domingo, 23 de febrero de 2020

FRANCISCO GARCÍA-MANSILLA. OTRA ARGENTINA PARA VER



OTRA ARGENTINA PARA VER
FRANCISCO (PANCHO) GARCÍA-MANSILLA



          Los dos hechos sucedieron esta semana en Córdoba. Uno tiene que ver con la Argentina vieja, la de las rencillas y peleas contra molinos de viento. La otra, con la Argentina Verde y Competitiva.

          En un caso, el gobernador de la provincia sufría el desplante de la Ministra de Industria de la Nación, durante un olvidable acto en el que se anunciaba la salida al mercado de un nuevo modelo de un viejo auto.

          En el otro, altísimos funcionarios de una de las grandes líderes mundiales de la maquinaria agrícola, visitaban a un establecimiento en el sur de la provincia. Provenían de Estados Unidos, Alemania y Brasil. Tuve la oportunidad de asistir, y lo agradeceré toda la vida, porque creo que participé de algo que puede catalogarse como “fundacional”.
          Allí, Francisco “Pancho” García Mansilla", administrador del campo, les mostró las modificaciones y adaptaciones que había incorporado en la pulverizadora automotriz y en las sembradoras de esa marca.

          Y luego, después de una demostración dinámica, en treinta minutos les mostró con números muy precisos el significado de cada modificación. Con espíritu abierto, desenfadado y por momentos implacable, Pancho remató su presentación con una frase de Henry Ford: “me pedían un caballo más rápido; les traje un auto”.

          Un sorpresivo y llamativamente largo aplauso coronó el momento. Y arrancó el debate.

          Sí, se estaba discutiendo cómo hacer más competitiva la agricultura. Lo que incluye la sustentabilidad. Más toneladas por hectárea, por milímetro de agua de lluvia, por litro de gasoil consumido, con más escala y operaciones totalmente “auditables”.

          En esto, quedó claro por el interés de los distinguidos visitantes, la Argentina está haciendo punta. “Necesitamos clientes como ustedes para orientar nuestros desarrollos”, dijo el más importante del grupo.

         ¿Qué vieron?. Pancho tiene desde hace cuatro años una fumigadora automotriz, con un barral de 24 metros. Este año vio en Expoagro el barral de carbono de AgroKing, de 36 metros y mucho más liviano. Lo compró ahí nomás. Lo recibió a principios de setiembre y ya le hizo más de 20.000 hectáreas, lo que estaba registrado por el monitor de la máquina. “Aumentó la capacidad de trabajo un 50%. Pero además ahora tenemos menos pérdidas de soja por pisoteo, así que el costo bajó de 6 a 4 dólares por hectárea”. Y les dijo: “si tengo que esperar siete años para que ustedes incorporen esto, se me genera un lucro cesante de un millón de dólares”.

          Recordemos: la aplicación de la fibra de carbono en la maquinaria agrícola es un desarrollo donde la Argentina está primereando. Como con la siembra directa, el almacenaje en bolsas plásticas, el silo de grano húmedo embolsado y otras tecnologías que no solo han generado ventajas competitivas para estas pampas, sino que están siendo adoptadas en todo el mundo.

         “Bigger is better” (cuanto más grande, mejor), es el axioma compartido por todos los fabricantes, respondiendo a la necesidad de un mercado que padece la falta de mano de obra capacitada (fenómeno global). Y que necesita aprovechar las ventanas cada vez más estrechas para siembra, fumigación y cosecha como consecuencia del cambio climático también global.

          Pero “bigger is better” significa mayor peso de los equipos, lo que genera compactación. La “edad de hierro” tiene que dar paso a materiales más livianos. La “era del carbono” -y quizá otros materiales que aún no existen- es inexorable, y está naciendo en la Argentina.

          Y además de menor peso, también se requiere más sencillez. En sembradoras, tamaño, pero también más facilidad de adaptación para pasar de un cultivo a otro. Y allí, en el sur de Córdoba, estaban hechas, y están también las ideas para lo que viene.

          Al regresar, vimos que el país viejo se sigue peleando consigo mismo.

          El otro, el Verde y Competitivo, está en marcha y hace roncha. 

Editorial de Hector Huergo en Clarín Rural. 7 de enero de 2017.

Francisco García-Mansilla y Juan Amadeo. DOS TIPOS AUDACES QUE PIENSAN EN GRANDE.


FRANCISCO GARCÍA-MANSILLA y JUAN AMADEO
DOS TIPOS AUDACES QUE PIENSAN EN GRANDE


                Más allá de los desbarajustes de todo tipo y color que dejó la década ganada de los K, hay dos herencias que todavía perduran entre los productores: 1) son muy pocos los que se animan a pensar en grande, 2) todo debe venir del Estado. Son conductas que todavía sobreviven a pesar de que se juega con otras reglas y escenarios. Es cierto que hay empresarios que están desarrollando iniciativas a partir de tener piedra libre para conquistar mercados en el mundo. Lo que no es poca cosa después de los años de forzado confinamiento en la mesa de los argentinos que administraba Guillermo Moreno.

            Pero lo que se dice pensar en grande es otra cosa. Por ejemplo, el movimiento que están generando dos privados como Francisco "Pancho" García Mansilla y Juan Amadeo para triplicar la producción de carne a pasto en tres millones de hectáreas de la cuenca del Salado. Esto equivale a una generación de riqueza por aumento de la producción regional de 1150 millones de dólares por año. ¿Hay algún proyecto en la provincia de Buenos Aires que pueda tener un impacto económico y social más grande?

           A los que piensan en grande se los suele confundir con los soñadores. No es el caso. La cruzada que están llevando estos dos amigos tiene como punto de partida el trabajo que realizaron en el establecimiento San Miguel, en General Guido, donde demostraron que se puede. En 18 años lograron casi quintuplicar la carga animal, pasaron de 0,51 equivalente vaca (EV) a 2,96 EV. Las 274 toneladas de carne que vendían se transformaron el año pasado en 1137 toneladas. Y necesitan ahora contratar durante el año 71 viajes de camión para transportar los animales vendidos cuando en el comienzo de esta historia sólo eran necesarios 17 viajes. Las claves de este éxito son muchas, pero en los aspectos técnicos podrían resumirse en el aporte del semillero Gentos en la implantación, nutrición y cuidado de las pasturas y su aprovechamiento más eficiente.

           La cuestión es que lejos de contentarse con este logro privado, "Pancho" García Mansilla y Juan Amadeo fueron juntando mucha impotencia con el paso de los años porque la ganadería de la región seguía estancada. Teniendo en cuenta que las herramientas técnicas y de gestión ya están probadas para pegar el gran salto productivo se hace obvio que hay una oportunidad a todas luces desaprovechada. Se preguntaban: ¿cuál es la causa para que se mantenga el modelo extensivo de campo natural y baja carga? ¿Por qué no se impone la gestión profesional a la tradicional?

            Así es como un buen día se decidieron a salir del estado de conformismo y de brazos cruzados para ser protagonistas en el cambio de la realidad. No los detuvo la idea de que era el Estado el que se tenía que hacer cargo. Al tomar la iniciativa invirtieron la fórmula de la articulación público-privada por la privado-pública.

         Cerca de fin de año organizaron otro encuentro más en San Miguel al que asistieron esta vez Leonardo Sarquis, ministro de Agroindustria de Buenos Aires; Rodrigo Troncoso, subsecretario de Ganadería, y los intendentes de Mar Chiquita, Chascomús, General Guido, Maipú, Madariaga Rauch y funcionarios de Ayacucho. El movimiento por la transformación regional comenzó a correr con la idea de sumar a todos los actores posibles.

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        En la reunión, en la que se recordó el fuerte impacto que tuvo el Plan Balcarce en los años setenta con 220.000 hectáreas de pasturas implantadas, ocurrieron además algunos hechos interesantes. Como la positiva reacción de los intendentes al entender que están involucrados en el problema y que también hay beneficios para sus ciudades de la futura explosión productiva. La primera consecuencia que tomaron nota es que el problema de los anegamientos con poblaciones aisladas pueden controlarse mejor si hay pasturas de alta producción que con su capacidad evapotranspirativa consuman el agua freática. Ante el exceso hídrico no sólo hay soluciones hidráulicas, sino también está la vegetación como una herramienta para atenuar o disminuir los riesgos de inundación.

       La movida que comenzó en San Miguel prueba que los privados también pueden pensar en grande y actuar para transformar realidades locales o regionales. No todo depende del Estado por más que su contrapartida es imprescindible. La clave para que estos "audaces" no se desalienten en el camino se las dio la pensadora Ayn Rand: "La pregunta no es quién va a dejarme, la pregunta es quién va a detenerme".

Por: Diario "La Nación" Buenos Aires. 7 de enero de 2017.  Por Félix Sammartino



sábado, 22 de febrero de 2020

LUCIO VICTORIO MANSILLA. Un exponente de la distinción que se destacó brillantemente en las armas, en las letras y en la sociedad. Un homenaje en el 180 aniversario de su nacimiento. 1831-2011


Nació en  Buenos Aires el 23 de diciembre de 1831. Llegó al mundo cuando su tío Juan Manuel de Rosas era el hombre fuerte de la Confederación Argentina. Fue hijo de un guerrero de la Independencia que peleó al lado de San Martín, gobernó la provincia de Entre Ríos y le dio la primera Constitución, luchó contra los brasileños en Ituzaingó y defendió la causa nacional en la Vuelta de Obligado. Su madre era Agustina Ortiz de Rozas, hija de Agustina López de Osornio y de un soldado que peleó contra los ingleses emparentado por rama materna y paterna con la crema de la clase alta porteña, Lucio estaba llamado a ser lo que fue: “un niño bien”, un joven patricio y un dandy porteño.

Se jactaba de ser un hombre de honor y efectivamente lo era. Más allá de sus ironías, humoradas y desplantes, en lo que importa se tomó la vida en serio. Como la mayoría de los hombres, a veces fue feliz, a veces desgraciado, pero siempre se preocupó por ser leal a sí mismo.

Su elegancia no era frivolidad, era estilo; podía ser algo vanidoso y pagado de sí mismo, pero todos estaban dispuestos a perdonarlo porque hasta en sus errores era distinguido, encantador. Le gustaba llamar la atención, era ostentoso y desprejuiciado, pero la simpatía y el buen humor lo protegían de la maledicencia y la envidia.

Amigo de los amigos, generoso, espléndido y ocurrente, seducía a los hombres con su ingenio y a las mujeres con su encanto. Escucharlo hablar, relatar historias, fue un privilegio de sus amigos, una discreta forma de la felicidad. Hablaba como escribía; su estilo era coloquial, pero lo suyo era el coloquio de un gentleman, de un hombre que ha vivido, ha observado el mundo y ha sacado algunas conclusiones que se permite confiar, entre otras cosas, porque nunca está del todo satisfecho con ellas y mañana puede decirse exactamente lo contrario de lo que dijo. “Yo creo que un hombre que piensa seis meses de la misma manera no puede pretender que no está equivocado” una frase que muy bien podría haber firmado Oscar Wilde”

Su humor, fino, sutil, no era ni agresivo ni hiriente. Aparentemente no tomaba nada en serio, pero estaba lejos del cinismo y cada vez que las circunstancias lo exigieron demostró que era capaz de jugarse por las cosas que consideraba importantes. Se podía criticar sus errores, sus inconsecuencias, sus desplantes, el despilfarro de su talento, pero era muy difícil odiarlo y mucho más difícil ignorarlo. Concibió su vida como un gran espectáculo y él se consideró el galán y el primer actor de esa formidable puesta en escena.

Puede que haya pensado la vida como un juego, pero como un juego que a veces podía ser peligroso. Sus imprudencias, sus incorrecciones le costaron postergaciones políticas y sociales, pero en ese campo siempre prefirió darse el gusto: “No habiendo podido dominarme, di rienda suelta a mi lengua y, como era natural, contrajo el mal hábito de pensar sin reserva. Eso me proporcionó muchos goces e igual número de enemigos”

Disfrutó de los privilegios que le ofrecieron la vida y su clase social, pero en muchas ocasiones pagó un alto precio por esos beneficios, precio que ni sus enemigos ni sus amigos conocieron porque, como todo caballero, consideraba que no era ni elegante ni honorable abrumar al público con sus pequeñas desgracias.

Fue un hombre del poder porque desde que nació estuvo relacionado con el poder. En su casa, o en la casa de sus tíos, se hablaba de la gran política nacional, de las intimidades del poder, con la misma naturalidad y frescura con que en otras casas se comentaban los cambios de estaciones.

Se respetaba y se quería demasiado a sí mismo para ser humano o modesto. “Mi vicio favorito no es el orgullo que finge humildad”, decía mientras se acomodaba la capa. Sus amigos apreciaban su exquisito sentido del humor, sus modales distinguidos, su genuino spleen. Los que no lo conocían podían calificarlo de inconstante, superficial, frívolo. Los que lo conocían sabían que esos atributos eran una máscara, pero una máscara con la que le gustaba identificarse, al punto que más de una vez ni él mismo sabía cuál era su verdadero rostro.

Su elegancia no le impidió ser valiente; su frivolidad no le impidió ser, junto con Sarmiento, el mejor escritor del siglo XIX;  su escepticismo no le impidió apasionarse y su estilo de dandy no le impidió sufrir. Como todos los hombres que se proponen pasar por el mundo para hacer algo más que dormir y comer, se interrogó a fondo sobre el sentido de la vida y el misterio de la vida.

Los que dudaron de su coraje aprendieron a respetarlo cuando quizá para ellos era demasiado tarde; los que pusieron en tela de juicio su talento debieron resignarse a aceptar que escribía muy bien y que su literatura era liviana y espumosa sólo en las apariencias.

Mas que un oligarca, Mansilla fué un patricio, pero si alguien esa distinción le parece demasiado abstracta o sutil, habría que decir que, si efectivamente Mansilla fue un oligarca, no cualquier oligarca fue como él.

Por linaje familiar, por educación y elección de vida perteneció a las clases altas en un tiempo en el cual todavía esas clases tenían algo que darle a la Nación. Es probable que un personaje como Lucio sólo hubiera podido existir en el tiempo histórico en el que le tocó actuar. Pero esa afirmación podría hacerse extensiva a todos, ya que nadie, ni siquiera el personaje más anónimo, es ajeno a la historia.

FUENTE: Rogelio Alaniz. Hombres y mujeres en tiempos de orden. De Urquiza a Avellaneda. Universidad Nacional del Litoral. Rubinzal-Culzoni Editores. Santa Fé, Argentina, 2007

viernes, 21 de febrero de 2020

DR. MANUEL JOSÉ GARCÍA. Su actuación pública. Una visión histórica objetiva.



Manuel José García Ferreyra
1784-1848
En la comprensión de la historia no nos corresponde a nosotros criticar ni incurrir en actos de vindicación de los hombres y mujeres a los que les cupo una responsabilidad. Si hemos de ser justos observadores habremos de comprenderlos en su contexto real partiendo de la nobleza y dignidad propia de la condición humana.

Comprender es adentrarse en el misterio del pasado; es leer sus signos, sus tendencias, sus desafíos, las razones que los motivaban, y también, por qué no, sus ambiciones, rivalidades y temores. Hay otros tópicos que se me escapan y que son imposibles de reseñar en un pensamiento que trata de ser fruto noble de los hechos que he podido leer acerca del comienzo de nuestra historia común cuyo origen se ha situado en la batalla de Perdriel del 1° de agosto de 1806, cuando el heroico pueblo de Buenos Aires se hizo cargo de su destino y enfrentó al ejército invasor del Sr. Comandante Williams Carr Beresford.

Los sucesos de mayo de 1810 reconocen a partir de allí su propio contexto. Se había expelido dos fuerzas descomunales haciendo germinar el sentido de la propia responsabilidad por forjar un destino. En él se inserta la historia de los hombres a los que los animaba ser “absolutamente libres o definitivamente esclavos”. No hubo un término medio; si habrá habido quienes lo pensaron como una probabilidad aceptable, en atención a los hechos de la península; ciertamente no los criollos quienes fueron los que infundieron el espíritu de la Junta.

El movimiento americanista se hizo de ese ideal, pero más allá del noble objetivo se imponía, además, superar y doblegar a los opresores que en forma inmediata desplegaron su poderío militar, dictaron sentencias de muerte a los cabecillas, y llevaron a cabo acciones de orden disuasivo en los cabildos de las ciudades de tierra adentro, y otras en el difícil e intrincado campo diplomático, que buscaban aislar la comprensión de lo que nos estaba sucediendo, así como evitar que se nos brindaran apoyos de parte de naciones libres que si miraban con simpatía el despertar de los nacionalismos como medio de quebrar el oprobioso régimen que hizo de estas tierras una mera factoría.

Juzgar que la américa colonial fue una factoría no es quebrar el primer pensamiento, es sencillamente decir una verdad acallada por siglos, que en sangre y bruteza cobró ingentes tributos a toda américa. Y es por ello que el ideal de libertad no es ajena a los excesos de la administración colonial.

Constituirse en nación, era como vimos y más allá del proceso de seis años que demandó proclamarla, fue el fin primordial desde el inicio pero, traspuesto ese umbral: de levantar a la faz de la tierra una nueva y gloriosa nación, quedaba la más ardua tarea de coronar su sien de laureles, y a sus plantas rendir a un león. ¿Poesía? ¡No! pura verdad.

¿Qué no hicieron nuestros próceres, a qué no se aventuraron? ¿No lo vemos a Belgrano, a Moreno, a San Martín y a tantos otros héroes indiscutidos, e indiscutibles?

¿Qué le restó dar al Pueblo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, en pos de su causa común?

Pero no todo se dirimió en el campo de batalla. Tantos o más peligros hubieron de enfrentarse al ritmo de los acontecimientos del viejo continente.

Reducir la gesta americanista a las campañas militares es cercenar el contexto, y omitir de apreciar otras cuestiones que hemos visto que gravitaron, y fundamentalmente el giro de la cosmovisión a que se dispusieron esos héroes intrépidos: no hubieron distancias, ni obstáculos que no se enfrentaran, y lo hicieron en la convicción de su dignidad, señorío y merecimiento de la libertad que anhelaban.

Al enemigo español de entonces, que no pasaba de ser un reino privado de su dignidad y sumergido en una terrible crisis interna, se sumaban como peligros en ciernes los proyectos expansionistas del reino lusitano emigrado al Brasil, que se extendía a la costa norte del Río de la Plata y las provincias mesopotámicas.

Hubo entonces una batalla más que librar en el orden diplomático que fue la obra de pocos preclaros de la época, y muy especialmente de uno solo al que los misteriosos y caprichosos caminos de su vida desviaron de su vocación hacia la vida privada.

Hablar de diplomacia con palabras mayúsculas en el despertar de la patria, es traer a la memoria de todos a don Manuel José García, abogado, veterano voluntario del regimiento de Cantabros que regía su padre, el Coronel don Pedro Andrés García, que tan valientemente se batió el 5 de julio de 1807 con las fuerzas del Gral. Craufurd, y del Cnel. Holland en Santo Domingo. La vocación por su profesión de abogado obtenida en Chuquisaca, lo habían afincado en la localidad de Chayanta de la provincia del Alto Perú, y desde allí fue un agudo observador del medio y del sistema que lo agobiaba que él pondría sus fuerzas en cambiar.

Servir a la patria para esa generación no era una opción, sino un deber de dignidad, y mal visto estaba poner un reparo personal cuando el pueblo entero estaba empeñado en su gesta.

Manuel José García lleva en sus alforjas el recuerdo de largos caminos, una vida compartida en el afecto con su padre, y sus méritos intelectuales obtenidos en Chuquisaca: era en si mismo un claro exponente de la generación de 1810.

Supo servir con la pluma, en el idioma diplomático, y sostener un frente que 10 años después mereció que se lo afrontara con la decisión de las armas. Su acción diplomática mereció el elogio del Secretario del representante designado por el país del norte, y exploró las alternativas de unidad hasta el máximo de lo posible, y cuando cedió lo hizo como reconocimiento de que una misma expresión de patria en las dos riberas resultaban inconciliables. Pensamiento que tras casi dos siglo sigue siendo vigente y acertado. No nace o se parte una nación porque un hombre lo quiera; nace o se parte porque la realidad se impone.

Sin el esfuerzo de Manuel José García en la Corte de Río de Janeiro la declaración de la independencia habría resultado una declamación frente a un ejército de 10.000 hombres internado en el Río de la Plata, y la cabeza de la revolución quemada. Eso prometieron y eso hicieron cuando el ejército del Gral. Morrillo no pudo llegar al Plata fruto de la eficacia de García en el Janeiro, y se dirigieron a Colombia y Venezuela.

Ganada la independencia, los otros afanes de Manuel José García fueron la consolidación de la paz en la región y la concreción del proceso constitucional, a los que consideraba bases indispensables del progreso y la felicidad del pueblo. Por 20 años abocó sus esfuerzos tras la consecución de dichos fines posponiendo cualquier beneficio personal frente al menor interés de su patria. Así le había enseñado su padre. Así fueron sus amigos y compañeros de ventura.

Si no se concretaron dichos fines y él no los llegaría a ver, supo siempre que en la larga y penosa cuesta que estaba transitando su patria, buenos y sólidos peldaños los había colocado él desde la soledad y la incomprensión de muchos de sus coterráneos.

A 200 años debemos leer la historia y, de pie e inclinada la frente ante la dignidad de esos magnos próceres, recibir sin beneficios el legado que nos dejaron en pos de trabajar para que el sueño americano no se extinga.

Fuente: Doctor Ignacio Uriburu Montes.





lunes, 17 de febrero de 2020

MANUEL JOSÉ GARCÍA-MANSILLA. CONTRALMIRANTE DE LA ARMADA ARGENTINA. ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO



CONTRALMIRANTE
MANUEL JOSÉ GARCÍA-MANSILLA
ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO

          El 17 de febrero de 1859 nació en la ciudad de Buenos Aires, el Contralmirante Manuel José García-Mansilla, quién para la Armada Argentina fue un ejemplo de cultura y de soldado. Desde la fecha de su muerte en el año 1910, dicha institución le rinde homenaje todos los años al pie de su tumba en el cementerio de la Cementerio de la Recoleta, recordando a quién durante diez años fuera su Director. Egreso de la Escuela Naval Francesa, en una época en que aún no se había creado nuestra Escuela Naval Militar Argentina. Fue condecorado por la República Francesa con el grado de "Caballero" de la Orden Nacional de la Legión de Honor por acto de arrojo y valentía. Fue fundador del Centro Naval y primer presidente de esa institución ; fundador junto a su primo Hortensio Aguirre del Yatch Club Argentino. Fue condecorado con la Orden de las Palmas Académicas un honor que concede Francia a los académicos y personalidades por sus méritos en los campos de la cultura y la educación. Hasta la fecha ha sido el único oficial de la Armada Argentina que recibió esa distinción. Fue condecorado por el rey Humberto I de Italia como "Comendador" de la Orden al Mérito de la Corona Italiana por sus "destacados servicios en la carrera militar".​Era hijo de Don Manuel Rafael García Aguirre y de Doña Eduarda Mansilla Ortiz de Rozas.



miércoles, 20 de noviembre de 2019

COMBATE DE LA VUELTA DE OBLIGADO y LA DEFENSA DE LA SOBERANÍA ARGENTINA



          
 Los cañones de Obligado, fueron la respuesta a las pretensiones de las dos potencias de la época:  Inglaterra y Francia. Fue como dice con acierto Adolfo Saldías, la afirmación ejemplar de un principio humanitario, que tenían las naciones americanas a existir por sí solas, desde el día que decidieron independizarse. No lo hicieron para someterse al primer amo que quisiere imponérselos con la fuerza y la barbarie. Don Juan Manuel de Rosas, más allá de sus aciertos o sus errores, pasó a la posteridad como el único jefe de la América del Sud que ha resistido intrépido las violencias y las agresiones de las dos naciones más poderosas de la tierra. La proclama de nuestro cuarto abuelo el General Don Lucio Norberto Mansilla, a las tropas bajo su mando, dos días antes del enfrentamiento con el enemigo extranjero, expresa con claridad las razones que inspiraron la batalla de "La Vuelta de Obligado" llevada a cabo el 20 de noviembre de 1845. ¡Gloria a los héroes de Obligado!


LA VUELTA DE OBLIGADO POR ADOLFO SALDÍAS.

Al conmemorarse un nuevo aniversario de la Batalla de La Vuelta de Obligado, queremos recordar las palabras de Adolfo Saldías, referidas a ese combate.

“Más allá de la altura de San Pedro, costa norte de Buenos Aires, el río Paraná forma un recodo que prolonga una curva en la tierra, cuya extremidad saliente se conoce por la Punta o Vuelta de Obligado. La Punta en sí es un barranco levantado en sus costados y ondulado en el centro hasta descender suavemente al río. A esa altura el Paraná tiene cerca de 700 metros de ancho; y por ahí debían necesariamente pasar las escuadras de Gran Bretaña y Francia para llegar a Corrientes. En ese punto levantó sus principales baterías el jefe del departamento del norte, general Lucio Mansilla.

Mansilla era un probado veterano de la Independencia, con dotes singulares para sacar ventaja hasta de los peligros en que lo colocase la suerte de las armas. Por relevante que fuesen sus cualidades el hecho desgraciadamente positivo es que en esos momentos le faltaban recursos materiales para desenvolverlas. 

Es el momento en que el águila enjaulada tiende inútilmente sus alas y devora el espacio con los ojos. Mansilla hizo cuanto pudo en procura de esos recursos, para impedirles el pasaje a los aliados. El 17 de noviembre, cuando supo que se aproximaban, reiteró su pedido de municiones, manifestando que las que tenía “sólo serían suficientes para un fuego de seis horas; y que era más que probable que si el enemigo atacaba esa posición, el combate durase mucho más”. Pero los aliados no le dieron tiempo. Al día siguiente los buques enemigos fondearon del otro lado del Ybicuy, a dos tiros de cañón de las baterías de Obligado.

Mansilla montó cuatro baterías en la costa firme: la primera con dos cañones de 24 y cuatro de 16, a la altura de 50 pies sobre el agua y con explanada; la segunda a ciento diez varas de distancia de aquélla y 22 pies sobre el nivel del agua, con cañón de 24, dos de hierro de a 18 y dos de a 12, también con explanada; la tercera a cincuenta varas de distancia y en la tierra rasante con el río, con dos cañones de a 12 y uno de fierro de a 8, con explanada; y la cuarta a 180 varas de la primera de su derecha y a 62 pies sobre el nivel del agua, con 7 cañones de marina de a 10. Servíanlas 160 artilleros y 60 de reserva, parapetados tras merlones de tierra pisada entre cajones de poco más de dos varas de espesor y vara y cuarta de altura, y eran mandadas respectivamente la de la derecha, denominada “Restaurador Rosas”, por el ayudante mayor de marina Alvaro Alzogaray; la siguiente “General Brown”, por el teniente de marina Eduardo Brown; la tercera, “General Mansilla”, por el teniente de artillería Felipe Palacios y la cuarta “Manuelita”, por el teniente coronel de artillería Juan Bautista Thorne, el mismo que se ha visto figurar mandando la artillería federal en Don Cristóbal, Sauce Grande, Cagancha, Caaguazú y como 2º jefe de Martín García cuando esta isla fue tomada por los franceses.

La batalla de la Vuelta de Obligado
20 de noviembre de 1845
Guarnecían estas baterías, en primera línea y en el flanco derecho, 500 milicianos de infantería al mando del coronel Ramón Rodríguez; y a la izquierda de éste, en la misma línea y a la altura de la batería “Restaurador” cuatro cañones de a 4 al mando del teniente José Serezo; más al centro y guarneciendo la izquierda de esta batería, cien milicianos al mando del teniente Juan Gainza; en el centro y guarneciendo los costados derecho e izquierdo de las baterías “General Brown” y “General Mansilla” 200 milicianos del norte al mando del teniente coronel Manuel Virto; y guarneciendo la batería del extremo izquierdo, 200 milicianos de San Nicolás al mando del comandante Luis Barreda, y en su flanco dos cañones de a 4 mandados por el coronel Laureano Anzoátegui y por el capitán de marina Santiago Maurice. De la reserva, a cien pasos, apostados entre un monte, 600 infantes y dos escuadrones de caballería al mando del ayudante Julián del Río y teniente Facundo Quiroga, el todo bajo las órdenes del coronel José M. Cortina. A retaguardia de esta fuerza los jueces de paz de San Pedro, del Baradero y de San Antonio de Areco, Benito Urraca, Juan O. Magallanes, Tiburcio Lima con 300 vecinos que se les unieron en el último momento. La escolta del general, 70 hombres, al mando del teniente Cruz Cañete en el centro, y a cuarenta pasos de la segunda línea de infantería. En el flanco izquierdo de la batería “General Mansilla” y en un mogote aislado estaban apoyadas unas anclas, a las que hacían tres cadenas, cuyos extremos sujetaba en el lado opuesto del río el bergantín Republicano armado con seis cañones de a 10, abocados en estibor con frente al enemigo, y al mando del capitán Tomás Craig, y las cuales cadenas se corrían por sobre las proas, cubiertas y popas de 24 buques desmantelados fondeados en línea. Con esto se propuso Mansilla mostrarles a los anglo-franceses que el pasaje del río no era libre; y obligarlos a batirse si intentaban forzarlo.

Juan Manuel de Rosas
Buenos Aires 1793- Southampton 1877
Mansilla distribuyó sus fuerzas según el cálculo de probabilidades respecto del modo cómo el enemigo podía traer el ataque. Si el enemigo al mismo tiempo que se presentaba con sus buques al frente de las baterías intentaba desembarcar fuerzas de artillería, la primera línea de infantería argentina operaba tan pronto como él. Si batiéndose de frente con sus buques intentaba desembarcar infantería por cualquiera de los flancos de la posición argentina, el coronel Rodríguez por la derecha y el comandante Barreda por la izquierda, podían repelerlos con su fuerza de reserva, con las piezas volantes distraer la fuerza del frente. Si batiéndose de frente, intentaba en medio del combate cortar las cadenas que atravesaban el río, se encontraba con los lanchones Místico, Restaurador y Lagis, con sendas piezas de a 6, al costado del bergantín Republicano y bajo los fuegos de la batería “General Mansilla”. Si intentaba esta misma operación con seis embarcaciones menores, u ocupar la costa opuesta del río y desembarcar allí la batería para construir baterías, Mansilla tenía preparadas en una ensenada vecina catorce embarcaciones con capacidad para doscientos infantes, ya adiestrados para acudir oportunamente al punto amenazado, y además diez lanchones sujetos a los barcos que obstruían el pasaje del río, y provistos de aparatos con materias inflamables.

En la tarde del 18 de noviembre, Mansilla destacó dos balleneras al mando de un oficial y veinte soldados para que practicasen un reconocimiento sobre los buques enemigos, fondeados como a dos millas más abajo según queda dicho. Al aproximarse casi a tiro de fusil a dichos buques, los bergantines Pandour y Dolphin les hicieron siete disparos a bala, y las balleneras se replegaron a las baterías. Entonces Mansilla se dispuso al combate, expidiendo una proclama a sus soldados en la que levantando los derechos de la Confederación, les decía: “Considerar el insulto que hacen a la soberanía de nuestra patria al navegar, sin más títulos que la fuerza, las aguas de un río que corre por el territorio de nuestro país. ¡Pero no lo conseguirán impunemente! ¡Vamos a resistirle con el ardiente entusiasmo de la libertad! ¡Suena ya el cañón! ¡Tremola en el río Paraná y en sus costas el pabellón azul y blanco, y debemos morir todos antes que verlo bajar de donde flamea!”

Mansilla verificó el día 19 un otro reconocimiento con tres lanchones. Los vapores aliados Fulton y Firebrand les tiraron algunas balas de a 80, y las escuadras vinieron a fondear a tiro de cañon de las baterías de tierra. A las 8 y media de la mañana del 20 de noviembre de 1945 avanzaron sobre las baterías de Obligado los siguientes buques ingleses y franceses: fragata a vapor Gordon, llevando la insignia del comandante en jefe sir Charles Tothan, con seis cañones de 64 y cuatro de a 32, fragata a vapor Firebrand, comandante J. Hope, con seis cañones de a 64 y cuatro de a 32; corbeta de vela Camus, comandante Inglefield, con dieciséis cañones de a 32; bergantín Philomel, comandante Sullivan, con diez cañones de a 32; bergantín Fanny, comandante Key, un cañon de 24. Franceses: bergantín San Martín (buque de la armada argentina apresado en Montevideo) con la insignia del comandante en jefe Trethouart, y con dieciséis gonadas de a 16 y dos cañones de 24; vapor Fulton, comandante Mazieres con dos cañones de a 80; corbeta Expeditive, comandante de Miniac, con dieciséis cañones de a 18 sistema Paixhans, bergantín Pandour, comandante du Paje, con diez cañones de a 30, sistema Paixhans; bergantín goleta Procede, comandante de la Riviére, con tres cañones de a 18. Once buques con 99 cañones de grueso calibre y de los cuales 35 eran Paixhans, de bala con espoleta y explosivos, acreditados por los estragos que habían hecho en los bombardeos de México.


A las 9 de la mañana rompen sus fuegos sobre las baterías los bergantines Philomel y Procede y goleta Expeditive, que servían de vanguardia. La banda del batallón Patricios de Buenos Aires hace oír el Himno Nacional Argentino. El general Mansilla, de pie sobre el merlón de la batería número 1, invita a los soldados a dar el grito tradicional de “¡Viva la Patria!”. Y a su voz arrogante y entusiasta, el cañón de la patria lo ilumina en sus primeros fogonazos. Media hora entran en acción todos los buques, y el combate se hace general. Los cañones franceses, sobre todo, comienzan a hacer estragos en las baterías, y se enfilan sobre las dos primeras de la derecha arrojándoles una lluvia de bala y de metralla, cuyo poder y cuyo alcance los pechos de los soldados argentinos sienten por primera vez. Sin embargo, las baterías de tierra ponen fuera de combate a los bergantines Dolphin y Pandour.


A mediodía, Mansilla comunica a Rosas que los enemigos no han podido acercarse a la línea de atajo, pero que dada su superioridad cree que lo conseguirán, porque a él le faltan las municiones para impedirlo. Pocos momentos después el capitán Tomás Craig, comandante del bergantín Republicano, que sostenía la línea de atajo, pide municiones, porque ha quemado el último cartucho. A la respuesta de que no hay municiones, hace volar su buque para que no caiga en poder del enemigo, y va con sus soldados a tomar el puesto de honor en las baterías de la derecha, que a la sazón tienen tres cañones desmontados y catorce artilleros y dos oficiales muertos. Los buques aliados avanzan hasta la línea de atajo; las baterías dirigen a ese punto todos sus fuegos; las aguas allí quedan cubiertas por nubes de pólvora que remolinean en alas de vértigo que a todos domina, de los antros del Paraná parece levantarse un volcán que arroja en todas direcciones colosales serpientes de fuego entre estrépitos de muerte que llevan el terror a la distancia.

Jaun Bautista Thorne
Nueva York 1807- Buenos Aires 1885
En el plano prominente de este cuadro está Mansilla y su esfuerzo prodigioso, y su vida que respeta la metralla, y su espíritu, pendiente de una probabilidad halagüeña, concentrados en ese punto del río Paraná, donde se juega el derecho y la honra de la patria que él defiende. Hay un momento en que esa probabilidad parece sonreírle: es cuando los cañones de las baterías hacen retroceder a la corbeta Comus, ponen fuera de combate al bergantín San Martín y apagan los fuegos del cañón de a 80 del Fulton. Pero simultáneamente una lancha del Firebrand puesta al costado del Fulton, se lanza adelante: un jefe inglés Hope, corta la cadena a la que estaban sujetos kos barcos que obstruían el río y el Firebrand y el Fulton, seguidos a poco del Gordon, pasan al otro lado recibiendo los fuegos de los cañones del coronel Thorne, pero flanqueando el extremo izquierdo de las baterías. Mientras tanto la poderosa artillería de la Expeditive, enfilada durante tres horas consecutivas sobre el extremo derecho, desmonta los mejores cañones de la batería, mata casi todos los artilleros, y a las 4 de la tarde el ayudante Alzogaray quema en su cañón de a 24 el último cartucho que le quedaba.

La batería de Thorne es un castillo incendiado. Allí se sienten las convulsiones estupendas del huracán que ilumina con sus rayos una vez más la vida, y que a poco fulmina la muerte entre sus ondas. El estampido del cañón sacude la robusta organización del veterano Brown y de la defensa de Martín García, como el eco de su segunda naturaleza que lo subyuga. El mismo dirige las balsas. El blanco está en sus ojos que de antiguo está acostumbrado a poner en éstos su vida rodeado de sus cañones, con los cuales había hecho la amalgama heroica a que se refiere Víctor Hugo en su “Année Terrible”.
«....... viens, ó mon fils étrange / Doublons-nous l’un par l’autre et faisons un échange / Et mets, ó noir venger, combattant souverain, / Ton bronze dans mon cœur, mon âme en ton airain. »

Pero Thorne no tiene más que ocho carronadas de a 10, contra doce cañones de 64, dos de a 80 y ocho de a 32. Asimismo le hace al enemigo estragos que compensan los que ve a su alrededor. Cerca de las 5 de la tarde se cuentan sus pocas municiones. Su indomable energía no desespera. Dominando el despechado furor de su impotencia, comienza a economizar sus tiros y dispone a sus pocos soldados para el caso de un desembarco que prevé. Al darles colocación pica una bala que levanta una enorme masa de tierra, y con ésta al intrépido Thorne, quien se fractura un brazo y la cabeza al caer contra un tala y queda privado del oído para siempre. Por esto sus viejos compañeros le llamaban el Sordo de Obligado.
Coronel Ramón Rodriguez
Buenos Aires 1792-1866

Queda todavía el cuadro final; de colorido semejante al que presenta San Martín caído en San Lorenzo a la par de sus granaderos entreverados, y salvado a brazo de héroe por el sargento Cabral. Desmontados casi todos los cañones de las otras baterías, destruidos los merlones, muertos casi todos los artilleros, y sin un cartucho que quemar los que quedaban, los aliados lanzan su infantería de desembarco protegiéndola sin cesar con los cañones de sus buques. Mansilla se coloca a la cabeza de su diezmada infantería y manda cargar a la bayoneta. Al adelantarse con esos bravos milicianos que habían presenciado a pie firme los estragos de ocho horas de bombardeo, esperando el momento de entrar en acción, Mansilla es derribado por un golpe de metralla en el estómago que lo pone fuera de combate.

El coronel Ramón Rodríguez a la cabeza de los patricios llevó otra carga a la bayoneta, y repelió todavía a los asaltantes; pero éstos penetraron al fin por los puntos de las baterías que habían destruido completamente. “Cuando los marineros ingleses desembarcaron a la tarde, dijo el entonces capitán Sullivan, del Philomel, al devolver treinta y ocho años después la bandera que tomó de la batería de Thorne, el coronel Rodríguez con los restos de su regimiento solamente mantuvo su posición en retaguardia a pesar del fuerte fuego cruzado de todos los buques”. Los aliados contaron en Obligado con 150 hombres fuera de combate, quedando muy maltratados tres buques, y principalmente el Pandour y el Fulton. “Siento vivamente que este bizarro hecho de armas haya sido empañado con tanta pérdida de vidas, -dice el contraalmirante Inglefield en su parte al almirantazgo británico-; pero consideramos la fuerte posición del enemigo, y la obstinación con que fue defendida, tenemos motivos para agradecer a la Providencia que no haya sido mayor”. Los argentinos tuvieron 650 hombres fuera de combate y perdieron diez y ocho cañones, varios lanchones y una bandera. “El combate con las baterías comenzó a las diez de la mañana y duró hasta las cinco de la tarde, -se lee en l´Annuaire Historique, de Lesur- (París, 1847): durante siete horas no se dejó de hacer fuego de parte a parte. El combate de Obligado quedará como un brillante hecho de armas para ambas marinas”.
La victoria que alcanzaron los aliados era problemática. Ellos forzaron el pasaje del río Paraná y quizá dominarían todo este río. Pero no podían avanzar tierra adentro, que por sobre la resistencia que encontraron desde el principio acababan de sublevar contra ellos todas las fibras de un pueblo viril atacado en sus hogares.

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