domingo, 28 de noviembre de 2010

EL CORONEL PEDRO ANDRÉS GARCÍA y la merced de tierras solicitada por el Virrey Liniers al Rey de España, otorgada en 1809 en consideración a los méritos y servicios prestados a la corona española.


El 14 de junio de 1809, el virrey Santiago de Liniers solicitó al Rey de España, que en consideración a los méritos y servicios prestados, otorgara una merced de tierras al primer comandante del Tercio de Montañeses, también conocidos como "Cántabros de la Amistad", don Pedro Andrés García. Este Tercio, uno de los cinco que formaron los peninsulares procedentes de otras tantas regiones de España y radicados en Buenos Aires, estaba formado por cuatro compañias, de cincuenta hombres cada una.

 Los españoles que ejercieron la jefatura de esos tercios, según Paul Groussac "revelaron un laudable espíritu de disciplina, designando sin discrepancias a los vecinos mas autorizados y aptos para mandarlos" . Uno de ellos fue Pedro Andrés García. A comienzos del siglo XIX, no era frecuente que se concediera una merced, pues casi dos siglos separaban a esa época de la conquista. La actuación de García era un motivo consistente para justificar esa decisión de Liniers que, al concederle esta merced, mencionó los distinguidos servicios hechos por Pedro Andrés como segundo comandante del Primer Batallón de Cántabros voluntarios de Buenos Aires y su participación en la defensa de la autoridad y el orden contra los insurgentes, durante la asonada del 1º de enero de 1809.

Pero el motivo de peso fue el papel desempeñado por García en la Reconquista y Defensa de la ciudad: "Y siendo este comandante, con su Batallón, el que sostuvo el punto más interesante de la gloriosa defensa del 5 de julio de 1807; el que resistió y logró rendir al General Crawfurd y su columna en el Convento de Santo Domingo, y cuyo golpe obligó al enemigo a capitular". Este reconocimiento hizo Santiago de Liniers en sus últimos días como virrey, dolido como estaba por la muerte de su padre y asediado por las intrigas de sus adversarios. No solo valoró aquel aporte de Pedro Andrés al frente del Tercio de Cántabros sino también el importante donativo de éste para sostener la guerra contra Napoleón, además de los numerosos desembolsos hechos de sus bienes privados para uniformar la mayor parte de su Batallón.

El Virrey destacó "la energía, amor y celo con que ha mantenido a sus hijos en el servicio" , remitiéndose a otras misiones de gran importancia desempeñadas siempre por el coronel, en las que desplegó sus talentos y los conocimientos que había alcanzado en el Río de la Plata. Liniers recordó entonces, que cuando su gobierno se encontraba privado de recursos y desorientado respecto a la forma de sostener las tropas García le propuso algunas soluciones y las realizó el mismo revirtiendo la inacción y el estancamiento de más de ocho meses.

Dos meses antes de dejar su cargo de virrey en manos de Baltasar Hidalgo de Cisneros, Liniers pidió al Rey otorgara a Pedro Andrés esa merced en virtud de tales antecedentes y de los términos de la Real Orden del 13 de enero de 1809, en la que el monarca pidió a Liniers proponer el nombre de vecinos y oficiales que se hayan destacado en la reconquista de Buenos Aires de manos de los ingleses y que no hubieran sido debidamente recompensados, para hacerles objeto de ese reconocimiento. El Coronel Pedro Andrés García de Sobrecasa, tenía entonces 51 años y habían pasado 33 desde su llegada a Buenos Aires en la expedición del Virrey Cevallos.

FUENTE: Extracto de lo publicado por Manuel Rafael García-Mansilla en la Revista Todo es Historia Nº 486, páginas 24 a 34. Buenos Aires, Enero de 2008.

sábado, 20 de noviembre de 2010

20 de noviembre. Por primera vez se festeja a nivel nacional el "Día de la Soberanía Nacional"

Sobre las barrancas del Paraná, en el mismo sitio donde las tropas de la Confederación Argentina enfrentaron hace 165 años a la flota anglofrancesa, se celebrará hoy por primera vez el Día de la Soberanía Nacional. Será en el paraje Vuelta de Obligado, cercano a San Pedro, con la asistencia de la presidenta Cristina Fernández.

Más allá de estrenar un feriado y un fin de semana largo, la conmemoración hace foco en una gesta intencionalmente descuidada hasta ahora por la historia oficial. Como es habitual en los conflictos bélicos, la invasión tuvo como excusa “liberar” al territorio argentino de la “tiranía rosista”. Pero el verdadero motivo fue económico: independizar y fundar la “República de la Mesopotamia”, y hacer del Paraná un río internacional de navegación libre. Había además dos objetivos políticos: debilitar a la Confederación Argentina, y acentuar la secesión de la Banda Oriental, intención que contaba con el apoyo de Francia.

Juan Manuel de Rosas encargó frenar el avance de la moderna flota invasora a su cuñado, el general Lucio Norberto Mansilla. Consciente de la inferioridad de fuerzas, Mansilla se propuso al menos retardar el avance de las naves y, sobre todo, causarles el mayor daño posible. Para eso instaló cuatro pequeñas baterías, y tres cadenas de orilla a orilla en el paraje Vuelta de Obligado, donde el río se angostaba a 700 metros.

“Noventa buques mercantes, veinte de guerra”, recuerda Miguel Brascó en La vuelta de Obligado, que escribió y compuso para el uruguayo Alfredo Zitarrosa. Hoy, Teresa Parodi cerrará el acto a realizarse en el Parque Histórico Natural Vuelta de Obligado cantando ese triunfo.

Sin embargo, la batalla de la Vuelta de Obligado no fue un triunfo, y dejó numerosas bajas argentinas; aunque también las hubo del bando enemigo. Tampoco fue el único combate de la llamada guerra del Paraná. Pero los sucesivos enfrentamientos causaron importantes pérdidas humanas y materiales a la flota enemiga, que decidió emprender la retirada. Al abandonar el Río de la Plata, cumplió con la imposición de disparar veintiún cañonazos en desagravio al pabellón nacional.

Veintiún salvas de honor atronarán hoy en las barrancas. Será después de la Oración a los héroes de la Vuelta de Obligado, que interpretará por primera vez la banda militar “Tambor de Tacuarí” del Regimiento de Infantería Patricios, y que contiene los toques de órdenes de la batalla.



El acto musical comenzará a las 19 con el Himno Nacional, a cargo de la banda de Patricios y del barítono Ernesto Bauer. Para entonces ya se habrán concentrado en el Paraná una decena de naves de la Armada y decenas de embarcaciones deportivas y turísticas, convocadas a través de los clubes náuticos del norte bonaerense.

Será el momento de dejar inaugurado el monumento alegórico ideado por el artista plástico Rogelio Polesello, en el Parque Histórico Natural Vuelta de Obligado, ya preparado con infraestructura definitiva para recibir a los visitantes, incluidos miradores panorámicos, cartelería didáctica y un destacamento de Prefectura.

Los nuevos senderos comunican con el Museo de Sitio Batalla de Obligado y Centro de Interpretación de Flora y Fauna, un emprendimiento que la Dirección de Cultura de la Municipalidad de San Pedro llevó adelante mucho antes de que la Presidenta incorporara por decreto el 20 de Noviembre al calendario de feriados nacionales, y de que la Unidad Bicentenario organizara esta celebración.

También fue previo el hallazgo de más de 120 cartas inéditas sobre la batalla, que salieron a la luz en setiembre. Guardadas en el Juzgado de Paz de San Nicolás, habían pasado muchos años después al Museo y Archivo Histórico Municipal “Gregorio Chervo”, de esa ciudad; y fue el historiador nicoleño Santiago Chervo quien anotició de su existencia al director de Cultura de San Pedro, José Luis Aguilar.

La ceremonia de hoy es la culminación de la Semana de la Soberanía en San Pedro, con quince actividades culturales, deportivas y turísticas. Hoy, la Presidenta recibirá la Orden de la Soberanía Nacional de manos del historiador Pacho O’Donnell y de Luis Launay. Los festejos terminarán con un espectáculo de fuegos artificiales.

A disposición de quienes quieran estudiarlos quedarán los documentos inéditos, ya digitalizados, a la espera de continuar reconstruyendo este tramo de la historia argentina.

FUENTE. Sibila Camps. Diario"Clarin" 20 de noviembre de 2010.

viernes, 19 de noviembre de 2010

El Himno de Obligado

Cuando sonó el primer cañonazo enemigo, Mansilla bajó el brazo derecho y cerró de un golpe el catalejo. Todo estaba consumado. El crimen era un hecho. La cuarta guerra exterior del país comenzaba. El héroe alzó el brazo de nuevo, dio la señal convenida y el Himno Nacional Argentino estalló en la barranca. La primera bala francesa dio en el corazón de la patria.

La segunda bala francesa cayó sobre el Himno. El canto nacía indeciso en el fondo de las trincheras excavadas entre los talas, trepaba resuelto por los merlones de tierra, se deslizaba ágil por las explanadas de las baterías, corría animoso por los claros de grama esmaltados de verbenas, se animaba con furia animal en el monte de espinillos, y ascendía estentóreo y salvaje, en el aire de oro de la mañana de estío. Allí, hecho viento, transformado en ráfaga heroica, ganaba la pampa, el mar, la selva, el desierto, la estepa y la cordillera y uniendo de un extremo al otro del país la voz de júbilo con la de protesta, la de la imprecación con la del entusiasmo cívico, creaba un clamor de alegría y borrasca, incomparable y único.

La voz clara y sonora de Mansilla acaudillaba los ritmos heroicos. El eco pasaba de una garganta a la otra; partía de los pechos de acero que amurallaban la patria y se confundía y entrechocaba sobre los muros de las baterías. Las notas prorrumpían de los bronces y tambores majestuosamente, con corrección inigualable, como en un día de parada. La banda del Batallón 1º de Patricios de Buenos Aires, que ejecutaba el himno al frente del regimiento inmortal, solo encontraba extraño en esta formación de tropas que, en vez de ser un jefe, fuese la Muerte quien pasara revista. Lo demás era lo acostumbrado desde los tiempos de Saavedra y la trenza con cintas. La hueste asistía impecable a la inspección, en tanto la metralla francesa e inglesa llovía sobre las filas sonoras y abría claros en la música y el verso.

Los huecos se cubrían con premura y renacía la estrofa, redoblada y heroica. Cada voz sustituta centuplicaba la fuerza del canto. La oda se había constituido en una marejada incontenible de estruendo y de furia.

Toda la barranca ardía en delirio con las voces. Cantaban los artilleros, los infantes, los marineros, los jinetes, los jefes, los oficiales y los soldados, los veteranos de cien encuentros y los novicios que por primera vez, olían la sangre y la muerte. La misma tierra quería hendirse para cantar. Parecía pedir la voz de todos los pájaros para acompañar en el canto a quienes la amparaban hasta morir abrazados sobre ella, crucificados sobre su amor, dándole a beber generosamente de su propia sangre. Cantaban allí los camaradas de aquellos que custodiaba en su seno, y que murieron defendiendo su pureza criolla en los campos, sobre los ríos y las montañas, en los páramos frígidos y a la sombra de los montes de naranjos donde dormían cálidamente, bajo la lluvia votiva del azahar.

Los viejos patricios de Buenos Aires, los capitanes que cruzaron la cordillera con el Intendente de Cuyo y libertaron los países que se recuestan sobre un mar donde se pone el sol, los oficiales que habían combatido contra el Imperio del Brasil, destrozando a lanzazos los cuadros terribles de la infantería mercenaria austríaca, los marineros de camiseta rayada, cubiertos de cicatrices, que habían cañoneado y abordado naves temibles al mando del Almirante, en el río y en el mar, luchando en proporción de uno a veinte con la mecha o el sable en el puño, todos los que habían hecho la patria y no deseaban vida que no se dedicase a sostenerla, se hallaban allí y cantaban religiosamente, con la mirada arrasada y el corazón desbordante de ternura por los recuerdos, la canción que hablaba de cadenas rotas, de un país que se conturba por gritos de venganza, de guerra y furor, de fieras que quieren devorar pueblos limpios, de pechos decididos que oponen fuerte muro a tigres sedientos de sangre, de hijos que renovaban luchando el antiguo esplendor de la patria y de un consenso de la libertad que decía al pueblo argentino : ¡Salud! La canción era seguida por juramentos de morir con gloria y el deseo que fueran eternos los laureles conseguidos.




Jamás resonó canción como aquella. Los que habían conseguido los laureles pedían frente a la muerte que fueran eternos, los que vivían coronados por la gloria adquirida luchando con el fusil, el sable o el cañón, a pie, a caballo o sobre el puente de una nave, en defensa de su Nación, juraban morir gloriosamente si la vida debía comprarse al precio del decoro y el valor.

Los proyectiles franceses e ingleses caían ahora sobre la protesta, el desafío o la muerte, el orgullo y la voluntad. La voz, engrosada y magnificada por el eco, había recorrido de una frontera a otra de la tierra invadida, y retornaba al lugar de su nacimiento para recobrar vigor y lanzarse esta vez hacia el frente, en procura de los agresores. Descendía presurosa por la barranca, corría sobre la playa de arena, alcazaba la orilla del río, volaba sobre el espejo del agua y se lanzaba al abordaje sobre los invasores, repitiendo un asalto sorpresivo y desenfrenado. Trepaba por las cuadernas de las quillas, se encaramaba por las bordas, hacía esfuerzos desesperados por amordazar los cañones de 80 milímetros, de 64, de 32, las cien bocas que vomitaban fuego sobre las baterías de menor alcance, lograba poner el pie en las cubiertas, brincaba a lo puentes donde se hallaban, condecorados y magníficos, Tréhouart, el capitán de la Real Marina Francesa y el Honorable Hothan, de la armada de Su Majestad, con uniformes de gala, cubiertos de entorchados, dirigiendo con el catalejo el bombardeo implacable e impune; ascendía por los obenques a las gavias y las cofas y giraba sobre las arboladuras lanzando un grito recio y retumbante. Luego descendía sobre el río y soplaba en el mar, y a través de las olas, cabalgando sobre el agua y la espuma, pisaba la tierra desde donde las naves habían partido y se retorcía en remolinos briosos y épicos en busca de oídos para requerir, demostrar, probar, retar y herir.

La canción aludía a los derechos sagrados del hombre y el ciudadano, a los principios de igualdad política y social, al respeto por la propiedad ajena, a la soberanía de la Nación, a la obligación de cada ciudadano de respetar la ley, a la libre expresión de la voluntad popular, al respeto de las opiniones y creencias ajenas, a la abolición de los obstáculos que impiden la libertad y la igualdad de los derechos. La voz hablaba de la injusticia de la metralla, y ésta, tal como si hubiera interpretado la protesta del canto, hería ahora el seno de la voz, en acto obstinado, buscando rabiosamente el corazón de la canción.

Los defensores eran ya los árbitros de la batalla. El enemigo había entendido la voz y comprendía que el triunfo pertenecía, por derecho propio, al atacado, cualquiera fuera el desenlace de la acción. Ya no significaba nada vencer en el encuentro y cobrar el botín de la conquista para conducirlo a la tierra donde estallarían aclamaciones y vítores junto a los arcos de triunfo. El adversario cantaba estoico frente a la muerte; cantaba vivamente, alegremente, enhiesto e impasible, sin responder al fuego, como queriendo demostrar que era más importante terminar con aquel canto, antes que defender la vida y resguardar la defensa del paso. Los cañones de 80 golpeaban el vacío, asesinaban la nada; las granadas explosivas no acallaban la música ni podían matar la poesía. La lucha era imposible: ¡Si al menos los defensores hubieran dejado de cantar!...

Cuando la voz dejó de escucharse hasta en su último eco, Mansilla recogió de nuevo el catalejo, tomó la espada, y alzando el brazo nuevamente, dio orden de iniciar el fuego contra las naves. La barranca ardió en llamas y comenzó el cañoneo que se sostendría por espacio de ocho horas…Pero la hazaña principal estaba cumplida, con el Himno entonado frente al adversario y que escucharían después los siglos. La música de los cañones sólo componía el acompañamiento de este canto. El héroe había legado a la patria su tesoro más puro de heroísmo, de exaltación emocional y de pasión patriótica: el Himno ganaba de paso, igualmente, la batalla de la Vuelta de Obligado.

 FUENTE:  José Luis Muñoz Azpiri (h) nació el 22 de junio de 1957 en Buenos Aires, cursó estudios superiores de Historia en la Universidad del Salvador y de Antropología en la UBA y la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México. Egresado del Curso Superior de la Escuela de Defensa Nacional, integra el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas. Ejerce el periodismo en diversos medios nacionales y extranjeros. Su último libro (2007) es "Soledad de mis pesares" (Crónica de un despojo).

sábado, 6 de noviembre de 2010

El coraje en la diplomacia


Por Juan Vicente Sola

Hay un debate público sobre las declaraciones testimoniales de un diplomático ante un juez de instrucción, y si esas declaraciones debían ser investigadas. Si la característica de los funcionarios en la carrera diplomática es la indefensión, y el costo del coraje depende de los riesgos que se deben asumir, se nos plantea la siguiente pregunta: ¿requieren los diplomáticos un mayor coraje para el cumplimiento de ciertas actividades o el ejercicio de ciertos derechos?

En algunos casos, la exigencia puede ser cercana al heroísmo. La indefensión se debe a la facilidad con que se los puede someter a la persecución y el castigo -cambiarlos de funciones o destinos sin necesidad de dar explicaciones- y a la discrecionalidad de los premios, sean éstos traslados apetecidos o ascensos en la carrera.

A veces, la indefensión ocurre simplemente por estar fuera del país. El servicio exterior se cumple lejos de la toma de decisiones, alejado de toda información y sin poder influir en ellas. Los funcionarios pueden ser víctimas de fáciles difamaciones repetidas en forma de rumor, con el riesgo de sumarios interminables, reparados tardíamente por la justicia cuando las carreras están destruidas.

¿Tiene un diplomático que ser valiente? La respuesta es afirmativa, pero estas situaciones no deben ser causadas por diferencias de criterio con las autoridades. En las democracias constitucionales, el ejercicio de los derechos o la expresión de las opiniones no supone heroísmo. Tampoco el cumplimiento de los deberes, como es prestar declaración testimonial ante un juez de instrucción.

Sin duda, hay actos de heroísmo en la diplomacia: Raoul Wallenberg, el cónsul sueco, salvó a miles de perseguidos durante la Segunda Guerra Mundial, hasta su misteriosa desaparición. El argentino Daniel García- Mansilla salvó la vida a cientos en la confusión de los primeros momentos de la Guerra Civil Española.

Los altos costos de la indefensión hacen que la carrera diplomática imponga incentivos que llevan al temor por la inseguridad profesional. En algunos casos, se puede caer en la complacencia ante las autoridades que pueden disponer fácilmente de los destinos de los funcionarios y sus familias. Pero los incentivos reiterados se convierten en una cultura de dominación por parte de algunos gobernantes y del acatamiento por los funcionarios. Es un fenómeno habitual en las grandes organizaciones, que hay que evitar.

En su obra Camino de servidumbre , Friederich Hayek señala en el capítulo "¿Por qué los peores se ponen a la cabeza?", que muchas veces en una organización burocrática la estructura es jerárquica y que los incentivos no favorecen el coraje. En principio, porque cuanto más elevadas son la inteligencia y la educación de una persona, más se diferencian sus opiniones y es menos probable que acepte que se le imponga una jerarquía particular de valores. Si deseamos uniformidad en los puntos de vista, tenemos que descender a los más bajos niveles morales e intelectuales.

La segunda causa destacada por Hayek es que existen quienes están dispuestos a aceptar un conjunto de valores ya confeccionado, quienes tienen ideas o emociones vagas y aceptan el conformismo como forma velada del cinismo.

El tercer elemento, que Hayek considera el más negativo, es la envidia a los mejores, la lucha contra los que son ajenos al grupo, el nosotros contra ellos, distinción que no solamente acontece en partidos políticos populistas, sino también en atmósferas de club y que se resume en la expresión: "No pertenece a nosotros".

Toda organización que tenga un poder amplio sobre los destinos de sus funcionarios fomenta la existencia de los "duendes de la camarilla" que se acercan al poder y obtienen privilegios, que en algunos casos no coinciden con el interés general. El coraje de los gobernantes consiste en evitar las tentaciones del abuso de poder, en no consentir camarillas y en asegurar que los mejores funcionarios cumplan con su función, sin necesidad de ejercicios heroicos.

Publicado en © LA NACION. Jueves 27 de mayo de 2010 | Publicado en edición impresa

El autor es experto en Derecho Constitucional (UBA) y académico de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.

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