miércoles, 20 de noviembre de 2019

COMBATE DE LA VUELTA DE OBLIGADO y LA DEFENSA DE LA SOBERANÍA ARGENTINA



          
 Los cañones de Obligado, fueron la respuesta a las pretensiones de las dos potencias de la época:  Inglaterra y Francia. Fue como dice con acierto Adolfo Saldías, la afirmación ejemplar de un principio humanitario, que tenían las naciones americanas a existir por sí solas, desde el día que decidieron independizarse. No lo hicieron para someterse al primer amo que quisiere imponérselos con la fuerza y la barbarie. Don Juan Manuel de Rosas, más allá de sus aciertos o sus errores, pasó a la posteridad como el único jefe de la América del Sud que ha resistido intrépido las violencias y las agresiones de las dos naciones más poderosas de la tierra. La proclama de nuestro cuarto abuelo el General Don Lucio Norberto Mansilla, a las tropas bajo su mando, dos días antes del enfrentamiento con el enemigo extranjero, expresa con claridad las razones que inspiraron la batalla de "La Vuelta de Obligado" llevada a cabo el 20 de noviembre de 1845. ¡Gloria a los héroes de Obligado!


LA VUELTA DE OBLIGADO POR ADOLFO SALDÍAS.

Al conmemorarse un nuevo aniversario de la Batalla de La Vuelta de Obligado, queremos recordar las palabras de Adolfo Saldías, referidas a ese combate.

“Más allá de la altura de San Pedro, costa norte de Buenos Aires, el río Paraná forma un recodo que prolonga una curva en la tierra, cuya extremidad saliente se conoce por la Punta o Vuelta de Obligado. La Punta en sí es un barranco levantado en sus costados y ondulado en el centro hasta descender suavemente al río. A esa altura el Paraná tiene cerca de 700 metros de ancho; y por ahí debían necesariamente pasar las escuadras de Gran Bretaña y Francia para llegar a Corrientes. En ese punto levantó sus principales baterías el jefe del departamento del norte, general Lucio Mansilla.

Mansilla era un probado veterano de la Independencia, con dotes singulares para sacar ventaja hasta de los peligros en que lo colocase la suerte de las armas. Por relevante que fuesen sus cualidades el hecho desgraciadamente positivo es que en esos momentos le faltaban recursos materiales para desenvolverlas. 

Es el momento en que el águila enjaulada tiende inútilmente sus alas y devora el espacio con los ojos. Mansilla hizo cuanto pudo en procura de esos recursos, para impedirles el pasaje a los aliados. El 17 de noviembre, cuando supo que se aproximaban, reiteró su pedido de municiones, manifestando que las que tenía “sólo serían suficientes para un fuego de seis horas; y que era más que probable que si el enemigo atacaba esa posición, el combate durase mucho más”. Pero los aliados no le dieron tiempo. Al día siguiente los buques enemigos fondearon del otro lado del Ybicuy, a dos tiros de cañón de las baterías de Obligado.

Mansilla montó cuatro baterías en la costa firme: la primera con dos cañones de 24 y cuatro de 16, a la altura de 50 pies sobre el agua y con explanada; la segunda a ciento diez varas de distancia de aquélla y 22 pies sobre el nivel del agua, con cañón de 24, dos de hierro de a 18 y dos de a 12, también con explanada; la tercera a cincuenta varas de distancia y en la tierra rasante con el río, con dos cañones de a 12 y uno de fierro de a 8, con explanada; y la cuarta a 180 varas de la primera de su derecha y a 62 pies sobre el nivel del agua, con 7 cañones de marina de a 10. Servíanlas 160 artilleros y 60 de reserva, parapetados tras merlones de tierra pisada entre cajones de poco más de dos varas de espesor y vara y cuarta de altura, y eran mandadas respectivamente la de la derecha, denominada “Restaurador Rosas”, por el ayudante mayor de marina Alvaro Alzogaray; la siguiente “General Brown”, por el teniente de marina Eduardo Brown; la tercera, “General Mansilla”, por el teniente de artillería Felipe Palacios y la cuarta “Manuelita”, por el teniente coronel de artillería Juan Bautista Thorne, el mismo que se ha visto figurar mandando la artillería federal en Don Cristóbal, Sauce Grande, Cagancha, Caaguazú y como 2º jefe de Martín García cuando esta isla fue tomada por los franceses.

La batalla de la Vuelta de Obligado
20 de noviembre de 1845
Guarnecían estas baterías, en primera línea y en el flanco derecho, 500 milicianos de infantería al mando del coronel Ramón Rodríguez; y a la izquierda de éste, en la misma línea y a la altura de la batería “Restaurador” cuatro cañones de a 4 al mando del teniente José Serezo; más al centro y guarneciendo la izquierda de esta batería, cien milicianos al mando del teniente Juan Gainza; en el centro y guarneciendo los costados derecho e izquierdo de las baterías “General Brown” y “General Mansilla” 200 milicianos del norte al mando del teniente coronel Manuel Virto; y guarneciendo la batería del extremo izquierdo, 200 milicianos de San Nicolás al mando del comandante Luis Barreda, y en su flanco dos cañones de a 4 mandados por el coronel Laureano Anzoátegui y por el capitán de marina Santiago Maurice. De la reserva, a cien pasos, apostados entre un monte, 600 infantes y dos escuadrones de caballería al mando del ayudante Julián del Río y teniente Facundo Quiroga, el todo bajo las órdenes del coronel José M. Cortina. A retaguardia de esta fuerza los jueces de paz de San Pedro, del Baradero y de San Antonio de Areco, Benito Urraca, Juan O. Magallanes, Tiburcio Lima con 300 vecinos que se les unieron en el último momento. La escolta del general, 70 hombres, al mando del teniente Cruz Cañete en el centro, y a cuarenta pasos de la segunda línea de infantería. En el flanco izquierdo de la batería “General Mansilla” y en un mogote aislado estaban apoyadas unas anclas, a las que hacían tres cadenas, cuyos extremos sujetaba en el lado opuesto del río el bergantín Republicano armado con seis cañones de a 10, abocados en estibor con frente al enemigo, y al mando del capitán Tomás Craig, y las cuales cadenas se corrían por sobre las proas, cubiertas y popas de 24 buques desmantelados fondeados en línea. Con esto se propuso Mansilla mostrarles a los anglo-franceses que el pasaje del río no era libre; y obligarlos a batirse si intentaban forzarlo.

Juan Manuel de Rosas
Buenos Aires 1793- Southampton 1877
Mansilla distribuyó sus fuerzas según el cálculo de probabilidades respecto del modo cómo el enemigo podía traer el ataque. Si el enemigo al mismo tiempo que se presentaba con sus buques al frente de las baterías intentaba desembarcar fuerzas de artillería, la primera línea de infantería argentina operaba tan pronto como él. Si batiéndose de frente con sus buques intentaba desembarcar infantería por cualquiera de los flancos de la posición argentina, el coronel Rodríguez por la derecha y el comandante Barreda por la izquierda, podían repelerlos con su fuerza de reserva, con las piezas volantes distraer la fuerza del frente. Si batiéndose de frente, intentaba en medio del combate cortar las cadenas que atravesaban el río, se encontraba con los lanchones Místico, Restaurador y Lagis, con sendas piezas de a 6, al costado del bergantín Republicano y bajo los fuegos de la batería “General Mansilla”. Si intentaba esta misma operación con seis embarcaciones menores, u ocupar la costa opuesta del río y desembarcar allí la batería para construir baterías, Mansilla tenía preparadas en una ensenada vecina catorce embarcaciones con capacidad para doscientos infantes, ya adiestrados para acudir oportunamente al punto amenazado, y además diez lanchones sujetos a los barcos que obstruían el pasaje del río, y provistos de aparatos con materias inflamables.

En la tarde del 18 de noviembre, Mansilla destacó dos balleneras al mando de un oficial y veinte soldados para que practicasen un reconocimiento sobre los buques enemigos, fondeados como a dos millas más abajo según queda dicho. Al aproximarse casi a tiro de fusil a dichos buques, los bergantines Pandour y Dolphin les hicieron siete disparos a bala, y las balleneras se replegaron a las baterías. Entonces Mansilla se dispuso al combate, expidiendo una proclama a sus soldados en la que levantando los derechos de la Confederación, les decía: “Considerar el insulto que hacen a la soberanía de nuestra patria al navegar, sin más títulos que la fuerza, las aguas de un río que corre por el territorio de nuestro país. ¡Pero no lo conseguirán impunemente! ¡Vamos a resistirle con el ardiente entusiasmo de la libertad! ¡Suena ya el cañón! ¡Tremola en el río Paraná y en sus costas el pabellón azul y blanco, y debemos morir todos antes que verlo bajar de donde flamea!”

Mansilla verificó el día 19 un otro reconocimiento con tres lanchones. Los vapores aliados Fulton y Firebrand les tiraron algunas balas de a 80, y las escuadras vinieron a fondear a tiro de cañon de las baterías de tierra. A las 8 y media de la mañana del 20 de noviembre de 1945 avanzaron sobre las baterías de Obligado los siguientes buques ingleses y franceses: fragata a vapor Gordon, llevando la insignia del comandante en jefe sir Charles Tothan, con seis cañones de 64 y cuatro de a 32, fragata a vapor Firebrand, comandante J. Hope, con seis cañones de a 64 y cuatro de a 32; corbeta de vela Camus, comandante Inglefield, con dieciséis cañones de a 32; bergantín Philomel, comandante Sullivan, con diez cañones de a 32; bergantín Fanny, comandante Key, un cañon de 24. Franceses: bergantín San Martín (buque de la armada argentina apresado en Montevideo) con la insignia del comandante en jefe Trethouart, y con dieciséis gonadas de a 16 y dos cañones de 24; vapor Fulton, comandante Mazieres con dos cañones de a 80; corbeta Expeditive, comandante de Miniac, con dieciséis cañones de a 18 sistema Paixhans, bergantín Pandour, comandante du Paje, con diez cañones de a 30, sistema Paixhans; bergantín goleta Procede, comandante de la Riviére, con tres cañones de a 18. Once buques con 99 cañones de grueso calibre y de los cuales 35 eran Paixhans, de bala con espoleta y explosivos, acreditados por los estragos que habían hecho en los bombardeos de México.


A las 9 de la mañana rompen sus fuegos sobre las baterías los bergantines Philomel y Procede y goleta Expeditive, que servían de vanguardia. La banda del batallón Patricios de Buenos Aires hace oír el Himno Nacional Argentino. El general Mansilla, de pie sobre el merlón de la batería número 1, invita a los soldados a dar el grito tradicional de “¡Viva la Patria!”. Y a su voz arrogante y entusiasta, el cañón de la patria lo ilumina en sus primeros fogonazos. Media hora entran en acción todos los buques, y el combate se hace general. Los cañones franceses, sobre todo, comienzan a hacer estragos en las baterías, y se enfilan sobre las dos primeras de la derecha arrojándoles una lluvia de bala y de metralla, cuyo poder y cuyo alcance los pechos de los soldados argentinos sienten por primera vez. Sin embargo, las baterías de tierra ponen fuera de combate a los bergantines Dolphin y Pandour.


A mediodía, Mansilla comunica a Rosas que los enemigos no han podido acercarse a la línea de atajo, pero que dada su superioridad cree que lo conseguirán, porque a él le faltan las municiones para impedirlo. Pocos momentos después el capitán Tomás Craig, comandante del bergantín Republicano, que sostenía la línea de atajo, pide municiones, porque ha quemado el último cartucho. A la respuesta de que no hay municiones, hace volar su buque para que no caiga en poder del enemigo, y va con sus soldados a tomar el puesto de honor en las baterías de la derecha, que a la sazón tienen tres cañones desmontados y catorce artilleros y dos oficiales muertos. Los buques aliados avanzan hasta la línea de atajo; las baterías dirigen a ese punto todos sus fuegos; las aguas allí quedan cubiertas por nubes de pólvora que remolinean en alas de vértigo que a todos domina, de los antros del Paraná parece levantarse un volcán que arroja en todas direcciones colosales serpientes de fuego entre estrépitos de muerte que llevan el terror a la distancia.

Jaun Bautista Thorne
Nueva York 1807- Buenos Aires 1885
En el plano prominente de este cuadro está Mansilla y su esfuerzo prodigioso, y su vida que respeta la metralla, y su espíritu, pendiente de una probabilidad halagüeña, concentrados en ese punto del río Paraná, donde se juega el derecho y la honra de la patria que él defiende. Hay un momento en que esa probabilidad parece sonreírle: es cuando los cañones de las baterías hacen retroceder a la corbeta Comus, ponen fuera de combate al bergantín San Martín y apagan los fuegos del cañón de a 80 del Fulton. Pero simultáneamente una lancha del Firebrand puesta al costado del Fulton, se lanza adelante: un jefe inglés Hope, corta la cadena a la que estaban sujetos kos barcos que obstruían el río y el Firebrand y el Fulton, seguidos a poco del Gordon, pasan al otro lado recibiendo los fuegos de los cañones del coronel Thorne, pero flanqueando el extremo izquierdo de las baterías. Mientras tanto la poderosa artillería de la Expeditive, enfilada durante tres horas consecutivas sobre el extremo derecho, desmonta los mejores cañones de la batería, mata casi todos los artilleros, y a las 4 de la tarde el ayudante Alzogaray quema en su cañón de a 24 el último cartucho que le quedaba.

La batería de Thorne es un castillo incendiado. Allí se sienten las convulsiones estupendas del huracán que ilumina con sus rayos una vez más la vida, y que a poco fulmina la muerte entre sus ondas. El estampido del cañón sacude la robusta organización del veterano Brown y de la defensa de Martín García, como el eco de su segunda naturaleza que lo subyuga. El mismo dirige las balsas. El blanco está en sus ojos que de antiguo está acostumbrado a poner en éstos su vida rodeado de sus cañones, con los cuales había hecho la amalgama heroica a que se refiere Víctor Hugo en su “Année Terrible”.
«....... viens, ó mon fils étrange / Doublons-nous l’un par l’autre et faisons un échange / Et mets, ó noir venger, combattant souverain, / Ton bronze dans mon cœur, mon âme en ton airain. »

Pero Thorne no tiene más que ocho carronadas de a 10, contra doce cañones de 64, dos de a 80 y ocho de a 32. Asimismo le hace al enemigo estragos que compensan los que ve a su alrededor. Cerca de las 5 de la tarde se cuentan sus pocas municiones. Su indomable energía no desespera. Dominando el despechado furor de su impotencia, comienza a economizar sus tiros y dispone a sus pocos soldados para el caso de un desembarco que prevé. Al darles colocación pica una bala que levanta una enorme masa de tierra, y con ésta al intrépido Thorne, quien se fractura un brazo y la cabeza al caer contra un tala y queda privado del oído para siempre. Por esto sus viejos compañeros le llamaban el Sordo de Obligado.
Coronel Ramón Rodriguez
Buenos Aires 1792-1866

Queda todavía el cuadro final; de colorido semejante al que presenta San Martín caído en San Lorenzo a la par de sus granaderos entreverados, y salvado a brazo de héroe por el sargento Cabral. Desmontados casi todos los cañones de las otras baterías, destruidos los merlones, muertos casi todos los artilleros, y sin un cartucho que quemar los que quedaban, los aliados lanzan su infantería de desembarco protegiéndola sin cesar con los cañones de sus buques. Mansilla se coloca a la cabeza de su diezmada infantería y manda cargar a la bayoneta. Al adelantarse con esos bravos milicianos que habían presenciado a pie firme los estragos de ocho horas de bombardeo, esperando el momento de entrar en acción, Mansilla es derribado por un golpe de metralla en el estómago que lo pone fuera de combate.

El coronel Ramón Rodríguez a la cabeza de los patricios llevó otra carga a la bayoneta, y repelió todavía a los asaltantes; pero éstos penetraron al fin por los puntos de las baterías que habían destruido completamente. “Cuando los marineros ingleses desembarcaron a la tarde, dijo el entonces capitán Sullivan, del Philomel, al devolver treinta y ocho años después la bandera que tomó de la batería de Thorne, el coronel Rodríguez con los restos de su regimiento solamente mantuvo su posición en retaguardia a pesar del fuerte fuego cruzado de todos los buques”. Los aliados contaron en Obligado con 150 hombres fuera de combate, quedando muy maltratados tres buques, y principalmente el Pandour y el Fulton. “Siento vivamente que este bizarro hecho de armas haya sido empañado con tanta pérdida de vidas, -dice el contraalmirante Inglefield en su parte al almirantazgo británico-; pero consideramos la fuerte posición del enemigo, y la obstinación con que fue defendida, tenemos motivos para agradecer a la Providencia que no haya sido mayor”. Los argentinos tuvieron 650 hombres fuera de combate y perdieron diez y ocho cañones, varios lanchones y una bandera. “El combate con las baterías comenzó a las diez de la mañana y duró hasta las cinco de la tarde, -se lee en l´Annuaire Historique, de Lesur- (París, 1847): durante siete horas no se dejó de hacer fuego de parte a parte. El combate de Obligado quedará como un brillante hecho de armas para ambas marinas”.
La victoria que alcanzaron los aliados era problemática. Ellos forzaron el pasaje del río Paraná y quizá dominarían todo este río. Pero no podían avanzar tierra adentro, que por sobre la resistencia que encontraron desde el principio acababan de sublevar contra ellos todas las fibras de un pueblo viril atacado en sus hogares.

sábado, 9 de noviembre de 2019

JEAN- PHILLIPE GOULU, UN EXQUISITO ARTISTA y LA FAMILIA GARCÍA-MANSILLA



Jean Philippe Goulu
Autorretrato. 1786-1853
La miniatura tiene en Europa una hermosa tradición que arranca en la Edad Media y comienza en el Renacimiento, como una prolongación del miniado (1) de los manuscritos y, en tal sentido lo interpretaron sus primeros realizadores. En ese estilo pictórico, se inspiraron Han Holbein, Isaac Oliver y Nicholas Hilliard cuando estamparon en los discos de marfil los rostros de los reyes y caballeros de la corte de Inglaterra.

A pesar de lo manifestado, debemos decir que la miniatura alcanzó su máxima expresión durante el transcurso del siglo XVIII. En lo que respecta al Río de la Plata, la miniatura no existió hasta los últimos años del siglo XVIII, debido a la ausencia de retratistas al óleo que actuaron en esta parte de América.

Este exquisito arte, tuvo en Buenos Aires a unos cuanto cultores que supieron plasmar iconográficamente una época, retratando a nuestros próceres y sus allegados.

De aquel tiempo colonial nos han quedado una serie de trabajos muy interesantes. No obstante son pocos los nombres de autores que se destacan.

Podemos citar a: Martín de Petris - primer retratista de Buenos Aires - y Angelo María Camponesqui,  quienes se destacan entre los varios retratos anónimos que se conservan de la época. Pocos años después en la segunda década del Siglo XIX aparece la figura de Simplicio Correa de Saa que hace el retrato del Déan Funes entre otros.

Lucio Norberto Mansilla Bravo de Oliva
Jean Phillipe Goulu - 1826 - 
Hacia 1815-1830 está en Buenos Aires Carlos Durand ( Lille 1837- París 1917) , un excelente miniaturista que nos deja pruebas inequívocas de su arte. Después han de figurar entre otros nombres y Antonia Brunet de Annat, Adrienne Pauline Bacle-Macaire- conocida como Andrea Bacle - Charles Henry Pellegrini, Carlos Morel, Fernando García del Molino, Raymond Quinsa Monvoisin en su paso por Buenos Aires, Amadeo Gras son algunos de los pintores que nos recuerdan épocas pasadas.

Pero hay un hombre en particular que es el más importante de todos los miniaturistas que actuaron en Buenos Aires: Jean Phillipe Goulu.

Este reconocido artista, sea probablemente, el mejor de todos los miniaturistas que actuaron en Buenos Aires. Poseedor de una técnica segura que dominaba ampliamente, afianzada en una sólida cultura artística, pudo llevar muy alto su arte y destacarse sobre los artistas de su tiempo. Los muchos retratos que nos han quedado, salidos de su mano, ya sea al óleo o en miniatura, prueban suficientemente esta aseveración .

Pedro Andrés García Ferreyra
Aun cuando nace en Suiza, el 4 de septiembre de 1786, Jean Philippe Goulu puede considerarse un artista francés. Hijo de un miniaturista parisiense y hermano del grabador Ferdinand Sébastien Goulu, se formó como artista en Francia. En 1817 llega a Río de Janeiro, donde se afirma que fue profesor de los príncipes de Braganza. Es probable que en el viejo mundo haya contraido enlace con Rosa Chabú y llegara a América con ella y sus hijos. Lo cierto es que llega a Brasil y de esa fecha se guarda una delicada miniatura que conservan sus descendientes, que representa a Juan VI de Portugal. Según la tradición, que se conserva en su hogar y alguien recogió , Goulu fue a Brasil para decorar el Palacio Imperial y hacer de profesor de las hijas del monarca. Es probable que este propósito fracasara por la revolución que entronizó a Pedro I. Esas circunstancias, decidieron a Goulu a trasladarse a Montevideo y posteriormente a emprender viaje  al Río de la Plata. Su llegada a la capital porteña la podemos ubicar entre 1824 y 1825.

En diciembre de 1824 se anuncia en La Gaceta Mercantil de esta ciudad, como “pintor en miniatura” capaz de hacer retratos “cuya perfecta semejanza será garantida”. En ese pequeño formato, y usando como soporte el marfil, retrata damas de la sociedad porteña –Schiaffino señala su habilidad como “retratista femenino”– Podemos citar a Dominga Rivadavia, Cirila Crespo (madre de Eduardo Sívori) y Mariquita Sánchez; a personalidades militares como el general Juan José Viamonte, y se autorretrata en más de una ocasión. Su producción abarca también retratos al óleo de mayor formato, entre ellos el de Lucio Norberto Mansilla - de quién también realizó, una magnífica miniatura -  y el de Juan Antonio Lavalleja (este último en Montevideo)

Óleo de Jean Philippe Goulu
Museo Histórico Nacional Argentino
Cuando en 1828 el artista suizo Joseph Guth - ver en nuestro blog, un artículo sobre su obra y su vinculación con la familia García-Mansilla - abandona la cátedra de Dibujo de la Universidad de Buenos Aires, Goulu es uno de los cuatro postulantes que se presentaron al concurso organizado para reemplazarlo. Aunque no obtiene el cargo, se sabe que el artista ejerce como docente particular de dibujo y pintura por lo menos hasta 1850. La Colección Errázuriz del Museo Nacional de Arte Decorativo y el Museo Histórico Nacional conservan muchas de sus obras.

La obra de Goulú es tan vasta como poco conocida. Solo algunos retratos han sido divulgados  por nuestras historias de arte, la gran mayoría, permanecen inéditos. En cuanto se refiere a miniaturas, la más divulgada es su autorretrato , realizado en 1826, en una tonalidad suave y con especiales atractivos (Colección Emma Sunnblad de Rodriguez de la Torre.

En su obra, son muy numerosas las miniaturas, especialidad en la descolló más que en los retratos al óleo. Prueba de ello son las de Sixto Quesada, Dominga Rivadavia,  Lucio Norberto Mansilla en 1826, como dijimos y Juan Manuel de Rosas en 1828 entre otras. Son todas ellas piezas sumamente delicadas, retratos logrados y que no tienen nada que envidiar a las miniaturas que se hacían en Francia o España en la misma época.

Goulú es el pintor de los rostros apacibles y serenos, de los ojos meláncolicos y de mirada escrutadora, como se puede apreciar en los retratos de Rosas. Los fondos tienen luz y transparencia. y En una palabra, se puede apreciar que Goulú era un verdadero miniaturista.

Juan Manuel de Rosas
Jean Philippe Goulu 1828
Su trabajo se extiende en Buenos Aires hasta el año 1845 aproximadamente, Ya en esa época, anciano y abatido por las decepciones y los sinsabores que sufría, muy rara tomaba el pincel, y menos para realizar alguna miniatura. Solamente en alguna tarde perdida, decidió trazar el retrato al óleo de su mujer, de su hija Fanny o su autorretrato sumamente expresivo. Su muerte se produjo alrededor de 1853 durante el Sitio de Buenos Aires.

Uno de los capítulos más ricos y, literalmente, más coloridos en la historia de las relaciones entre Francia y la Argentina es el de los artistas franceses que llegaron al Río de la Plata desde comienzos hasta casi el final del siglo XIX. El argentino Alberto Dodero ("un investigador autodidacto", así se califica), y Philippe Cros, historiador y director de la Fundación Bemberg de la ciudad de Toulouse, publicaron "Aventura en las Pampas" , un libro notable que se consagra al tema.

Hemos querido compartir con los amantes de la pintura y la historia, las magníficas pinturas de este talentoso artista, es especial aquellas obras pictóricas que no se conocen como es el caso de la miniatura de nuestro cuarto abuelo Don Lucio Norberto Mansilla que pintó en el año 1826, cinco años antes de contraer matrimonio con nuestra cuarta abuela Doña Agustina Ortiz de Rozas, hermana menor de nuestro tío abuelo cuarto Don Juan Manuel de Rosas o el de nuestro tío abuelo cuarto Don Don Pedro Andrés García Ferreyra, hijo de Don Pedro Andrés García de Sobrecasa y Clara María Ferrerya y Freire de Landiem.

(1) Es el arte de realizar trabajos en miniaturas, creando objetos de pequeñas dimensiones y delicadamente trabajados.

Fuentes: Rodolfo Trostiné. La miniatura en Buenos Aires. Notas para su historia. Año 1947.
Correo rincón del anticuario. Goulu, miniaturista en Buenos Aires 1824-1853








martes, 6 de agosto de 2019

JOSÉ GUTH, EL PINTOR DE LA VIEJA BUENOS AIRES y LA FAMILIA GARCÍA-MANSILLA


José Guth, promotor del arte en la vieja Buenos Aires.

"Pintor de origen suizo nacido en 1788. Arriba a Buenos Aires en 1817. Los medios destacan su presencia como Profesor de dibujo particular, pintura histórica y retratista al óleo, uno de los primeros artistas itinerantes que llegó a Buenos Aires por ese entonces. Fue el primer Director de la Academia de Dibujo. En la Universidad Nacional de Buenos Aires fueron sus alumnos Carlos Morel y Fernando García del Molino, entre otros. En agosto de 1824, le fue otorgada la ciudadanía argentina. Ejerció la docencia hasta 1828, retirándose a un campo en Entre Ríos por prescripción médica. En 1850 muere trágicamente. La línea de trabajo de José Guth insistía en la perfección de la técnica lograda con el minucioso sombreado a lápiz tomando los grabados como modelo. María Lía Munilla Lacasa, Siglo XIX: 1810-1870.

“Las invasiones inglesas de 1806-1807 y el movimiento revolucionario de 1810, lejos de generar nuevas empresas pedagógicas, postergaron toda iniciativa hasta 1815, fecha en que el fraile recoleto Francisco de Paula Castañeda abrió una nueva Academia de Dibujo que funcionó en la salas del Consulado y que se mantuvo, no sin vaivenes, hasta 1821. Como director de esta academia se desempeñó por un tiempo el pintor suizo José Guth, uno de los primeros artistas itinerantes que llegó a Buenos Aires por ese entonces. Al crearse en 1821 la Universidad de Buenos Aires por iniciativa de Bernardino Rivadavia, esa academia de dibujo fue incorporada al Departamento de Ciencias Exactas y transformada en la cátedra de Dibujo de la Universidad, Guth quien regresaba de un viaje por Montevideo y Brasil –característicos destinos de estos pintores viajeros-, volvió a desempeñarse en esta oportunidad al frente de la cátedra hasta fines de la década en que debió renunciar por problemas de salud. Pese a ello, la cátedra de Dibujo continuó en funcionamiento, con creciente participación de alumnos, hasta aproximadamente 1835, bajo la dirección del italiano Pablo Caccianiga. […]

Coronel Don Pedro Andrés García de Sobrecasa
La presencia itinerante de José Guth en Buenos Aires expresa bien otro fenómeno, que va a tener decisiva importancia en el panorama artístico local de principios de siglo: el arribo –tímido todavía, pero que se irá haciendo más frecuente a lo largo del período- de artistas provenientes del extranjero, quienes llegaban a estas latitudes probablemente atraídos por las perspectivas económicas que el proceso independentista prometía a los viajeros. […]

Durante la gestión presidencial de Bernardino Rivadavia, el gobierno recibió dos propuestas para un museo artístico provenientes de particulares, una de ellos de José Guth –por ese entonces profesor de dibujo de la Universidad- y la otra del comerciante austríaco José Mauroner. Desafortunadamente ambos proyectos aparecieron en el momento en que se desataba la Guerra con el Brasil , la cual, a la vez que impedía cualquier desvío de fondos públicos a otros fines que no fueron bélicos, postergaba indefinidamente la concreción de los proyectos. […]

Si bien la exposición de cuadros en el Colegio de Ciencias Morales (San Ignacio) organizada por el comerciante austríaco no fue estrictamente la primera muestra de arte exhibida en Buenos Aires –en 1817 la Sociedad del Buen Gusto en el Teatro, fundada por sugerencia de Rivadavia, aparentemente había realizado en el Colegio de San Carlos una exhibición y venta de pinturas que, hasta donde se sabe, tuvo muy poca repercusión-, fue sin duda el acontecimiento artístico más importante que desde el punto de vista artístico pudieron experimentar los pintores locales, quienes, jóvenes aún, se estaban formando en la cátedra de Dibujo de la Universidad de Buenos Aires.

Clara María Ferreyra de Lima y Freire de Landiem
Para ese entonces, José Guth ya se había alejado de la enseñanza y en su cátedra había sido reemplazado por el artista italiano Pablo Caccianiga, quien acreditaba un desempeño prolongado como catedrático de dibujo y pintura en la Real Universidad de Palermo.”

Este talentoso artista, retrato a nuestros quintos abuelos paternos el Coronel Don Pedro Andrés García de Sobrecasa y a su mujer Doña Clara Frereyra de Lima y Freire de Landiem, óleos que no están catalogados en su obra por haber estado siempre en el ámbito familiar.

Hoy están bajo el cuidado de la familia García-Mansilla que los resguarda desde el año 1820, fecha en que fueron pintados por el artista que nos ocupa.




Fuentes: María Lía Munilla Lacasa, Siglo XIX: 1810-1870.En: José Emilio Burucúa (Dir.), Nueva Historia Argentina, Vol I: Arte Sociedad y Política. Buenos Aires, Sudamericana, 1999.

Celeste Gómez y Micaela Fraticelli, 2° Humanidades, Instituto Euskal-Echea.

José Emilio Burucúa, Nueva Historia Argentina, Volumen I: Arte Sociedad y Política. Buenos Aires, Sudamericana, 1999. Diccionario de Artistas Plásticos de Argentina de Adrián Merlino, Edición del Autor, Buenos Aires 1954.

miércoles, 31 de julio de 2019

LEONOR DE AMÉRICA.Nuestra ascendencia americana.

La familia García-Mansilla, por ser descendientes directos de Agustina Martina Ortiz de Rozas y López de Osornio,hermana menor de Don Juan Manuel de Rosas, tiene el privilegio de llevar en su sangre la savia de la tierra americana.

España en la conquista de América, convalidó lo que ninguna nación permitió con los conquistadores, promover la fusión de sangre y reconocerle nobleza para dar forma a la naciente raza criolla. El español, que en su propio solar negó a otras razas la mezcla de sangre, no tuvo reparos en crear alianzas indisolubles con la sangre india.

Las Reales Ordenanzas que conforman las Leyes de Indias, dieron fuerza legal a esta confluencia de sangre. En el Libro IV - Capítulo 6 - Ley VI, don Felipe II dispuso: "Que los pobladores principales y sus hijos y descendientes legítimos sean hijosdalgo en las Indias."

En nuestro caso, una de nuestras cuatro ramas principales, los Ortiz de Rozas, penetran con sus raíces en lo más hondo de la tierra americana, mas concretamente en el Paraguay, noble tierra de los ascendientes de la llamada “Leonor de América”, quien de su unión con el insigne español Domingo Martínez de Irala, dejó una gran descendencia.

Hoy brindamos a nuestra familia, la descendencia continuada hasta nuestros días, de quién fuera el genearca de este linaje en América y de la venerable Leonor, quien fue, como expresara la historiadora paraguaya Doña María Antonia Orellado Rojas de Fossati: “légitima dueña y señora de estas tierras americanas, abuela de nuestro primer historiador Ruy Díaz de Guzmán, generosa madre india, que amamantó cariñosamente a su hija, a la conocida y reconocida hija de Irala, heredera incuestionable de nuestro rico acervo americano.”

DON DOMINGO MARTÍNEZ de IRALA - Explorador y conquistador español, nacido en Vergara, Provincia de Guipúzcoa, País Vasco, España, en 1509 y muerto el 3 de octubre de 1556, a los 46 años, en Asunción del Paraguay.
Está considerado como una de las personalidades más notables entre quieren fueron los primeros conquistadores españoles en América y el padre fundador de la actual República del Paraguay. Hijodalgo con mayorazgo, a la muerte de su padre, Don Martín Pérez de Irala, vendió todos sus bienes libres del vínculo de mayorazgo y viajó con Don Pedro de Mendoza al Río de la Plata en 1534, asistiéndolo como su secretario. Participó en la primera fundación de Buenos Aires e intervino en las luchas por su defensa.

Fue nombrado capitán de una de las tres naves, que el 14 de octubre partieron de Buena Esperanza para remontar el río Paraná en la expedición de Don Juan de Ayolas, cuya misión era descubrir la Sierra de la Plata. Al internarse Ayolas en el Chaco, Martínez de Irala, queda a cargo, como Gobernador interino, hasta que en el año 1539, preocupado por su ausencia, va en su búsqueda. Al enterarse de su fallecimiento, regresa a Asunción, formando en 1542 el primer ayuntamiento.

En el año 1552, el Rey Carlos Iº lo nombra Gobernador del Río de la Plata, cargo que desempeña hasta su muerte. Al referirse a Irala, en su obra “Descubrimiento y Conquista del Río de la Plata y el Paraguay”, Don Julio César Chaves, nos dice: “Su grandeza es indiscutible, apareciendo en su vida y su obra como par indiscutido de Cortés y de Pizarro, pues si éstos ganaron imperios organizados y cobraron fabulosas riquezas, el vizcaíno construyó el suyo no hallando oro y plata para cimentarlo.” Se unió con una hija del cacique MOKYRASÉ y de su mujer YAGUACÁ VERÁ, llamada YBOTY IYÚ, quién al abrazar la religión católica apostólica romana, adoptó el nombre cristiano de LEONOR.

“Imponente en su atavío de gala, se destacaba el Cacique Mokirasé en un amplio claro del bosque a presidir el casamiento de su hija. El valor, primordial atributo para imponerse y elevarse por encima de los otros, daba inconfundible sello de garantía al respetado “Mburubiyá.”
(1) La agudeza, inteligencia y visión, como la forma a la materia debían estar unidas en la robusta personalidad del hombre luchador para lograr gobernar con éxito. El orgullo y la dignidad del rango se hacían visibles necesariamente, justificando la posición de este varón excepcional, realmente superior en latitudes recién holladas por escasas plantas europeas. Indígenas de todas las edades y sexo se mantenían alrededor del jefe omnímodo, justamente subido en tan codiciado puesto de mando por derecho sucesorio y por prendas personales.”

“Rumor de pasos se escuchó entre las caídas hojas secas aplastadas por gruesas y altas botas. Venían del sur los calzados pies sin cuidarse de amortiguar el ritmo acentuado de la marcha. Unos hombres blancos escoltados por varios indígenas avanzaban resueltamente hacia el centro del espacio abierto. Estos quedaron rezagados, mientras la comitiva con su jefe de alto coturno a la cabeza polarizaba miradas inquisitivas de los naturales. Quién atraía inumerables ojos renegridos llamábase Domingo Martínez de Irala”

“Los conquistadores hispanos, de acuerdo a la concepción política y táctica del capitán, se prestaban a participar en el desarrollo de una ceremonia para unir, según las exigencias de estos habitantes selváticos, a una bella adolescente hija del cacique y al indiscutible osado como perspicaz representante del diplomático caudillo aventurero”

“Protocolares saludos cambiaron nuestros dos conductores de aspecto y orígen muy diverso. Durante la ceremonia daba conmovedor toque la unción que ponían algunos seres en esa hora transcurrida precisamente dentro de aquella selva milenaria. Los guaraníes tenían profundas convicciones tradicionales; eran rectos, sin malicia, no conocían refinados vericuetos de conciencias guiadas por diversos códigos morales justificando los pasos al costado o el zigzag.”

“Serena estaba la niña ayudada por su inocencia, transcurrida entre gratas incursiones para gustar frutos silvestres en nuestra rica floresta, alternando excursiones a caza de mariposas. Nada sabía de inquietudes o rebusques mentales. Los labios cerrados de la doncella sumisa no temblaban; sus párpados velados rescataban miradas al hombre que sería el padre de su hija y la había elegido por compañera en esta tierra, donde no se conocía mujer blanca para suavizar la ruda labor de tan extraños visionarios.”

“El padre, amo respetado, la entregaba en este acto público según los ritos de su casta. Ella le debía obediencia ciega; sin chistar iría a compartir su vida con un desconocido que no la defraudó, porque era sano, limpio, inteligente, activo, digno, idealmente superior a todo lo que una criatura guaraní podría haber soñado en sus simples persecuciones de bellísimos ninfálidos. Su constitución vigorosa no permitió que la aniliquilara ni marchitara ese otro mundo diferente donde imperaba el caudillo blanco, moviéndose libremente de acuerdo a sus cálculos y a su temperamento intrépido.”

“Leonor, primera madre de tantos brillantes linajes, unida a Domingo Martínez de Irala está en nuestra historia americana sin desmedro, sin mancha, sin mancilla; la reconocemos por su fidelidad, su abnegación puesta al servicio de la familia con innata sensibilidad femenil. Pasó a vivir en la sociedad de los hispanos, depués de haber cumplido con los ritos que le exigían los dioses y su gente; no era el botín de un saqueo, no fue raptada, cambiada por cuentas de colores o caballos.” (2)
Padres de:

DOÑA URSULA de IRALA - Reconocida por su padre como su hija legítima, en su testamento firmado el 13 de marzo de 1556. Hija de un gran jefe -pero español -, como su madre Leonor gozaba del respeto y el cariño de la población. A pesar de que corría por su venas la sangre de orgullosos hidalgos mezclada con la de bravíos dueños de tierras americanas, el destino de Ursula y el de su madre, tenían muchos puntos en contacto. Inocentes y puras, las dos fueron entregadas por sus respectivos padres solamente con fines políticos arreglados entre caudillos que se encontraban frente a frente, en bandos opuestos, con un íntimo deseo de paz, de armonía y de supremacía al mismo tiempo. (3) Contrajo matrimonio a los trece años de edad con DON ALONSO RIQUELME de GUZMÁN y PONCE de LEÓN VERA, nacido en 1523, en Jeréz de la Frontera, España, quién pasó al Río de la Plata con su tío Adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca y en cuya ascendencia se puede encontrar al Rey Alfonso IX de León, al Rey Jaime I de Aragón y a otras ilustres figuras del medioevo español Esta alianza fue consecuencia de los acontecimientos que se vivieron en la ciudad de Asunción, entre los partidarios del Capitán Martínez de Irala y los de Alvar Nuñez, Alonso defendió siempre la causa de su pariente. Una vez depuesto éste y nuevamente Martínez de Irala en el gobierno, fue hecho prisionero por conspirar y pendía sobre el y sus compañeros condena de muerte, la que fue levantada, por intervención de sacerdotes y vecinos de Asunción, estableciéndose así una paz por medio de alianzas matrimoniales, ya que cuatro hijas del gobernador Martínez de Irala se casaron con cuatro capitanes rebeldes. Fue luego Alguacil Mayor del Paraguay y Teniente de gobernador de la Guayra y Alguacil Mayor y Alcalde de Asunción. Conquistador y vecino encomendero de Asunción. Padres de:


DOÑA CATALINA DE VERA y GUZMÁN - Quien contrajo matrimonio con DON GERÓNIMO LÓPEZ de ALANIS, nacido en 1557, en Zaragoza, España, vecino fundador de Concepción del Bermejo. Catalina es hermana entre otros de DON RUY DÍAZ DE GUZMÁN, Alguacil Mayor, Gobernador de los Chiriguanos, y nuestro primer historiador, autor de “La Argentina.” Padres de:

DON RODRIGO PONCE de LEÓN Maestre de Campo. También llamado RODRIGO LÓPEZ de ALANIS, quién tomó el apellido de su bisabuela y contrajo matrimonio en Buenos Aires, en el año 1635, con DOÑA ISABEL de NARRAHO HUMANES de MOLINA, hija de Don Cristóbal de Naharro, natural de Antequera, España, Alcalde Regidor y de Doña María Isabel Nieto Humanes de Molina. Padres de:

DOÑA CATALINA PONCE de LEÓN y GUZMÁN - Bautizada el 7 de noviembre de 1655, en la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced de Buenos Aires, -Libro de Bautismos Nº 2, folio 81-, quién contrajo matrimonio en Buenos Aires, el 12 de enero de 1679, en la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced -Libro de Matrimonios Nº 3, folio 82-, con DON JUAN BAUTISTA FENÁNDEZ PARRA, natural de Brieva, Provincia de Burgos, España. Padres de:

DOÑA ISABEL FERNÁNDEZ PARRA o PONCE de LEÓN - Bautizada en Buenos Aires, el 25 de agosto de 1689 -Libro de Bautismos Nº 4-, quién contrajo matrimonio, el 25 de abril de 1708, con DON PABLO GONZÁLEZ de LA CUADRA, natural de San Julián de Muzquez, Alcalde Ordinario, Intendente de Real Hacienda, Gobernador y Capitán General del Río de la Plata. Padres de:

DOÑA CATALINA de la CUADRA FERNÁNDEZ PARRA - Bautizada en la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced de Buenos Aires, el 19 de julio de 1723, quién contrajo matrimonio, el 10 de abril de 1759, en la Iglesia Catedral de Buenos Aires, con DON DOMINGO ORTIZ de ROZAS y RODILLO de BRIZUELA, bautizado en Sevilla, en la Iglesia Parroquial de Santa Ana, el 9 de agosto de 1721, Cadete del Real Cuerpo de Guardias Españolas de Infantería. Pasó al Río de la Plata, como edecán de su tío el Conde de Poblaciones, Don Domingo Ortíz de Rozas y Villasuso,Capitán General de Buenos Aires, Presidente de Chile el 25 de mayo de 1746, hermano de su padre Bartolomé. Padres de:

DON LEÓN ORTIZ DE ROZAS y de la CUADRA - Bautizado en la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced de Buenos Aires, el 11 de abril de 1760. Cadete del Regimiento Fijo de Buenos Aires, a los siete años, por especial merced de Su Majestad el Rey de España. Falleció el 13 de agosto de 1839. Contrajo matrimonio en la Iglesia Catedral de Buenos Aires, el 30 de septiembre de 1790, con DOÑA AGUSTINA LÓPEZ de OSORNIO, bautizada el la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced de Buenos Aires, el 27 de agosto de 1775 y fallecida el 13 de diciembre de 1845. Padres de:

DOÑA AGUSTINA DOMINGA MARTINA ORTIZ de ROZAS y LÓPEZ DE OSORNIO - Bautizada el 20 de enero de 1816, en la Iglesia de Nuestra Señora de Monserrat de Buenos Aires -Libro de Bautismos Nº 4, folio 420-. Hermana menor de Don JUAN MANUEL de ROSAS. Contrajo matrimonio en la Iglesia Catedral de Buenos Aires, el 25 de marzo de 1831, con DON LUCIO NORBERTO MANSILLA y BRAVO de OLIVA, bautizado en la Iglesia de Nuestra Señora de Monserrat de Buenos Aires, el 2 de marzo de 1792 -Libro de Bautismos Nº 2, folio 70- y fallecido en Buenos Aires, el 10 de abril de 1871. General de la Nación, Defensor de Buenos Aires en las Invasiones Inglesas, Guerrero de la Independencia y de la Guerra con el Brasil, Héroe del Combate de la Vuelta de Obligado, declarado Prócer Benemérito de la Provincia de Buenos Aires. Padres de:

DOÑA EDUARDA MANSILLA y ORTIZ de ROZAS - Nacida el 11 de diciembre de 1834, en la ciudad de Buenos Aires y bautizada en la Iglesia de San Ignacio, de la misma ciudad, el 11 de enero de 1835 -Libro de Bautismos Año 1835, folio 171-, quién contrajo matrimonio en Buenos Aires, el 31 de enero de 1855, en la Iglesia Parroquial de San Miguel Arcángel -Libro Año 1855, folio 66- con DON MANUEL RAFAEL GARCÍA AGUIRRE, hijo de DON MANUEL JOSÉ GARCÍA FERREIRA y de DOÑA MANUELA ISIDORA JUANA de AGUIRRE y ALONSO de la JARROTA, quienes tuvieron seis hijos, una mujer y cinco varones, que adoptaron el apellido compuesto GARCÍA-MANSILLA y formaron las ramas: Marrier de Lagatinerie García-Mansilla ; García-Mansilla García Cortina y García-Mansilla Ossipoff.

(1)Se llama "Mburubiyá" al jefe de los guaraníes.

(2) Relato de la ceremonia del casamiento de Leonor con Domingo Martínez de Irala, por María Antonia Ortellado Rojas de Fossati, en su libro: “Leonor de Ameríca”. Dicha publicación fue editada en Paraguay en el año 1971.

(3) María Antonia Ortellado Rojas de Fossati. Leonor de América. Asunción del Paraguay. Año 1971

viernes, 24 de noviembre de 2017

CHARLES HENRI PELLEGRINI y los retratos de la familia García-Mansilla.


León Ortiz de Rozas.
 Dibujo al lápiz y tinta china.
Hoy vamos a mostrar los retratos de nuestra familia que pintó este eximio retratista, quién por determinación del azar, surgió como supremo historiador gráfico de todo un período de la vida argentina

Hace unos años se realizó una exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes, sito en la Avenida del Libertador 1473 de la ciudad de Buenos Aires.

No hay república más libre que la de las artes, y las colecciones de obras reunidas en los museos nos enseñan una sola cosa, pero la enseñan bien, y es que con los procedimientos más contradictorios, las visiones más diversas, dos hombres de talento, y mil hombres de talento, llegan al mismo resultado: la producción de la obra de arte. El pedantismo es ridículo y perjudicial en cualquier materia, pero en el terreno del arte es monstruoso y grotesco, y tanto más peligroso cuando suele andar bien vestido, como que dispone a menudo del guardarropa solemne de la tradición

Charles Henri Pellegrini nació en Chambery, Savoie, Rhône-Alpes, Francia, el 28 de julio de 1800. Pese a la nacionalidad italiana de su padre, siempre se consideró francés, al igual que sus siete hermanos. Escribía y firmaba en ese idioma, y su formación cultural fue, también, netamente francesa.

Su niñez transcurrió en una de las más bellas comarcas de la región alpina, donde recibe la educación moral y cristiana que le inculca una madre ejemplar. Cursó estudios en el Collège de Chambery, y obtiene dos primeros premios, correspondiente uno de ellos, a la asignatura dibujo; un hecho sugerente que revela una temprana dedicación al arte que inmortalizará su memoria.

En 1819 parte para Turín, en cuya Universidad ingresa, atraído por el prestigio de esta casa de altos estudios italiana, fundada  por iniciativa del príncipe Ludovico de Acaja, rey Amadeo VIII de Saboya, primer Duque de Saboya. No puede completar sus estudios debido a la revolución del Piamonte ocurrida en 1821, viéndose forzado a huir a Francia. En París acogido con gran cariño por sus hermanos, se matricula en la Escuela Politécnica, donde se recibió de ingeniero en 1825.

Contratado por Juan Larrea, quién se encargaba de los asuntos argentinos en París y tenía el encargo del  primer magistrado Bernardino Rivadavia de buscar un ingeniero hidráulico de gran competencia llegó a Buenos Aires en 1828. Prestó servicios durante breve plazo en el departamento de Ingenieros Hidráulicos, que posteriormente fue suprimido durante el gobierno del general Juan José Viamonte. La desocupación lo indujo a tratar de aprovechar sus dotes de dibujante y pintor. Se vinculó con el litógrafo César Hipólito Bacle y se dedicó especialmente a hacer retratos, ejecutando entre octubre de 1830 y septiembre de 1831 doscientos trabajos. Su actividad como retratista y litógrafo prosiguió hasta 1837. Se dedicó luego a las tareas del campo y compró la estancia La Figura en Cañuelas. En 1841 fundó con Luis Aldao la Litografía de las Artes, que publicó gran número de estampas, e instaló luego su propia prensa en su domicilio de Cangallo 37.

Agustina Ortiz de Rozas con su hijo Lucio Victorio.
Acuarela. Museo Histórico Nacional
En sus obras hay ciertas escenas de iniciación que son tan expresivas que parecen el comienzo de un cuento y su realismo es tal que reúne las características de un cuento. El escenario es perfecto: una de las tertulias de la primera mitad del siglo XIX, el salón de la dama argentina María Josepha Petrona de Sánchez de Velazco y Trillo, más conocida como María Sánchez de Thompson - Mariquita -, en donde se reunía lo más granado de la sociedad argentina y donde, en 1813, se cantó el Himno Nacional por primera vez, razón por la cual Mariquita pasaría a la historia menor de los manuales escolares. Esteban Echeverría, frecuentador del salón, como Juan Manuel Lavardén y Esteban de Luca, identificó a la Sánchez de Thompson con la heroína romántica de una novela de Madame de Staël, llamándola “La Corina del Plata”, porque, como mandan los códigos del género, a todo se jugaba por amor. 

Hacia 1810, ese salón albergaba a la intelectualidad revolucionaria e independentista. Allí concurrió, en 1829, el culto y refinado saboyano Charles Henry Pellegrini.

Se dice que un buen día, con el ingeniero de Saboya presente en la mundana tertulia de Mariquita Sánchez, la propia anfitriona se quejó por la falta de retratistas en Buenos Aires y que, en la oportunidad, a pedido de los contertulios, el ingeniero, lápiz en mano, le hizo un retrato a la distinguida dama en menos de dos horas, arrancándole un aplauso cerrado a la concurrencia. Ese fue el punto de partida de la nueva profesión del joven ingeniero europeo hasta entonces sin empleo. 

Agustina López de Osornio de Ortiz de Rozas.
Dibujo al lápiz. Propiedad de Antonio Santamarina.
La noticia corrió por todos los salones de la época y en poco tiempo el retratista recibió infinidad de pedidos.  Gran parte de las familias mas importantes de la ciudad de Buenos Aires, eligió ser retratada por el novel retratista. El maestro Pellegrini llegó a dibujar unos ochocientos retratos a los que se suma más de un centenar de paisajes rurales y urbanos y cuadros de costumbres. El esquema de los retratos era más o menos siempre el mismo: los varones laicos posaban escribiendo, pluma en mano, ante un biblioteca, con la mirada desafiante o soñadora, según el caso; los religiosos se plantaban ante el templo; y las damas, asombrosamente fajadas, con tocados a cual más barroco y peinetones extra large, sostenían la mirada sentadas en un canapé, enfundadas en atuendos que lucen como un gran esfuerzo de producción ambiental, más que como vestidos. 


Algunas personas se han sorprendido de que un ingeniero –que dicen suele ser la antípoda del artista- más familiarizado con las dimensiones de la forma que con su expresión moral, sin otro instrumento que la técnica sumaria del lavador de planos, haya podido convertirse de la noche a la mañana, y sin ayuda de “maestro”, en un retratista de nota. Esta aparente rareza se explica racionalmente. Pellegrini poseía en primer lugar y en grado superlativo la condición primordial del retratista: la perspicacia fisonómica, el amor de la observación, un sentimiento comunicativo y una ingenuidad de procedimiento realmente preciosa para el fisonomista. 

Los retratos –inscriptos en los rigurosos cánones del realismo– son de una calidad notable y, como dicen los entendidos, “capturan el alma del retratado”. Tal es el caso de la galería de retratos que podían verse en el Museo Nacional de Bellas Artes. Desde la mirada propietaria del matrimonio de coleccionistas Guerrico, a la expresión perdida del reverendo padre Francisco Mageste, pasando por la serenidad y la personalidad de los rostros femeninos de cualquier edad, los retratos de Pellegrini tienen una funcionalidad específica en relación directa con el lugar social y la posición económica o el poder que ostentaba cada retratado, y con la elección del modo elegido para mostrarse ante la posteridad.
                                                                                                                  
Lucio Norberto Mansilla. 
Acuarela. Museo Histórico Nacional.
Durante el régimen rosista Pellegrini, aunque siguió dibujando, pintando y realizando estampas litográficas, se hizo agricultor y ganadero como un modo de bajar el perfil mundano en busca de una suerte de exilio rural. Varios de los retratos de ese período muestran en el retratado de turno la divisa punzó de rigor y alguno que otro signo de sumisión al poder de turno. Hay un retrato del propio brigadier general, que en sentido estricto no es un retrato tomado del original, sino una efigie. El perfil de Rosas aparece más como un exorcismo que como una forma de la condescendencia. Es conocida la afición del “Restaurador de las leyes” por hacerse pintar, tanto como su cínica aversión a ser fotografiado (“Eso es cosa de gringos”, decía, como si el origen del retrato pintado fuera otro que el gringo).

En su obra, se pueden ver paisajes rurales y urbanos –vistas bonaerenses como las de Bahía Blanca y Sierra de la Ventana, o estampas porteñas como el Riachuelo, El Retiro, la Plaza de la Victoria - Plaza
de Mayo - , la Catedral, la Iglesia del Pilar y otros, también vemos escenas de costumbres, como “El matadero”, de 1841. Este grabado parece ilustrar el célebre relato homónimo de Echeverría escrito y leído en las tertulias por esos años y publicado tres décadas después. En la estampa de Pellegrini sobre papel se ve a los paisanos en sus quehaceres y en el frente del establecimiento se lee “Viva el chaleco colorado”.

Otras dos obras establecen un diálogo perfecto. Por una parte una escena rural de costumbres que evoca a varias parejas bailando un cielito a cielo abierto. Por la otra, una escena de interiores en un caserón de la clase alta, en el que los invitados bailan un minué. En un costado, aparece la criada negra, que espía a los señores bailando; pero lo que unifica socialmente a los señores y al personal doméstico es el mate, porque en casi todos, tanto la criada negra que espía como sus patrones aparecen mateando.


Manuela Aguirre de García con su hijo Manuel Rafael.
Septiembre de 1832.
Pellegrini se dedica también a la litografía –pudo estudiar la técnica con el cartógrafo y grabador francés César Hipólito Bacle, cuya muerte acaecida en 1838 en confusas circunstancias, obligó al vicecónsul Aimé Roger a presentar una nota de descontento por esta cuestión. Ante tal reclamo, Rosas intimó al diplomático a que abandonara el país. Este incidente fue el pretexto que utilizó Francia para justificar el bloqueo al puerto de Buenos Aires con una escuadra. En 1841 decide imprimir, el libro Recuerdos del Río de la Plata, ilustrada con veinticuatro láminas litográficas. Con posterioridad a la caída de Rosas, Pellegrini decide volver a la Capital con el deseo de volver de ejercer su profesión de ingeniero.

Contrajo matrimonio con María Bevans Bright, hija del ingeniero hidráulico. En 1853 funda la Revista del Plata, publicación periódica sobre asuntos económicos, agropecuarios y culturales que funciona hasta 1855 y en la que aparecen retratos litográficos de Amado Bonpland, el general José María Paz, Pastor Obligado y otros.

Durante esta década se desempeña como miembro del Concejo Municipal y a partir de 1855 integra el Concejo de Instrucción Pública. Conjuntamente con Bartolomé Mitre, Dalmacio Vélez Sarsfield, Adolfo Alsina, José Mármol, Camilo Duteil y Carlos Tejedor funda el Instituto Histórico y Geográfico del Río de la Plata. Durante los últimos años de su vida se ocupa como ingeniero y arquitecto. En este carácter se encarga de la edificación del antiguo Teatro Colón, inaugurado en 1857.


El mayor de sus cinco hijos, de nombre Carlos, quién formaba parte del corazón de la clase dirigente argentina, ocupó diversos cargos públicos. Fue diputado y senador nacional, ministro de guerra de los presidentes Nicolás Avellaneda y Julio Argentino Roca, vicepresidente de Miguel Juárez Celman y cuando éste renuncia con motivo de la revolución de 1890, ejerce la presidencia de la Nación entre 1890 y 1892, en una transición que consistió primordialmente en “poner en orden” la economía y las finanzas del Estado, de acuerdo a  los ideas que imperaban en la clase conservadora de la época. La historia oficial lo muestra a Pellegrini como un buen piloto de tormentas.

Manuel José García Ferreyra.
Acuarela, propiedad de Alejo González Garaño.
La producción de Charles Henry Pellegrini padre se enmarca en la tradición del pintor viajero, que, desde los cánones de la estética europea, mira con ojos de extranjero las particularidades de las costumbres, paisajes y rostros rioplatenses, disfrazando la tentación del exotismo bajo la aparente neutralidad del informe científico. La historiografía de la pintura local fija esos entrecruzamientos estéticos y culturales entre miradas como el paradójico y probable inicio de la pintura de producción nacional. 

La reunión, efectuada en las salas del Ateneo, de 200 obras ejecutadas, mediante casi todos los procedimientos gráficos conocidos, no importa sólo una exhumación de la sociedad argentina de 1830 (aunque este hecho revista capital importancia para el historiador y el artista, por su carácter de fuente única de información respecto de una época resucitada de cuerpo entero, con su fisonomía propia, su indumentaria especialísima y su ambiente característico), sino que el autor, a la par de un duque de Saint-Simón escribiendo cada día en el silencio del gabinete las memorias íntimas de la Corte de Francia se revela retratista de raza. A tal punto, que una pena flota en nuestro espíritu al recorrer esta larga serie de retratos: la que su autor no haya abandonado todo lo demás, para dedicarse por entero y hasta sus últimos días a ese arte que fue su vocación, le dejó regular provecho, y hoy, más allá de la tumba ,viene a conquistarle merecido renombre.


Manuel José García, Juan José Viamonte y Tomás Guido.
Tríptico, propiedad de Alejo González Garaño.
Pellegrini no es un pintor improvisado; en 1829, casi al llegar a estas playas, ejecuta una serie de acuarelas de la Plaza Victoria, en estilo de arquitecto, pero con una visible preocupación del detalle pintoresco e informativo, que más tarde, desarrollada por el estudio (la práctica del artista importa un estudio continuo), le permitirá sacar gran partido en frente de sus modelos. Entre 1829 y  1831, fechas de sus primeros retratos realmente interesantes, hay un espacio de tiempo que podemos conjeturar dedicado al aprendizaje de la nueva profesión de retratista, que las circunstancias le imponían.

Falleció en Buenos Aires, el 12 de octubre de 1875.
Fuentes:
Fabián Lebenglik, Suplemento Ñ del diario Página 12 ; www.todo-historia.net ; Charles H. Pellegrini y la sociedad argentina de 1830 en Recodos del Sendero por Eduardo Schiaffino, Editorial el Elefante BlancoBuenos Aires 1999 y C.H. Pellegrini. Su obra, su vida, su tiempo. Amigos del Arte, Buenos Aires, 1946

sábado, 29 de julio de 2017

Eduardo García-Mansilla. La revolución rusa contada por argentinos.

LOS INFORMES DIPLOMÁTICOS CONFIDENCIALES ENVIADOS A LA CANCILLERÍA

Eduardo García-Mansilla
1871-1930
La Asociación Profesional del Cuerpo Permanente del Servicio Exterior de la Nación a  publicado un libro titulado: "Una visión argentina de la Revolución Rusa" cuyo autor es Guillermo Stamponi, en el que se hacen públicos por primera vez, distintos informes reservados y confidenciales en los que los diplomáticos acreditados en Rusia relatan los hechos que desembocaron en la caída del zar Nicolás II remitidos a la Cancillería argentina entre 1905 y 1918.

La obra se divide en cuatro partes. La primera menciona los hechos salientes de la Revolución Rusa, su contexto internacional y la repercusión que ésta y la figura del zar Nicolas II tuvieron en la prensa argentina.  En la segunda, se abordan las relaciones con Rusia hasta 1930. La tercera y principal reúne los informes enviados a la Cancillería Argentina, por el Cónsul General en Rusia Eduardo García-Mansilla ; por el Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario en Rusia, Gabriel Martínez Campos y por Daniel García-Mansilla, Ministro Plenipotenciario en la Santa Sede. En la cuarta, se plantea y analiza la actuación del Canciller de la legación argentina en Petrogrado Pedro Naveillan. El autor concluye con palabras finales seguidas de un apéndice con síntesis biográficas de los autores de los informes.

El libro editado, contiene ventisiete (27) informes  muy interesantes del Cónsul General Eduardo García-Mansilla, quién representó a nuestro país ante el gobierno imperial ruso durante más de una década. Residió y actuó oficialmente en San Petersburgo desde 1899 hasta 1912. Es nuestra intención dar a conocer algunos de los informes citados. Hoy comenzaremos por el informe de carácter confidencial enviado el 26 de enero de 1905.

SEÑOR MINISTRO:

Como tuve el honor de anunciarlo a S.S. el Sr. Sub-Secretario de ese Ministerio, en una Nota Confidencial, me veo obligado, en vista de la Censura, a remitir por la valija diplomática de la Embajada Francesa en San Petersburgo, una breve reseña de los últimos acontecimientos ocurridos en este Imperio.

El 6 de Enero ruso, fiesta de la Epifanía (19 de Enero del calendario gregoriano) uno de los cañones de la Fortaleza San Pedro y San Pablo, desde la cual se tiraban las 101 salvas reglamentarias, disparó una media descarga que ocasionó estragos en el Pabellón de donde S.M. el Zar presenciaba la ceremonia religiosa, con el alto clero, rodeado de los grandes duques, descarga que mató a un vigilante e hirió a dos o tres personas, cayendo algunas balas a los pies del Emperador.

La versión oficial es la siguiente: Temiéndose una manifestación de los 40.000 obreros de las fábricas de Poutiloff, durante la ceremonia, se habían preparado algunos proyectiles de pequeño calibre, para dispersar a los manifestantes, en caso de hostilidades, y ocasionar la menor cantidad posible de muertos.

¿Cómo explicar que el Capitán Davidoff que mandaba las baterías, haya cometido el inaudito error de hacer tirar salvas con uno de los cañones destinados a intervenir contra los manifestantes?

He asistido, junto con mis demás colegas diplomáticos, a la Ceremonia de la Epifanía, y he visto a S.M. el Zar quien se dignó hablarme durante dos o tres minutos cuando el Círculo Diplomático que se verificó en el Palacio de Invierno, después de la bendición de las aguas del Neva, y puedo asegurar a V.E. que S.M. el Emperador y las dos Emperatrices a las que también tuve la honra de presentar mis respetos, parecían sumamente inquietos, aunque reaccionasen enérgicamente contra su emoción.

Palacio de invierno en San Petersburgo, Rusia

El sumario se prosigue, y la opinión general es que no se trata de un atentado, sino de una inadvertencia. Parece que S.M. el Zar, al preguntar quién mandaba el tiro y al saber que era el Capitán Davidoff, exclamó: “¡Lo siento mucho, pues le quiero! ¡Pobre Davidoffl!”. Este oficial fue compañero del Emperador cuando S.M. era Cesarevitch; ambos sirvieron en el mismo regimiento.

Es en medio de semejantes circunstancias, Señor Ministro, que el Emperador me expresó su sincera gratitud hacia el Exmo. Señor Presidente de la República, por el obsequio de la reducción en bronce de la estatua del Cristo Redentor, que pocos días antes, hice llegar a su alto destinatario. Solo la extraordinaria palidez de S.M. el Zar, revelaba las angustias que lo atormentaban durante el referido Círculo Diplomático. Las Emperatrices, y especialmente la Emperatriz reinante, no lograban sin embargo, ocultar su justificada inquietud.

La continuación de los acontecimientos parece indicar que aquella salva haya sido efecto de un atentado y no de una inadvertencia, pero la lógica no preside siempre a las cosas de la vida y forzoso es reconocer que el argumento de la puntería (a favor del atentado) no es concluyente, ya que todos los cañones apuntan reglamentariamente en dirección al pabellón imperial, mientras que el argumento (en contra del atentado) merece tomarse en cuenta, sin que tampoco sea concluyente: “No se habría tirado con tan pequeño proyectil, al quererse atentar a la vida de S.M. el Zar quien se encontraba a más de media milla de la fortaleza, en la otra orilla del Neva”. A esto, contesto que el proyectil mató a un vigilante e hirió a dos personas que se encontraban muy cerca del Soberano...

Zar Nicolas II de Rusia
1868-1918
Volviendo a lo que indico más arriba al hablar de la lógica de los acontecimientos, llamo la atención de V.E. sobre la huelga general que se produjo en San Petersburgo, Moscú y Reval etc..., tres días después del día de la Epifanía. Es imposible no asociar la idea de un atentado, con las serias manifestaciones anti-gubernamentales del pueblo ruso. Sin embargo, se confirma hoy que la versión del atentado, no es exacta.

Hay que confesar, Señor Ministro, pues un agente diplomático ha de poder decir el fondo de su pensamiento a su gobierno, en un carácter estrictamente confidencial y con las precauciones del caso (esta nota no será copiada en los libros de la Legación), hay que confesar, digo, que la versión de una inadvertencia hace muy poco favor a los rusos, por su facilidad de recidiva en semejantes accidentes.

Se comprenden los comentarios del pueblo ruso acerca de la fatalidad que pesa sobre este país y que se cierne sobre el Emperador con una desesperante persistencia: 1) Nicolás II, cuando Cesarevitch, fue herido por un japonés fanático, durante el viaje que el soberano hizo a Extremo Oriente; 2) cuando su coronación que tuvo lugar el día de la “Fiesta del Pueblo”, Nicolás II asistió al destrozo de miles de sus súbditos en Moscú; 3) ahora, el Japón ha declarado la guerra al Zar, y el día de la “Fiesta de los Reyes” sus cañones tiran contra el Emperador. La superstición rusa señala también otra coincidencia: el mismo día del bautismo del Cesarevitch en Peterhoff, el año pasado, los japoneses destruían al acorazado Cesarevitch.

Toda superstición o poesía a un lado, forzoso es confesar, Señor Ministro, que la desorganización e imprevisión más absolutas reinan en este Imperio, a consecuencia del régimen granducal que consiste en nombrar al frente de las administraciones del Estado, a grandes duques, tíos, primos o parientes del Emperador, los que resultan incapaces de dirigir los ministerios o servicios que se les confían, gozando estos grandes duques de los sueldos inherentes a dichas posiciones, sin tener una responsabilidad directa en los errores que se cometen a consecuencia de sus órdenes inexperimentadas.

El Director de la Artillería, verbi gratia, es el Gran Duque Sergio Mikhailovitch, quien no entiende absolutamente, según parece, de artillería. En realidad, es sobre Su Alteza Imperial que pesa la mayor responsabilidad en el asunto de la salva del Día de los Reyes.

El espíritu del pueblo ruso reacciona contra este estado de cosas: la clase obrera, los estudiantes, los burgueses aspiran a un cambio radical, es decir a una “Constitución” o a algo equivalente.
Una huelga general como la que se acaba de producir no es una protesta económica, sino una manifestación política bien definida.

Por muy exageradas que resulten las informaciones de los periódicos en general, especialmente de la prensa inglesa, es sin embargo exacto que, desde el Domingo último 22 de Enero, los obreros de San Petersburgo y un pueblo numeroso (cien mil personas) han manifestado por medio de un “meeting” delante del Palacio Imperial sus ideas liberales y sus aspiraciones a un cambio social y político en Rusia. Pero esta manifestación no tiene un carácter tan pacífico como lo pretenden los periódicos: basta leer la segunda parte de la petición al Emperador.

Por cierto, los obreros, al principio, se portaron con grande moderación, pero no puedo decir otro tanto del bajo pueblo que los acompañaba.

V.E. conoce el texto de la referida petición, encabezada por el sacerdote ruso Gapony, y es imposible aprobar la forma en que el pueblo manifiesta al Emperador su opinión respecto de la guerra.

Con toda imparcialidad, y dada la opinión que pude formarme en estos días (hoy, ya la ciudad ha tomado casi su aspecto normal) debo manifestar a V.E. que la tropa rusa es del todo inexperimentada para resistir como es debido a una rebelión como la que se produjo. Digo “como es debido” pues mi convicción es que, en estos casos, hay que matar lo menos posible. No debieron los soldados tirar contra el pueblo, y si quizás se vieron obligados a hacerlo (es posible porque la plebe fue muy hostil) los cañones no debieron intervenir.

Lo que sucedió, es también debido a la falta de previsión por parte de la policía imperial: el servicio de bomberos hubiera bastado para regar a la muchedumbre, dispersándola, sin ocasionar las muertes que hoy se deploran.

Las cifras que al respecto dan los periódicos son muy exageradas, y las del Boletín Oficial Ruso, inferiores a la realidad. La opinión imparcial calcula 500 muertos y dos mil heridos. Así mismo, es enorme. Por otra parte, es evidente que dada la imprevisión más arriba indicada, el único recurso fue movilizar los regimientos de Reval y de San Petersburgo. No se veía policía por las calles, o casi ninguna; el servicio que a este cuerpo corresponde, en semejantes casos, era hecho por patrullas de soldados, los que, a falta de una buena organización policial intervinieron de la manera criticable que se sabe. Los cañonazos tienen poca excusa.

Un gran personaje ruso con quien cultivo una excelente amistad, me decía ayer: “Napoleón I° afirmaba que Luis XVI hubiera evitado la Revolución Francesa si, en vez de mandar abrir las puertas del Palacio Real de Versalles, hubiese ordenado se tirasen tan sólo dos cañonazos sobre el pueblo”. Este recuerdo de un dicho de Napoleón, en estos momentos, refleja la opinión del Gobierno Ruso respecto de las medidas violentas adoptadas contra los revolucionarios. El hecho es que, en tres días, se restableció una calma aparente en San Petersburgo, pero considero el porvenir con la mayor inquietud. La situación no puede ser más grave: no ocultaré a V.E. la impopularidad creciente de S.M. el Emperador y de la Familia Imperial.

El último nombramiento del General Trépoff para Gobernador de San Petersburgo, ha contribuido todavía más a acentuar esta impopularidad: Trepoff es considerado como el defensor de las ideas retrógradas y el partidario decidido del Zarismo y del granduquismo: es un hombre odiado universalmente en Rusia. Este nombramiento determinará la renuncia del Ministro del Interior el Príncipe Watopolski-Mirski, personaje liberal que será probablemente reemplazado por el Príncipe Molensky, otro conservador.

Hasta la fecha, los revolucionarios no habían resuelto la muerte del Emperador, ahora es cosa decidida, y encaro la situación con la mayor angustia. También se designaron otras víctimas, en primer lugar al General Trepoff y a los Grandes Duques Vladimir, Alexis y Sergio.

Solo quizás, el Sr. de Witte, actual Presidente del Comité de Ministros, podría salvar la situación, pero no es persona del todo grata para el Emperador.

Hoy, algunos obreros han vuelto a su trabajo, después de la promesa del Gobierno Imperial de examinar su solicitud, pero no hay que ilusionarse respecto al apaciguamiento del movimiento revolucionario en Rusia.

En lo concerniente a la vida de San Petersburgo, durante esta última semana, los diarios franceses e ingleses han dicho la verdad: estuvimos sin diarios rusos, y a veces sin luz eléctrica; numerosas patrullas circulaban por las calles, y los teatros estuvieron cerrados durante cuatro días, pero ningún día resultó interrumpida por más de dos horas la circulación en los barrios principales de la ciudad, lo que prueba que las tropas aterrorizaban a los manifestantes; todas las tiendas y negocios resolvieron cerrar sus vidrieras, y más son los estragos causados por los tiroteos de los soldados que por las hostilidades de los manifestantes.

S.M. el Emperador ha perdido desgraciadamente una buena oportunidad de reconquistar su popularidad, al rehusar venir de Tsarskve Selo a San Petersburgo para recibir la delegación de los obreros pidiendo reformas urgentes de su condición legal, de acuerdo con las promesas del Manifiesto Imperial del 25 de Mayo 1904 que oportunamente comuniqué a V.E.

Este movimiento revolucionario en Rusia, no es determinado solamente por el descontento de la clase obrera, sino también por la triste situación de las poblaciones rurales cuya suerte es íntimamente ligada a la de los obreros.

La clase obrera es de creación reciente en el Imperio. Esta vasta comarca agrícola, cuyo subsuelo es sin embargo tan fecundo en riquezas, no poseía, treinta años ha, industria digna de mencionarse. Un prodigioso esfuerzo, debido en gran parte, a la iniciativa del precitado Señor de Witte, y basado en la protección de los derechos, ha creado de una vez la industria rusa. El capital francés especialmente y el dinero extranjero, en general, dotó a este país con fábricas y astilleros. Las cifras siguientes darán a V.E. la idea del camino recorrido: En 1889, no habían en Rusia sino 28.000 kilómetros de caminos de hierro; en 1902 contábanse: 61.000. En 1892, el rendimiento de las usinas y fábricas se calculaba en: 1.010 millones de rublos; en 1897 alcanzaba a: 1.816 millones. En 1880, extraíanse 3.216.000.010 kilogramos de hulla; en 1894 las cifras son de: 8.648.000.000 kilogramos. Cierto es que estas creaciones apresuradas han dado muchas decepciones. En materia industrial, como para todo lo demás, el desarrollo del Estado Ruso está más adelantado que el estado social de la nación.

Fue preciso improvisar una población obrera. Como en todas partes, el campo proveyó esta mano de obra. Mas ni el desarrollo intelectual, ni la constitución social son aptas a preparar el “moujick” (aldeano) para un papel industrial. La insuficiencia de su instrucción era el primer obstáculo: la masa inculta de los aldeanos no puede producir obreros hábiles ni contramaestres experimentados. La organización comunal presentaba otro inconveniente para la formación de una clase obrera, pues el aldeano ruso vive bajo el régimen de la colectividad. La tierra, propiedad de la comuna o “mir”, es repartida, a intervalos fijos, y según sistemas variables, entre los jefes de familias o trabajadores, los que por contraparte se hallan, respecto de la comuna, colocados en la más estricta dependencia. La comuna, responsable colectivamente del pago de las tasas y gastos o más bien dicho de contribuciones territoriales, ejerce sobre ellos un control del que no pueden librarse y que los persigue por todas partes.

Se ha dicho mucho bien y mucho mal del “mir’: Algunos han visto, en el régimen de la propiedad colectiva (asegurando tierras a todos los habitantes) el medio de evitar el peligro del proletariado agrícola. Otros, al contrario, pretenden que crea un obstáculo a todos los progresos. La verdad, sin duda, es que el régimen de la propiedad colectiva responde hasta cierto punto al estado actual de la clase rural en este Imperio. El Sr. de Witte dice que se podría favorecer lentamente una evolución hacia el sistema de la propiedad individual, pero sin destruir bruscamente una institución tradicional.

Por lo que al obrero respecta, los inconvenientes de esta legislación son más aparentes. La gran mayoría de los trabajadores de las fábricas forma algo como una clase especial, sin equivalente en ningún país del mundo, y que continúa a estar íntimamente ligada a su aldea natal. El obrero, en general, sigue siendo miembro de la comuna donde su familia continúa residiendo. Posee una parte de la tierra y carga con algunas de las responsabilidades comunales. El patrón le da casa y comida, pero el obrero se ausenta durante las fiestas, las ferias, y va al trabajo de verano. Poco se apega al taller, y no adquiere sino una mediocre habilidad en su oficio. Resulta que a pesar de las 12 horas de trabajo y a veces más que produce el obrero ruso, su trabajo es muy deficiente. Su salario, por contra, es módico. Varía entre 110 y 600 rublos al año, o sea 1 franco 5,30 al día, por lo general alcanza a un rublo (2,65). Debo advertir a V.E. que las condiciones muy particulares del trabajo, así como la extrema sencillez de las costumbres y el precio insignificante de la vida material, agregadas a los hábitos de los obreros que por la práctica del “mir” están acostumbrados al colectivismo y a vivir en común en pequeñas asociaciones, no permiten compararse estos salarios con los de los obreros de otros países.

Resumiendo, es evidente que la clase obrera, de formación reciente, está en una situación transitoria, poco adecuada a las condiciones de la industria moderna, a pesar de que se haya pretendido que el mantenimiento de las obligaciones del “mir” favorecía al obrero, al ligarlo a su aldea, asegurándole un refugio en su tierra natal. La evolución se produce rápidamente, y el Gobierno Imperial deberá facilitarla, al librar poco a poco al aldeano de las obligaciones que lo ligan a su comuna, dificultando su emigración. La creación de seguros es una medida indispensable también para la protección del trabajo.

Por otra parte, la suerte del aldeano, en las regiones septentrionales de la Rusia, donde la esterilidad de la tierra asimila esta clase a verdaderos proletarios agrícolas, pues el monto de las contribuciones sobrepasa el producto de dicha tierra, constituye un grave problema en Rusia del cual el Gobierno Imperial deberá ocuparse sin demora. El lote de tierra concedido por el “mir”, lejos de ser una ventaja, es una carga que el aldeano procura evitar, huyendo de la comuna. Los procedimientos de cultivo son primitivos, los medios de comunicación hacen falta y la instrucción primaria así como la profesional casi no existe.

Este es el triste cuadro interior que ofrece la Rusia, social y políticamente, bajo el deplorable régimen burocrático en vigor.

Tengo el honor de reiterar a V.E. las seguridades de mi más alta consideración y aprecio.


A Su Excelencia,

el Sr. Ministro de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina,
Buenos Aires.

FUENTE: AMRECIC, Diplomática y Consular, Sección Asuntos Políticos, año 1905, caja 887.

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