viernes, 24 de noviembre de 2017

CHARLES HENRI PELLEGRINI y los retratos de la familia García-Mansilla.


León Ortiz de Rozas.
 Dibujo al lápiz y tinta china.
Hoy vamos a mostrar los retratos de nuestra familia que pintó este eximio retratista, quién por determinación del azar, surgió como supremo historiador gráfico de todo un período de la vida argentina

Hace unos años se realizó una exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes, sito en la Avenida del Libertador 1473 de la ciudad de Buenos Aires.

No hay república más libre que la de las artes, y las colecciones de obras reunidas en los museos nos enseñan una sola cosa, pero la enseñan bien, y es que con los procedimientos más contradictorios, las visiones más diversas, dos hombres de talento, y mil hombres de talento, llegan al mismo resultado: la producción de la obra de arte. El pedantismo es ridículo y perjudicial en cualquier materia, pero en el terreno del arte es monstruoso y grotesco, y tanto más peligroso cuando suele andar bien vestido, como que dispone a menudo del guardarropa solemne de la tradición

Charles Henri Pellegrini nació en Chambery, Savoie, Rhône-Alpes, Francia, el 28 de julio de 1800. Pese a la nacionalidad italiana de su padre, siempre se consideró francés, al igual que sus siete hermanos. Escribía y firmaba en ese idioma, y su formación cultural fue, también, netamente francesa.

Su niñez transcurrió en una de las más bellas comarcas de la región alpina, donde recibe la educación moral y cristiana que le inculca una madre ejemplar. Cursó estudios en el Collège de Chambery, y obtiene dos primeros premios, correspondiente uno de ellos, a la asignatura dibujo; un hecho sugerente que revela una temprana dedicación al arte que inmortalizará su memoria.

En 1819 parte para Turín, en cuya Universidad ingresa, atraído por el prestigio de esta casa de altos estudios italiana, fundada  por iniciativa del príncipe Ludovico de Acaja, rey Amadeo VIII de Saboya, primer Duque de Saboya. No puede completar sus estudios debido a la revolución del Piamonte ocurrida en 1821, viéndose forzado a huir a Francia. En París acogido con gran cariño por sus hermanos, se matricula en la Escuela Politécnica, donde se recibió de ingeniero en 1825.

Contratado por Juan Larrea, quién se encargaba de los asuntos argentinos en París y tenía el encargo del  primer magistrado Bernardino Rivadavia de buscar un ingeniero hidráulico de gran competencia llegó a Buenos Aires en 1828. Prestó servicios durante breve plazo en el departamento de Ingenieros Hidráulicos, que posteriormente fue suprimido durante el gobierno del general Juan José Viamonte. La desocupación lo indujo a tratar de aprovechar sus dotes de dibujante y pintor. Se vinculó con el litógrafo César Hipólito Bacle y se dedicó especialmente a hacer retratos, ejecutando entre octubre de 1830 y septiembre de 1831 doscientos trabajos. Su actividad como retratista y litógrafo prosiguió hasta 1837. Se dedicó luego a las tareas del campo y compró la estancia La Figura en Cañuelas. En 1841 fundó con Luis Aldao la Litografía de las Artes, que publicó gran número de estampas, e instaló luego su propia prensa en su domicilio de Cangallo 37.

Agustina Ortiz de Rozas con su hijo Lucio Victorio.
Acuarela. Museo Histórico Nacional
En sus obras hay ciertas escenas de iniciación que son tan expresivas que parecen el comienzo de un cuento y su realismo es tal que reúne las características de un cuento. El escenario es perfecto: una de las tertulias de la primera mitad del siglo XIX, el salón de la dama argentina María Josepha Petrona de Sánchez de Velazco y Trillo, más conocida como María Sánchez de Thompson - Mariquita -, en donde se reunía lo más granado de la sociedad argentina y donde, en 1813, se cantó el Himno Nacional por primera vez, razón por la cual Mariquita pasaría a la historia menor de los manuales escolares. Esteban Echeverría, frecuentador del salón, como Juan Manuel Lavardén y Esteban de Luca, identificó a la Sánchez de Thompson con la heroína romántica de una novela de Madame de Staël, llamándola “La Corina del Plata”, porque, como mandan los códigos del género, a todo se jugaba por amor. 

Hacia 1810, ese salón albergaba a la intelectualidad revolucionaria e independentista. Allí concurrió, en 1829, el culto y refinado saboyano Charles Henry Pellegrini.

Se dice que un buen día, con el ingeniero de Saboya presente en la mundana tertulia de Mariquita Sánchez, la propia anfitriona se quejó por la falta de retratistas en Buenos Aires y que, en la oportunidad, a pedido de los contertulios, el ingeniero, lápiz en mano, le hizo un retrato a la distinguida dama en menos de dos horas, arrancándole un aplauso cerrado a la concurrencia. Ese fue el punto de partida de la nueva profesión del joven ingeniero europeo hasta entonces sin empleo. 

Agustina López de Osornio de Ortiz de Rozas.
Dibujo al lápiz. Propiedad de Antonio Santamarina.
La noticia corrió por todos los salones de la época y en poco tiempo el retratista recibió infinidad de pedidos.  Gran parte de las familias mas importantes de la ciudad de Buenos Aires, eligió ser retratada por el novel retratista. El maestro Pellegrini llegó a dibujar unos ochocientos retratos a los que se suma más de un centenar de paisajes rurales y urbanos y cuadros de costumbres. El esquema de los retratos era más o menos siempre el mismo: los varones laicos posaban escribiendo, pluma en mano, ante un biblioteca, con la mirada desafiante o soñadora, según el caso; los religiosos se plantaban ante el templo; y las damas, asombrosamente fajadas, con tocados a cual más barroco y peinetones extra large, sostenían la mirada sentadas en un canapé, enfundadas en atuendos que lucen como un gran esfuerzo de producción ambiental, más que como vestidos. 


Algunas personas se han sorprendido de que un ingeniero –que dicen suele ser la antípoda del artista- más familiarizado con las dimensiones de la forma que con su expresión moral, sin otro instrumento que la técnica sumaria del lavador de planos, haya podido convertirse de la noche a la mañana, y sin ayuda de “maestro”, en un retratista de nota. Esta aparente rareza se explica racionalmente. Pellegrini poseía en primer lugar y en grado superlativo la condición primordial del retratista: la perspicacia fisonómica, el amor de la observación, un sentimiento comunicativo y una ingenuidad de procedimiento realmente preciosa para el fisonomista. 

Los retratos –inscriptos en los rigurosos cánones del realismo– son de una calidad notable y, como dicen los entendidos, “capturan el alma del retratado”. Tal es el caso de la galería de retratos que podían verse en el Museo Nacional de Bellas Artes. Desde la mirada propietaria del matrimonio de coleccionistas Guerrico, a la expresión perdida del reverendo padre Francisco Mageste, pasando por la serenidad y la personalidad de los rostros femeninos de cualquier edad, los retratos de Pellegrini tienen una funcionalidad específica en relación directa con el lugar social y la posición económica o el poder que ostentaba cada retratado, y con la elección del modo elegido para mostrarse ante la posteridad.
                                                                                                                  
Lucio Norberto Mansilla. 
Acuarela. Museo Histórico Nacional.
Durante el régimen rosista Pellegrini, aunque siguió dibujando, pintando y realizando estampas litográficas, se hizo agricultor y ganadero como un modo de bajar el perfil mundano en busca de una suerte de exilio rural. Varios de los retratos de ese período muestran en el retratado de turno la divisa punzó de rigor y alguno que otro signo de sumisión al poder de turno. Hay un retrato del propio brigadier general, que en sentido estricto no es un retrato tomado del original, sino una efigie. El perfil de Rosas aparece más como un exorcismo que como una forma de la condescendencia. Es conocida la afición del “Restaurador de las leyes” por hacerse pintar, tanto como su cínica aversión a ser fotografiado (“Eso es cosa de gringos”, decía, como si el origen del retrato pintado fuera otro que el gringo).

En su obra, se pueden ver paisajes rurales y urbanos –vistas bonaerenses como las de Bahía Blanca y Sierra de la Ventana, o estampas porteñas como el Riachuelo, El Retiro, la Plaza de la Victoria - Plaza
de Mayo - , la Catedral, la Iglesia del Pilar y otros, también vemos escenas de costumbres, como “El matadero”, de 1841. Este grabado parece ilustrar el célebre relato homónimo de Echeverría escrito y leído en las tertulias por esos años y publicado tres décadas después. En la estampa de Pellegrini sobre papel se ve a los paisanos en sus quehaceres y en el frente del establecimiento se lee “Viva el chaleco colorado”.

Otras dos obras establecen un diálogo perfecto. Por una parte una escena rural de costumbres que evoca a varias parejas bailando un cielito a cielo abierto. Por la otra, una escena de interiores en un caserón de la clase alta, en el que los invitados bailan un minué. En un costado, aparece la criada negra, que espía a los señores bailando; pero lo que unifica socialmente a los señores y al personal doméstico es el mate, porque en casi todos, tanto la criada negra que espía como sus patrones aparecen mateando.


Manuela Aguirre de García con su hijo Manuel Rafael.
Septiembre de 1832.
Pellegrini se dedica también a la litografía –pudo estudiar la técnica con el cartógrafo y grabador francés César Hipólito Bacle, cuya muerte acaecida en 1838 en confusas circunstancias, obligó al vicecónsul Aimé Roger a presentar una nota de descontento por esta cuestión. Ante tal reclamo, Rosas intimó al diplomático a que abandonara el país. Este incidente fue el pretexto que utilizó Francia para justificar el bloqueo al puerto de Buenos Aires con una escuadra. En 1841 decide imprimir, el libro Recuerdos del Río de la Plata, ilustrada con veinticuatro láminas litográficas. Con posterioridad a la caída de Rosas, Pellegrini decide volver a la Capital con el deseo de volver de ejercer su profesión de ingeniero.

Contrajo matrimonio con María Bevans Bright, hija del ingeniero hidráulico. En 1853 funda la Revista del Plata, publicación periódica sobre asuntos económicos, agropecuarios y culturales que funciona hasta 1855 y en la que aparecen retratos litográficos de Amado Bonpland, el general José María Paz, Pastor Obligado y otros.

Durante esta década se desempeña como miembro del Concejo Municipal y a partir de 1855 integra el Concejo de Instrucción Pública. Conjuntamente con Bartolomé Mitre, Dalmacio Vélez Sarsfield, Adolfo Alsina, José Mármol, Camilo Duteil y Carlos Tejedor funda el Instituto Histórico y Geográfico del Río de la Plata. Durante los últimos años de su vida se ocupa como ingeniero y arquitecto. En este carácter se encarga de la edificación del antiguo Teatro Colón, inaugurado en 1857.


El mayor de sus cinco hijos, de nombre Carlos, quién formaba parte del corazón de la clase dirigente argentina, ocupó diversos cargos públicos. Fue diputado y senador nacional, ministro de guerra de los presidentes Nicolás Avellaneda y Julio Argentino Roca, vicepresidente de Miguel Juárez Celman y cuando éste renuncia con motivo de la revolución de 1890, ejerce la presidencia de la Nación entre 1890 y 1892, en una transición que consistió primordialmente en “poner en orden” la economía y las finanzas del Estado, de acuerdo a  los ideas que imperaban en la clase conservadora de la época. La historia oficial lo muestra a Pellegrini como un buen piloto de tormentas.

Manuel José García Ferreyra.
Acuarela, propiedad de Alejo González Garaño.
La producción de Charles Henry Pellegrini padre se enmarca en la tradición del pintor viajero, que, desde los cánones de la estética europea, mira con ojos de extranjero las particularidades de las costumbres, paisajes y rostros rioplatenses, disfrazando la tentación del exotismo bajo la aparente neutralidad del informe científico. La historiografía de la pintura local fija esos entrecruzamientos estéticos y culturales entre miradas como el paradójico y probable inicio de la pintura de producción nacional. 

La reunión, efectuada en las salas del Ateneo, de 200 obras ejecutadas, mediante casi todos los procedimientos gráficos conocidos, no importa sólo una exhumación de la sociedad argentina de 1830 (aunque este hecho revista capital importancia para el historiador y el artista, por su carácter de fuente única de información respecto de una época resucitada de cuerpo entero, con su fisonomía propia, su indumentaria especialísima y su ambiente característico), sino que el autor, a la par de un duque de Saint-Simón escribiendo cada día en el silencio del gabinete las memorias íntimas de la Corte de Francia se revela retratista de raza. A tal punto, que una pena flota en nuestro espíritu al recorrer esta larga serie de retratos: la que su autor no haya abandonado todo lo demás, para dedicarse por entero y hasta sus últimos días a ese arte que fue su vocación, le dejó regular provecho, y hoy, más allá de la tumba ,viene a conquistarle merecido renombre.


Manuel José García, Juan José Viamonte y Tomás Guido.
Tríptico, propiedad de Alejo González Garaño.
Pellegrini no es un pintor improvisado; en 1829, casi al llegar a estas playas, ejecuta una serie de acuarelas de la Plaza Victoria, en estilo de arquitecto, pero con una visible preocupación del detalle pintoresco e informativo, que más tarde, desarrollada por el estudio (la práctica del artista importa un estudio continuo), le permitirá sacar gran partido en frente de sus modelos. Entre 1829 y  1831, fechas de sus primeros retratos realmente interesantes, hay un espacio de tiempo que podemos conjeturar dedicado al aprendizaje de la nueva profesión de retratista, que las circunstancias le imponían.

Falleció en Buenos Aires, el 12 de octubre de 1875.
Fuentes:
Fabián Lebenglik, Suplemento Ñ del diario Página 12 ; www.todo-historia.net ; Charles H. Pellegrini y la sociedad argentina de 1830 en Recodos del Sendero por Eduardo Schiaffino, Editorial el Elefante BlancoBuenos Aires 1999 y C.H. Pellegrini. Su obra, su vida, su tiempo. Amigos del Arte, Buenos Aires, 1946

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