viernes, 24 de noviembre de 2017

CHARLES HENRI PELLEGRINI y los retratos de la familia García-Mansilla.


León Ortiz de Rozas.
 Dibujo al lápiz y tinta china.
Hoy vamos a mostrar los retratos de nuestra familia que pintó este eximio retratista, quién por determinación del azar, surgió como supremo historiador gráfico de todo un período de la vida argentina

Hace unos años se realizó una exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes, sito en la Avenida del Libertador 1473 de la ciudad de Buenos Aires.

No hay república más libre que la de las artes, y las colecciones de obras reunidas en los museos nos enseñan una sola cosa, pero la enseñan bien, y es que con los procedimientos más contradictorios, las visiones más diversas, dos hombres de talento, y mil hombres de talento, llegan al mismo resultado: la producción de la obra de arte. El pedantismo es ridículo y perjudicial en cualquier materia, pero en el terreno del arte es monstruoso y grotesco, y tanto más peligroso cuando suele andar bien vestido, como que dispone a menudo del guardarropa solemne de la tradición

Charles Henri Pellegrini nació en Chambery, Savoie, Rhône-Alpes, Francia, el 28 de julio de 1800. Pese a la nacionalidad italiana de su padre, siempre se consideró francés, al igual que sus siete hermanos. Escribía y firmaba en ese idioma, y su formación cultural fue, también, netamente francesa.

Su niñez transcurrió en una de las más bellas comarcas de la región alpina, donde recibe la educación moral y cristiana que le inculca una madre ejemplar. Cursó estudios en el Collège de Chambery, y obtiene dos primeros premios, correspondiente uno de ellos, a la asignatura dibujo; un hecho sugerente que revela una temprana dedicación al arte que inmortalizará su memoria.

En 1819 parte para Turín, en cuya Universidad ingresa, atraído por el prestigio de esta casa de altos estudios italiana, fundada  por iniciativa del príncipe Ludovico de Acaja, rey Amadeo VIII de Saboya, primer Duque de Saboya. No puede completar sus estudios debido a la revolución del Piamonte ocurrida en 1821, viéndose forzado a huir a Francia. En París acogido con gran cariño por sus hermanos, se matricula en la Escuela Politécnica, donde se recibió de ingeniero en 1825.

Contratado por Juan Larrea, quién se encargaba de los asuntos argentinos en París y tenía el encargo del  primer magistrado Bernardino Rivadavia de buscar un ingeniero hidráulico de gran competencia llegó a Buenos Aires en 1828. Prestó servicios durante breve plazo en el departamento de Ingenieros Hidráulicos, que posteriormente fue suprimido durante el gobierno del general Juan José Viamonte. La desocupación lo indujo a tratar de aprovechar sus dotes de dibujante y pintor. Se vinculó con el litógrafo César Hipólito Bacle y se dedicó especialmente a hacer retratos, ejecutando entre octubre de 1830 y septiembre de 1831 doscientos trabajos. Su actividad como retratista y litógrafo prosiguió hasta 1837. Se dedicó luego a las tareas del campo y compró la estancia La Figura en Cañuelas. En 1841 fundó con Luis Aldao la Litografía de las Artes, que publicó gran número de estampas, e instaló luego su propia prensa en su domicilio de Cangallo 37.

Agustina Ortiz de Rozas con su hijo Lucio Victorio.
Acuarela. Museo Histórico Nacional
En sus obras hay ciertas escenas de iniciación que son tan expresivas que parecen el comienzo de un cuento y su realismo es tal que reúne las características de un cuento. El escenario es perfecto: una de las tertulias de la primera mitad del siglo XIX, el salón de la dama argentina María Josepha Petrona de Sánchez de Velazco y Trillo, más conocida como María Sánchez de Thompson - Mariquita -, en donde se reunía lo más granado de la sociedad argentina y donde, en 1813, se cantó el Himno Nacional por primera vez, razón por la cual Mariquita pasaría a la historia menor de los manuales escolares. Esteban Echeverría, frecuentador del salón, como Juan Manuel Lavardén y Esteban de Luca, identificó a la Sánchez de Thompson con la heroína romántica de una novela de Madame de Staël, llamándola “La Corina del Plata”, porque, como mandan los códigos del género, a todo se jugaba por amor. 

Hacia 1810, ese salón albergaba a la intelectualidad revolucionaria e independentista. Allí concurrió, en 1829, el culto y refinado saboyano Charles Henry Pellegrini.

Se dice que un buen día, con el ingeniero de Saboya presente en la mundana tertulia de Mariquita Sánchez, la propia anfitriona se quejó por la falta de retratistas en Buenos Aires y que, en la oportunidad, a pedido de los contertulios, el ingeniero, lápiz en mano, le hizo un retrato a la distinguida dama en menos de dos horas, arrancándole un aplauso cerrado a la concurrencia. Ese fue el punto de partida de la nueva profesión del joven ingeniero europeo hasta entonces sin empleo. 

Agustina López de Osornio de Ortiz de Rozas.
Dibujo al lápiz. Propiedad de Antonio Santamarina.
La noticia corrió por todos los salones de la época y en poco tiempo el retratista recibió infinidad de pedidos.  Gran parte de las familias mas importantes de la ciudad de Buenos Aires, eligió ser retratada por el novel retratista. El maestro Pellegrini llegó a dibujar unos ochocientos retratos a los que se suma más de un centenar de paisajes rurales y urbanos y cuadros de costumbres. El esquema de los retratos era más o menos siempre el mismo: los varones laicos posaban escribiendo, pluma en mano, ante un biblioteca, con la mirada desafiante o soñadora, según el caso; los religiosos se plantaban ante el templo; y las damas, asombrosamente fajadas, con tocados a cual más barroco y peinetones extra large, sostenían la mirada sentadas en un canapé, enfundadas en atuendos que lucen como un gran esfuerzo de producción ambiental, más que como vestidos. 


Algunas personas se han sorprendido de que un ingeniero –que dicen suele ser la antípoda del artista- más familiarizado con las dimensiones de la forma que con su expresión moral, sin otro instrumento que la técnica sumaria del lavador de planos, haya podido convertirse de la noche a la mañana, y sin ayuda de “maestro”, en un retratista de nota. Esta aparente rareza se explica racionalmente. Pellegrini poseía en primer lugar y en grado superlativo la condición primordial del retratista: la perspicacia fisonómica, el amor de la observación, un sentimiento comunicativo y una ingenuidad de procedimiento realmente preciosa para el fisonomista. 

Los retratos –inscriptos en los rigurosos cánones del realismo– son de una calidad notable y, como dicen los entendidos, “capturan el alma del retratado”. Tal es el caso de la galería de retratos que podían verse en el Museo Nacional de Bellas Artes. Desde la mirada propietaria del matrimonio de coleccionistas Guerrico, a la expresión perdida del reverendo padre Francisco Mageste, pasando por la serenidad y la personalidad de los rostros femeninos de cualquier edad, los retratos de Pellegrini tienen una funcionalidad específica en relación directa con el lugar social y la posición económica o el poder que ostentaba cada retratado, y con la elección del modo elegido para mostrarse ante la posteridad.
                                                                                                                  
Lucio Norberto Mansilla. 
Acuarela. Museo Histórico Nacional.
Durante el régimen rosista Pellegrini, aunque siguió dibujando, pintando y realizando estampas litográficas, se hizo agricultor y ganadero como un modo de bajar el perfil mundano en busca de una suerte de exilio rural. Varios de los retratos de ese período muestran en el retratado de turno la divisa punzó de rigor y alguno que otro signo de sumisión al poder de turno. Hay un retrato del propio brigadier general, que en sentido estricto no es un retrato tomado del original, sino una efigie. El perfil de Rosas aparece más como un exorcismo que como una forma de la condescendencia. Es conocida la afición del “Restaurador de las leyes” por hacerse pintar, tanto como su cínica aversión a ser fotografiado (“Eso es cosa de gringos”, decía, como si el origen del retrato pintado fuera otro que el gringo).

En su obra, se pueden ver paisajes rurales y urbanos –vistas bonaerenses como las de Bahía Blanca y Sierra de la Ventana, o estampas porteñas como el Riachuelo, El Retiro, la Plaza de la Victoria - Plaza
de Mayo - , la Catedral, la Iglesia del Pilar y otros, también vemos escenas de costumbres, como “El matadero”, de 1841. Este grabado parece ilustrar el célebre relato homónimo de Echeverría escrito y leído en las tertulias por esos años y publicado tres décadas después. En la estampa de Pellegrini sobre papel se ve a los paisanos en sus quehaceres y en el frente del establecimiento se lee “Viva el chaleco colorado”.

Otras dos obras establecen un diálogo perfecto. Por una parte una escena rural de costumbres que evoca a varias parejas bailando un cielito a cielo abierto. Por la otra, una escena de interiores en un caserón de la clase alta, en el que los invitados bailan un minué. En un costado, aparece la criada negra, que espía a los señores bailando; pero lo que unifica socialmente a los señores y al personal doméstico es el mate, porque en casi todos, tanto la criada negra que espía como sus patrones aparecen mateando.


Manuela Aguirre de García con su hijo Manuel Rafael.
Septiembre de 1832.
Pellegrini se dedica también a la litografía –pudo estudiar la técnica con el cartógrafo y grabador francés César Hipólito Bacle, cuya muerte acaecida en 1838 en confusas circunstancias, obligó al vicecónsul Aimé Roger a presentar una nota de descontento por esta cuestión. Ante tal reclamo, Rosas intimó al diplomático a que abandonara el país. Este incidente fue el pretexto que utilizó Francia para justificar el bloqueo al puerto de Buenos Aires con una escuadra. En 1841 decide imprimir, el libro Recuerdos del Río de la Plata, ilustrada con veinticuatro láminas litográficas. Con posterioridad a la caída de Rosas, Pellegrini decide volver a la Capital con el deseo de volver de ejercer su profesión de ingeniero.

Contrajo matrimonio con María Bevans Bright, hija del ingeniero hidráulico. En 1853 funda la Revista del Plata, publicación periódica sobre asuntos económicos, agropecuarios y culturales que funciona hasta 1855 y en la que aparecen retratos litográficos de Amado Bonpland, el general José María Paz, Pastor Obligado y otros.

Durante esta década se desempeña como miembro del Concejo Municipal y a partir de 1855 integra el Concejo de Instrucción Pública. Conjuntamente con Bartolomé Mitre, Dalmacio Vélez Sarsfield, Adolfo Alsina, José Mármol, Camilo Duteil y Carlos Tejedor funda el Instituto Histórico y Geográfico del Río de la Plata. Durante los últimos años de su vida se ocupa como ingeniero y arquitecto. En este carácter se encarga de la edificación del antiguo Teatro Colón, inaugurado en 1857.


El mayor de sus cinco hijos, de nombre Carlos, quién formaba parte del corazón de la clase dirigente argentina, ocupó diversos cargos públicos. Fue diputado y senador nacional, ministro de guerra de los presidentes Nicolás Avellaneda y Julio Argentino Roca, vicepresidente de Miguel Juárez Celman y cuando éste renuncia con motivo de la revolución de 1890, ejerce la presidencia de la Nación entre 1890 y 1892, en una transición que consistió primordialmente en “poner en orden” la economía y las finanzas del Estado, de acuerdo a  los ideas que imperaban en la clase conservadora de la época. La historia oficial lo muestra a Pellegrini como un buen piloto de tormentas.

Manuel José García Ferreyra.
Acuarela, propiedad de Alejo González Garaño.
La producción de Charles Henry Pellegrini padre se enmarca en la tradición del pintor viajero, que, desde los cánones de la estética europea, mira con ojos de extranjero las particularidades de las costumbres, paisajes y rostros rioplatenses, disfrazando la tentación del exotismo bajo la aparente neutralidad del informe científico. La historiografía de la pintura local fija esos entrecruzamientos estéticos y culturales entre miradas como el paradójico y probable inicio de la pintura de producción nacional. 

La reunión, efectuada en las salas del Ateneo, de 200 obras ejecutadas, mediante casi todos los procedimientos gráficos conocidos, no importa sólo una exhumación de la sociedad argentina de 1830 (aunque este hecho revista capital importancia para el historiador y el artista, por su carácter de fuente única de información respecto de una época resucitada de cuerpo entero, con su fisonomía propia, su indumentaria especialísima y su ambiente característico), sino que el autor, a la par de un duque de Saint-Simón escribiendo cada día en el silencio del gabinete las memorias íntimas de la Corte de Francia se revela retratista de raza. A tal punto, que una pena flota en nuestro espíritu al recorrer esta larga serie de retratos: la que su autor no haya abandonado todo lo demás, para dedicarse por entero y hasta sus últimos días a ese arte que fue su vocación, le dejó regular provecho, y hoy, más allá de la tumba ,viene a conquistarle merecido renombre.


Manuel José García, Juan José Viamonte y Tomás Guido.
Tríptico, propiedad de Alejo González Garaño.
Pellegrini no es un pintor improvisado; en 1829, casi al llegar a estas playas, ejecuta una serie de acuarelas de la Plaza Victoria, en estilo de arquitecto, pero con una visible preocupación del detalle pintoresco e informativo, que más tarde, desarrollada por el estudio (la práctica del artista importa un estudio continuo), le permitirá sacar gran partido en frente de sus modelos. Entre 1829 y  1831, fechas de sus primeros retratos realmente interesantes, hay un espacio de tiempo que podemos conjeturar dedicado al aprendizaje de la nueva profesión de retratista, que las circunstancias le imponían.

Falleció en Buenos Aires, el 12 de octubre de 1875.
Fuentes:
Fabián Lebenglik, Suplemento Ñ del diario Página 12 ; www.todo-historia.net ; Charles H. Pellegrini y la sociedad argentina de 1830 en Recodos del Sendero por Eduardo Schiaffino, Editorial el Elefante BlancoBuenos Aires 1999 y C.H. Pellegrini. Su obra, su vida, su tiempo. Amigos del Arte, Buenos Aires, 1946

sábado, 29 de julio de 2017

Eduardo García-Mansilla. La revolución rusa contada por argentinos.

LOS INFORMES DIPLOMÁTICOS CONFIDENCIALES ENVIADOS A LA CANCILLERÍA

Eduardo García-Mansilla
1871-1930
La Asociación Profesional del Cuerpo Permanente del Servicio Exterior de la Nación a  publicado un libro titulado: "Una visión argentina de la Revolución Rusa" cuyo autor es Guillermo Stamponi, en el que se hacen públicos por primera vez, distintos informes reservados y confidenciales en los que los diplomáticos acreditados en Rusia relatan los hechos que desembocaron en la caída del zar Nicolás II remitidos a la Cancillería argentina entre 1905 y 1918.

La obra se divide en cuatro partes. La primera menciona los hechos salientes de la Revolución Rusa, su contexto internacional y la repercusión que ésta y la figura del zar Nicolas II tuvieron en la prensa argentina.  En la segunda, se abordan las relaciones con Rusia hasta 1930. La tercera y principal reúne los informes enviados a la Cancillería Argentina, por el Cónsul General en Rusia Eduardo García-Mansilla ; por el Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario en Rusia, Gabriel Martínez Campos y por Daniel García-Mansilla, Ministro Plenipotenciario en la Santa Sede. En la cuarta, se plantea y analiza la actuación del Canciller de la legación argentina en Petrogrado Pedro Naveillan. El autor concluye con palabras finales seguidas de un apéndice con síntesis biográficas de los autores de los informes.

El libro editado, contiene ventisiete (27) informes  muy interesantes del Cónsul General Eduardo García-Mansilla, quién representó a nuestro país ante el gobierno imperial ruso durante más de una década. Residió y actuó oficialmente en San Petersburgo desde 1899 hasta 1912. Es nuestra intención dar a conocer algunos de los informes citados. Hoy comenzaremos por el informe de carácter confidencial enviado el 26 de enero de 1905.

SEÑOR MINISTRO:

Como tuve el honor de anunciarlo a S.S. el Sr. Sub-Secretario de ese Ministerio, en una Nota Confidencial, me veo obligado, en vista de la Censura, a remitir por la valija diplomática de la Embajada Francesa en San Petersburgo, una breve reseña de los últimos acontecimientos ocurridos en este Imperio.

El 6 de Enero ruso, fiesta de la Epifanía (19 de Enero del calendario gregoriano) uno de los cañones de la Fortaleza San Pedro y San Pablo, desde la cual se tiraban las 101 salvas reglamentarias, disparó una media descarga que ocasionó estragos en el Pabellón de donde S.M. el Zar presenciaba la ceremonia religiosa, con el alto clero, rodeado de los grandes duques, descarga que mató a un vigilante e hirió a dos o tres personas, cayendo algunas balas a los pies del Emperador.

La versión oficial es la siguiente: Temiéndose una manifestación de los 40.000 obreros de las fábricas de Poutiloff, durante la ceremonia, se habían preparado algunos proyectiles de pequeño calibre, para dispersar a los manifestantes, en caso de hostilidades, y ocasionar la menor cantidad posible de muertos.

¿Cómo explicar que el Capitán Davidoff que mandaba las baterías, haya cometido el inaudito error de hacer tirar salvas con uno de los cañones destinados a intervenir contra los manifestantes?

He asistido, junto con mis demás colegas diplomáticos, a la Ceremonia de la Epifanía, y he visto a S.M. el Zar quien se dignó hablarme durante dos o tres minutos cuando el Círculo Diplomático que se verificó en el Palacio de Invierno, después de la bendición de las aguas del Neva, y puedo asegurar a V.E. que S.M. el Emperador y las dos Emperatrices a las que también tuve la honra de presentar mis respetos, parecían sumamente inquietos, aunque reaccionasen enérgicamente contra su emoción.

Palacio de invierno en San Petersburgo, Rusia

El sumario se prosigue, y la opinión general es que no se trata de un atentado, sino de una inadvertencia. Parece que S.M. el Zar, al preguntar quién mandaba el tiro y al saber que era el Capitán Davidoff, exclamó: “¡Lo siento mucho, pues le quiero! ¡Pobre Davidoffl!”. Este oficial fue compañero del Emperador cuando S.M. era Cesarevitch; ambos sirvieron en el mismo regimiento.

Es en medio de semejantes circunstancias, Señor Ministro, que el Emperador me expresó su sincera gratitud hacia el Exmo. Señor Presidente de la República, por el obsequio de la reducción en bronce de la estatua del Cristo Redentor, que pocos días antes, hice llegar a su alto destinatario. Solo la extraordinaria palidez de S.M. el Zar, revelaba las angustias que lo atormentaban durante el referido Círculo Diplomático. Las Emperatrices, y especialmente la Emperatriz reinante, no lograban sin embargo, ocultar su justificada inquietud.

La continuación de los acontecimientos parece indicar que aquella salva haya sido efecto de un atentado y no de una inadvertencia, pero la lógica no preside siempre a las cosas de la vida y forzoso es reconocer que el argumento de la puntería (a favor del atentado) no es concluyente, ya que todos los cañones apuntan reglamentariamente en dirección al pabellón imperial, mientras que el argumento (en contra del atentado) merece tomarse en cuenta, sin que tampoco sea concluyente: “No se habría tirado con tan pequeño proyectil, al quererse atentar a la vida de S.M. el Zar quien se encontraba a más de media milla de la fortaleza, en la otra orilla del Neva”. A esto, contesto que el proyectil mató a un vigilante e hirió a dos personas que se encontraban muy cerca del Soberano...

Zar Nicolas II de Rusia
1868-1918
Volviendo a lo que indico más arriba al hablar de la lógica de los acontecimientos, llamo la atención de V.E. sobre la huelga general que se produjo en San Petersburgo, Moscú y Reval etc..., tres días después del día de la Epifanía. Es imposible no asociar la idea de un atentado, con las serias manifestaciones anti-gubernamentales del pueblo ruso. Sin embargo, se confirma hoy que la versión del atentado, no es exacta.

Hay que confesar, Señor Ministro, pues un agente diplomático ha de poder decir el fondo de su pensamiento a su gobierno, en un carácter estrictamente confidencial y con las precauciones del caso (esta nota no será copiada en los libros de la Legación), hay que confesar, digo, que la versión de una inadvertencia hace muy poco favor a los rusos, por su facilidad de recidiva en semejantes accidentes.

Se comprenden los comentarios del pueblo ruso acerca de la fatalidad que pesa sobre este país y que se cierne sobre el Emperador con una desesperante persistencia: 1) Nicolás II, cuando Cesarevitch, fue herido por un japonés fanático, durante el viaje que el soberano hizo a Extremo Oriente; 2) cuando su coronación que tuvo lugar el día de la “Fiesta del Pueblo”, Nicolás II asistió al destrozo de miles de sus súbditos en Moscú; 3) ahora, el Japón ha declarado la guerra al Zar, y el día de la “Fiesta de los Reyes” sus cañones tiran contra el Emperador. La superstición rusa señala también otra coincidencia: el mismo día del bautismo del Cesarevitch en Peterhoff, el año pasado, los japoneses destruían al acorazado Cesarevitch.

Toda superstición o poesía a un lado, forzoso es confesar, Señor Ministro, que la desorganización e imprevisión más absolutas reinan en este Imperio, a consecuencia del régimen granducal que consiste en nombrar al frente de las administraciones del Estado, a grandes duques, tíos, primos o parientes del Emperador, los que resultan incapaces de dirigir los ministerios o servicios que se les confían, gozando estos grandes duques de los sueldos inherentes a dichas posiciones, sin tener una responsabilidad directa en los errores que se cometen a consecuencia de sus órdenes inexperimentadas.

El Director de la Artillería, verbi gratia, es el Gran Duque Sergio Mikhailovitch, quien no entiende absolutamente, según parece, de artillería. En realidad, es sobre Su Alteza Imperial que pesa la mayor responsabilidad en el asunto de la salva del Día de los Reyes.

El espíritu del pueblo ruso reacciona contra este estado de cosas: la clase obrera, los estudiantes, los burgueses aspiran a un cambio radical, es decir a una “Constitución” o a algo equivalente.
Una huelga general como la que se acaba de producir no es una protesta económica, sino una manifestación política bien definida.

Por muy exageradas que resulten las informaciones de los periódicos en general, especialmente de la prensa inglesa, es sin embargo exacto que, desde el Domingo último 22 de Enero, los obreros de San Petersburgo y un pueblo numeroso (cien mil personas) han manifestado por medio de un “meeting” delante del Palacio Imperial sus ideas liberales y sus aspiraciones a un cambio social y político en Rusia. Pero esta manifestación no tiene un carácter tan pacífico como lo pretenden los periódicos: basta leer la segunda parte de la petición al Emperador.

Por cierto, los obreros, al principio, se portaron con grande moderación, pero no puedo decir otro tanto del bajo pueblo que los acompañaba.

V.E. conoce el texto de la referida petición, encabezada por el sacerdote ruso Gapony, y es imposible aprobar la forma en que el pueblo manifiesta al Emperador su opinión respecto de la guerra.

Con toda imparcialidad, y dada la opinión que pude formarme en estos días (hoy, ya la ciudad ha tomado casi su aspecto normal) debo manifestar a V.E. que la tropa rusa es del todo inexperimentada para resistir como es debido a una rebelión como la que se produjo. Digo “como es debido” pues mi convicción es que, en estos casos, hay que matar lo menos posible. No debieron los soldados tirar contra el pueblo, y si quizás se vieron obligados a hacerlo (es posible porque la plebe fue muy hostil) los cañones no debieron intervenir.

Lo que sucedió, es también debido a la falta de previsión por parte de la policía imperial: el servicio de bomberos hubiera bastado para regar a la muchedumbre, dispersándola, sin ocasionar las muertes que hoy se deploran.

Las cifras que al respecto dan los periódicos son muy exageradas, y las del Boletín Oficial Ruso, inferiores a la realidad. La opinión imparcial calcula 500 muertos y dos mil heridos. Así mismo, es enorme. Por otra parte, es evidente que dada la imprevisión más arriba indicada, el único recurso fue movilizar los regimientos de Reval y de San Petersburgo. No se veía policía por las calles, o casi ninguna; el servicio que a este cuerpo corresponde, en semejantes casos, era hecho por patrullas de soldados, los que, a falta de una buena organización policial intervinieron de la manera criticable que se sabe. Los cañonazos tienen poca excusa.

Un gran personaje ruso con quien cultivo una excelente amistad, me decía ayer: “Napoleón I° afirmaba que Luis XVI hubiera evitado la Revolución Francesa si, en vez de mandar abrir las puertas del Palacio Real de Versalles, hubiese ordenado se tirasen tan sólo dos cañonazos sobre el pueblo”. Este recuerdo de un dicho de Napoleón, en estos momentos, refleja la opinión del Gobierno Ruso respecto de las medidas violentas adoptadas contra los revolucionarios. El hecho es que, en tres días, se restableció una calma aparente en San Petersburgo, pero considero el porvenir con la mayor inquietud. La situación no puede ser más grave: no ocultaré a V.E. la impopularidad creciente de S.M. el Emperador y de la Familia Imperial.

El último nombramiento del General Trépoff para Gobernador de San Petersburgo, ha contribuido todavía más a acentuar esta impopularidad: Trepoff es considerado como el defensor de las ideas retrógradas y el partidario decidido del Zarismo y del granduquismo: es un hombre odiado universalmente en Rusia. Este nombramiento determinará la renuncia del Ministro del Interior el Príncipe Watopolski-Mirski, personaje liberal que será probablemente reemplazado por el Príncipe Molensky, otro conservador.

Hasta la fecha, los revolucionarios no habían resuelto la muerte del Emperador, ahora es cosa decidida, y encaro la situación con la mayor angustia. También se designaron otras víctimas, en primer lugar al General Trepoff y a los Grandes Duques Vladimir, Alexis y Sergio.

Solo quizás, el Sr. de Witte, actual Presidente del Comité de Ministros, podría salvar la situación, pero no es persona del todo grata para el Emperador.

Hoy, algunos obreros han vuelto a su trabajo, después de la promesa del Gobierno Imperial de examinar su solicitud, pero no hay que ilusionarse respecto al apaciguamiento del movimiento revolucionario en Rusia.

En lo concerniente a la vida de San Petersburgo, durante esta última semana, los diarios franceses e ingleses han dicho la verdad: estuvimos sin diarios rusos, y a veces sin luz eléctrica; numerosas patrullas circulaban por las calles, y los teatros estuvieron cerrados durante cuatro días, pero ningún día resultó interrumpida por más de dos horas la circulación en los barrios principales de la ciudad, lo que prueba que las tropas aterrorizaban a los manifestantes; todas las tiendas y negocios resolvieron cerrar sus vidrieras, y más son los estragos causados por los tiroteos de los soldados que por las hostilidades de los manifestantes.

S.M. el Emperador ha perdido desgraciadamente una buena oportunidad de reconquistar su popularidad, al rehusar venir de Tsarskve Selo a San Petersburgo para recibir la delegación de los obreros pidiendo reformas urgentes de su condición legal, de acuerdo con las promesas del Manifiesto Imperial del 25 de Mayo 1904 que oportunamente comuniqué a V.E.

Este movimiento revolucionario en Rusia, no es determinado solamente por el descontento de la clase obrera, sino también por la triste situación de las poblaciones rurales cuya suerte es íntimamente ligada a la de los obreros.

La clase obrera es de creación reciente en el Imperio. Esta vasta comarca agrícola, cuyo subsuelo es sin embargo tan fecundo en riquezas, no poseía, treinta años ha, industria digna de mencionarse. Un prodigioso esfuerzo, debido en gran parte, a la iniciativa del precitado Señor de Witte, y basado en la protección de los derechos, ha creado de una vez la industria rusa. El capital francés especialmente y el dinero extranjero, en general, dotó a este país con fábricas y astilleros. Las cifras siguientes darán a V.E. la idea del camino recorrido: En 1889, no habían en Rusia sino 28.000 kilómetros de caminos de hierro; en 1902 contábanse: 61.000. En 1892, el rendimiento de las usinas y fábricas se calculaba en: 1.010 millones de rublos; en 1897 alcanzaba a: 1.816 millones. En 1880, extraíanse 3.216.000.010 kilogramos de hulla; en 1894 las cifras son de: 8.648.000.000 kilogramos. Cierto es que estas creaciones apresuradas han dado muchas decepciones. En materia industrial, como para todo lo demás, el desarrollo del Estado Ruso está más adelantado que el estado social de la nación.

Fue preciso improvisar una población obrera. Como en todas partes, el campo proveyó esta mano de obra. Mas ni el desarrollo intelectual, ni la constitución social son aptas a preparar el “moujick” (aldeano) para un papel industrial. La insuficiencia de su instrucción era el primer obstáculo: la masa inculta de los aldeanos no puede producir obreros hábiles ni contramaestres experimentados. La organización comunal presentaba otro inconveniente para la formación de una clase obrera, pues el aldeano ruso vive bajo el régimen de la colectividad. La tierra, propiedad de la comuna o “mir”, es repartida, a intervalos fijos, y según sistemas variables, entre los jefes de familias o trabajadores, los que por contraparte se hallan, respecto de la comuna, colocados en la más estricta dependencia. La comuna, responsable colectivamente del pago de las tasas y gastos o más bien dicho de contribuciones territoriales, ejerce sobre ellos un control del que no pueden librarse y que los persigue por todas partes.

Se ha dicho mucho bien y mucho mal del “mir’: Algunos han visto, en el régimen de la propiedad colectiva (asegurando tierras a todos los habitantes) el medio de evitar el peligro del proletariado agrícola. Otros, al contrario, pretenden que crea un obstáculo a todos los progresos. La verdad, sin duda, es que el régimen de la propiedad colectiva responde hasta cierto punto al estado actual de la clase rural en este Imperio. El Sr. de Witte dice que se podría favorecer lentamente una evolución hacia el sistema de la propiedad individual, pero sin destruir bruscamente una institución tradicional.

Por lo que al obrero respecta, los inconvenientes de esta legislación son más aparentes. La gran mayoría de los trabajadores de las fábricas forma algo como una clase especial, sin equivalente en ningún país del mundo, y que continúa a estar íntimamente ligada a su aldea natal. El obrero, en general, sigue siendo miembro de la comuna donde su familia continúa residiendo. Posee una parte de la tierra y carga con algunas de las responsabilidades comunales. El patrón le da casa y comida, pero el obrero se ausenta durante las fiestas, las ferias, y va al trabajo de verano. Poco se apega al taller, y no adquiere sino una mediocre habilidad en su oficio. Resulta que a pesar de las 12 horas de trabajo y a veces más que produce el obrero ruso, su trabajo es muy deficiente. Su salario, por contra, es módico. Varía entre 110 y 600 rublos al año, o sea 1 franco 5,30 al día, por lo general alcanza a un rublo (2,65). Debo advertir a V.E. que las condiciones muy particulares del trabajo, así como la extrema sencillez de las costumbres y el precio insignificante de la vida material, agregadas a los hábitos de los obreros que por la práctica del “mir” están acostumbrados al colectivismo y a vivir en común en pequeñas asociaciones, no permiten compararse estos salarios con los de los obreros de otros países.

Resumiendo, es evidente que la clase obrera, de formación reciente, está en una situación transitoria, poco adecuada a las condiciones de la industria moderna, a pesar de que se haya pretendido que el mantenimiento de las obligaciones del “mir” favorecía al obrero, al ligarlo a su aldea, asegurándole un refugio en su tierra natal. La evolución se produce rápidamente, y el Gobierno Imperial deberá facilitarla, al librar poco a poco al aldeano de las obligaciones que lo ligan a su comuna, dificultando su emigración. La creación de seguros es una medida indispensable también para la protección del trabajo.

Por otra parte, la suerte del aldeano, en las regiones septentrionales de la Rusia, donde la esterilidad de la tierra asimila esta clase a verdaderos proletarios agrícolas, pues el monto de las contribuciones sobrepasa el producto de dicha tierra, constituye un grave problema en Rusia del cual el Gobierno Imperial deberá ocuparse sin demora. El lote de tierra concedido por el “mir”, lejos de ser una ventaja, es una carga que el aldeano procura evitar, huyendo de la comuna. Los procedimientos de cultivo son primitivos, los medios de comunicación hacen falta y la instrucción primaria así como la profesional casi no existe.

Este es el triste cuadro interior que ofrece la Rusia, social y políticamente, bajo el deplorable régimen burocrático en vigor.

Tengo el honor de reiterar a V.E. las seguridades de mi más alta consideración y aprecio.


A Su Excelencia,

el Sr. Ministro de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina,
Buenos Aires.

FUENTE: AMRECIC, Diplomática y Consular, Sección Asuntos Políticos, año 1905, caja 887.

lunes, 22 de mayo de 2017

CASA SOLARIEGA DE LA FAMILIA ORTIZ DE ROZAS

EN EL PUEBLO DE ROZAS, VALLE DE SOBA, PROVINCIA DE SANTANDER, REGIÓN DE CANTABRIA, ESPAÑA.

Cuando al culminar el portillo de "Los Tornos" se divisa, desde Landías, la tierra de Soba, involuntariamente atrae la mirada un extenso grupo de casas, cuyos rojos tejados destacan entre el verde oscuro de los robles y castaños, el aterciopelado de sus praderías y la policromía de sus huertos y mieses, asentado en suave declive sobre una loma.


El pueblo de ROZAS, fue considerado durante siglos como la cabecera del Valle sobano y tronco de la dilatada estirpe que del pueblo tomó su nombre y cuna de muchos linajes con más de diez generaciones, que se encuentran en España y en América.

Aunque la capital del Valle es Veguilla, sede del Ayuntamiento, siempre ocupó Rozas, entre todos los pueblos del Muncipio, un lugar muy destacado. En lo que afecta a su vecindario, documentos antiguos de los siglos XV y XVI afirman que poblaban entonces el lugar y sus barrios una 200 familias, y sin remontarse tan lejos, el censo de 1930, que se custodia en el Archivo de la Casa Consistorial, arroja una población de 411 habitantes, incrementada aún en el último decenio y muy superior a la de todos los demás pueblos del Valle. Y respecto al número de edificios, si se exceptúa Valdició, donde hay numerosas cabañas de pasiegos, son Villar y Rozas los mejor dotados, figurando este último con un total de 86 edificaciones, la mayoría de tres plantas, y no pocas de ellas acondicionadas con arreglo a las necesidades del día.

Entre las casas de mayor importancia y más rancio abolengo, encontramos la Casa Solar de los Ezquerra de Rozas, contigua a la Iglesia de la que eran patronos sus Señores, y que en el lugar llamaban "El Palacio". La misma es nombrada en todas las ejecutorias resguardadas en  las viejas Chancillerías y en varios otros documentos que se encuentra en archivos y bibliotecas. Dichos documentos se ocupen de ella y la describen "con su torre almenada, cava y barbacana". Hoy, con cerca de diez centurias pesando sobre sus muros, no es ni sombra de lo que fué.

De la alta torre, edificada al Norte, con sus ventanas ojivales, que conoció, ya ruinosa, en su infancia, quién esto escribe, no queda el menor vestigio, y el "Palacio", con sus deterioros y derrumbamientos debidos a la acción del tiempo y la incuria de las últimas generaciones que lo habitaron, está convertido en una modesta vivienda de labradores; solo perduran, como indicios de pretéritas grandezas, y también en estado deplorable, las cercas del extenso solar, con sus cubos regularmente espaciados y la puerta, frontera a la Iglesia, con el ya borroso e indescifrable escudo de los Rozas, labrado en el dintel.

Contigua por el saliente a esta antigua e histórica mansión y dentro del solar que la circundaba, construyó otra, a principios del siglo XVII, D. Domingo Ortíz de Rozas, primer Conde de Poblaciones, hijo preclaro del pueblo, de quien se darán detalles en uno de los capítulos siguientes. De severa arquitectura y con el blasonado escudo de armas de su fundador, que se conserva en perfecto estado entre los huecos del último piso, puede decirse que sólo ha quedado esta piedra heráldica como recuerdo histórico de los Ortíz de Rozas en su solar originario.

La descendencia de este linaje, profusamente extendida en América, perdió el dominio de la Casa y sus fincas patrimoniales, y actualmente pertenece a la familia de D. Manuel Pardo y Sáinz, quién la restauró al comprarla, respetando las líneas primitivas, pero suprimiendo algunos detalles característicos, como el señorial balcón de hierro forjado que adornaba la fachada principal, sobre la puerta de entrada.


Otra antigua residencia de abolengo, llamada la "Torre de Trueba", del Marqués de Posadillas, en cuyos muros se encontraban las armas familiares, adornadas con la encomienda de Santiago y que estaba situada en el Coterón, también ha desaparecido. La compró a su poseedor -que tenía asiento y sepultura en la Iglesia de San Miguel- el hermano del primer Conde de Poblaciones, D. Bartolomé Ortiz de Rozas                    -genearca de la familia Ortiz de Rozas de Argentina-  y sobre sus derruidos cimientos se ha levantado la moderna residencia de los Señores Sáinz Trápaga y Pardo, encima de uno de cuyo huecos aun campean, como recuerdo de otros tiempos, los rozones y la lises de los Ortiz de Rozas.

En la iglesia parroquial de San Miguel, en su capilla Mayor al lado del Evangelio, dentro de la iglesia, se hallan las referidas armas en la parte del altar mayor en una silla de patronato de dicha iglesia.

Todavía existe, aunque dedicada a otros usos, la Ermita de la Soledad, con su casa contigua, propiedad hoy de D. Pedro Gutiérrez y Sáinz de Rozas, fundada por D. José Gómez Zorrilla, y en la que se conservan las armas conocidads de ese linaje, con su lema característico.

Y nada más de lo antiguo y tradicional, que tantas veces se cita en las informaciones de Órdenes Militares y en documentos nobiliarios. Ni de los Alonso de Lajarrota, García de la Llanila y otros linajes del pueblo, quedan los escudos descritos en tantos expedientes, ni la memoria de las casas que fundaron y habitaron. Y del solar primitivo de los Sáinz de los Terreros, igualmente desaparecido, aun conservo algún recuerdo personal, que detallaré mas adelante.

Fuentes: Ramón Sáinz de los Terreros, Notas genealógicas de un linaje del Valle de Soba: Ensayo de libro familiar. Editorial Saturnino Calleja, 1944.

Certificación expedida el cinco de agosto de 1737 por el escribano de Su Majestad don Antonio Zorrilla de Rozas ( Archivo Histórico Nacional de Madrid).

viernes, 14 de abril de 2017

La muerte de Juan Manuel de Rosas relatada por su hija Manuelita.

Pocas crónicas sobre la muerte de Juan Manuel de Rosas tienen la precisa y puntual información que se halla en la carta que, desde la granja de su padre "Burgess-Street Farm" ubicada en Swanthling, en las cercanías de Southampton escribe su hija, Manuelita Rosas, a su marido, Máximo Terrero. Parecía como si quisiera fijar en ella, con cariño filial, las circunstancias mínimas de aquel hecho. Dice la referida carta:

Manuelita Robustiana Ortiz de Rozas
"Manuelita Rosas" ( Bs. As. 1817- Londres 1898 )
- Southampton, marzo 16 de 1877 -

Cuando recibas ésta estarás ya impuesto de que mi pobre y desgraciado padre nos dejó por mejor vida el miércoles 14 del corriente.

“¡Cuál es mi amargura tú lo alcanzarás, pues sabes cuánto le amaba, y haber ocurrido esta desgracia en tu ausencia hace mi situación doblemente dolorosa! Es realmente terrible que tan pronto como nos hemos separado, desgracia semejante haya venido a aumentar el pesar de estar tan lejos uno del otro, pero queda seguro, no me abandona la energía tan necesaria en estos momentos que tanta cosa hay que disponer y atender, todo con mi consentimiento, y que sobrellevo tan severa prueba con religiosa resignación acompañándome el consuelo de haber estado a su lado en sus últimos días, sin separarme de él.

“El lunes 12 fui llamada por el doctor Wibblin, quien me pedía venir sin demora. El telegrama me llegó a las cinco y media y yo estuve aquí a las diez y media, acompañada por Elizabeth. El doctor me esperaba para explicarme el estado del pobre tatita. Sin desesperar del caso, me aseguró ser muy grave, pues que, siendo una fuerte congestión al pulmón, en su avanzada edad era de temerse que le faltase la fuerza, una vez debilitado el sistema. Al día siguiente (martes) el pulso había bajado de 120 a 100 pulsaciones, pero la tos y la fatiga le molestaban mucho, a más de sufrir un fuerte dolor en el pulmón derecho. Este desapareció completamente en la tarde… La expectoración, cada vez que tosía, era con sangre, y éste, para mí, era un síntoma terrible, como también la fatiga. Esa noche del martes (13) supliqué al doctor hablarme sin ocultarme nada, si él lo creía en peligro inmediato; me contestó que no me ocultaba su gravedad y que temía no pudiera levantarse más, pero que no creía el peligro inmediato, ni ser necesario consultar otros médicos, y como su cabeza estaba tan despejada y con una fuerza de espíritu que ocultaba su sufrimiento, embromando con el doctor, hasta la noche misma del martes, en que hablábamos, víspera de su muerte. El doctor, como yo, convinimos no ser prudente ni necesario todavía hacer venir al sacerdote, pues su presencia pudiera hacerle creer estar próximo su fin y que esperaríamos hasta ver cómo seguía el miércoles 14.

La casa de Manuelita Rosas en la actualidad. Calle Belsize Park Gardens 50.
Fotografía de Manuel Rafael García-Mansilla. Londres Junio de 2011
“Esa noche estuve con él hasta las dos de la mañana con Kate, pues Mary Ann me reemplazaba con Alice haciendo turnos para no fatigarnos. Antes de retirarme, estuvo haciendo varias preguntas, entre otras cuándo recibiría tu carta de San Vicente y me recomendó irme a acostar, para que viniera a reponer a Mary en la mañana. Todo esto, Máximo, dicho con fatiga, pero con tanto despejo que, cuando lo recuerdo, creo soñarlo!.

“Cuando a las seis de la mañana entró Alice a llamarme porque Mary Ann creía al general muy malo, salté de la cama, y cuando me allegué a él lo besé tantas veces como tú sabes lo hacía siempre, y al besarle la mano la sentí ya fría. Le pregunté “¿cómo te va tatita?; su contestación fue, mirándome con la mayor ternura: “no se, niña”. Salí del cuarto para decir que inmediatamente fueran por el médico y el confesor; sólo tardaría un minuto, pues Atche estaba en el corredor; cuando entré al cuarto había dejado de existir!!! Así, tú ves, Máximo mío, que sus últimas palabras y miradas fueron para mí, para su hija tan amante y afectuosa. Con esta última demostración está compensado mi cariño y constante devoción. ¡Ah, Máximo, que falta me haces! ¡Si tú estuvieras aquí yo sólo me ocuparía de llorar mi pérdida, pero no te tengo, y es preciso que yo tome tu lugar, lo que hago con una fuerza de espíritu que a mi misma me sorprende, desde que he estado acostumbrada que, en mis trabajos y los de mi padre, tú hicieras todo por nosotros! Pero Dios Todopoderoso, al mismo tiempo que nos da los sufrimientos, nos acuerda fuerza y conformidad para sobrellevarlos. ¡Te aseguro que ha muerto como un justo! ¡No ha tenido agonía, exhaló su alma tan luego que me dirigió su última mirada! ¡Ni un quejido, ni un ronquido, ni más que entregar quietamente su alma grande al Divino Creador! ¡Que El lo tenga en su santa gracia! ¡Mary estaba a su lado cuando murió, y esta pobre mujer se ha conducido con él, hasta su última hora, con la fidelidad que tú conoces siempre le ha servido! ¡Pobre tatita, estuvo tan feliz cuando me vio llegar el lunes! Las dos muchachas están desoladas.

Burgess-Street Farm. Granja de Juan Manuel de Rosas 
en  Southampton Inglaterra. 
“Madre e hija demuestran el cariño que tenían a su patrón. Tus predicciones y las mías se cumplieron desgraciadamente, cuando le decíamos a Tatita que esas salidas con humedad en el rigor del frío le habían de traer una pulmonía. Pero su pasión por el campo ha abreviado sus días, pues por su fortaleza pudo vivir muchos años más.

“En uno de los días de frío espantoso que hemos tenido, anduvo afuera, como de costumbre, hasta tarde; le tomó un resfrío y las consecuencias tú las sabes. ¡Pobre tatita! Estoy cierta que tu le sentirás como a tu mismo padre, pues tus bondades para él bien probaban cuánto le amabas! A Rodrigo que ruegue a Dios por el alma de su abuelito, que tanta predilección hacía de él, y que no le escribo porque no me siento con fuerzas, ni tengo más tiempo que el que te dedico.

“El doctor Wibblin es mi paño de lágrimas en estos momentos en que necesitaba una persona, a quien encargar las diligencias del funeral. Kate, con Manuel, fueron a ver al Undertarker, al padre y demás, y todo está arreglado para que tenga lugar el martes 20 y como el pobre tatita ordenara en su testamento que sólo se diga en su funeral una misa rezada, y que sus restos sean conducidos a su última morada sin pompa ni apariencias, y que el coche fúnebre sea seguido por un fúnebre con tres o cuatro personas, los preparativos no tienen mucho que arreglar y su voluntad será cumplida, y en éste último irán el doctor, Manuel y el sacerdote, y tal vez venga el esposo (1) de Eduardita García, pues he tenido un telegrama preguntándome cuándo tendría lugar el funeral, porque quiere asistir a él. Eduarda me ha dirigido otro, diciéndome pone a mi disposición dos mil francos, si necesito dinero. Esto es un consuelo en mi aflicción.

Eduarda Damasia Mansilla Ortiz de Rozas de García
(1834-1892)
Fotografía de Manuel Rafael García-Mansilla

“Por supuesto que se lo he agradecido, contestando que, si necesito algo, a ella mejor que a nadie recurriría, pero que, al presente, no lo necesito.

“También ordena tatita que su cadáver sea enterrado dos días después de su muerte, pero esto ha sido imposible cumplirlo, pues el undertarker dijo que no tenía tiempo, porque siendo el pobre tatita tan alto era preciso hacer el cajón y el de plomo, donde está ya hoy colocado, mañana vendrá el de caoba, decente solamente, y aunque deseaba fuese el funeral el lunes, no puede ser, por ser día de San José, y así será el martes 20. ¡Dios nuestro Señor le acuerde descanso eterno!

En fin, no serán las cosas dispuestas como si tú estuvieras ocupado de ellas, pero haremos cuanto podamos, yo por llenar mi deber filial y el doctor el tan sagrado de amistad. Pobre Manuel no sabe lo que le pasa, ni cómo complacerme y consolarme.

 Tuya – Manuela de Rosas de Terrero”



El funeral de Rosas

El períodico "The Hampshire Advertiser" dio pormenorizada cuenta del funeral de Rosas en los términos siguientes:

“El funeral de S. E. el general Juan Manuel de Rosas, ex gobernador y dictador de la Confederación Argentina, cuya muerte en su estancia en Swathlin, el miércoles próximo pasado, fue registrada en el Advertiser del sábado, tuvo lugar ayer (martes), siendo depositados sus restos en una bóveda del cementerio de Southampton. El finado era católico romano y en la tarde del lunes, entre 7 y 8, el féretro fue trasladado de su estancia a la capilla católica, en Burguess Street, Southampton, donde fueron observadas las ceremonias usuales, peculiares de la iglesia romana, permaneciendo allí depositados hasta la mañana de ayer.

A las once hubo servicio completo, dirigido por el reverendo padre Gabriel, en ausencia del reverendo padre Mount, el párroco que se halla actualmente en el Continente. Al terminar los oficios, de un carácter verdaderamente impresionante, el féretro (cubierto con un manto negro y con una larga cruz blanca) fue colocado en un coche fúnebre, tirado por cuatro caballos cubiertos de terciopelo negro. El resto del cortejo consistía en dos carruajes enlutados, tirados por dos caballos, y el del doctor Wibblin F. R. C. S., quien había sido el facultativo y amigo de confianza del general durante todo el período de su residencia en este país. 

En el primer carruaje iba el barón de Lagatinerie (Capitaine d’Etat Major, Attaché a l’Etat Major General du 2me. Corps d’armeé en Amiens y sobrino del finado), el doctor Manuel Terrero (nieto del finado) y el reverendo padre Gabriel. En el segundo, iban las personas de la casa del finado, y el señor Flemming, agente de Londres. Los oficios en el cementerio fueron breves, y como el funeral era de naturaleza estrictamente privada, el acompañamiento al cementerio no fue tan numeroso, como, sin duda, lo habría sido en caso contrario.

El féretro era de roble inglés, delicadamente barnizado y con hermosos adornos de bronce. Servía de primer trofeo a su féretro el sable que acompañó en todas sus campañas al general San Martín, quien lo legó por testamento a Rosas.

En una chapa de bronce colocada sobre la tapa, profusamente iluminada, se leía la inscripción siguiente: “Juan Manuel de Rosas – Nació el 30 de marzo de 1793. Falleció el 14 de marzo de 1877 (a los 83 años, 11 meses y 16 días)”.

El completo arreglo de los funerales fue confiado a los señores E. Hayes e hijo, de Highstreet y han sido llevados a cabo bajo su superintendencia personal, del modo más satisfactorio”.

Nota necrológica publicada por el diario The Hampshire Advertiser, 
Southampton el 17 de marzo de 1877

“Su excelencia el general Juan Manuel de Rosas, ex Gobernador y dictador de la Confederación Argentina, falleció a las 7 del miércoles en su casa quinta en Swanthling, distante alrededor de 3 millas de Southampton. Había nacido el 30 de marzo de 1793 y, por consiguiente, dentro de una quincena hubiera alcanzado los 84 años de edad. El difunto, que había residido en Southampton durante los últimos 25 años, fue atacado por una inflamación a los pulmones el sábado último después de haberse expuesto imprudentemente a la inclemencia del tiempo y no obstante la sabia y constante atención del doctor John Wiblin, quien había sido su médico y amigo confidencial durante todo el período de su residencia en este país, sucumbió al ataque a la hora mencionada.

Juan Manuel Ortiz de Rozas
(Bs.As. 1793-Southampton 1877)
“El general Rosas huyó de su país sin nada en forma de propiedad: pero poco tiempo después de su huida, el general Urquiza, uno de los generales de Rosas que se había vuelto contra él, sitió con éxito la ciudad de Buenos Aires y levantó entonces la confiscación sobre las propiedades de Rosas, lo cual permitió al exiliado
obtener por la venta de una de sus fincas 16.000 a 20.000 libras esterlinas. Urquiza fue posteriormente expulsado de Buenos Aires y las propiedades del general Rosas fueron nuevamente confiscadas."

“Su mano fue, en general, extendida a todos los que estuvieron en contacto con él, y sus actos de generosidad fueron ilimitados mientras duró su dinero. En los últimos años de su vida el ex gobernador dependía enteramente de los amigos de su familia y del esposo de su hija."

“Por muchos años el general Rosas y el difunto Lord Palmerston cambiaron visitas frecuentemente con Rockstone-place, en la quinta de Swanthling en el solar de Broadlands, y la más amistosa correspondencia fue mantenida entre ellos. Por voluntad del difunto general, sus estados y propiedades en la confederación
Argentina han sido dejados a su hija y su yerno, quienes son también los ejecutores de su última voluntad y testamento."


(1) Manuel Rafael García Aguirre

Fuentes: Benarós, Leon – “Tatita ha muerto”, la muerte de Rosas contada por su hija.
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado. Todo es Historia – Año I, Nº 5, Buenos Aires, setiembre de 1967. www.revisionistas.com.ar

miércoles, 5 de abril de 2017

ANDRE JOZAN MARRIER de LAGATINERIE UN QUERIDO PRIMO FRANCES




En los largos años de relación que tenemos con nuestra rama francesa, hemos podido comprobar el cariño y el respeto que tienen por la Argentina, el suelo natal de nuestra tía bisabuela Eduarda García-Mansilla, recordada por todos sus descendientes con el apelativo de "Eda", quién al contraer matrimonio con el Barón Charles Jules Marrier de Lagatinerie fundó la rama francesa de nuestra familia.

No es una expresión aislada de alguno de ellos, es por el contrario, un sentimiento unánime que les ha sido inculcado por sus padres y abuelos. Es indudable que "Eda" fue una mujer especial, que generó en sus hijos una fuerte fidelidad y que los valores de la educación que les brindó, fueron compartidos y valorados por todos sus hijos, hecho que provocó espontáneamente un gran amor por parte de sus nietos. A esta circunstancia se agrega, que Dios la bendijo con una larga vida. Vivió noventa años en los que nunca olvidó sus raíces argentinas y sus descendientes la evocan recordando que siempre encontraba el momento para contarles historias de su infancia, de su vida y de su familia argentina.

Es nuestra intención que nuestra rama argentina comience a conocer las historias de familia de nuestros parientes franceses, para de este modo afianzar y estrechar nuestros lazos, haciendo de nuestra querida familia un tronco fuerte en el que corra la savia que mantenga siempre vivos estos lazos familiares.

Hoy queremos presentarles a nuestro tío André Jozan Marrier de Lagatinerie, uno de los mas queridos y  respetados de la rama Jozan Marrier de Lagatinerie García-Mansilla. Nació un 26 de enero de 1925 en St. Maur des Fossès, en el Valle del Marne. Contrajo matrimonio con Maryvonne Cebron de Lisle, nacida el 16 de agosto de 1926 en Nantes. Los Jozan se radicaron en dicha ciudad en 1944 mientras transcurrían los trágicos días de la Segunda Guerra Mundial, allí estaba radicada la familia Cebron de Lisle que vivía a doscientos metros de distancia y como nos relata Andrés, ocurrió lo inevitable.

Contrajeron matrimonio un 1º de julio de 1946, luego de haber sobrevivido a esos tristes años donde la Europa vivió envuelta en el dolor y la muerte. Hoy siguen habitando en Nantes y llevan felices sesenta años de casados. Tienen once hijos y es la rama francesa con mayor descendencia.

Eran sus padres: Lucienne Marrier de Lagatinerie García-Mansilla, quién llevaba su nombre en recuerdo de su padrino, su tío Lucio Victorio Mansilla, quién nació el 27 de enero de 1888 y murió en Nantes el 15 de febrero de 1982 y es hasta la fecha las mas longeva de los miembros de la familia García-Mansilla y  Emile Jozan, nacido en París el 27 de noviembre de 1887 y fallecido en la misma ciudad el 22 de abril de 1939.

Tuve la dicha de conocer a Andre y a su hermano Hubert, cuando invitados especialmente por nuestro primos franceses concurrimos con María Inés y Clara a Francia a la reunión de los Marrier de Lagatinerie que se se realizó en el Chateau de Bontin en el mes de Junio del 2001, evento que se convoca cada diez años y a la que concurrieron muchos miembros de la familia Jozan Marrier de Lagatinerie y de todas las otras ramas de la familia francesa.

Posteriormente en un viaje realizado en el año 2005, Antoine Jozan, nos homenajeó con una reunión en su casa en París a la que concurrieron mas de cuarenta miembros de esta rama. Años después, nos visitaron en  Buenos Aires, Córdoba y Salta : Joël y Anne Gobilliard Jozan  ; Matthieu Romefort Gobilliard, Hélène de Brebisson de Laforcade, Grégoire y Florence Jozan Pelecier y hace unos días Charles-Eric Gaultier du Perray Jozan.

André, como muchos de los miembros de nuestra familia, ha querido dejar testimonio de su vivencias y de quienes lo precedieron en la vida. Escribió dos libros que evocan su pasado y el de su familia.

Publicó un primer libro titulado "La mer Rouge à pied sec" con un subtítulo que dice: "Ma vie racontée à mes proches" que dedica a sus parientes, aclarando que su libro es una tardía expresión de gratitud hacia todos ellos. Con un estilo coloquial, nos relata su vida que abarca desde su nacimiento en 1925 hasta la publicación del libro concretada en Rennes, Bretaña en el año 1990. Nos envío el mismo en el año 2001 con una dedicatoria que pueden leer en la foto que esta a la izquierda.

Años después, al cumplir sus bodas de diamante, en coautoría con su mujer publicó otro libro titulado:"Nous & Nos ancètres" Tuvo la gentileza de enviarnos el mismo con una cariñosa dedicatoria que dice: Para Manolo y María Inés, nuestros primos argentinos, este pequeño libro que es un relato sucinto de las cuatro familias de mis ascendientes y las de las cuatro familias de los ascendientes de Maryvonne.

En el préambulo expresa su intención al escribir este trabajo: "J'ai été frappé par notre propre ignorance et par celle de nos enfants sur nos ascendants. J'ai chercé, trouvé et etudié suffisamment d'eléments pour rédiger cet opuscule qui n'est pas - on le verra- un véritable travail de géneálogie mais plutôt un "survol" souvent anecdotique des branches familiales donst nous sommes isuss"

Nos dice que le llamó la atención su propia ignorancia y la de sus hijos con respecto a sus ascendientes. Nos relata también como fue su búsqueda de antecedentes de familia para escribir este opúsculo que según su opinión no es un verdadero trabajo genealogía, sino una serie de anécdotas referidas a las ramas familiares de donde provienen.

Ese trabajo histórico genealógico, que como dice en el preámbulo, nos presenta la historia de los apellidos Jozan, Cebron de Lisle, Vaissière et Audibert, Marrier de Lagatinerie, García-Mansilla, Bonnemant et Nassivet, Le Juge de Segrais, que conforman su linaje familiar. 

André  evoca a su abuela Eduarda, recordando su dulzura y su condición de mujer muy religiosa y piadosa, aspectos de su personalidad que se complementaban con un carácter firme y enérgico. Sus hijos tenían veneración por ella.  Por el contrario, dice que su abuelo Charles fue muy consentido por su madre y tenía una educación diferente.

Conmueve cuando al referirse a su abuela argentina, expresa con convicción: "Toute mon admiration va vers Eduarda García-Mansilla. Tous ses descendants sont fiers d'elle" 

Fue muy grato la lectura de sus obras, porque nos permitió adentrarnos en la vida de nuestra familia francesa.
Muchas gracias André y Maryvonne.

lunes, 6 de marzo de 2017

LUCIO VICTORIO MANSILLA. Un exponente de la distinción que se destacó brillantemente en las armas, en las letras y en la sociedad. Un homenaje en el 180 aniversario de su nacimiento. 1831-2011


Nació en  Buenos Aires el 23 de diciembre de 1831. Llegó al mundo cuando su tío Juan Manuel de Rosas era el hombre fuerte de la Confederación Argentina. Fue hijo de un guerrero de la Independencia que peleó al lado de San Martín, gobernó la provincia de Entre Ríos y le dio la primera Constitución, luchó contra los brasileños en Ituzaingó y defendió la causa nacional en la Vuelta de Obligado. Su madre era Agustina Ortiz de Rozas, hija de Agustina López de Osornio y de un soldado que peleó contra los ingleses emparentado por rama materna y paterna con la crema de la clase alta porteña, Lucio estaba llamado a ser lo que fue: “un niño bien”, un joven patricio y un dandy porteño.

Se jactaba de ser un hombre de honor y efectivamente lo era. Más allá de sus ironías, humoradas y desplantes, en lo que importa se tomó la vida en serio. Como la mayoría de los hombres, a veces fue feliz, a veces desgraciado, pero siempre se preocupó por ser leal a sí mismo.

Su elegancia no era frivolidad, era estilo; podía ser algo vanidoso y pagado de sí mismo, pero todos estaban dispuestos a perdonarlo porque hasta en sus errores era distinguido, encantador. Le gustaba llamar la atención, era ostentoso y desprejuiciado, pero la simpatía y el buen humor lo protegían de la maledicencia y la envidia.

Amigo de los amigos, generoso, espléndido y ocurrente, seducía a los hombres con su ingenio y a las mujeres con su encanto. Escucharlo hablar, relatar historias, fue un privilegio de sus amigos, una discreta forma de la felicidad. Hablaba como escribía; su estilo era coloquial, pero lo suyo era el coloquio de un gentleman, de un hombre que ha vivido, ha observado el mundo y ha sacado algunas conclusiones que se permite confiar, entre otras cosas, porque nunca está del todo satisfecho con ellas y mañana puede decirse exactamente lo contrario de lo que dijo. “Yo creo que un hombre que piensa seis meses de la misma manera no puede pretender que no está equivocado” una frase que muy bien podría haber firmado Oscar Wilde”

Su humor, fino, sutil, no era ni agresivo ni hiriente. Aparentemente no tomaba nada en serio, pero estaba lejos del cinismo y cada vez que las circunstancias lo exigieron demostró que era capaz de jugarse por las cosas que consideraba importantes. Se podía criticar sus errores, sus inconsecuencias, sus desplantes, el despilfarro de su talento, pero era muy difícil odiarlo y mucho más difícil ignorarlo. Concibió su vida como un gran espectáculo y él se consideró el galán y el primer actor de esa formidable puesta en escena.

Puede que haya pensado la vida como un juego, pero como un juego que a veces podía ser peligroso. Sus imprudencias, sus incorrecciones le costaron postergaciones políticas y sociales, pero en ese campo siempre prefirió darse el gusto: “No habiendo podido dominarme, di rienda suelta a mi lengua y, como era natural, contrajo el mal hábito de pensar sin reserva. Eso me proporcionó muchos goces e igual número de enemigos”

Disfrutó de los privilegios que le ofrecieron la vida y su clase social, pero en muchas ocasiones pagó un alto precio por esos beneficios, precio que ni sus enemigos ni sus amigos conocieron porque, como todo caballero, consideraba que no era ni elegante ni honorable abrumar al público con sus pequeñas desgracias.

Fue un hombre del poder porque desde que nació estuvo relacionado con el poder. En su casa, o en la casa de sus tíos, se hablaba de la gran política nacional, de las intimidades del poder, con la misma naturalidad y frescura con que en otras casas se comentaban los cambios de estaciones.

Se respetaba y se quería demasiado a sí mismo para ser humano o modesto. “Mi vicio favorito no es el orgullo que finge humildad”, decía mientras se acomodaba la capa. Sus amigos apreciaban su exquisito sentido del humor, sus modales distinguidos, su genuino spleen. Los que no lo conocían podían calificarlo de inconstante, superficial, frívolo. Los que lo conocían sabían que esos atributos eran una máscara, pero una máscara con la que le gustaba identificarse, al punto que más de una vez ni él mismo sabía cuál era su verdadero rostro.

Su elegancia no le impidió ser valiente; su frivolidad no le impidió ser, junto con Sarmiento, el mejor escritor del siglo XIX;  su escepticismo no le impidió apasionarse y su estilo de dandy no le impidió sufrir. Como todos los hombres que se proponen pasar por el mundo para hacer algo más que dormir y comer, se interrogó a fondo sobre el sentido de la vida y el misterio de la vida.

Los que dudaron de su coraje aprendieron a respetarlo cuando quizá para ellos era demasiado tarde; los que pusieron en tela de juicio su talento debieron resignarse a aceptar que escribía muy bien y que su literatura era liviana y espumosa sólo en las apariencias.

Mas que un oligarca, Mansilla fué un patricio, pero si alguien esa distinción le parece demasiado abstracta o sutil, habría que decir que, si efectivamente Mansilla fue un oligarca, no cualquier oligarca fue como él.

Por linaje familiar, por educación y elección de vida perteneció a las clases altas en un tiempo en el cual todavía esas clases tenían algo que darle a la Nación. Es probable que un personaje como Lucio sólo hubiera podido existir en el tiempo histórico en el que le tocó actuar. Pero esa afirmación podría hacerse extensiva a todos, ya que nadie, ni siquiera el personaje más anónimo, es ajeno a la historia.

FUENTE: Rogelio Alaniz. Hombres y mujeres en tiempos de orden. De Urquiza a Avellaneda. Universidad Nacional del Litoral. Rubinzal-Culzoni Editores. Santa Fé, Argentina, 2007

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Premio Contralmirante Manuel José García-Mansilla. La historia del reloj perdido.

          El próximo martes 29 de septiembre de 2015, la familia García-Mansilla, concurrirá a la Escuela Naval Militar, sita en Rio Santiago, Provincia de Buenos Aires, para hacer entrega del 69ª premio: Contralmirante Manuel José García-Mansilla”. en el marco de los actos a llevarse a cabo con motivo del 143º aniversario de la creación de dicha institución.

 En la oportunidad,  se entregará el galardón - consistente en un reloj naútico - al cadete de III año Martín Oscar Casal, quién fuera seleccionado entre sus compañeros por poseer las más altas virtudes militares, en especial aquellas relacionadas con la ética. Para tal fin,  se realizará una formación presidida por el señor Director de la Escuela Naval Militar, Capitán de Navío Nicolás Bolino.

Este premio fue instituido en el año 1946, por Juan Andrés García-Mansilla, hijo del Contralmirante Manuel José García-Mansilla, con el objeto de mantener vivo el recuerdo de quién tuvo la honra de presidir durante diez años a la Escuela Naval Argentina y para quien: "El porvenir de la Marina era su máxima obsesión y objetivo. Anhelaba verla grande respetada y querida por propios y extraños y a ella entregó sus mejores dones y sus esperanzas", siendo uno de los más altos exponentes de los oficiales de la Armada Argentina a lo largo de su vasta y rica historia.

Con el grado de Contraalmirante - el más alto de la marina de aquel entonces - en actividad y ejerciendo el cargo de Director de  la Escuela Naval Militar, Manuel José García-Mansilla murió un jueves 18 de agosto de 1910, cuando se le computaban 35 años, 7 meses y 8 días de servicio.

Fue sepultado en el cementerio de Recoleta, luego de que el cortejo fúnebre se desplazara por Buenos Aires con una importante escolta naval y recibiera los máximos honores militares. Entre las personalidades que lo despidieron, se encontraba el Contraalmirante Atilio Barilari, que habló en nombre del gobierno nacional, expresando con sentidas palabras:

               "El Contraalmirante García-Mansilla,  factor importante y principal en el número de los que han contribuido a regenerar nuestra marina de guerra, deja una estela luminosa que puede servir de guía a los que están llamados mañana a regir sus destinos, y es por eso que su nombre será por largo tiempo repetido, cada vez que se tenga por delante un problema que resolver sobre su desenvolvimiento futuro, o sobre la aplicación de medios que deban mantenerlo fuerte, ilustrado y eficiente. 

La distinción que se entrega, tiene su origen en una episodio ocurrido en al año 1878, a bordo de un buque de guerra francés, titulado:  “La historia del reloj perdido” ¿Porque?

Evocar los hechos, nos obliga a remontarnos al año 1878. En aquel entonces una fragata acorazada francesa denominada "La Victorieuse" partió del puerto de Port Said, Egipto y navegaba raudamente rumbo a su destino. No era solo un buque-escuela. Era un crucero a vela y vapor de 4500 toneladas, que zarpó con una misión específica: reprimir una sublevación de presidiarios en Numea, Nueva Caledonia.

        Fragata blindada "La Victorieuse", nave insignia de la escuadra francesa
del Pacífico Sur al mando del Contralmirante  Abel Aubert du  Petit- Thouars,
Cuando se encontraba en aguas del Canal de Suez a la medianoche, fue necesario ejecutar cambios en la disposición del velamen. El oficial de guardia en el puente que conducía la maniobra era el Teniente Manuel José García-Mansilla. Inesperadamente, un marinero cayó al agua. Su búsqueda comenzó de inmediato. Iluminándose con faroles García-Mansilla lo divisó y gritó: ¡Hombre al agua!

¿Que hacer? Un oficial en servicio no puede abandonar su puesto. Sin embargo, al ver un camarada en peligro, solo dudo un instante. Se arrojó sin más vacilaciones al para socorrer a su subordinado, quién gritaba desesperado solicitando auxilio.

Mientras tanto, el capitán del buque alertado por la marinería que estaba de servicio, comenzó a realizar una maniobra en círculo para posicionarse cerca de la boya arrojada al mar desde el barco.  Divisaron al joven Teniente argentino, quién había llegado hasta el marinero y comenzaba a arrastrarlo hacia la boya salvavidas.

Exhaustos llegan a cubierta. El  joven héroe recibió efusivas expresiones de aprobación de los tripulantes del buque. Sin embargo, posteriormente fue confinado en su camarote para analizar su conducta. El abandono del puesto de mando, era una pena que se castigaba con cierto rigor. No obstante la reglamentación vigente, el comandante de la escuadra francesa del Pacífico Sur, contralmirante Abel Aubert du Petit-Thouars,  le hizo saber que apreciaba su acción y que ponderaría las causas que originaron su decisión en una situación tan extrema.

La fragata retomó el rumbo y continuó su navegación. Pasado el tiempo, arribaron a puerto un domingo. Después de una misa a bordo, el capitán del buque ordenó que todo la tripulación se formara en cubierta para llevar a cabo una ceremonia.

Se escucha una voz estentórea que con voz marcial dice: ¡Enseigne García-Mansilla, un paso al frente! La mente del oficial aludido era un volcán en ebullición. ¡Llegó mi hora!,  pensaba tristemente. Me aplicarán una sanción ejemplar. ¡No importa, la merezco! Un oficial debe asumir la responsabilidad de sus actos y reflexionaba, no me sentiré tan mal, ya que he salvado una vida. Se cuadró marcialmente ante su comandante y esperó el veredicto.

Enorme fue su sorpresa, cuando el oficial al mando, comienza a ensalzar la acción llevada a cabo por el oficial García-Mansilla y le comunica que el Presidente de Francia, lo ha condecorado como oficial de  la Legión de Honor en grado de primera clase por su valentía y solidaridad. No menor fue su emoción al escuchar los acordes del himno nacional argentino, que,  en secreto habían ensayado los músicos de la banda para la ocasión..




Enchido el pecho, una gran emoción lo embarga. Sus ojos están llenos de lagrimas. Su pensamiento vuela hacia quiénes le dieron la vida. Que orgullo sentirá mi padre:  Manuel Rafael García Aguirre!  quién entonces se desempeñaba como Ministro Plenipotenciario de la República Argentina ante el gobierno argentino de los Estados Unidos de Norteamérica. Que alegría inmensa la de mi madre Eduarda Mansilla Ortiz de Rozas, al ver que su “Manuelito”sin dudar, puso en peligro su vida, para salvar la de un semejante.

Años después, cuando le cupo el honor de conducir la Escuela Naval Militar Argentina, grabó a fuego en los futuros oficiales, una consigna que la Armada Argentina ha honrado permanentemente: "Un hombre de mar nunca abandona a otro hombre de mar en peligro" No importa tiempo de paz o en medio de un conflicto, amigo o enemigo.

En la paz de su camarote, comenzó a escribir una carta a su madre, para relatarle  lo acontecido:

"Canal de Suez, 9 de noviembre de 1878

Querida Mamita:

Al momento de mi partida de Port Said, he recibido la agradable noticia de mi promoción al grado de “enseigne" - Teniente de Corbeta -. El Almirante en persona me lo ha comunicado y me dijo que lamentaba no disponer de camarote para ofrecerme y que, si yo lo deseaba, me autorizaba y me dejaba la decisión de desembarcar de inmediato. Le respondí que no tenía inconveniente en permanecer en mi puesto y que podría desembarcar más adelante en Nouméa o en Valparaíso.

Anuncié la noticia a mis camaradas, quienes me felicitaron sin demasiado entusiasmo, pero ello poco importa. Por otra parte, los tranquilicé al decirles que no tenía la intención de ganarme los dos galones ni de considerarme superior a ellos con mi acción. Siempre esperaba mostrarme digno del grado que mi gobierno me confiriese y el azar hizo que una circunstancia se presentara para ello: anoche, mientras navegábamos por el Canal entre Imeliaj y los lagos amargos, un hombre de la tripulación cayó al mar cuando embarcaba en una lancha que se encontraba sobre la borda.

Fui uno de los primeros en advertirlo, lancé el grito “¡Hombre al agua! Y luego salté. Había dudado unos segundos porque temía que me sobreviniera un ataque como el que me ocurrió en Boulogne y estaba, además, completamente vestido. Pero me sonrojé de haber dudado siquiera un segundo e inmediatamente ya estaba en el agua. Después de algunas brazadas ya arrastraba al hombre, que se recuperaba de su pánico y que, por otro lado, sabía nadar. La boya salvavidas fue utilizada de inmediato y pronto estuvimos ambos sobre ella. La Fragata, que se había detenido, nos envió poco tiempo después una lancha de salvataje.


De regreso a bordo fui compensado de mi aflicción por los fuertes apretones de mano de mis compañeros, las miradas de admiración de la tripulación y la felicidad que se siente después de haber cumplido con el propio deber. El Almirante me hizo llamar y con algunas palabras me hizo sentir que apreciaba mi acción.

Sólo hay un inconveniente: mi viejo reloj, que se empapó de agua salada, ha quedado en un estado lamentable. Te lo enviaré a Francia probablemente, si no encuentro buenos relojeros en Suez o en Adén.  Pierdo mi reloj, es verdad. Pero será reemplazado por la medalla de salvataje: hay compensación.

Gano además la estima de la tripulación y la consideración de mis superiores.

Te beso tierrnamente, mi querida Mamita, y estoy contento por Papá y por ti de esto que me está sucediendo.

Tu hijo que te ama.

Manuelito"


Diploma de la Legión de Honor otorgado al Teniente Manuel José García-Mansilla

Por su parte, el Contralmirante Abel Aubert Du Petit Thouars. en carta enviada al Ministro de Marina francés, comentaba el hecho de este modo:

Victorieuse, Canal de Suez, 9 de noviembre de 1878.

Almirante:

Vuestro joven protegido se ha empeñado en justificar la buena opinión que teneís de él. Ayer, marchando en el canal, cayó por la proa un hombre al agua y pasó debatiéndose por el fuerte remanso producido a lo largo del casco por el movimiento del navío en este canal estrecho. García Mansilla,  que se hallaba en la toldilla, arrojóse inmediatamente al agua.

Como le manifesté al ministro, el peligro, si no era extremo, era por lo menos grave, y me parece justifica debidamente el pedido de una medalla de salvataje de primera clase que hice para él. Cual me lo dice usted, es un simpático joven.

Ha recibido vuestro despacho anunciándole su nombramiento de alférez de navío pero
a mi no me fue comunicado,él desea seguir con nosotros conservando el puesto de sus camaradas, hasta las costas de Chile. Opino que tiene razón.

Adiós almirante, os renuevo las seguridades de mi mas respetuosa consideración.

E Dupetit Thouars.

A bordo de dicha nave nuestro García-Mansilla recorrió las costas del Mediterráneo, canal de Suez, Australia y mares del Pacífico, llegando a Chile en la época de la guerra con el Perú.

Tras dos años de navegación regresó a Francia en 1880 por el Estrecho de Magallanes, en la corbeta mixta "Hugon" completando de esa forma la vuelta al mundo. Tenía 21 años, poseía la Legión de Honor y era el segundo argentino en dar la vuelta al mundo, después del Capitán Tomás Espora.

Es deseo de la familia García-Mansilla, al entregar este premio al abanderado de la Escuela Naval, mantener encendida la llama que inspiró a nuestro antepasado durante toda su vida.

Santiago Alejandro García-Mansilla Zavalía, entrega el premio 
"Contralmirante Manuel José García-Mansilla al cadete de 3º año Santiago Larrondo, 
que fue recibido por su padre el capitán de fragata Nelson Larrondo
La familia García-Mansilla espera que cada oficial de nuestra armada argentina, se haga merecedor, por su conducta a recibir el honroso homenaje que recibió el Almirante Manuel José García-Mansilla de parte de sus camaradas de armas, con motivo de su muerte prematura: , bajo el título de: "Era un ejemplo de soldado y de cultura" 

"El Contralmirante García-Mansilla,  por sus orígenes de raza representaba con orgullo la continuidad de un nombre histórico, la distinción de su cultura clásica denotaba en él cualidades extraordinarias, sus elevadas condiciones intelectuales anunciaban al hombre destinado a brillar en la ruda carrera que eligiera y de la cual era uno de sus hijos predilectos".


"Digno, altivo, honrado, estudioso, gran caballero, gran militar, vivió rodeado del respeto de todos, entre los cuales brilló siempre y de los cuales fue el primero en la hora crítica de las responsabilidades"


"Los que no conocieron al talentoso Almirante en la lucha de la labor diaria, los que no supieron apreciar su dotes de su preparación vastísima, dificilmente podrán aquilatar en su justo valor, lo que representa esta pérdida, ella nos deja un vacio que no será llenado por mucho tiempo desgraciadamente"


"Severo en la disciplina, pero afable y circunspecto, conocedor de todo lo que se necesita para llegar a la meta de las aspiraciones mas nobles, era un maestro verdadero, el confidente de los alumnos que el Estado le confiara, para imprimir en esas almas jóvenes el hálito superior de energías y grandezas, mostrándoles  una vida de honor y el ejemplo sin reproches de una conciencia pura"

Es el mejor epitafio al que puede aspirar un marino.

Estas palabras resumen la personalidad de nuestro querido antepasado.. Esa es la meta que creemos deben buscar quienes aspiran a formar parte del cuadro de oficiales de nuestros hombres de mar. Nosotros sus descendientes, entregamos este reloj, convencidos que el camino elegido por quién inspiró este galardón debe iluminar la vida de todo oficial de marina. Esperamos que ese futuro oficial que recibe hoy el premio comience o continue una estirpe que enorgullezca a sus descendientes y a la armada argentina.

(1) Boletín del Centro Naval de agosto 1910 - Tomo XXVIII, Número 321 

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