lunes, 8 de diciembre de 2008

Lucio Victorio Mansilla, el príncipe de las Pampas.

Con motivo de la reedición de Entre nos (El Elefante Blanco y María Rosa Bemberg) se evoca a uno de los grandes autores argentinos del siglo XIX: un héroe de capa y espada, que se movía con igual soltura en las cortes europeas y en las tolderías, que seducía con su charla a caciques y emperadores.

"¡Qué hermoso debe de ser con sus plumas!", exclamó la dama francesa cuando le informaron que el caballero, tan apuesto y elegante, que en aquella fiesta en París le había llamado la atención hasta el punto de requerir -discretamente- sus datos, era un militar argentino. Para el europeo medio, salvo contadas excepciones, la Argentina era todavía, allá por 1880, una región nebulosa donde el Brasil llegaba hasta el Río de la Plata y las pampas interminables se mezclaban con las espesas florestas tropicales, pobladas por salvajes pintorescos, como los representaron, en el siglo anterior, los frescos de Tiépolo y las tapicerías de los Gobelinos.

Enterado de aquel comentario, el personaje aludido, el entonces coronel y luego general Lucio Victorio Mansilla, rió de buena gana, lo anotó en su prodigiosa memoria -que conservaría hasta la muerte- y no dejó de envanecerse ante la idea de revestir su espléndida figura con el colorido plumaje atribuido por la imaginación popular a los nativos del Plata. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, toda su vida vestiría con un estilo muy personal, muy propio, inimitable y que sus contemporáneos juzgarían extravagante.

De ahí el dandismo que tradicionalmente se le atribuye, el rasgo destacado por todos sus biógrafos como el más característico de su persona. Esa persona que es protagonista absoluta, encarnación suprema del narcisismo, de todo lo que escribió (¡y vaya si escribió Mansilla!), salvo los textos técnicos. Pero otros rasgos no menos sobresalientes lo apartan del dandismo tal como lo codificó su profeta, el hermoso Brummell. Según éste, el auténtico dandi no impresiona sino por el corte irreprochable y la calidad de las telas de su vestuario; nada debe ser ostentoso, ni llamativo, y hasta recomienda no aparecer nunca en público con ropas flamantes: conviene rasparlas un poco con un vidrio y estrujarlas, para que se las vea algo gastadas y arrugadas.

En Mansilla predomina, en cambio, una evidente teatralidad. Encarna un personaje, que es él mismo, uno y vario a la vez. Puede ser el militar corajudo, reventador de caballos en travesías de miles de leguas, capaz de resistir setenta y dos horas sin comer -pero tan sólo treinta y seis sin beber-, huésped en las tolderías de los ranqueles con su impecable uniforme azul y guantes grises en las manos, hermosas e inmaculadas. Envuelto, además, en una capa no reglamentaria (le encantará, toda su vida, trasgredir las normas), un verdadero manto de finísimo paño rojo, semejante al de los espahíes franceses en las guarniciones nordafricanas. Y puede ser el gran señor porteño, levita gris y estrechos pantalones del mismo color, sombrero de ala ancha, requintada, monóculo y flexible varita, que el fotógrafo de moda, el inglés Witcomb, retrata, mediante un truco con espejos, sentado a una mesa en animada conversación consigo mismo. ¡Cuánto le habrá complacido al general esa reiteración de elegantes, idénticos Mansillas, cuatro o cinco, contándose y volviéndose a contar las infinitas anécdotas de una vida increíblemente rica en peripecias, en aventuras, en personajes curiosos!



Un héroe de Verne
Porque mucho más que a un jinete romántico, capa al viento y sable refulgente en mano, si a alguien se parece Mansilla, más que a un dandi, más que a su admirado conde Alfred d´Orsay -entrevisto al paso en las mañanas de Hyde Park- es a un personaje de Julio Verne. Lucio Victorio pudo ser perfectamente el impasible Phileas Fogg, en su vuelta al mundo en alocada carrera contra reloj, o uno de esos extravagantes caballeros entregados a pasiones científicas, a los que el novelista francés hace descender al cráter de un volcán en Islandia, recorrer los mares en busca del insólito rayo verde arrojado por el sol poniente, o partir en cohete a la Luna.

Como ellos, tuvo Mansilla la afición desmesurada por la lectura de reseñas científicas. Lo fascinaban los inventos, los avances de la técnica, las exploraciones de continentes todavía vírgenes. Una curiosidad ilimitada espoleaba a su poderosa inteligencia. Hijo de su tiempo, se interesó tanto por la presunta ciencia de la frenología -reconocimiento del carácter de una persona por las características de su cráneo- como por la electricidad, la incipiente investigación del átomo, las andanzas de los espiritistas. Más que la naturaleza, las artes (cuya reina era, para él, la pintura), la física, la química, lo atraían las personas. Seducía al prójimo porque se interesaba por él: la gente agradece la atención que se le otorga, y Mansilla poseía esa innata cualidad de hacer sentir a su interlocutor como único, indispensable e irreemplazable. Es una cualidad imprescindible para los políticos; curiosamente, la política le fue siempre esquiva al general, quien persiguió en vano, durante años, un ministerio que sucesivos presidentes amigos le negaron; y hasta llegó a pensarse presidente él mismo.

Ocurre que solía pecar de indiscreto. Muchas veces lo traicionaba el impulso irresistible de imponer su criterio por encima de normas y leyes, convencionales, si se quiere, pero vigentes. De casta le venía: sobrino carnal de Juan Manuel de Rosas (su madre, la bella Agustina Rosas, era la hermana favorita del Restaurador), Mansilla pertenecía al linaje de estancieros dueños del país -y, sobre todo, de su provincia más rica, Buenos Aires-, señores feudales de horca y cuchillo, apenas atemperados sus excesos por la lenta infiltración de usos y costumbres de los dos países rectores de Europa, o sea, del mundo en el siglo XIX: Inglaterra y Francia. Como primogénito del famoso y acaudalado general Lucio Mansilla y de la no menos rica y dominante Agustina, Lucio Victorio fue criado y educado con casi espartana severidad, pero con un concepto hondamente arraigado de su posición social.

De Palermo a París

Nada hacía prever el destino literario de Lucio Victorio. Una educación fundamentada, como era de rigor entonces, en las humanidades clásicas, pero bastante dispersa, y el ya apuntado rango social lo llevaban a ser un gran señor dedicado, como quería su padre, al comercio de carnes, producción básica de las vastas posesiones familiares. A raíz de algunas turbulencias adolescentes, Lucio padre lo destinó, sin más, a un saladero que poseía entre Ramallo y San Nicolás. Con la estoica resignación que, pese a las escapadas imaginativas, no lo abandonaría nunca, el muchacho emprendió sus pesadas tareas. En la parca biblioteca del escritorio paterno encontró algunos libros franceses (desde la cuna le habían enseñado ese idioma, y también inglés, latín y griego, sin contar la frecuentación de los clásicos españoles, todavía vigentes entonces en el habla rioplatense) que lo atrajeron. De sopetón se presentó un día Lucio padre y encontró a su primogénito despatarrado en la cama, a la hora de la siesta, leyendo El contrato social de Rousseau. Sin más, tras advertirle que si uno era sobrino de Rosas no podía leer ese libro ni La nueva Heloísa , lo despachó a la India, con el pretexto de hacer negocios, munido de una fortuna, veinte mil libras esterlinas en monedas mexicanas de oro y plata, y de una guitarra provista de un moño rojo, regalo de "Mama" Agustina.

Como corresponde, Lucio Victorio casi ni se ocupó de hacer negocios en la India, donde arribó tras noventa y seis días de navegación. Muy pronto, después de recorrer Egipto y pasar por Estambul, estará en París, ciudad que desde entonces adopta como segunda patria. En comparación, Londres lo decepciona bastante. Allí se entera de los acontecimientos que se precipitan en Buenos Aires -Urquiza está a punto de pronunciarse contra Rosas- y emprende el regreso. Llega a fines de 1851.
"Desembarcó -informa su excelente biógrafo, Enrique Popolizzio- luciendo vestimenta extraña y fastuosa: pantalones angostísimos, llamativa levita muy larga, sombrero de copa alta, reluciente y puntiaguda". Desde el puerto, una turba de chiquilines asombrados y burlones lo sigue hasta la casa paterna, en la esquina de las actuales Suipacha y Alsina. No habían visto nada, todavía. Para ir a saludar al tío Juan Manuel y a la prima hermana Manuelita, en la residencia de Palermo, el dandi porteño se vistió así: pantalón gris perla, levita azul, chaleco rojo (naturalmente) con botones de esmalte, corbata de raso azul, de doce vueltas, alfiler de zafiro, botas angostas de charol, guantes amarillos y la famosa galera de felpa. "Mama" Agustina le sugirió usar, en vez del zafiro, un alfiler con la cabeza de Minerva labrada en coral; Lucio Victorio la prendió en la solapa, manifestando así, desde temprano, su desdén de las convenciones y su certeza de que la moda la impondría él. Su propia moda, claro.

Es de imaginar la sorpresa que atuendo semejante provocó en el cortejo que escoltaba a Manuelita. Muy tarde en la noche, Rosas por fin lo mandó llamar e invitándolo a sentarse a la mesa, procedió a leerle un larguísimo mensaje a la legislatura de la provincia, en tanto lo convidaba con arroz con leche. El pobre viajero recién llegado debió soportar una lectura que se prolongó hasta la madrugada y contabilizó siete platos de esa golosina, convertida ya en una tortura repugnante. La anécdota configura una de las páginas más justamente celebradas de Entre nos o Causeries del jueves , acaso la recopilación de textos -cinco volúmenes en el original- más significativa y reveladora del Mansilla íntimo, más allá de las excelencias narrativas y documentales de su obra mayor, Una excursión a los indios ranqueles (1869-70).

La caída de Rosas no sólo perturbó -apenas- las finanzas familiares. Lucio Mansilla padre, guerrero de la Independencia y honorable defensor en la Vuelta de Obligado frente a las escuadras combinadas de Francia e Inglaterra, resolvió alejarse por un tiempo de las costas del Plata y emprendió viaje a España con su hijo mayor. Del exilio guardará Lucio hijo el recuerdo de las veladas con los colegas de su padre que habían intervenido en la guerra contra Napoleón. Soldados encallecidos que evocaban sin tapujos, con la franca contundencia de la lengua española, los horrores de la contienda, tal como los registró Goya para siempre. De Madrid fueron a París, y allí los argentinos conocieron y trataron al inminente Napoleón III, todavía presidente de una Francia que se ponía mansamente a sus pies, y a su cortejada, la bella Eugenia de Montijo. Quiere la leyenda que Mansilla padre haya aconsejado a la noble andaluza aceptar la oferta matrimonial del emperador.

De regreso en la patria, Mansilla se casó, a los veintiún años, con su prima Catalina Ortiz de Rosas y Almada, de diecinueve. El derrocamiento del tío Juan Manuel afectó la fortuna familiar: era preciso trabajar. Entre otras múltiples tareas, sobre todo periodísticas, Lucio oficiaba de secretario del general Emilio Mitre. En tal carácter, intervino en la batalla de Pavón y allí, al ser designado "capitán de guerra", comenzó la carrera militar.

De todo un poco

Ya en el transcurso de aquel primer viaje de juventud llevaba Lucio Victorio un diario de sus andanzas, donde registraba personas y lugares que había conocido, anécdotas varias, reflexiones, ocurrencias. La vida militar en las fronteras de este país inmenso y despoblado implicaba rigores y peligros ciertos -los indios, sobre todo-, pero también una dosis inevitable de tedio. Y si bien Mansilla era un trabajador infatigable, que asombraba a todos por la capacidad de despachar intrincados asuntos burocráticos y disciplinarios, alternar con los notables del lugar y con los caciques, trazar completísimos relevamientos topográficos del territorio -muchos de ellos, de memoria, facultad que era en él excepcional-, cartearse con sus superiores y sus amigos en Buenos Aires, todavía le quedaba tiempo para anotar sus impresiones y, sobre todo, recordar las etapas de los viajes, pensamientos y frases cosechados en las caudalosas lecturas, sagaces retratos, a veces muy maliciosos, de personajes públicamente importantes o no.

Todo este colosal repertorio fue decantándose en su espíritu hasta impulsarlo a emprender, veinte años después de Una excursión..., una publicación semanal en el diario Sudamérica , las Causeries de los jueves , a las que, después de pensarlo mejor, rebautizó Entre nos , conservando el anterior como subtítulo. Cada artículo era dedicado a un amigo, o al menos conocido, del autor; la lista de esas amistades es inmensa y en ella figuran casi todos los nombres de la gente conocida de aquella época. Conocida por ser "gente bien", "gente como uno", o por alguna actividad sobresaliente, en especial en la política. Dado que aquella connotación social y esta otra, profesional, coincidían las más de las veces, bien puede decirse que se trata del catálogo de las personas que entonces, hacia 1890, respondían a la pregunta de una revista de actualidad en este año 2000: ¿quién tiene poder en la Argentina? Ellos lo tenían, y mucho.

Al margen de esas consideraciones sociopolíticas, si es que puede prescindirse de ellas en este caso, ¿qué atractivo tiene Entre nos para un lector de hoy? Mansilla posee una innata cualidad de escritor. De artista, si se quiere, ya que indudablemente disfrutaba de agudo sentido estético y no carecía, por cierto, de recursos expresivos muy nobles. Tiene el don de la velocidad: escribe con el ritmo sostenido y musical de quien habla, con las pausas, las inflexiones y la sencillez de una narración oral. Son, de verdad, causeries , esto es, conversaciones. Charlas de club, entre amigos: "entre nos", que nos conocemos y compartimos una visión del país y del mundo.

Es justo acusar al escritor de ligereza. Él lo sabía y, lejos de negarlo, con su típica complacencia, lo asume y hace de la carencia, virtud. Es verdad que escribe demasiado y que muchas veces extravía el tema en digresiones que pueden volverse interminables; y que sin necesidad, con astucia de folletinista por entregas, posterga hasta el jueves venidero una conclusión evidente (de ahí que en esta nueva edición de El Elefante Blanco se hayan suprimido algunos fragmentos prescindibles). Pero muchas de esas digresiones contienen a menudo elementos que cautivan al lector contemporáneo: el humor irónico, el escepticismo expresado con gracia, la mirada despojada de ilusiones y que termina por analizar sin falsa piedad, pero con la dolorosa herida del amor burlado, los defectos de los argentinos. Después, a medida que el general se acerca a su fin, esa mirada se vuelve más penetrante, más certera y más angustiada: un texto muy posterior a las Causeries , Un país sin ciudadanos , de 1908, podría haber sido escrito en la Argentina de hoy.

El vals de Francisco José

Los últimos años del general, que vivía en París asistido por su fiel criado gallego, Manuel Peña, no fueron felices. La única hija que le quedaba murió en plena juventud, como sus hermanos. Esa circunstancia acentuó la sensación de vacío que transmiten sus textos postreros, y el presentimiento de la destrucción del mundo en que le había gustado vivir, el mundo donde frecuentaba los salones aristocráticos e intercambiaba correspondencia amistosa con el conde Robert de Montesquiou, el modelo del barón de Charlus para En busca del tiempo perdido , de Marcel Proust.
Mansilla no nos perdonaría, sin embargo, una despedida melancólica y sin esperanzas. Mientras el lector aguarda reencontrarse con su inimitable estilo en las páginas de Entre nos , recorramos algunas anécdotas reveladoras de su más auténtica personalidad. Por ejemplo, cuando, enviado plenipotenciario a las cortes de Alemania, Austria-Hungría y Rusia, presenta sus credenciales al zar Nicolás II, notorio por la cortedad de genio que compartía con su mujer, la zarina Alejandra. Grande fue la sorpresa de los cortesanos cuando, en medio del increíble lujo ostentoso de la corte rusa, se asistió a la insólita prolongación de la entrevista más allá del límite protocolar. El gran conversador que era Lucio Victorio, chispeante y encantado de representar el papel de embajador, con el uniforme recamado de oro y cargado de medallas, estaba entreteniendo como nadie a la pareja imperial, en dos idiomas que hablaba a la perfección, inglés y francés.

También se hizo amigo del venerable emperador de Austria, Francisco José, y ambos intercambiaron confidencias sobre lo que significaba estar casado con una mujer relativamente joven. Porque Mansilla, viudo, ya en sus altos años volvió a casarse con una dama inglesa, pero de familia argentina radicada en Inglaterra, Mónica Torromés, viuda a su vez de un banquero. Se casaron en la catedral católica de Westminster, en Londres, el 9 de febrero de 1899, y los sobrinos del general, descendientes de su adorada única hermana, Eduarda Mansilla de García, estaban preocupados por el tema de la confesión. Mansilla nunca había sido ferviente católico y la familia decidió vigilarlo con discreción para ver si se confesaba correctamente. Asombrados, lo vieron regresar del confesionario casi de inmediato, y lo interrogaron: ¿cómo?, ¿tan poco tiempo para examinar una conciencia de tantos años? El les contestó, secamente: "Le dije al cura que amé a muchas mujeres y maté a muchos hombres. ¿Qué más?"



Por Ernesto Schoo
Para La Nación - Buenos Aires, 2000

domingo, 16 de noviembre de 2008

General Lucio Norberto Mansilla. Héroe de la batalla de: “La Vuelta de Obligado”


“¡Allá los teneís! , considerad el insulto que hacen a la soberanía de nuestra patria al navegar, sin más título que la fuerza, las aguas de un río que corre por el territorio de nuestro país. ¡Pero no lo conseguirán impunemente! ¡Tremola en el Paraná el pabellón azul y blanco y debemos morir todos antes que verlos bajar de donde flamea! Cuando la banda comenzó los acordes del himno, este fue coreado con inenarrable emoción. Nunca se dijo con tanta fuerza el último verso del estribillo:¡O juremos con gloria morir!

Fue al despuntar el día 20 de noviembre de 1845, cuando el General Lucio Norberto Mansilla, nuestro cuarto abuelo, momentos antes de iniciar el combate, enfervorizó a sus soldados con aquellas soberbias palabras, no recogidas todavía por el bronce. El mismo río, que en fecha memorable espejo por primera vez la bandera de Belgrano, iba a ser testigo de una gloriosa hazaña. Pocos kilómetros al norte de San Pedro, en el recorrido llamado Punta o Vuelta de Obligado, tendría lugar el histórico acontecimiento.

Al cumplirse un nuevo aniversario de la que hoy se denomina “La Batalla de la Soberanía”, hemos querido recordar a todos tan magno acontecimiento y a quién le cupo el honor de conducir las tropas y nos dejó magnífico relato de dicha batalla.

A raíz de Obligado, el nombre argentino fue puesto en todas las bocas; la prensa de todos los países civilizados comentó con admiración la firmeza americanista de Juan Manuel de Rosas frente a la intrusión. Y aún los propios compatriotas de los invasores, a través de muchos de sus voceros, se hicieron eco elogiosamente del valor argentino.

¿Quién era Lucio Norberto Mansilla, el jefe que dirigió las fuerzas de la Confederación en esa inolvidable jornada? Un veterano de la Independencia, de 53 años, natural de Buenos Aires, a la que defendió en las Invasiones Inglesas siendo casi un niño bajo las órdenes de Liniers. Poco después lucho junto al infatigable José Gervasio Artigas para desalojar a los portugueses de la Provincia Oriental, y ese no fue su único aporte en tal sentido: intervino en el Sitio de Montevideo, al lado del general José Rondeau y por fin, en las filas del comandadas por el coronel Domingo French, , fue de los que tomaron En aquella mañana, que puede incorporarse por derecho propio a los grandes fastos nacionales. José de San Martín, siempre por encima de los partidismos, le atribuyo a la resistencia de Obligado tanta importancia como a la gesta que nos emancipó de España. Pero los que vinieron después, si bien respetaron en cierto modo al Libertador, no se inspiraron en su conducta: la historia oficial siempre estuvo envenenada de partidismo. Por eso durante años el 20 de noviembre transcurrió inadvertido para el país: la escuela lo ignoró; la prensa no se hace eco de aquellos marciales clarines, ni de las baterías que atronaron el espacio desde las barrancas del Paraná.

Sin embargo la verdad triunfa siempre. La historia es una ciencia y el esclarecimiento documentado - que hoy avanza en gran escala - determinará el inevitable reconocimiento.


Este montaje es un reconocimiento al General Lucio Norberto Mansilla.
Debieran considerar las autoridades nacionales, la incorporación de
su imagen en nuestros billetes de pesos veinte.

Hoy afortunadamente todos los argentinos tenemos un mejor conocimiento expresado entre otras cosas por el monumento erigido a la memoria de Juan Manuel de Rosas y por la emisión del billete de pesos veinte que a diario nos recuerda esta epopeya, pero fundamentalmente porque los dirigentes con no poca dosis de sabiduría han entendido que mas allá de las ideologías o las pasiones que despierta la figura de Juan Manuel de Rosas, su firme política de defensa de nuestra soberanía, que fue respaldada con heroísmo por nuestros hombres de entonces, nos hizo acreedores a la admiración de América y al respeto del mundo.

Extraído en parte de un artículo publicado por el historiador Don Francisco Hipólito Uzal, en la Revista Todo es Historia, Año II, Número 19, publicado en el mes de noviembre de 1968

domingo, 15 de junio de 2008

UNA VISITA A BRETAÑA, REGIÓN DE FRANCIA, MUY LIGADA AL PASADO HISTÓRICO DE LOS GARCÍA-MANSILLA

“Bretaña” ; “Vannes” ; “Brest” ; “Plaudren” ; “Le Nedo”. Mencionar estos nombres, es evocar los orígenes de una de la tres ramas de la familia García-Mansilla y recordar la vida juvenil de nuestro bisabuelo Manuel José y sus hermanos Eda, Rafael, Daniel, Eduardo y Carlos, quiénes fueron educados en la mítica tierra del Rey Arturo y los caballeros de la Mesa Redonda.

En el año 1876, al contraer matrimonio el Barón Charles Marrier de Lagatinerie con Eduarda García-Mansilla se fundó la rama francesa de nuestra familia, que habitó en Bretaña hasta nuestros días.

Nuestra hermana Marisol, que vive en Madrid, celosa custodio de la memoria familiar, emprendió desde dicha ciudad española un viaje, en el mes de octubre, hacia Bretaña, con el fin de conocer la región y el castillo “Le Nedó”, construido por nuestros tíos bisabuelos Charles y Eduarda, casa natal de sus ocho hijos.

Sus vivencias nos llegaron mediante una carta enviada a su hermano Manolo, en la que nos hace un delicioso relato sobre lo vivido y que hoy queremos compartir con toda la familia.

Salimos de Madrid un viernes a las diez de la mañana, con Chus y Juan, dos amigos de toda la vida. Fuimos en el auto de Alejandro y conforme íbamos viajando, parábamos en el camino a tomar café y a cargar gasolina. Llegamos a almorzar a "Irún", un municipio de la Provincia de Guipúzcoa, País Vasco, fronterizo con Francia, país del que se encuentra separado por el río Bidasoa. Se trata de la segunda ciudad más importante de Guipúzcoa, tras su capital San Sebastián, donde comimos fenomenal en un restaurante de la parte vieja.

Seguimos camino, compramos riquísimos patés en una granja de "Las Landas", que es la tierra del tursan y del armagnac. Allí se encuentra el mayor bosque de Europa, espesura que brinda magníficos viñedos y que también es lugar de cría del Chalosse y las aves del famoso Sello Rojo, también se cultiva el maíz, kiwis del Adour, espárragos silvestres de las arenas y, por supuesto, se hace buen vino.

Llegamos un poco cansados, pero felices a dormir a “La Rochelle” que es una ciudad preciosa, completamente amurallada, con sus murallas y foso sobre el mar. Tiene unos 100.000 habitantes y es una tranquila ciudad situada en la costa oeste de Francia, al norte de la Gironde, que se valora como uno de los centros más atractivos entre las costas de Bretaña y el golfo de Gascuña.

Dormimos en un hotel que daba al mar, recorrimos la ciudad y seguimos camino a I’lle de Ré, una isla pequeñita en frente de La Rochelle. De allí continuamos viaje y llegamos a "Rennnes" , capital de Bretaña, metrópoli de arte y de historia, que constituye una etapa ineludible para entender mejor la realidad bretona de ayer y de hoy. Expresa su fuerte identidad cultural a través de uno de sus importantes edificios, el Palacio del Parlamento de Bretaña que encierra la historia bretona dando testimonio del arte pictórico excepcional del siglo XVII francés.

Luego entramos en "Dinan", que es increible, parece que el tiempo se ha detenido en la Edad Media, tiene un castillo fantástico, murallas, callecitas y casas milenarias. Nos fascinó su ambiente y nos hizo enamorarnos de Bretaña.



Tomamos el té, caminamos por las murallas y el castillo y nos fuimos rumbo a "Saint Malo". donde queríamos pasar la noche.



Esta última es una ciudad protuaria, situada en el departamento de Ille-et-Vilaine, de la que es una de sus subprefecturas, en la región de Bretaña. Tiene la particularidad de que el centro histórico está amurallado completamente en forma circular, una construcción que data del Siglo XIII.

Esta ciudad era el puerto más importante de Francia en su época, amurallada, sobre el mar y que fuera reconstruida después de la Segunda Guerra Mundial. Es increíble, pero muy militar y más dura que Dinan. Allí dormimos en el Hotel Intra Muros, una casa del 1600, con mucho señorío – como decían ellos -, pero no muy cómodo. No te imaginas lo que fue estacionar el auto en el garage, ya que el suelo era de tablones de madera, los que crujían pareciendo que se iban a partir. Cenamos en una creperie unas galettes -crepes salados con harina integral- muy ricas y nos fuimos a jugar a las cartas al hotel.

Al día siguiente, nos fuimos a misa a la Catedral y allí descubrí que los habitantes de Saint Malo, se llaman malouines y fueron los que colonizaron las Malvinas, de allí que su nombre originalmente era Malounias ¿Qué tal?

Por fin salimos para "Saint Michel". Es alucinante ver esa franja de tierra que sale hacia el mar y la muralla inexpugnable, sobre la que se aposenta la abadía, dejamos el coche en el aparcamiento, donde había un cartel que decía: “atención, la marea sube doce metros a las 19 horas, debe retirar su coche antes de esa hora”

La marea sube y tapa todo. Bueno, si, subimos, y subimos……y subimos la escalera de piedra. La abadía, en si misma, me desilusionó. Ya quisieran tener en Francia, para un día de fiesta, el gótico de la catedral de León o el románico de San Isidoro, pero el claustro es muy bonito y el enclave fantástico. Con perdón de mis primos franceses, me surgió la sangre española!! Bajamos, bajamos y bajamos, tanto que me temblaban las piernas al llegar al pie de la muralla. ¡ me estoy haciendo vieja !!! Almorzamos requetebien en un restaurante dentro de la muralla y seguimos camino a "La Fougere".

¡Que decirte de esta ciudad!!! Fougeres, está sacada de un libro de cuentos, es una pequeña ciudad del departamento de Ille-et-Villaine, dentro de la Provincia de Bretaña. Rara vez recomendada por las guías turísticas con el equivocado criterio de que lo atractivo es lo monumental o lo sorprendente.

Un castillo maravilloso, murallas, aldea medieval, catedral, un jardín público como no lo había visto en mi vida. Un concierto de colores, flores, arbustos, todo super bien cuidado, desde allí, bordeando la muralla, se divisaba el castillo y el pueblo medieval. Tomamos el té y seguimos a "Vannes". Esta ciudad merece un punto y aparte.

Lo increible de Vannes son sus muros sobre el mar, con sus torreones, su palacio encastrado en la muralla, esas lavanderías medievales y, justo enfrente, como si fuera un estacionamiento, cientos de veleros y el mar. Me sorprendió que no oliera a mar. Si no te acercas a ver el agua, parece que estuvieran en un dique seco. Dormimos en el hotel Le Roof, en la Isla de Conelau, allí está lleno de islas y brazos del mar, realmente es una Venecia, como tu me dijiste. Allí murió San Vicente Ferrer, santo español, nacido en Valencia, muy milagroso y patrono de Vannes. No encontré el colegio de los jesuitas donde estudiaron nuestros tíos bisabuelos y no teníamos demasiado tiempo para seguir buscando. Nos fuimos a ver los menhires y dólmenes paleolíticos de Carnac ¡¡¡No los has visto!!! Es increíble, hay más de tres mil dólmenes. Vienen de todas partes del mundo a verlos. Es de lo más importante que hay en el mundo de esa época. Visitamos un túmulo –monumento funerario del paleolítico-,impresionante, sacamos fotos y seguimos en busca de Plaudren.



Llegamos al pueblo de Plaudren muy bonito, como todo allí, y preguntamos por el castillo de “Le Nedo”. Nos dieron instrucciones y tuvimos varios intentos fallidos, hasta que encontramos a unos campesinos que nos explicaron que estaba entre “ese” bosque.

Nos metimos en un bosque muy espeso, como de película de terror, los árboles se iban cerrando sobre nuestras cabezas y la maleza, crecida a su arbitrio, oscurecía el cielo, de pronto, entre las rendijas, vimos finalmente luz y nos metímos por allí y apareció ante nuestros ojos el castillo, en cuya escalera principal nos estaba esperando una señora “casi” vieja, rodeada de gatos, –seguramente los campesinos la habían llamado por teléfono alertándola sobre nuestra visita-.



Nos aguardaba con una carta de una prima de Eda (1), donde explicaba todo el linaje de nuestra familia francesa. El castillo está igual que la foto que me enviaste, pero completamente abandonado. No nos dejó entrar, pero se veían todas las ventanas rotas, llenas de telarañas y en la escalera todos los escalones se encontraban tapados por la maleza y doce gatos rodeados de sartenes con comida. La mujer me explicó que ella estaba enferma, que no podía hablar bien y deduje que su padre era el cuidador, había una casa cercana.

Por lo que me dijo, allí no va nunca nadie, me imagino que habría que invertir bastante dinero para rehabilitarlo, por dentro y por fuera, y como son muchos los descendientes, debe ser difícil encarar esa obra. Lo de siempre. El problema es que buscabamos un castillo en uso y nos imaginábamos una entrada impresionante. Debe haber sido majestuoso en su día, porque los árboles son imponentes y, en el frente de la casa, todavía hay flores y algo de vegetación original. Tiene que haber sido precioso en su época de esplendor.

Todo el tiempo pensé en ti y en las delicias que, me cuentas, relata sobre la vida en el castillo nuestra tía Guillemette Marrier de Lagatinerie García-Mansilla, en su libro “Nous n’irons plus o bois”. Me encantaría que me lo envíes para leerlo.

De allí, nos fuimos recorriendo pueblitos maravillosos bajando hasta Biarritz, donde dormimos, y al día siguiente regresamos a España. Paramos a comer en Covarrubias, a 40 kilómetros de Burgos ¡¡¡que pueblo!!! También de la Edad Media, pero castellano, con un encanto enorme también.

Lo único malo del viaje fue la entrada a Madrid: tardamos tres horas en hacer 50 kilómetros porque hubo un accidente. El tiempo que nos tocó fue fantástico, con una temperatura de 18 grados casi todo el tiempo y no llovió ni un solo día.

Hemos vuelto todos enamorados de Bretaña y con serias intenciones de volver. Ahora quiero ponerme a leer algo sobre nuestros antepasados y su vida bretona.
Te quiero mucho, Marupi.

(1) Eda Icery Martín, nuestra prima, hija de Margueritte Marrier de Lagatinerie García-Mansilla de Icery Martín, nieta de Eduarda García-Mansilla, nuestra tía bisabuela, que actualmente vive en la Isla Mauricio, en medio del Océano Indico.

domingo, 30 de marzo de 2008

CON LA TRANSGRESIÓN EN LA SANGRE. Los hermanos Lucio Victorio y Eduarda Mansilla

Los hermanos Lucio Victorio y Eduarda Mansilla, - fundadora de la familia hoy apellidada García-Mansilla-, asombraron con sus costumbres y sus obras a la sociedad argentina del siglo XIX. Mientras que él alternaba las virtudes de un héroe con las
de un dandy y escribía textos clásicos como Una excursión a los indios ranqueles , ella cruzaba en sus novelas los límites fijados a su género y demostraba, como Lucio, una honda comprensión de los "bárbaros", fustigados por Sarmiento

"-Dormite, dormite hijita, que viene Lavalle a comerte" "¿No oyes, niño, esos gritos...? Son las almas de los que están en los calabozos, bajo la tierra." En la Buenos Aires de la década de 1840, aún no se conocía a Stephen King. Pero el tío Tomás y la tía María, dos antiguos esclavos negros, confiaban ciegamente en los efectos persuasivos del terror sobre el alma infantil e intentaban producirlos en los dos hermanitos que tenían a su cargo, para que se durmieran sin protestas. Sobre uno de los dos -la niña- fracasaba, sin embargo, el encantamiento: "¡Che, Lucio! ¿Estás durmiendo? Yo no he oído nada." Pero su hermano (el mayor) respondía: "Callate... no hablés, que tengo miedo y me ahogo, y ahora nomás entra mamita". "¡Zonzo, flojonazo!" -continuaba ella-.

Quizá estos irresueltos temores, recordados por Lucio Victorio Mansilla (1831-1913) en sus Memorias , despertaron en él, ya adulto, la obligación casi fanfarrona de convertirse en héroe, presentarse ante los indios ranqueles poco menos que desarmado, y batirse a duelo, con razón o sin ella, en diecisiete oportunidades. Quizá la valiente vigilia indagadora de esos primeros años persistió en su hermana Eduarda (1834-1892) hasta llevarla a escribir inquietantes relatos fantásticos ("El ramito de romero" es un destacado ejemplo) sobre los gozos y las sombras del más allá. Ni Lucio ni Eduarda imaginaban, por aquel entonces, que su todopoderoso tío materno don Juan Manuel de Rosas iba a reemplazar a su hermano de leche, el general Juan Galo de Lavalle, en la función mitológica de asustar a los niños afectos a pasarse la noche en vela.

El peso de ese pasado, con sus seducciones y sus fantasmas, la vieja vida criolla, gravitará indeleblemente en ambos hermanos, singulares como personajes públicos y como literatos, excéntricos y transgresores con respecto a lo "políticamente correcto" para la clase dirigente de su época, y siempre dispuestos a desafiar el lugar común de las costumbres burguesas. Desde luego, el tipo de transgresión y sus límites están marcados en ellos por el género (sexual).

Si Lucio escandaliza por sus opiniones inconvenientes, sus boutades , su manera de vestir (el chaleco de brocado, los dijes y anillos, la capa deliberadamente roja que evoca tiempos federales), el dandismo femenino de Eduarda (que la lleva a instalar una nueva modalidad de sombrero, nada menos que en París) se disuelve en la sofisticación, y su voz es neutralizada. Se la oye hablar, pero no se la "escucha", salvo por la deferencia obligada hacia una dama que además es hermosa. Fuera de algunas reseñas, sus textos no conmueven a la opinión pública.

En cambio, su vida privada desconcierta con una ruptura notoria. Eduarda viaja a la Argentina en 1879, el mismo año en que se estrena Casa de Muñecas . Viene sola, sin su marido (el diplomático Manuel Rafael García), mientras sus hijos menores permanecen en Francia, al cuidado de Eda, la primogénita, ya casada. Se quedará en el país casi cinco años, fundamentalmente para darse a conocer como artista. Como Nora Helmer, no se ha escapado con otro hombre, más bien se ha escapado consigo misma, para construir su propio destino individual.

Si transgredir implica dar un paso más allá del umbral de lo permitido o lo habitual, la transgresión supone, ante todo, en las obras de los Mansilla, el cruce de una frontera interior, para situarse "del lado de la barbarie". A Lucio le fascinan dos tipos de "bárbaros", sobre todo por aquello en lo que se parecen: los gauchos y los aborígenes que retrató en Una excursión a los indios ranqueles (1870). La mirada de Eduarda sobre el aborigen oscila, desde los atractivos y también conflictivos timbúes de Lucía Miranda (1860) hasta los ranqueles que ofrecen hospitalidad al gaucho perseguido en El médico de San Luis (1860), o los invasores despiadados de Pablo ou la vie dans les Pampas (1869) (aunque no deja de señalarse que una cautiva, la mujer del capataz de carretas, ha preferido quedarse con sus captores).

Pero a Eduarda le interesa particularmente la condición de los gauchos y sobre todo, de las mujeres de esos gauchos. Si bien tienen en común la pertenencia a una misma clase desposeída, sus destinos son diferentes. Mientras el varón, aunque pierda la vida, alcanza en el combate la posibilidad de realización viril que le marca su cultura y puede ejercer esa opción -aun desertando o cambiando de partido- en la libertad feroz del campo abierto, a las esposas, hijas, hermanas, madres, sólo les cabe esperar el retorno de sus hombres, en el espacio doméstico del duro trabajo o de la holganza estéril (si es que son hijas, como la `Dolores´ de Pablo, de campesinos ricos).

La espera, a menudo inútil, supone el progresivo abandono, el vaciamiento de la casa, la carencia de recursos y, en definitiva, la pérdida del sentido de la vida para esas hembras confinadas al rol fundamental materno, conservador y reproductivo. Quizá por eso, en sus relatos, las madres, privadas de sus hijos por la violencia, se convierten en "locas" que reclaman justicia: marginadas y alienadas de una sociedad que no las tiene en cuenta, que les ha quitado su "razón existencial". Esto no implica que la autora desconozca o minimice la influencia femenina en la organización íntima del poder en las sociedades hispanoamericanas. Por el contrario, en El médico de San Luis destaca la "superioridad" de las mujeres argentinas como agentes de cambio y de renovación cultural, pero mientras no sean madres... La mujer eficaz y persuasiva como esposa, como amante y como hija, queda fijada, en tanto madre, al espacio del atraso, a la rémora de las convenciones. La propuesta de la narradora es arrancar a la "madre" de esta paralizadora asociación con "el atraso, lo estacionario, lo antiguo", "robustecer la autoridad maternal" como punto de partida para evitar la anarquía. Por supuesto, esa "autoridad maternal" tendrá tanto más peso si se cultivan la inteligencia y el talento artístico femeninos.

El ideal de una mujer educada y educadora se configura con fuerza en su novela Lucía Miranda (quien cumple el papel de mediadora cultural con respecto a los aborígenes), y en Pablo... , a través de la exposición de un destino trágico: el de las "parias del pensamiento", privadas del acceso a la lengua escrita, al mundo de los libros que haría de ellas seres plenamente humanos, en tanto que plenamente `culturales´. En la comprensión -íntima y compleja- del lugar femenino, Eduarda supera sin duda, tanto en sus novelas como en sus cuentos, a su hermano Lucio, para quien, si el aborigen llega a ser visto como "el prójimo", la mujer sin embargo sigue siendo un "otro" descripto o aprehendido muchas veces a través de estereotipos. En Pablo... los lazos entre mujeres traspasan las barreras políticas (como sucede también con personajes de Juana M. Gorriti): son vínculos de solidaridad humana y solidaridad de género. La condición de vulnerabilidad y despojo espiritual atraviesa, tratándose de las "parias del pensamiento", todas las clases sociales: Dolores, la hija del hacendado, es analfabeta como la más pobre de las campesinas. Todas ellas son "almas prisioneras", inteligencias cautivas, "verdaderas desheredadas".

Tanto Eduarda como Lucio (en Una excursión a los indios ranqueles ) debaten con el mismo adversario y amigo:

Domingo Faustino Sarmiento, quien creyó en el talento literario de Eduarda y elogió ampliamente su obra. La amistad con Sarmiento no impide que ella discuta sus ideas, hasta tal punto que Pablo ou la vie dans les Pampas puede ser considerado una suerte de "anti Facundo", obra con la que comparte, por otro lado, varios rasgos. Así, pretende también dar una imagen de la vida argentina rural, en contraste con la ciudad.
Se propone "traducir" o "explicar" para los extranjeros el mundo criollo. Y da un paso más allá que Sarmiento: lo hace en francés. Esto se explica porque en esa época Eduarda vive efectivamente en Francia, pero también por una necesidad de legitimación cultural (que pasa por su país de proveniencia, por su género y por su filiación política familiar): el afán, acaso, de demostrar que una mujer, argentina y sobrina del "bárbaro" Rosas, puede escribir para los franceses, y tan bien como ellos. Mantiene ciertas oposiciones sarmientinas: ciudad/campaña, bárbaros/ilustrados, federales/unitarios, pero a partir de allí las discute y las desarma. Eduarda cuida bien de destacar que la verdadera "barbarie" -la que condena a las mujeres al desconocimiento del mundo y de sí mismas, la que envía a los varones a la crueldad de una guerra fratricida- no es una cuestión de partido, sino una práctica social argentina que comprende tanto a federales como a unitarios, a Rosas como a sus enemigos. El primer unitario decididamente "bárbaro" en la narrativa nacional (tan sádico e iletrado como cualquier mazorquero) es tal vez el personaje del "Duro" Moreyra, que hace caso omiso (es analfabeto) a la carta del gobernador con el indulto de Pablo y manda fusilar al muchacho sin siquiera mandarla leer. Moreyra representa, para la narradora, el elemento predominante en las jerarquías del ejército regular. Pero si los federales -apunta- pueden haber comprendido y tratado mejor al gaucho, en cuanto a su sistema de represalias mutuas los dos bandos actúan exactamente igual: se parecen demasiado el uno al otro.

La "civilización", por otra parte, aparece más como una expresión de deseo que como una realidad, y, cuando se la quiere imponer como proyecto de vida foráneo, genera, desde arriba, su propia "barbarie" inicua y homicida. Por otro lado, ni los gauchos son tan bárbaros como se los ha descrito, ni los ciudadanos tan cultos.

En las ciudades, como lo experimenta la desdichada Micaela, madre de Pablo, que va a Buenos Aires a pedir al gobernador por la vida de su hijo, dominan la ligereza y la veleidad de juicio, la falta de solidaridad y de genuino interés por el prójimo. Los gauchos, oprimidos por los "civilizadores", enrolados a la fuerza en los ejércitos, maltratados, padecen injustamente. Ambos Mansilla comparten esta visión.
Pero la mayor audacia de Eduarda consiste en señalarles (a los franceses para quienes escribe en primer término) que los europeos también han sido bárbaros, hasta extremos jamás alcanzados por los gauchos vernáculos, y que lo son todavía. En definitiva -concluye-, los ya numerosos inmigrantes europeos llegan al país huyendo de males que en Argentina se desconocen.

Los dos, Eduarda y Lucio, se esforzarán por demostrar que, desde la "alta cultura", se puede comprender la llamada "barbarie", hasta identificarse parcialmente con ella (Lucio, que juega a ser indio), y desmitificarla, disolviendo los clisés condenatorios. La nación, en fin, para los Mansilla, no puede construirse legítimamente sin el concurso de esos "bárbaros": los "subalternos" y los "oprimidos" (de etnia, de clase, y asimismo de género, en el caso de Eduarda), que la "barbarie de la civilización" preferiría aniquilar, reemplazar, o relegar a un ámbito de confinamiento "controlable". Sólo un lento y necesario proceso transformador no violento podría eliminar la "barbarie" como miseria física y simbólica, convirtiendo a los excluidos en ciudadanas y ciudadanos dotados de derechos, y en seres humanos plenos.

Otro elemento significativo, tanto en la vida de Lucio como en la de Eduarda, fue su amplia experiencia cosmopolita. Ni Juana Manuela Gorriti, ni Rosa Guerra, ni Juana Manso vivieron y viajaron por el extranjero tanto como Eduarda, que hablaba, además, cuatro idiomas. Ninguna tampoco "actuó" -dentro del decoro- en los escenarios europeos (muy dotada musicalmente, fue notable cantante y pianista). La frecuentación de los salones de Europa la coloca -desde la limitada óptica local- en un borde ambiguo: la "contamina" de alta bohemia, la asocia con afamados personajes de la escena lírica, como el compositor Rossini o la gran prima donna Alboni, a la que acompaña al piano, la envuelve en el ambiente dispendioso de la corte de Eugenia de Montijo. Todo esto puede verse con prevención en una Buenos Aires pacata donde todavía la esposa del presidente Juárez Celman (cuñada de Julio A. Roca) se ruboriza cuando los hijos de Eduarda, acostumbrados a la etiqueta vienesa, le besan la mano. Por otra parte, así como entablan relaciones con artistas e intelectuales (Lucio conoce a Robert de Montesquiou, modelo del proustiano Barón de Charlus, a Maurice Barrés, e incluso a Paul Verlaine), los Mansilla también establecen vínculos familiares con la nobleza europea. Una hija de Lucio y una hija de Eduarda se casan con aristócratas franceses.

Capítulo aparte merece la estadía de Eduarda en los Estados Unidos de Norteamérica, que le inspira un libro: Recuerdos de viaje (1882). Su mirada es irreverente y a veces admirativa. Revela una sociedad quizá grosera, materialista, vulgar, práctica -"bárbara", por qué no- pero pujante, con círculos culturales exquisitos y un espacio para el "segundo sexo" del que carece la sociedad criolla. Allí las damas pueden divorciarse, salir solas, y hasta ganarse la vida como reporters.

Probablemente, ambos hermanos arrastraron, hacia el final de sus vidas, la carga de un sentimiento de fracaso, vital y literario. Lucio había enterrado a su primera esposa y a sus cuatro hijos. Nunca ocupó las posiciones políticas que ambicionaba, a pesar de negociaciones y virajes, como el que lo llevó a adherir al roquismo pese a su comprensión del mundo aborigen. No lo olvidó, sin embargo, y nos lo prueba la anécdota de Miguel Angel Cárcano (h), que muestra al viejo Mansilla, en su casa de París, llorando sobre los restos del poncho pampa que el cacique Mariano Rosas le había obsequiado en su aventura ranquelina, y deplorando, tardíamente, la crueldad exterminadora que se había usado contra pueblos considerados "irredimibles".

Después de su estadía de casi cinco años en la Argentina, Eduarda vuelve a reunirse con su familia, pero para acordar una separación. Dos de sus hijos -Eduardo y Carlos- vivirán con su padre, y Daniel, a quien debemos entrañables testimonios sobre su madre, se quedará con ella. Los otros tres hermanos, Eda, Manuel José y Rafael, hacían ya una vida independiente. Luego de la muerte accidental de Manuel Rafael García en Viena, en abril de 1887, Eduarda, sus hijos y sus nietos (los hijos de Eda) emprenderán viaje a la Argentina para dirimir la sucesión.

Su nieta mayor, Guillemette Marrier, escribirá luego un libro de recuerdos sobre su infancia y sobre este viaje ( Nous n´irons plus au bois ) donde conoció una Pampa ya domesticada. Durante el resto de sus días Eduarda acompañará a su hijo Daniel, también diplomático. Sus últimos años, después de 1885, son de casi absoluto silencio literario y de actividad musical privada, junto a músicos como Julián Aguirre o Alberto Williams. Falleció en su ciudad natal, en 1892, poco antes de la Navidad, y dejó, entre sus últimas voluntades, el pedido de que no fuesen reeditadas sus obras. Como en el caso de Lucio, su lúcida crítica no fructificó en ningún proyecto de acción transformadora.

En el momento de su muerte, sus contemporáneos estiman a ambos Mansilla más como personajes brillantes del gran mundo que como los autores de un profundo relato de las Pampas capaz de mostrar las marcas de la negación y del silencio, de la exclusión y de la opresión que se estaban inscribiendo, irreparablemente, bajo el esplendor engañoso de una Argentina incompleta.

Por María Rosa Lojo
Para LA NACION - Castelar, 2002

MANUEL FLORENCIO MANTILLA. Preclaro hombre público de la Provincia de Corrientes

Muchos cálidos recuerdos y gratas sorpresas nos deparó el viaje que recientemente realizamos los seis hermanos García-Mansilla de Zavalía, motivado en nuestro deseo de transitar el camino de nuestros padres.

Al llegar a la ciudad de Mercedes, suelo natal de nuestros ancestros correntinos, fuimos sorprendidos al comprobar algo que nos llena de orgullo como familia y que nos obliga a mantener la antorcha encendida que nos entregaron quienes nos legaron su sangre y nos precedieron en la vida: el respeto y la admiración que despierta la figura de nuestro bisabuelo, Manuel Florencio Mantilla.

El homenaje que le brinda su patria chica amada, está plasmado de diversas formas. La que más nos conmovió por su significado y por su magnífica arquitectura, es la Escuela Normal “Manuel Florencio Mantilla” de la ciudad de Mercedes. Allí se formaron y se forman, cientos de jóvenes, futuros maestros que tendrán la sagrada misión de educar primordialmente a los hijos de Corrientes.

Ningún ex alumno, olvida la vida y obra de quién lleva el nombre de su escuela, pues los docentes de la misma, han cuidado de trasmitir de generación en generación, la vida de quién para ellos fue un hijo dilecto de esa provincia litoraleña, arquetipo de hombre público, que los llena de orgullo por ser un modelo de político y ciudadano cuyos valores éticos y morales mostraron la esencia de los hombres de bien que habitan dicha provincia.

Hay otra Escuela la Nº 97, que también lleva su nombre en su pueblo natal Saladas; hay calles que lo evocan en toda la geografía de nuestra querida provincia y hay un pueblo llamado “Mantilla”, evocado en un magnífico chamamé titulado "El cielo de Mantilla" cuya autoría pertenece a Teresa Parodi; todos homenajes póstumos que guardan para la posteridad a este ilustre correntino.


En oportunidad del centenario de su nacimiento en el año 1953, se formó una Comisión de Homenaje a nuestro bisabuelo, presidida por el Dr. Mariano Drago, hijo del recordado y distinguido Dr. Luis María Drago.

Para aquellos que poco conocen la insigne figura de Manuel Florencio Mantilla Fernández Blanco, hombre republicano y comprometido con su patria, he querido seleccionar uno de los muchos discursos que se pronunciaron en el centenario de su muerte: el del Doctor Mariano Drago.

La elección no fue hecha al azar, porque hoy las familias Madariaga - un linaje correntino de pura cepa - y Drago - viejos amigos de la familia -, han enriquecido nuestra sangre por el casamiento de Ana Madariaga Drago con Alfonso García-Mansilla Uriburu, consolidando los lazos de sangre y amistad que unieron siempre a nuestras familias. El recordado y distinguido Dr. Luis María Drago, que honró a nuestra diplomacia aportando al mundo su conocida “Doctrina Drago” era un gran amigo de nuestros bisabuelos Manuel José García-Mansilla y de quién hoy honramos Manuel Florencio Mantilla.


Al recordar a Manuel Florencio Mantilla, lo evocaba diciendo:

“Como feliz augurio de lo que iba a ser su vida consagrada al bien público, el Dr. Manuel Florencio Mantilla nació a poco de haberse dado la República su inmortal código político en el que declaró los derechos del hombre, la división de poderes, la igualdad ante la ley, la propiedad inviolable, la libertad de palabra y de prensa, la de entrar y salir del territorio argentino, en suma, las conquistas liberales por la que había vertido sangre lo mejor de su pueblo en los años luctuosos de la tiranía a que puso fin la jornada redentora de Caseros.

Nacido ocasionalmente en una aldea de la provincia de Corrientes, muy niño vió su suelo natal hollado por el invasor en la guerra del Paraguay y el espectáculo de compatriotas pasados a las filas enemigas le despertó indignación que se reflejaría años después en su tesis doctoral que versó sobre “La traición a la patria”. En edad tierna quedó huérfano de padre y educóse lejos del hogar en el Colegio de la Inmaculada Concepción de Santa Fé. Una infancia sin ventura forjó su carácter y lo preparó para la lucha en una época en que la nación recién constituida hacia el aprendizaje de sus instituciones y eran frecuentes los choques producidos por la violencia de las pasiones políticas.

Desde muy joven destacóse por sus aptitudes intelectuales. Graduado de abogado a los veintiún años, con las más altas calificaciones, la Universidad de Buenos Aires costeó la impresión de su tesis, distinción con que entonces se premiaba al mejor estudiante. Egresado en 1874, volvió a Corrientes incorporándose al partido liberal en el que militaría hasta su muerte.

Muy pronto puso de relieve su temperamento combativo en las ideas políticas y en diarios locales que fueron, bajo su dirección, tribunas de civismo. Fiscal de Gobierno a los 22 años, ministro a los 25, a los 27 años su provincia lo elegía diputado nacional. Pero el Congreso que se había trasladado a Belgrano al producirse el estallido revolucionario del 80 destituyó a los diputados de la mayoría que se resistieron a sesionar. Entre ellos estaba el doctor Mantilla que se vió así privado de su mandato legislativo sin haber tendio oportunidad de mostrar las dotes que lo distinguirían más tarde en la tribuna parlamentaria.

Eran tiempos duros y los partidos hacíanse una guerra sin cuartel. Al regresar a Corrientes el ex diputado Mantilla fue detenido y sufrió prisión y destierro. No desmayó, empero, su ánimo y transitoriamente alejado de las funciones públicas recogióse en la meditación y el estudio del que fueron frutos enjundiosos ensayos históricos y biográficos.

En 1894 vuelve a la arena política como diputado por Corrientes. Esta vez ejerció el mandato por un período completo de cuatro años. “Si no era Mantilla un orador de tribuna popular-ha dicho su talentoso biógrafo Angel Acuña- porque la selección de su espíritu y lenguaje lo alejaba de los gustos de la multitud ni un orador académico, porque su palabra se encendía con el calor de la convicción y el sentimiento, era un perfecto orador parlamentario.”

Lejos del tipo corriente del diputado provinciano que sólo persigue ventajas para su terruño, con miras a la reelección, Mantilla fue realmente un legislador nacional. Según el viejo simil, el árbol no le impidió ver el bosque. Intervino con eficacia en los debates y concretó en proyectos de ley, iniciativas de progreso.


De su actuación en la Cámara recuérdanse entre otros dos discursos: el primero, en que impugnó por ser inconstitucionales las leyes de impuestos internos y el segundo, al discutirse en particular un proyecto que autorizaba la erección de estatuas de Moreno, Rivadavia, y el Almirante Brown en la Plaza de la Victoria. Sin desconocer los títulos de Brown a la gratitud nacional, el doctor Mantilla consideró que no era justo ponerlo a la misma altura que Moreno y Rivadavia, a su juicio, nuestras dos primeras glorias civiles. “El Congreso –dijo- no crea grandezas conforme sanciona leyes, ni puede confundir méritos, ni alterar el orden y la naturaleza de los acontecimientos del pasado”. Su palabra persuasiva obtuvo el cambio de ubicación del monumento al lugar donde se levantó mas tarde.

A la terminación de su período parlamentario la legislatura de Corrientes, lo eligió Senador Nacional y se incorporó a la Cámara Alta el 2 de mayo de 1898. Recibióle el juramento el general Mitre que la presidía. En el senado finisecular, augusto templo de la República, sentábanse los hombres de estado que después de gobernar el país seguían sirviéndolo con su sabiduría y experiencia. En el alto cuerpo que pocos años atrás había vibrado la elocuencia tribunicia de Aristóbulo del Valle y Alem y que reunió a Mitre, Roca, Pellegrini, Bernardo de Irigoyen, Miguél Cané y otras figuras que dejaron en la administración y en el parlamento la huella de su paso, el doctor Mantilla representó con honor a Corrientes en unión de otro esclarecido correntino, don Valentín Virasoro.


Joven todavía, pues tenía cuarenta y cinco años, habló con autoridad de asuntos que conocía y fue escuchado con atención por un auditorio de hombres ilustres. En el recinto y en el seno de las comisiones ejerció una influencia benéfica en las funciones ejecutivas del Senado y participó en la discusión de las leyes más importantes de su tiempo.

Al asumir Roca por segunda vez la presidencia de la República, ofrecióle la cartera de Justicia e Instrucción Pública que Mantilla declinó porque había sido en el pasado adversario del Presidente y prefirió, como siempre, mantenerse fiel a sí mismo aún a costa de elevadas posiciones.

Su actuación descollante en el Senado le valió la reelección en 1904 por un período de nueve años, al que puso fin su muerte repentina el 17 de octubre de 1909. Murió en plena madurez cuando podían esperarse de él nuevos e importantes servicios a la Nación y a su provincia, a la que tanto amó y a la que consagró un libro justamente alabado, que al decir de Acuña, “por su estructura científica, la clase y la calidad de la documentación y el espíritu que lo ha presidido viene a ocupar un lugar entre los trabajos orgánicos y de conjunto que hasta ayer correspondió exclusivamente a las obras de Mitre y López”

sábado, 29 de marzo de 2008

ALGÚN DÍA SEREMOS PATRIA

Si algo ha caracterizado a la familia García-Mansilla a lo largo de su historia,es su sincero y profundo amor a nuestra patria y a todo lo que esa palabra significa.

Que es la patria? Como decía con sabiduría, mi viejo profesor de Historia, don Guillermo Furlong S.J.: es aquello que en el mundo que habitamos y en la historia que todos diariamente tejemos, tiene una misión, le está señalado un destino y configura una empresa colectiva.

"Esa misión, ese destino, es una empresa que debe realizar cada hombre como individuo, y la patria como colectividad. Es una empresa común, que solo la realizan los hombres que tienen fe en una misión y en un destino colectivo. Si se elimina de las mentes esta creencia de un destino común, todo se disolverá en provincias, en regiones, en zonas, o lo que es aún más nefasto, en individualismos y en personalismos."

Por el contrario, si no hay una misión, no hay una empresa colectiva de todas nuestras provincias,de todos esos individuos y de todas y cada una de esas unidades personales, no habrá razón para que sigan unidas y busquen un destino común, conformando una República.

Pero si esa misión colectiva existe, la Patría debe ser una sintesis trascendental e indivisible, de esos fines propios que cumplir, y de conformidad con esa misión y con ese destino, le incumbe realizar la empresa común que le ha sido confiada, y entonces la Patria puede comprender una región o un país, abarcando un conjunto de tradiciones, pensamientos y sentimientos comunes, que hace que todos los de esa Patria se sientan hermanados y quieran alcanzar un mismo fin.

Si nuestros gobernantes no entienden esa misión colectiva trascendental, si no tienen fé en la existencia de un lazo común que una el presente con el pasado y que unirá el presente con el futuro, concretando así la necesaria conjunción de mentes, de conciencias y de corazones, en torno a un objetivo común, no puede haber Patría.



Hoy un querido miembro de nuestra gran familia, Enrique García-Mansilla Pizarro, conciente que no podemos mantenernos indiferentes a la realidad que estamos viviendo, reflexiona y nos pregunta si algún día seremos patria.

¿Estamos frente a un conflicto sectorial?; ¿el verdadero problema son las retenciones?; ¿no estaremos frente a un conflicto más profundo, que afecta a la sociedad toda?

El campo (chico, mediano, grande) ha formado parte siempre de nuestra identidad nacional, ha sustentado al Estado, subsidiado a la industria, creado pueblos, dando razón de ser a nuestros ferrocarriles, abrazado a la inmigración, nos ha identificado en el mundo por la calidad de nuestras carnes, la abundancia de nuestros granos y la excelencia de nuestros cueros y lanas.

En el siglo XIX nos hizo apetitosos para las potencias extranjeras dominantes, por el estuvimos ideológicamente enfrentados varios sectores de nuestra sociedad en las postrimerías del siglo XX.

El campo hoy no es solo carnes, granos, cueros y lanas, hoy también es cítricos y frutas diversas, verduras y tubérculos, plantas medicinales, apicultura, en fin hoy el campo es una fabulosa fabrica de alimentos con altísima eficiencia y calidad.

Ni el petróleo, ni la siderúrgica e incluso la tecnología con todo su avance se identifican tanto y tan profundamente con el ser nacional como lo hace el campo. De allí la reacción popular en el apoyo a estas medidas adoptadas para proteger su derecho a ganar dinero, tan profundas y extendidas a lo largo y ancho del país.

Más allá de la General Paz hay una multiplicidad de pueblos, ciudades que organizadas comunitariamente se han ido estructurando en las provincias que integran nuestra Nación, y muchas de ellas existen antes que la Nación misma.

Nación – puerto, formo parte de nuestra lucha por la reorganización nacional, Unitarios y Federales sus denominaciones políticas; Gobierno Nacional enfrentado a las Provincias fue el dilema de los últimos 150 años, o mas y esa dicotomía aún perdura.

Estaremos en un punto de inflexión histórico en donde se hace necesario, hoy más que nunca que se formalice la tan mentada unidad del territorio nacional. Lloramos la perdida de las Malvinas; ¿Qué hacemos por Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca, La Rioja, Tierra del Fuego, Nuestra Patagonia, en fin por las actuales provincias argentinas?, la respuesta es nada.

Les quitamos el ferrocarril, escamoteamos los recursos coparticipables, los visitamos solo para hacer proselitismo electoral, los adulamos cuando necesitamos sus votos en el senado o en las elecciones nacionales, le succionamos sus recursos, no alentamos la creación de agroindustrias, mientras seguimos apilando gente en la Capital y el conurbano bonaerense.

¿Qué hacemos por la infraestructura vial?, seguimos dejando que algunos cobren peajes para acceder a rutas destrozadas, de 47.000 km. De vías férreas que unían a todos el país, dejamos solo 7.000 km. Sin mantenimiento y equipos obsoletos y pretendemos tener un tren bala.

A los camioneros les damos millones de pesos del erario público para instrucción mientras nuestras escuelas rurales carecen hasta de lo más elemental y sus maestros son los verdaderos héroes anónimos de la educación, con sus paupérrimos salarios.

No tenemos pudor: Skanka, Antonini Willson, el cartel de la obra pública, la protección a los industriales monopólicos que no tienen retenciones, la “Chavetizacion” de la miseria con su abanderado D’Elia y sus patoteros actuando de guardia pretoriana del Gobierno, un Congreso Nacional inexistente o utilizado con propósitos espurios como leyes especiales o superpoderes, ¿y la Constitución?: bien gracias, duerme apacible en los anaqueles de alguna biblioteca o quizás en algún basural.

¿Porque no le damos la autarquía al Poder Judicial?, no se les vaya a ocurrir ser independientes, eso sería una afrenta al Poder, dejemos que los recursos los maneje el Consejo de la Magistratura que los distribuimos desde Balcarce 50.
Nuestros mejores amigos Chávez y Evo Morales. Recuerdo cuando gano Morales, el embajador de los EEUU dijo “el mundo puede convivir sin Bolivia”, si se dijera lo mismo de acá, al día siguiente aparecería empapelada la ciudad con la leyenda “Braden o Perón”. ¿No estaremos exagerando un poco?.

Perdón: ¿no estábamos hablando sobre el campo?, ¿Cómo llegamos hasta aquí?, ciertamente no es una casualidad, ya que nada ni nadie como el campo, reitero la fabrica mas fabulosa de alimentos del mundo, representativa de nuestro ser nacional y responsable de habernos llevado a los primeros lugares entre los países del mundo, el resto, como dice la Biblia, viene por añadidura.

Dejemos de lado definitivamente las perimidas teorías de la CEPAL que nos llevaron al atraso, al enfrentamiento de sectores y nos aleja del mundo, un mundo que demanda cada vez mas lo que nosotros sabemos hacer mejor.

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