domingo, 30 de marzo de 2008

MANUEL FLORENCIO MANTILLA. Preclaro hombre público de la Provincia de Corrientes

Muchos cálidos recuerdos y gratas sorpresas nos deparó el viaje que recientemente realizamos los seis hermanos García-Mansilla de Zavalía, motivado en nuestro deseo de transitar el camino de nuestros padres.

Al llegar a la ciudad de Mercedes, suelo natal de nuestros ancestros correntinos, fuimos sorprendidos al comprobar algo que nos llena de orgullo como familia y que nos obliga a mantener la antorcha encendida que nos entregaron quienes nos legaron su sangre y nos precedieron en la vida: el respeto y la admiración que despierta la figura de nuestro bisabuelo, Manuel Florencio Mantilla.

El homenaje que le brinda su patria chica amada, está plasmado de diversas formas. La que más nos conmovió por su significado y por su magnífica arquitectura, es la Escuela Normal “Manuel Florencio Mantilla” de la ciudad de Mercedes. Allí se formaron y se forman, cientos de jóvenes, futuros maestros que tendrán la sagrada misión de educar primordialmente a los hijos de Corrientes.

Ningún ex alumno, olvida la vida y obra de quién lleva el nombre de su escuela, pues los docentes de la misma, han cuidado de trasmitir de generación en generación, la vida de quién para ellos fue un hijo dilecto de esa provincia litoraleña, arquetipo de hombre público, que los llena de orgullo por ser un modelo de político y ciudadano cuyos valores éticos y morales mostraron la esencia de los hombres de bien que habitan dicha provincia.

Hay otra Escuela la Nº 97, que también lleva su nombre en su pueblo natal Saladas; hay calles que lo evocan en toda la geografía de nuestra querida provincia y hay un pueblo llamado “Mantilla”, evocado en un magnífico chamamé titulado "El cielo de Mantilla" cuya autoría pertenece a Teresa Parodi; todos homenajes póstumos que guardan para la posteridad a este ilustre correntino.


En oportunidad del centenario de su nacimiento en el año 1953, se formó una Comisión de Homenaje a nuestro bisabuelo, presidida por el Dr. Mariano Drago, hijo del recordado y distinguido Dr. Luis María Drago.

Para aquellos que poco conocen la insigne figura de Manuel Florencio Mantilla Fernández Blanco, hombre republicano y comprometido con su patria, he querido seleccionar uno de los muchos discursos que se pronunciaron en el centenario de su muerte: el del Doctor Mariano Drago.

La elección no fue hecha al azar, porque hoy las familias Madariaga - un linaje correntino de pura cepa - y Drago - viejos amigos de la familia -, han enriquecido nuestra sangre por el casamiento de Ana Madariaga Drago con Alfonso García-Mansilla Uriburu, consolidando los lazos de sangre y amistad que unieron siempre a nuestras familias. El recordado y distinguido Dr. Luis María Drago, que honró a nuestra diplomacia aportando al mundo su conocida “Doctrina Drago” era un gran amigo de nuestros bisabuelos Manuel José García-Mansilla y de quién hoy honramos Manuel Florencio Mantilla.


Al recordar a Manuel Florencio Mantilla, lo evocaba diciendo:

“Como feliz augurio de lo que iba a ser su vida consagrada al bien público, el Dr. Manuel Florencio Mantilla nació a poco de haberse dado la República su inmortal código político en el que declaró los derechos del hombre, la división de poderes, la igualdad ante la ley, la propiedad inviolable, la libertad de palabra y de prensa, la de entrar y salir del territorio argentino, en suma, las conquistas liberales por la que había vertido sangre lo mejor de su pueblo en los años luctuosos de la tiranía a que puso fin la jornada redentora de Caseros.

Nacido ocasionalmente en una aldea de la provincia de Corrientes, muy niño vió su suelo natal hollado por el invasor en la guerra del Paraguay y el espectáculo de compatriotas pasados a las filas enemigas le despertó indignación que se reflejaría años después en su tesis doctoral que versó sobre “La traición a la patria”. En edad tierna quedó huérfano de padre y educóse lejos del hogar en el Colegio de la Inmaculada Concepción de Santa Fé. Una infancia sin ventura forjó su carácter y lo preparó para la lucha en una época en que la nación recién constituida hacia el aprendizaje de sus instituciones y eran frecuentes los choques producidos por la violencia de las pasiones políticas.

Desde muy joven destacóse por sus aptitudes intelectuales. Graduado de abogado a los veintiún años, con las más altas calificaciones, la Universidad de Buenos Aires costeó la impresión de su tesis, distinción con que entonces se premiaba al mejor estudiante. Egresado en 1874, volvió a Corrientes incorporándose al partido liberal en el que militaría hasta su muerte.

Muy pronto puso de relieve su temperamento combativo en las ideas políticas y en diarios locales que fueron, bajo su dirección, tribunas de civismo. Fiscal de Gobierno a los 22 años, ministro a los 25, a los 27 años su provincia lo elegía diputado nacional. Pero el Congreso que se había trasladado a Belgrano al producirse el estallido revolucionario del 80 destituyó a los diputados de la mayoría que se resistieron a sesionar. Entre ellos estaba el doctor Mantilla que se vió así privado de su mandato legislativo sin haber tendio oportunidad de mostrar las dotes que lo distinguirían más tarde en la tribuna parlamentaria.

Eran tiempos duros y los partidos hacíanse una guerra sin cuartel. Al regresar a Corrientes el ex diputado Mantilla fue detenido y sufrió prisión y destierro. No desmayó, empero, su ánimo y transitoriamente alejado de las funciones públicas recogióse en la meditación y el estudio del que fueron frutos enjundiosos ensayos históricos y biográficos.

En 1894 vuelve a la arena política como diputado por Corrientes. Esta vez ejerció el mandato por un período completo de cuatro años. “Si no era Mantilla un orador de tribuna popular-ha dicho su talentoso biógrafo Angel Acuña- porque la selección de su espíritu y lenguaje lo alejaba de los gustos de la multitud ni un orador académico, porque su palabra se encendía con el calor de la convicción y el sentimiento, era un perfecto orador parlamentario.”

Lejos del tipo corriente del diputado provinciano que sólo persigue ventajas para su terruño, con miras a la reelección, Mantilla fue realmente un legislador nacional. Según el viejo simil, el árbol no le impidió ver el bosque. Intervino con eficacia en los debates y concretó en proyectos de ley, iniciativas de progreso.


De su actuación en la Cámara recuérdanse entre otros dos discursos: el primero, en que impugnó por ser inconstitucionales las leyes de impuestos internos y el segundo, al discutirse en particular un proyecto que autorizaba la erección de estatuas de Moreno, Rivadavia, y el Almirante Brown en la Plaza de la Victoria. Sin desconocer los títulos de Brown a la gratitud nacional, el doctor Mantilla consideró que no era justo ponerlo a la misma altura que Moreno y Rivadavia, a su juicio, nuestras dos primeras glorias civiles. “El Congreso –dijo- no crea grandezas conforme sanciona leyes, ni puede confundir méritos, ni alterar el orden y la naturaleza de los acontecimientos del pasado”. Su palabra persuasiva obtuvo el cambio de ubicación del monumento al lugar donde se levantó mas tarde.

A la terminación de su período parlamentario la legislatura de Corrientes, lo eligió Senador Nacional y se incorporó a la Cámara Alta el 2 de mayo de 1898. Recibióle el juramento el general Mitre que la presidía. En el senado finisecular, augusto templo de la República, sentábanse los hombres de estado que después de gobernar el país seguían sirviéndolo con su sabiduría y experiencia. En el alto cuerpo que pocos años atrás había vibrado la elocuencia tribunicia de Aristóbulo del Valle y Alem y que reunió a Mitre, Roca, Pellegrini, Bernardo de Irigoyen, Miguél Cané y otras figuras que dejaron en la administración y en el parlamento la huella de su paso, el doctor Mantilla representó con honor a Corrientes en unión de otro esclarecido correntino, don Valentín Virasoro.


Joven todavía, pues tenía cuarenta y cinco años, habló con autoridad de asuntos que conocía y fue escuchado con atención por un auditorio de hombres ilustres. En el recinto y en el seno de las comisiones ejerció una influencia benéfica en las funciones ejecutivas del Senado y participó en la discusión de las leyes más importantes de su tiempo.

Al asumir Roca por segunda vez la presidencia de la República, ofrecióle la cartera de Justicia e Instrucción Pública que Mantilla declinó porque había sido en el pasado adversario del Presidente y prefirió, como siempre, mantenerse fiel a sí mismo aún a costa de elevadas posiciones.

Su actuación descollante en el Senado le valió la reelección en 1904 por un período de nueve años, al que puso fin su muerte repentina el 17 de octubre de 1909. Murió en plena madurez cuando podían esperarse de él nuevos e importantes servicios a la Nación y a su provincia, a la que tanto amó y a la que consagró un libro justamente alabado, que al decir de Acuña, “por su estructura científica, la clase y la calidad de la documentación y el espíritu que lo ha presidido viene a ocupar un lugar entre los trabajos orgánicos y de conjunto que hasta ayer correspondió exclusivamente a las obras de Mitre y López”

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