Pero su hermano (el mayor) respondía: "Callate... no hablés, que tengo miedo y me ahogo, y ahora nomás entra mamita". "¡Zonzo, flojonazo!" -continuaba ella-.

Quizá estos irresueltos temores, recordados por Lucio Victorio Mansilla (1831-1913) en sus Memorias , despertaron en él, ya adulto, la obligación casi fanfarrona de convertirse en héroe, presentarse ante los indios ranqueles poco menos que desarmado, y batirse a duelo, con razón o sin ella, en diecisiete oportunidades. Quizá la valiente vigilia indagadora de esos primeros años persistió en su hermana Eduarda (1834-1892) hasta llevarla a escribir inquietantes relatos fantásticos ("El ramito de romero" es un destacado ejemplo) sobre los gozos y las sombras del más allá. Ni Lucio ni Eduarda imaginaban, por aquel entonces, que su todopoderoso tío materno don Juan Manuel de Rosas iba a reemplazar a su hermano de leche, el general Juan Galo de Lavalle, en la función mitológica de asustar a los niños afectos a pasarse la noche en vela.

El peso de ese pasado, con sus seducciones y sus fantasmas, la vieja vida criolla, gravitará indeleblemente en ambos hermanos, singulares como personajes públicos y como literatos, excéntricos y transgresores con respecto a lo "políticamente correcto" para la clase dirigente de su época, y siempre dispuestos a desafiar el lugar común de las costumbres burguesas. Desde luego, el tipo de transgresión y sus límites están marcados en ellos por el género (sexual).

Si Lucio escandaliza por sus opiniones inconvenientes, sus boutades , su manera de vestir (el chaleco de brocado, los dijes y anillos, la capa deliberadamente roja que evoca tiempos federales), el dandismo femenino de Eduarda (que la lleva a instalar una nueva modalidad de sombrero, nada menos que en París) se disuelve en la sofisticación, y su voz es neutralizada. Se la oye hablar, pero no se la "escucha", salvo por la deferencia obligada hacia una dama que además es hermosa. Fuera de algunas reseñas, sus textos no conmueven a la opinión pública.

En cambio, su vida privada desconcierta con una ruptura notoria. Eduarda viaja a la Argentina en 1879, el mismo año en que se estrena Casa de Muñecas . Viene sola, sin su marido (el diplomático Manuel Rafael García), mientras sus hijos menores permanecen en Francia, al cuidado de Eda, la primogénita, ya casada. Se quedará en el país casi cinco años, fundamentalmente para darse a conocer como artista. Como Nora Helmer, no se ha escapado con otro hombre, más bien se ha escapado consigo misma, para construir su propio destino individual.

Si transgredir implica dar un paso más allá del umbral de lo permitido o lo habitual, la transgresión supone, ante todo, en las obras de los Mansilla, el cruce de una frontera interior, para situarse "del lado de la barbarie". A Lucio le fascinan dos tipos de "bárbaros", sobre todo por aquello en lo que se parecen: los gauchos y los aborígenes que retrató en Una excursión a los indios ranqueles (1870). La mirada de Eduarda sobre el aborigen oscila, desde los atractivos y también conflictivos timbúes de Lucía Miranda (1860) hasta los ranqueles que ofrecen hospitalidad al gaucho perseguido en El médico de San Luis (1860), o los invasores despiadados de Pablo ou la vie dans les Pampas (1869) (aunque no deja de señalarse que una cautiva, la mujer del capataz de carretas, ha preferido quedarse con sus captores).

Pero a Eduarda le interesa particularmente la condición de los gauchos y sobre todo, de las mujeres de esos gauchos. Si bien tienen en común la pertenencia a una misma clase desposeída, sus destinos son diferentes. Mientras el varón, aunque pierda la vida, alcanza en el combate la posibilidad de realización viril que le marca su cultura y puede ejercer esa opción -aun desertando o cambiando de partido- en la libertad feroz del campo abierto, a las esposas, hijas, hermanas, madres, sólo les cabe esperar el retorno de sus hombres, en el espacio doméstico del duro trabajo o de la holganza estéril (si es que son hijas, como la `Dolores´ de Pablo, de campesinos ricos).

La espera, a menudo inútil, supone el progresivo abandono, el vaciamiento de la casa, la carencia de recursos y, en definitiva, la pérdida del sentido de la vida para esas hembras confinadas al rol fundamental materno, conservador y reproductivo. Quizá por eso, en sus relatos, las madres, privadas de sus hijos por la violencia, se convierten en "locas" que reclaman justicia: marginadas y alienadas de una sociedad que no las tiene en cuenta, que les ha quitado su "razón existencial". Esto no implica que la autora desconozca o minimice la influencia femenina en la organización íntima del poder en las sociedades hispanoamericanas. Por el contrario, en El médico de San Luis destaca la "superioridad" de las mujeres argentinas como agentes de cambio y de renovación cultural, pero mientras no sean madres... La mujer eficaz y persuasiva como esposa, como amante y como hija, queda fijada, en tanto madre, al espacio del atraso, a la rémora de las convenciones. La propuesta de la narradora es arrancar a la "madre" de esta paralizadora asociación con "el atraso, lo estacionario, lo antiguo", "robustecer la autoridad maternal" como punto de partida para evitar la anarquía. Por supuesto, esa "autoridad maternal" tendrá tanto más peso si se cultivan la inteligencia y el talento artístico femeninos.

El ideal de una mujer educada y educadora se configura con fuerza en su novela Lucía Miranda (quien cumple el papel de mediadora cultural con respecto a los aborígenes), y en Pablo... , a través de la exposición de un destino trágico: el de las "parias del pensamiento", privadas del acceso a la lengua escrita, al mundo de los libros que haría de ellas seres plenamente humanos, en tanto que plenamente `culturales´. En la comprensión -íntima y compleja- del lugar femenino, Eduarda supera sin duda, tanto en sus novelas como en sus cuentos, a su hermano Lucio, para quien, si el aborigen llega a ser visto como "el prójimo", la mujer sin embargo sigue siendo un "otro" descripto o aprehendido muchas veces a través de estereotipos. En Pablo... los lazos entre mujeres traspasan las barreras políticas (como sucede también con personajes de Juana M. Gorriti): son vínculos de solidaridad humana y solidaridad de género. La condición de vulnerabilidad y despojo espiritual atraviesa, tratándose de las "parias del pensamiento", todas las clases sociales: Dolores, la hija del hacendado, es analfabeta como la más pobre de las campesinas. Todas ellas son "almas prisioneras", inteligencias cautivas, "verdaderas desheredadas".

Tanto Eduarda como Lucio (en Una excursión a los indios ranqueles ) debaten con el mismo adversario y amigo:

Domingo Faustino Sarmiento, quien creyó en el talento literario de Eduarda y elogió ampliamente su obra. La amistad con Sarmiento no impide que ella discuta sus ideas, hasta tal punto que Pablo ou la vie dans les Pampas puede ser considerado una suerte de "anti Facundo", obra con la que comparte, por otro lado, varios rasgos. Así, pretende también dar una imagen de la vida argentina rural, en contraste con la ciudad.
Se propone "traducir" o "explicar" para los extranjeros el mundo criollo. Y da un paso más allá que Sarmiento: lo hace en francés. Esto se explica porque en esa época Eduarda vive efectivamente en Francia, pero también por una necesidad de legitimación cultural (que pasa por su país de proveniencia, por su género y por su filiación política familiar): el afán, acaso, de demostrar que una mujer, argentina y sobrina del "bárbaro" Rosas, puede escribir para los franceses, y tan bien como ellos. Mantiene ciertas oposiciones sarmientinas: ciudad/campaña, bárbaros/ilustrados, federales/unitarios, pero a partir de allí las discute y las desarma. Eduarda cuida bien de destacar que la verdadera "barbarie" -la que condena a las mujeres al desconocimiento del mundo y de sí mismas, la que envía a los varones a la crueldad de una guerra fratricida- no es una cuestión de partido, sino una práctica social argentina que comprende tanto a federales como a unitarios, a Rosas como a sus enemigos. El primer unitario decididamente "bárbaro" en la narrativa nacional (tan sádico e iletrado como cualquier mazorquero) es tal vez el personaje del "Duro" Moreyra, que hace caso omiso (es analfabeto) a la carta del gobernador con el indulto de Pablo y manda fusilar al muchacho sin siquiera mandarla leer. Moreyra representa, para la narradora, el elemento predominante en las jerarquías del ejército regular. Pero si los federales -apunta- pueden haber comprendido y tratado mejor al gaucho, en cuanto a su sistema de represalias mutuas los dos bandos actúan exactamente igual: se parecen demasiado el uno al otro.

La "civilización", por otra parte, aparece más como una expresión de deseo que como una realidad, y, cuando se la quiere imponer como proyecto de vida foráneo, genera, desde arriba, su propia "barbarie" inicua y homicida. Por otro lado, ni los gauchos son tan bárbaros como se los ha descrito, ni los ciudadanos tan cultos.

En las ciudades, como lo experimenta la desdichada Micaela, madre de Pablo, que va a Buenos Aires a pedir al gobernador por la vida de su hijo, dominan la ligereza y la veleidad de juicio, la falta de solidaridad y de genuino interés por el prójimo. Los gauchos, oprimidos por los "civilizadores", enrolados a la fuerza en los ejércitos, maltratados, padecen injustamente. Ambos Mansilla comparten esta visión.
Pero la mayor audacia de Eduarda consiste en señalarles (a los franceses para quienes escribe en primer término) que los europeos también han sido bárbaros, hasta extremos jamás alcanzados por los gauchos vernáculos, y que lo son todavía. En definitiva -concluye-, los ya numerosos inmigrantes europeos llegan al país huyendo de males que en Argentina se desconocen.

Los dos, Eduarda y Lucio, se esforzarán por demostrar que, desde la "alta cultura", se puede comprender la llamada "barbarie", hasta identificarse parcialmente con ella (Lucio, que juega a ser indio), y desmitificarla, disolviendo los clisés condenatorios. La nación, en fin, para los Mansilla, no puede construirse legítimamente sin el concurso de esos "bárbaros": los "subalternos" y los "oprimidos" (de etnia, de clase, y asimismo de género, en el caso de Eduarda), que la "barbarie de la civilización" preferiría aniquilar, reemplazar, o relegar a un ámbito de confinamiento "controlable". Sólo un lento y necesario proceso transformador no violento podría eliminar la "barbarie" como miseria física y simbólica, convirtiendo a los excluidos en ciudadanas y ciudadanos dotados de derechos, y en seres humanos plenos.

Otro elemento significativo, tanto en la vida de Lucio como en la de Eduarda, fue su amplia experiencia cosmopolita. Ni Juana Manuela Gorriti, ni Rosa Guerra, ni Juana Manso vivieron y viajaron por el extranjero tanto como Eduarda, que hablaba, además, cuatro idiomas. Ninguna tampoco "actuó" -dentro del decoro- en los escenarios europeos (muy dotada musicalmente, fue notable cantante y pianista). La frecuentación de los salones de Europa la coloca -desde la limitada óptica local- en un borde ambiguo: la "contamina" de alta bohemia, la asocia con afamados personajes de la escena lírica, como el compositor Rossini o la gran prima donna Alboni, a la que acompaña al piano, la envuelve en el ambiente dispendioso de la corte de Eugenia de Montijo. Todo esto puede verse con prevención en una Buenos Aires pacata donde todavía la esposa del presidente Juárez Celman (cuñada de Julio A. Roca) se ruboriza cuando los hijos de Eduarda, acostumbrados a la etiqueta vienesa, le besan la mano. Por otra parte, así como entablan relaciones con artistas e intelectuales (Lucio conoce a Robert de Montesquiou, modelo del proustiano Barón de Charlus, a Maurice Barrés, e incluso a Paul Verlaine), los Mansilla también establecen vínculos familiares con la nobleza europea. Una hija de Lucio y una hija de Eduarda se casan con aristócratas franceses.

Capítulo aparte merece la estadía de Eduarda en los Estados Unidos de Norteamérica, que le inspira un libro: Recuerdos de viaje (1882). Su mirada es irreverente y a veces admirativa. Revela una sociedad quizá grosera, materialista, vulgar, práctica -"bárbara", por qué no- pero pujante, con círculos culturales exquisitos y un espacio para el "segundo sexo" del que carece la sociedad criolla. Allí las damas pueden divorciarse, salir solas, y hasta ganarse la vida como reporters.

Probablemente, ambos hermanos arrastraron, hacia el final de sus vidas, la carga de un sentimiento de fracaso, vital y literario. Lucio había enterrado a su primera esposa y a sus cuatro hijos. Nunca ocupó las posiciones políticas que ambicionaba, a pesar de negociaciones y virajes, como el que lo llevó a adherir al roquismo pese a su comprensión del mundo aborigen. No lo olvidó, sin embargo, y nos lo prueba la anécdota de Miguel Angel Cárcano (h), que muestra al viejo Mansilla, en su casa de París, llorando sobre los restos del poncho pampa que el cacique Mariano Rosas le había obsequiado en su aventura ranquelina, y deplorando, tardíamente, la crueldad exterminadora que se había usado contra pueblos considerados "irredimibles".

Después de su estadía de casi cinco años en la Argentina, Eduarda vuelve a reunirse con su familia, pero para acordar una separación. Dos de sus hijos -Eduardo y Carlos- vivirán con su padre, y Daniel, a quien debemos entrañables testimonios sobre su madre, se quedará con ella. Los otros tres hermanos, Eda, Manuel José y Rafael, hacían ya una vida independiente. Luego de la muerte accidental de Manuel Rafael García en Viena, en abril de 1887, Eduarda, sus hijos y sus nietos (los hijos de Eda) emprenderán viaje a la Argentina para dirimir la sucesión.

Su nieta mayor, Guillemette Marrier, escribirá luego un libro de recuerdos sobre su infancia y sobre este viaje ( Nous n´irons plus au bois ) donde conoció una Pampa ya domesticada. Durante el resto de sus días Eduarda acompañará a su hijo Daniel, también diplomático. Sus últimos años, después de 1885, son de casi absoluto silencio literario y de actividad musical privada, junto a músicos como Julián Aguirre o Alberto Williams. Falleció en su ciudad natal, en 1892, poco antes de la Navidad, y dejó, entre sus últimas voluntades, el pedido de que no fuesen reeditadas sus obras. Como en el caso de Lucio, su lúcida crítica no fructificó en ningún proyecto de acción transformadora.

En el momento de su muerte, sus contemporáneos estiman a ambos Mansilla más como personajes brillantes del gran mundo que como los autores de un profundo relato de las Pampas capaz de mostrar las marcas de la negación y del silencio, de la exclusión y de la opresión que se estaban inscribiendo, irreparablemente, bajo el esplendor engañoso de una Argentina incompleta.

Por María Rosa Lojo
Para LA NACION - Castelar, 2002

MANUEL FLORENCIO MANTILLA. Preclaro hombre público de la Provincia de Corrientes

Muchos cálidos recuerdos y gratas sorpresas nos deparó el viaje que recientemente realizamos los seis hermanos García-Mansilla de Zavalía, motivado en nuestro deseo de transitar el camino de nuestros padres.

Al llegar a la ciudad de Mercedes, suelo natal de nuestros ancestros correntinos, fuimos sorprendidos al comprobar algo que nos llena de orgullo como familia y que nos obliga a mantener la antorcha encendida que nos entregaron quienes nos legaron su sangre y nos precedieron en la vida: el respeto y la admiración que despierta la figura de nuestro bisabuelo, Manuel Florencio Mantilla.

El homenaje que le brinda su patria chica amada, está plasmado de diversas formas. La que más nos conmovió por su significado y por su magnífica arquitectura, es la Escuela Normal “Manuel Florencio Mantilla” de la ciudad de Mercedes. Allí se formaron y se forman, cientos de jóvenes, futuros maestros que tendrán la sagrada misión de educar primordialmente a los hijos de Corrientes.

Ningún ex alumno, olvida la vida y obra de quién lleva el nombre de su escuela, pues los docentes de la misma, han cuidado de trasmitir de generación en generación, la vida de quién para ellos fue un hijo dilecto de esa provincia litoraleña, arquetipo de hombre público, que los llena de orgullo por ser un modelo de político y ciudadano cuyos valores éticos y morales mostraron la esencia de los hombres de bien que habitan dicha provincia.

Hay otra Escuela la Nº 97, que también lleva su nombre en su pueblo natal Saladas; hay calles que lo evocan en toda la geografía de nuestra querida provincia y hay un pueblo llamado “Mantilla”, evocado en un magnífico chamamé titulado "El cielo de Mantilla" cuya autoría pertenece a Teresa Parodi; todos homenajes póstumos que guardan para la posteridad a este ilustre correntino.


En oportunidad del centenario de su nacimiento en el año 1953, se formó una Comisión de Homenaje a nuestro bisabuelo, presidida por el Dr. Mariano Drago, hijo del recordado y distinguido Dr. Luis María Drago.

Para aquellos que poco conocen la insigne figura de Manuel Florencio Mantilla Fernández Blanco, hombre republicano y comprometido con su patria, he querido seleccionar uno de los muchos discursos que se pronunciaron en el centenario de su muerte: el del Doctor Mariano Drago.

La elección no fue hecha al azar, porque hoy las familias Madariaga - un linaje correntino de pura cepa - y Drago - viejos amigos de la familia -, han enriquecido nuestra sangre por el casamiento de Ana Madariaga Drago con Alfonso García-Mansilla Uriburu, consolidando los lazos de sangre y amistad que unieron siempre a nuestras familias. El recordado y distinguido Dr. Luis María Drago, que honró a nuestra diplomacia aportando al mundo su conocida “Doctrina Drago” era un gran amigo de nuestros bisabuelos Manuel José García-Mansilla y de quién hoy honramos Manuel Florencio Mantilla.


Al recordar a Manuel Florencio Mantilla, lo evocaba diciendo:

“Como feliz augurio de lo que iba a ser su vida consagrada al bien público, el Dr. Manuel Florencio Mantilla nació a poco de haberse dado la República su inmortal código político en el que declaró los derechos del hombre, la división de poderes, la igualdad ante la ley, la propiedad inviolable, la libertad de palabra y de prensa, la de entrar y salir del territorio argentino, en suma, las conquistas liberales por la que había vertido sangre lo mejor de su pueblo en los años luctuosos de la tiranía a que puso fin la jornada redentora de Caseros.

Nacido ocasionalmente en una aldea de la provincia de Corrientes, muy niño vió su suelo natal hollado por el invasor en la guerra del Paraguay y el espectáculo de compatriotas pasados a las filas enemigas le despertó indignación que se reflejaría años después en su tesis doctoral que versó sobre “La traición a la patria”. En edad tierna quedó huérfano de padre y educóse lejos del hogar en el Colegio de la Inmaculada Concepción de Santa Fé. Una infancia sin ventura forjó su carácter y lo preparó para la lucha en una época en que la nación recién constituida hacia el aprendizaje de sus instituciones y eran frecuentes los choques producidos por la violencia de las pasiones políticas.

Desde muy joven destacóse por sus aptitudes intelectuales. Graduado de abogado a los veintiún años, con las más altas calificaciones, la Universidad de Buenos Aires costeó la impresión de su tesis, distinción con que entonces se premiaba al mejor estudiante. Egresado en 1874, volvió a Corrientes incorporándose al partido liberal en el que militaría hasta su muerte.

Muy pronto puso de relieve su temperamento combativo en las ideas políticas y en diarios locales que fueron, bajo su dirección, tribunas de civismo. Fiscal de Gobierno a los 22 años, ministro a los 25, a los 27 años su provincia lo elegía diputado nacional. Pero el Congreso que se había trasladado a Belgrano al producirse el estallido revolucionario del 80 destituyó a los diputados de la mayoría que se resistieron a sesionar. Entre ellos estaba el doctor Mantilla que se vió así privado de su mandato legislativo sin haber tendio oportunidad de mostrar las dotes que lo distinguirían más tarde en la tribuna parlamentaria.

Eran tiempos duros y los partidos hacíanse una guerra sin cuartel. Al regresar a Corrientes el ex diputado Mantilla fue detenido y sufrió prisión y destierro. No desmayó, empero, su ánimo y transitoriamente alejado de las funciones públicas recogióse en la meditación y el estudio del que fueron frutos enjundiosos ensayos históricos y biográficos.

En 1894 vuelve a la arena política como diputado por Corrientes. Esta vez ejerció el mandato por un período completo de cuatro años. “Si no era Mantilla un orador de tribuna popular-ha dicho su talentoso biógrafo Angel Acuña- porque la selección de su espíritu y lenguaje lo alejaba de los gustos de la multitud ni un orador académico, porque su palabra se encendía con el calor de la convicción y el sentimiento, era un perfecto orador parlamentario.”

Lejos del tipo corriente del diputado provinciano que sólo persigue ventajas para su terruño, con miras a la reelección, Mantilla fue realmente un legislador nacional. Según el viejo simil, el árbol no le impidió ver el bosque. Intervino con eficacia en los debates y concretó en proyectos de ley, iniciativas de progreso.


De su actuación en la Cámara recuérdanse entre otros dos discursos: el primero, en que impugnó por ser inconstitucionales las leyes de impuestos internos y el segundo, al discutirse en particular un proyecto que autorizaba la erección de estatuas de Moreno, Rivadavia, y el Almirante Brown en la Plaza de la Victoria. Sin desconocer los títulos de Brown a la gratitud nacional, el doctor Mantilla consideró que no era justo ponerlo a la misma altura que Moreno y Rivadavia, a su juicio, nuestras dos primeras glorias civiles. “El Congreso –dijo- no crea grandezas conforme sanciona leyes, ni puede confundir méritos, ni alterar el orden y la naturaleza de los acontecimientos del pasado”. Su palabra persuasiva obtuvo el cambio de ubicación del monumento al lugar donde se levantó mas tarde.

A la terminación de su período parlamentario la legislatura de Corrientes, lo eligió Senador Nacional y se incorporó a la Cámara Alta el 2 de mayo de 1898. Recibióle el juramento el general Mitre que la presidía. En el senado finisecular, augusto templo de la República, sentábanse los hombres de estado que después de gobernar el país seguían sirviéndolo con su sabiduría y experiencia. En el alto cuerpo que pocos años atrás había vibrado la elocuencia tribunicia de Aristóbulo del Valle y Alem y que reunió a Mitre, Roca, Pellegrini, Bernardo de Irigoyen, Miguél Cané y otras figuras que dejaron en la administración y en el parlamento la huella de su paso, el doctor Mantilla representó con honor a Corrientes en unión de otro esclarecido correntino, don Valentín Virasoro.


Joven todavía, pues tenía cuarenta y cinco años, habló con autoridad de asuntos que conocía y fue escuchado con atención por un auditorio de hombres ilustres. En el recinto y en el seno de las comisiones ejerció una influencia benéfica en las funciones ejecutivas del Senado y participó en la discusión de las leyes más importantes de su tiempo.

Al asumir Roca por segunda vez la presidencia de la República, ofrecióle la cartera de Justicia e Instrucción Pública que Mantilla declinó porque había sido en el pasado adversario del Presidente y prefirió, como siempre, mantenerse fiel a sí mismo aún a costa de elevadas posiciones.

Su actuación descollante en el Senado le valió la reelección en 1904 por un período de nueve años, al que puso fin su muerte repentina el 17 de octubre de 1909. Murió en plena madurez cuando podían esperarse de él nuevos e importantes servicios a la Nación y a su provincia, a la que tanto amó y a la que consagró un libro justamente alabado, que al decir de Acuña, “por su estructura científica, la clase y la calidad de la documentación y el espíritu que lo ha presidido viene a ocupar un lugar entre los trabajos orgánicos y de conjunto que hasta ayer correspondió exclusivamente a las obras de Mitre y López”

sábado, 29 de marzo de 2008

ALGÚN DÍA SEREMOS PATRIA

Si algo ha caracterizado a la familia García-Mansilla a lo largo de su historia,es su sincero y profundo amor a nuestra patria y a todo lo que esa palabra significa.

Que es la patria? Como decía con sabiduría, mi viejo profesor de Historia, don Guillermo Furlong S.J.: es aquello que en el mundo que habitamos y en la historia que todos diariamente tejemos, tiene una misión, le está señalado un destino y configura una empresa colectiva.

"Esa misión, ese destino, es una empresa que debe realizar cada hombre como individuo, y la patria como colectividad. Es una empresa común, que solo la realizan los hombres que tienen fe en una misión y en un destino colectivo. Si se elimina de las mentes esta creencia de un destino común, todo se disolverá en provincias, en regiones, en zonas, o lo que es aún más nefasto, en individualismos y en personalismos."

Por el contrario, si no hay una misión, no hay una empresa colectiva de todas nuestras provincias,de todos esos individuos y de todas y cada una de esas unidades personales, no habrá razón para que sigan unidas y busquen un destino común, conformando una República.

Pero si esa misión colectiva existe, la Patría debe ser una sintesis trascendental e indivisible, de esos fines propios que cumplir, y de conformidad con esa misión y con ese destino, le incumbe realizar la empresa común que le ha sido confiada, y entonces la Patria puede comprender una región o un país, abarcando un conjunto de tradiciones, pensamientos y sentimientos comunes, que hace que todos los de esa Patria se sientan hermanados y quieran alcanzar un mismo fin.

Si nuestros gobernantes no entienden esa misión colectiva trascendental, si no tienen fé en la existencia de un lazo común que una el presente con el pasado y que unirá el presente con el futuro, concretando así la necesaria conjunción de mentes, de conciencias y de corazones, en torno a un objetivo común, no puede haber Patría.



Hoy un querido miembro de nuestra gran familia, Enrique García-Mansilla Pizarro, conciente que no podemos mantenernos indiferentes a la realidad que estamos viviendo, reflexiona y nos pregunta si algún día seremos patria.

¿Estamos frente a un conflicto sectorial?; ¿el verdadero problema son las retenciones?; ¿no estaremos frente a un conflicto más profundo, que afecta a la sociedad toda?

El campo (chico, mediano, grande) ha formado parte siempre de nuestra identidad nacional, ha sustentado al Estado, subsidiado a la industria, creado pueblos, dando razón de ser a nuestros ferrocarriles, abrazado a la inmigración, nos ha identificado en el mundo por la calidad de nuestras carnes, la abundancia de nuestros granos y la excelencia de nuestros cueros y lanas.

En el siglo XIX nos hizo apetitosos para las potencias extranjeras dominantes, por el estuvimos ideológicamente enfrentados varios sectores de nuestra sociedad en las postrimerías del siglo XX.

El campo hoy no es solo carnes, granos, cueros y lanas, hoy también es cítricos y frutas diversas, verduras y tubérculos, plantas medicinales, apicultura, en fin hoy el campo es una fabulosa fabrica de alimentos con altísima eficiencia y calidad.

Ni el petróleo, ni la siderúrgica e incluso la tecnología con todo su avance se identifican tanto y tan profundamente con el ser nacional como lo hace el campo. De allí la reacción popular en el apoyo a estas medidas adoptadas para proteger su derecho a ganar dinero, tan profundas y extendidas a lo largo y ancho del país.

Más allá de la General Paz hay una multiplicidad de pueblos, ciudades que organizadas comunitariamente se han ido estructurando en las provincias que integran nuestra Nación, y muchas de ellas existen antes que la Nación misma.

Nación – puerto, formo parte de nuestra lucha por la reorganización nacional, Unitarios y Federales sus denominaciones políticas; Gobierno Nacional enfrentado a las Provincias fue el dilema de los últimos 150 años, o mas y esa dicotomía aún perdura.

Estaremos en un punto de inflexión histórico en donde se hace necesario, hoy más que nunca que se formalice la tan mentada unidad del territorio nacional. Lloramos la perdida de las Malvinas; ¿Qué hacemos por Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca, La Rioja, Tierra del Fuego, Nuestra Patagonia, en fin por las actuales provincias argentinas?, la respuesta es nada.

Les quitamos el ferrocarril, escamoteamos los recursos coparticipables, los visitamos solo para hacer proselitismo electoral, los adulamos cuando necesitamos sus votos en el senado o en las elecciones nacionales, le succionamos sus recursos, no alentamos la creación de agroindustrias, mientras seguimos apilando gente en la Capital y el conurbano bonaerense.

¿Qué hacemos por la infraestructura vial?, seguimos dejando que algunos cobren peajes para acceder a rutas destrozadas, de 47.000 km. De vías férreas que unían a todos el país, dejamos solo 7.000 km. Sin mantenimiento y equipos obsoletos y pretendemos tener un tren bala.

A los camioneros les damos millones de pesos del erario público para instrucción mientras nuestras escuelas rurales carecen hasta de lo más elemental y sus maestros son los verdaderos héroes anónimos de la educación, con sus paupérrimos salarios.

No tenemos pudor: Skanka, Antonini Willson, el cartel de la obra pública, la protección a los industriales monopólicos que no tienen retenciones, la “Chavetizacion” de la miseria con su abanderado D’Elia y sus patoteros actuando de guardia pretoriana del Gobierno, un Congreso Nacional inexistente o utilizado con propósitos espurios como leyes especiales o superpoderes, ¿y la Constitución?: bien gracias, duerme apacible en los anaqueles de alguna biblioteca o quizás en algún basural.

¿Porque no le damos la autarquía al Poder Judicial?, no se les vaya a ocurrir ser independientes, eso sería una afrenta al Poder, dejemos que los recursos los maneje el Consejo de la Magistratura que los distribuimos desde Balcarce 50.
Nuestros mejores amigos Chávez y Evo Morales. Recuerdo cuando gano Morales, el embajador de los EEUU dijo “el mundo puede convivir sin Bolivia”, si se dijera lo mismo de acá, al día siguiente aparecería empapelada la ciudad con la leyenda “Braden o Perón”. ¿No estaremos exagerando un poco?.

Perdón: ¿no estábamos hablando sobre el campo?, ¿Cómo llegamos hasta aquí?, ciertamente no es una casualidad, ya que nada ni nadie como el campo, reitero la fabrica mas fabulosa de alimentos del mundo, representativa de nuestro ser nacional y responsable de habernos llevado a los primeros lugares entre los países del mundo, el resto, como dice la Biblia, viene por añadidura.

Dejemos de lado definitivamente las perimidas teorías de la CEPAL que nos llevaron al atraso, al enfrentamiento de sectores y nos aleja del mundo, un mundo que demanda cada vez mas lo que nosotros sabemos hacer mejor.

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