martes, 11 de octubre de 2011

Manuelita Rosas a través de su olvidado epistolario.


Manuelita Rosas de Terrero
1817-1898
La correspondencia de Manuelita Rosas de Terrero ha despertado  siempre el interés de los historiadores. Hace unos años nos sorprendía Lila Nilda Bonastre de Dansey con su trabajo Manuela Rosas de Terrero. Un aspecto ignorado de su espistolario (Corrientes, 1968).

En el Museo de Luján se conservan seis (6) cartas de Manuelita dirigidas a su padre, y ciento quince (115) cartas que, ya señora de Terrero, remitió a su amiga Pepita Gómez. Esas piezas, - además de otras setenta y tres (73) cartas de Juan Manuel de Rosas a la misma destinataria-, fueron salvadas de la inundaciones que afectaron al Museo de Luján del 10 al 13 de octubre de 1967, y después, severamente, a comienzos de los años 80. No obstante, hay copia de esa correspondencia con Josefa Gómez, de 1852 a 1875, en el legajo 2447 de la Sala VII del Archivo General de la Nación, obtenidas por el doctor Ernesto Celesia. Estas cartas fueron utilizadas y dadas a conocer por Carlos Ibarguren en su estudio Manuelita Rosas, en las sucesivas ediciones aparecidas desde 1925.

A esa documentación debe sumarse el voluminoso paquete de cincuenta y nueve (59) cartas que van de marzo de 1889 a marzo de 1897 que Manuela dirigió desde el destierro a su fiel amigo Antonino Reyes, cuyos originales se han extraviado. Fueron comentadas por Raúl Montero Bustamante en su artículo El ocaso de Manuelita Rosas (La Prensa, Buenos Aires, 9 de mayo de 1926), y por Martiniano Leguizamón, primero en Revelaciones de un manojo de cartas (La Nación, Buenos Aires, 6, 8 y 11 de junio de 1926) y después en su libro Papeles de Rosas (Buenos Aires, 1935). Nuestro Archivo General de la Nación, ha publicado esas 59 cartas de Manuelita a Reyes, junto con otra de éste a aquélla, una de Agustina Rosas de Mansilla al mencionado Reyes y otras dos de Manuelita a Rosario T. de Rodriguez y a Rosario Reyes de Tezanos, respectivamente, con el título Manuelita Rosas y Antonino Reyes. El olvidado epistolario,1889-1897 (Buenos Aires, 1998). Finalmente, están las que Reyes dirigió a Manuelita, todavía inéditas.

La correspondencia de Manuelita desde el exilio fue incesante: “mi tiempo no es holgado - le escribe a Reyes el 21 de febrero de 1893 - y no se debe olvidar que sostengo la correspondencia con mis amigos en Buenos Aires y en varias partes del mundo”. Pero ¿dónde están esas cartas?...

Antonio Dellepiane ha cuestionado la ortografía de las cartas de juventud de Manuelita. Pero, la verdad sea dicha, no se diferencian en mucho de las cartas de vejez de Mariquita Sánchez de Thompson, en la época de Rosas señora de Mendeville, que presumía de sabia y literata. Manuelita tuvo una educación esmerada, de motu proprio. Ella lo ha referido al recordar a su maestro Marcelino Camelino. Y se tiene por cierto que recibió clases del famoso educacionista Salvador Negrotto.

La correspondencia de Manuelita deja traslucir la nostalgia del exilio. En carta a Reyes del 24 de mayo de 1889, al evocar el día de su santo, recuerda emocionada: “Para mí ese día... es de recuerdos tan tristes desde que me faltó mi amado padre ¡ Pobre tatita, me festejaba tanto¡ .. Comíamos en el medio del campo”. Y después de recordar sus visitas a Burguess Farm, finaliza: “¡Oh Reyes¡ Esos amenos días pasaron para no volver más, y para mi son más valiosos sus recuerdos que los que no puedo dejar de conservar de aquel tiempo en mi patria en que me rodeaba tanta bulla, tanta demostración de cariño, en algunos fingido, verdadero en otros”.

Nunca le pasó inadvertido, ni en los días de su alta vejez, el aniversario de Caseros. El 3 de febrero de 1891 le manifiesta a Reyes: “ Te escribo en este día, aniversario de tanta fatalidad para nosotros. Quien todo lo dispone, así lo quiso, sigamos sometidos a su divina voluntad”. En siguiente aniversario recordará: “Día inolvidable...”. Y al año subsiguiente: “Día de terribles recuerdos, se cumplen hoy 41 años, ¡ Oh Reyes¡ Y estamos hoy mejor que entonces?".

La nostalgia por el terruño, por los amigos y por los parientes ingratos fue infinita. Al punto que le escribe a Reyes el 18 de julio de 1892: “Ojalá nos fuera dado estar reunidos comunicándonos de viva voz nuestras cuitas ¡ Oh Reyes¡ qué grande sería el placer de estos tus dos amigos [se refiere a ella y a su consorte Máximo Terrero] y estoy cierta el tuyo también, si pudiera realizarse. Pero como nosotros hacen tantos años andamos en la mala, esa felicitad será difícil que entre por nuestras puertas”.

En esa correspondencia del exilio, Manuelita aclara, en palabras que trasuntan dignidad, la verdadera naturaleza del papel que le tocó desempeñar durante el gobierno de su padre: “Mi finado padre el general Rosas jamás me hizo desempeñar un rol que no debía, o que ridiculizase tanto a mí como a él mismo. Tampoco es cierto que yo tomase parte alguna oficialmente de asuntos públicos o políticos durante la administración de mi lamentado padre, cuando, creo, que hice cuanto me fue dado para desempeñarme en los actos privados y sociales con la dignidad que correspondía a nuestra posición" (carta a Reyes del 16 de noviembre de 1892). Y lo ratifica el 21 de febrero de 1893: “jamás desempeñé carácter tal en acto alguno”.

Y terminantes son sus palabras sobre la ejecución de Camila O`Gorman:“Tanto Máximo como yo te aseguramos ser cierto que mi lamentado padre, el general Rosas, escribió a una persona de nuestro país, en Buenos Aires [se refiere a Josefa Gómez] con motivo de ese mismo asunto, expresando terminantemente que a nadie había pedido consejo y agregando que de todos los actos de su administración, buenos o malos, era él exclusivamente responsable” (carta a Reyes del 16 de noviembre de 1892).

Otras cartas, despojadas de la gravedad que revisten las anteriores, aluden a los detalles de su vida cotidiana. El 18 de junio de 1895 escribe: “desde el 1° de junio la casa ha estado llena de huéspedes y yo obligada a cuidar de todo y de todos, como que soy quien todo lo dispone y maneja – esta pobre vieja- seguiré hasta que más no pueda y después será lo que Dios quiera”. Desde Londres, el 17 de febrero de 1890 cuenta su intimidad hogareña y la satisfacción que la causaba el recibo de sus connacionales. “Mi día fijo de recepción es el domingo pero siempre que vienen amigos entre semana y me es posible recibirles lo hago con más particular placer si son mis compatriotas, a quien recibo sin etiqueta y con la urbanidad que tu sabes me es característica ... a más tengo mi lote de visitas en la sala y debo recibirlas”.

Antonino Reyes
1813-1895
Evocando el golpe que le significa la separación de su hijo Manuel, refiere a Reyes el 18 de noviembre de 1890 con poética expresión: “sin él, me quedo como un pájaro sin alas”.

El 21 de mayo de 1890 escribe a su nunca olvidado amigo : “El andar con mi viejo, teniendo que ser quien maneja todo lo requerido en viajes, gastos de hotel, firmar cheques, etc. te probará que estoy muy acostumbrada a las reglas inglesas y que me hago entender en este idioma. Yo misma hago mi elogio a mi buen desempeño".

El 18 de febrero de 1897 en una carta de grave tono, como si hubiese sido escrita bajo un fúnebre presagio, Manuelita se refiere al envío del sable de San Martín al gobierno argentino y a las gestiones para que le fueran devueltos los bienes que le habían sido confiscados a su padre (en la parte correspondiente a los bienes propios que su finada madre, Encarnación Ezcurra, había aportado al matrimonio ) . Pero cuando envió esta carta, Antonino Reyes ya había muerto. Pero todavía el 22 de enero Reyes le había escrito por última vez, sin decirle a su amiga nada de su enfermedad. Pocos días después fue sometido a una operación y el 6 de febrero falleció. Manuelita se enteró de su muerte por el Dr. Adolfo Saldías. Y el 4 de marzo escribió a Rosario Reyes de Tezanos, hija del amigo, para darle el pésame: “Máximo y yo hemos perdido a un amigo de ejemplar lealtad, a quien jamás olvidaremos”.

La muerte de Reyes, su fiel corresponsal, desató el lazo que la unía con el pasado y ella, también vieja, enferma y entristecida, dedicada a la atención de su esposo enfermo, se extinguió en Londres el 17 de septiembre de 1898, traspuesto ya el umbral de los 81 años. Había nacido el 24 de mayo de 1817.

Se ha dicho que Manuelita volvió a Buenos Aires en 1886, temporalmente. Nada más inexacto. Nunca regresó a su adorada patria.

Julio A. Benencia dio a conocer una carta suya dirigida al doctor Adolfo Saldías y fechada en Londres el 2 de abril de 1896, cuyo original se conserva en el Archivo General de la Nación, en la que Manuela manifestó el deseo de que su padre, ella, su marido y sus hijos, reposaran definitivamente en suelo inglés, lejos del solar patrio: “En cuanto a trasladar los restos de mi tan amado padre a Buenos Aires eso jamás tendrá lugar, y mi completa oposición a ello la dejo explícitamente expresada en mi testamento. No, Doctor, sus cenizas reposan muy bien colocadas en el sepulcro y hermoso monumento que el cariño de su hija lo hizo erigir en el cementerio de Southampton; con su fiel hijo Máximo y sus nietos iremos según nos toque el turno, a reunirnos a él. La bóveda está construida para todos” ("Manuelita Rosas y los restos de su padre”, en Investigaciones y Ensayos, núm. 17, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 1974, págs. 311-312).

Pero el hermoso monumento que Manuelita mandó erigir, es hoy solamente una ruina que apenas se divisa entre la maleza de un cementerio abandonado. Don Juan Manuel ya ha sido repatriado. Allá quedan Manuelita, su marido e hijos. Por eso, ya no se justifica su permanencia en tierra extraña. Es hora que los restos de la niña de Palermo regresen a la tierra de sus mayores, y que en su losa se graben aquellas palabras que ella escribió a Reyes el 26 de julio de 1893,a los 76 años: “Yo Reyes , nací para sufrir por todos y con todos. Mi carácter nunca fue propicio a mi felicidad”. Palabras, tan sinceras como conmovedoras, que la revelan como arquetipo de la mujer argentina.

FUENTE: Guillermo Palombo. Manuelita Rosas a través de su olvidado epistolario.

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lunes, 10 de octubre de 2011

LOS PASAJES DE PARIS. UN RECORRIDO POR RECOVECOS DE LA CIUDAD LUZ.


Un recorrido por recovecos de la Ciudad Luz que conservan arquitectura y diseño de otros tiempos, y remiten a una época en la que el concepto de urbanización era bien diferente del actual. Rincones que, además, inspiraron a no pocos escritores...


Es necesario que un accidental vistazo muestre un espacio profundo, que se abre como una calle inesperada. Una tenue luz filtrada por vitrales cenitales y la promesa de poder escapar por allí del ruidoso tráfico citadino, de reencontrar el eco de la propia marcha, atrae irremediablemente hacia el interior. Y, apenas unos pasos dados, la estructura mítica del laberinto atrapa...

Numerosos escritores, seducidos por su arquitectura, hicieron de los pasajes los escenarios de sus historias: Honoré de Balzac, Emile Zola, Walter Benjamin, Luis Aragón, André Breton..., y también Julio Cortázar.

De la multitud de pasajes cubiertos construidos entre finales del siglo XVIII y el segundo imperio, a mediados del XIX, subsisten solamente una veintena, que han tenido suerte diversa. Todos merecen un recorrido. Se respira un aire de otra época, e incluso en la decoración de algunas de las vidrieras o en el mobiliario de los cafés uno parece reencontrarse con algún rincón de un Buenos Aires que ya no existe.

Passage Choiseul, París, Francia
Su trazado invita a atravesar las sucesivas arcadas, a perderse por los recovecos, a escrutar las vidrieras de los negocios, a elevar la mirada y descubrir la trama de sus techos traslúcidos. Hoy se puede descubrir en ellos una concepción diferente de cómo construir una ciudad con una arquitectura a escala humana, perteneciente a una época en la que, en un mismo espacio, se concentraban el trabajo, la vivienda y el entretenimiento.

Todos se encuentran en la Rive Droite (la margen derecha del Sena), que es tradicionalmente la más comercial de París, y, salvo algunas excepciones, se agrupan en dos conjuntos principales: aquellos que, situados en el sector que va desde el Palais Royal hasta los grandes bulevares, restaurados o no, fueron y continúan siendo los más suntuosos. El segundo grupo, más austero, se concentra alrededor de la calle Saint-Denis.

La historia de los pasajes comienza en París a fines del siglo XVIII. La capital era una ciudad de lujos y atracciones, pero conservaba una estructura medieval. Sus callejuelas polvorientas o embarradas no tenían veredas, tampoco cloacas ni pavimento. Por ellas circulaba un gentío desordenado, y era imposible desplazarse a un ritmo distendido. Los primeros pasajes fueron creados entonces con un interés comercial, en respuesta a una necesidad de la época. Para su construcción se emplearon nuevos materiales, más seguros y económicos: el hierro y el vidrio, combinados para sostener los techos transparentes que permiten la iluminación natural. De noche, por primera vez se utiliza una brillante luz de gas, que contrasta con la penumbra de las calles mal iluminadas.

Dentro de esas nuevas arterias interiores era factible deambular libremente de un negocio a otro, protegido de la lluvia o del frío, hacer un alto en un café, ensayar un rendez-vous amoroso o leer el diario en alguno de los numerosos salones literarios. Allí podía encontrarse gente de distinta condición: hombres de negocios y jugadores, príncipes y buscavidas, atraídos por la Bolsa de Comercio (situada en el mismo barrio), las tiendas elegantes, los espectáculos, o las prostitutas ligeramente vestidas. En las galerías se podía asistir a pequeños conciertos o cruzarse en el camino con escritores, como Verlaine, con artistas o con caricaturistas, como Daumier. Tanto fue el éxito en ese momento que en el término de cincuenta años se construyeron cincuenta pasajes en todo París.

Galeria de la Madeleine, Paris, Francia
Construida en 1846, al mismo tiempo que la iglesia homónima, la galería cubierta de la Madeleine se encuentra en el barrio chic que rodea la Place Vendôme, donde abundan las joyerías y las casas de alta costura. Su corto trayecto alberga grandes contrastes. Una relojería y una boutique de indumentaria de marca ocupan los primeros locales. Nada diferente de lo que se encuentra en las veredas exteriores, pero la luz tamizada y las siluetas ateridas de los fumadores que hacen una pausa en el trabajo invitan al objetivo de mi cámara a aventurarse al interior.Frente a frente

La sastrería Benjamin llama la atención, tal vez por sus vitrinas detenidas en los años cincuenta, o por el chaleco amarillo a cuadros que porta el sastre. No bien atravieso el umbral, el hombre cuelga el teléfono con gesto colérico y descarga en voz alta la furia provocada por el capricho de un cliente; pero frente al fotógrafo argentino desarma su enojo un tanto teatral y trata de encontrar en la conversación un punto en común, a través de recuerdos de su temprana juventud en Argelia, cuando escuchaba los tangos de Gardel. Es amante del tango, pero no del que se baila ahora, según él, con espíritu atlético. Me confirma que él es un "pied-noir", los franceses que vivían en el Magreb en la época de la colonia. Los retratos de su abuelo militar en uniforme y de Frank Sinatra ocupan los pocos espacios liberados por las perchas repletas de vestimentas para recomponer.

Monsieur Benjamin protesta por las nuevas tendencias deportivas de la indumentaria, que atentan contra la elegancia del pasado. Pero cuando me habla de la moda me distraigo y no puedo no asociar su nombre con el otro Benjamin, el filósofo alemán, Walter Benjamin, que en los últimos trece años de su vida, antes de su suicidio, en 1940, se dedicó a una ambiciosa obra que quedó inconclusa: París, capital del siglo XIX - El libro de los pasajes . A través de sus innumerables notas y citas, el autor abre múltiples puertas de investigación, en las que los pasajes parisinos constituyen el andamiaje central.

A dos estaciones de metro se encuentra otro grupo de galerías, en el barrio de Grands Boulevards. Julio Cortázar se inspiró en él para escribir El otro cielo, cuento donde asocia los pasajes parisinos con lugares a través de los cuales es posible evadirse de la realidad.

Gallerie Vivienne, Paris, Francia
Restaurada hace unos años, la Gallerie Vivienne, en su momento una de las más elegantes de París, recuperó un poco de su brillo de antaño.

La diversidad de niveles, a lo largo de un recorrido que puede ser iniciado a partir de tres entradas diferentes (rue Vivienne, rue des Petits Champs y rue de la Banque), la convierten en una de las más variadas. El estilo arquitectónico es el neoclásico, que corresponde a la época de su construcción (1826), en la era posrevolucionaria, durante la cual el modelo era la república romana. El barroco y el rococó del antiguo régimen quedaron atrás. Los suelos están decorados con mosaicos del célebre artista italiano Faccina.

En una de las entradas de la galería se encuentra el bar Le Bougainville, cuyo nombre evoca al marino Louis-Antoine de Bougainville (1729-1811), fallecido en una de las viviendas del pasaje. En 1763, y en nombre de Luis XV, había tomado posesión de las islas Malvinas y fundado una colonia en la Gran Malvina, que él mismo restituyó más tarde a los españoles. También habitó allí Eugène François Vidocq, contemporáneo de Balzac, increíble personaje que fue a su turno presidiario, jefe de la policía y escritor de renombre. Hacia el interior, en el salón A Priori-thé, se puede hacer una pausa antes de lanzarse, unos pasos más allá, a la búsqueda de obras raras en los estantes de la librería de usados D. F. Jousscaume (fundada en 1826 con el nombre de Petit-Siroux). Una boutique especializada en relojes de pulsera de los años 60-70 y la bodega Lucien Legrand ayudan a darle el tono retro al conjunto del pasaje.

La Gallerie Colbert, Paris, Francia
La Gallerie Colbert, su vecina inmediata y antigua rival, con la cual se comunica, es de una arquitectura más imponente, donde se destaca una gran rotonda coronada por una cúpula de vitraux. Ocupada recientemente por las universidades de la Sorbona y de la Escuela Práctica de Altos Estudios, éstas ofrecen al paseante, con sus aulas expuestas, la curiosa posibilidad de presenciar una clase magistral a través de las vitrinas.

El Passage Choiseul está a menos de cien metros de las dos galerías anteriores. Alberga mayoritariamente boutiques de ropa femenina y, en el final de la nave, la librería de usados Libria.

Otros tres pasajes, Verdeau, Jouffroy y Des Panoramas, a pesar de haber sido construidos en diferentes momentos, con casi cincuenta años de distancia, forman un asombroso conjunto que se continúa a lo largo de un mismo eje, como si se constituyeran en pasadizo secreto que atraviesa el corazón del barrio.

Atravesar los tres espacios supone emprender un itinerario dispar sincopado por el cruce de calles de importancia diferente. Verdeau, el primero bajando desde Montmartre, es un refugio de anticuarios. El coleccionista Bruno Tartarin ofrece fotografías de época, vintages de Robert Doisneau y Willy Ronis por 1000 o 2000 euros, así como originales de Jacques-Henri Lartigue por 6000.

Pasaje Jouffroy, Paris, Francia
Jouffroy es el pasaje de los mundos ilusorios. Numerosos paseantes se detienen a hojear los libros de arte en ediciones de lujo de la librería Paul Vaulin, fundada en 1848. El bello rostro de la mujer que la atiende y su gracioso peinado atemporal parecen escapados de los libros que sus manos mecanizadas ordenan sin cesar. Enfrente, otra librería ofrece todo lo que un fan de cine puede soñar. Unos metros más allá, una boutique especializada en casas de muñecas y muebles en miniatura invita a reinventar los viajes de Gulliver en Lilliput. Y antes de volver a la realidad, el museo Grévin permite encontrarse cara a cara con las personalidades del jet-set o con hombres históricos, reproducidos en cera en tamaño natural.

El Passage des Panoramas, del otro lado del Boulevard Montmartre, tal vez sea mi preferido. Como soy fotógrafo, imagino que sigo los pasos de Louis Mandé Daguerre. En uno de los locales, el inventor del daguerrotipo asistía a los cursos de Prévost, el creador de los Panoramas, aquel antiguo espectáculo antecesor del cine y basado en la misma ilusión óptica.

Passage des Panoramas, Paris, Francia
Formando un tejido de galerías transversales que cortan la nave central, se encuentran boutiques de coleccionistas de estampillas, monedas y cartas postales antiguas, ceremoniosos restaurantes con gruesos manteles y servilletas almidonadas, y otros más amenos ofreciendo bocados rápidos.

Hasta no hace mucho, la centenaria imprenta Alsaciana Stern, cuyos locales se encuentran hoy vacíos, daba un lustre particular al conjunto. De los pasajes que quedan en pie, es uno de los más antiguos. Fue construido en el 1800, en el momento de transición entre la ciudad medieval y la urbe moderna, durante el cual se vivió una gran especulación inmobiliaria. Como consecuencia de la Revolución Francesa, un gran número de inmuebles pertenecientes a la Iglesia o a la aristocracia emigrada fueron subastados al mejor postor, y fue así como la transformación de la ciudad, en ese primer período, no se debió a los hombres de Estado, sino a particulares enriquecidos con la compraventa de ese tipo de propiedades. Entonces, buena parte de los pasajes fue construida en terrenos liberados de la tutela del antiguo régimen.

Bajando aun más hacia el Sena, se encuentra la galería Vero-Dodat, considerada la más bella por su arquitectura, su refinamiento y por la unidad de la decoración, construida en ­1826 por dos rotiseros: Bénoit Vero y su asociado Dodat. En su época ofrecía un cómodo atajo entre los barrios de Les Halles (el mercado de abasto) y Palais Royal.

Pasaje Vero Dodat, París, Francia.
La decoración neoclásica refinada, restaurada recientemente, con un piso en damero blanco y negro, ofrece un ambiente recogido y exquisito que se ha perdido en gran parte de los otros pasajes. En su interior se encuentran numerosos anticuarios, el luthier RF Charle y el editor milanés Franco María-Ricci. Las casas de moda y decoración van reemplazando a los antiguos propietarios.

Algunas centenas de metros en dirección al Este, a lo largo de la calle Saint Denis, se encuentra un segundo grupo de pasajes, de construcción mucho más sobria, desprovistos de toda decoración, apenas mantenidos y ocupados en gran parte por comerciantes mayoristas. Lejos de los circuitos turísticos y del París de las cartas postales, estos pasajes comunican barrios vivaces, con gran actividad comercial y con una fuerte impronta extranjera. Con sólo dar vuelta una esquina uno puede encontrarse en un mercado del Asia Central o de Medio Oriente.

Al Passage du Caire se accede por una pequeña puerta. En el interior nada justifica su nombre fantasioso, y de las pretensiones pasadas no quedan más que décadas de polvo acumulado en sus cornisas. En sus múltiples galerías se cruzan incansables changarines, bajo la mirada perdida de maniquíes desnudos que pululan en vitrinas de negocios de confección. Su construcción se inspiró en los souks , o mercados cubiertos de Turquía, Persia y el resto de Oriente. Es el momento, en 1799, en que Napoleón Bonaparte lleva a cabo una campaña en Egipto para contrarrestar la hegemonía inglesa; no en vano, este pasaje construido en ese mismo año se llama Pasaje del Cairo.

En los pasajes Du Prado y Brady, muy frecuentados, los inmigrantes paquistaníes, turcos o kurdos han tomado posesión de los lugares instalando restaurantes -siempre llenos al mediodía-, agencias de viajes, peluquerías y salones de té. Apenas mantenidos para su utilización comercial, el estado general es algo sombrío, pero el ambiente impregnado de la cultura del Asia Central ofrece un contraste muy marcado con el resto de la ciudad, como para sentirse tentado de recorrerlos.

El Passage du Prado conserva los soportes del techo en diseño art déco, único vestigio del pasado. Un pequeño café se diferencia del resto de los negocios. En el interior se respira un aire de régimen soviético. Hombres de cabellos blancos y gesto adusto juegan a las cartas para matar el tiempo; la única mujer es la encargada. Nadie presta atención a la televisión que transmite noticias en una lengua inidentificable. ¿Serbocroata?, pregunto imprudentemente. "¡Serbio!", me corrige, agraviado, un hombre sentado a la mesa del fondo. Las heridas de la desintegración de Yugoslavia todavía no están cerradas.

Passage du Grand Cerf, Paris, Francia.
Ocupado en su mayoría por negocios de diseño, el Passage du Grand Cerf es arquitectónicamente el más alto de los pasajes parisinos. Su bóveda de vitrales se eleva a 12 metros, más del doble del Passage des Panoramas, pero apenas la mitad de la Galería Umberto I de Nápoles o la Vittorio-Emmanuele de Milán. Si bien fue París la ciudad que inventó los pasajes cubiertos, el hecho de que sus constructores fueran financistas privados dio por resultado obras de dimensiones más intimistas. La moda de las galerías cubiertas se propagó a otros países, pero como voluntades políticas que expresaban el monumentalismo de las grandes capitales. Así, Londres, Cleveland, Berlín, Moscú o La Haya, a lo largo del siglo XIX, competirán en la gran talla de sus galerías cubiertas.

Son varios los pasajes que quedan por recorrer: el Des Princes (convertido en una inmensa juguetería), Bourg l´Abbé, Du Ponceau, Ben Aïad, Puteaux, Vendôme (se encuentra en Place de la République y no en la plaza del mismo nombre) y las galerías del Palais Royal, donde nació el primer pasaje cubierto de París con el nombre de Galleries de Bois, construidas en 1786 y destruidas en 1828.

Luego de la Revolución de la Comuna, en la segunda mitad del siglo XIX, en parte por razones estratégicas, la ciudad será transformada por la obra urbanística del barón Haussman, que rompe con su estructura medieval y traza las grandes avenidas que dan la perspectiva del París actual.

Los pasajes pertenecían a aquel esquema antiguo, que unía pequeñas calles. El nuevo trazado hará desaparecer una gran parte de ellos. Así como en su momento fueron un fenómeno de moda y el reflejo de los cambios económicos y culturales, la aparición de los grands magasins (las grandes tiendas) a partir de 1850, como el Bon Marché, la Belle Jardinière, Le Printemps y otros, los vuelve pasados de moda, vaciándolos de sus habitués. En diferentes momentos, una treintena de ellos serán destruidos.

En el otro extremo de la ciudad, no lejos del Arco de Triunfo, me topo con una galería cuyo nombre me da curiosidad: La Cité Argentine. Construida en 1907 por el innovador arquitecto Henri Sauvage, de quien Le Corbusier tomará algunas ideas, es un revival de los pasajes del siglo XIX. El nombre de la construcción se inspira en el país de origen de quien encargó la obra, Felipe Mayol de Senillosa, estanciero argentino (fundador de la localidad de San Mayol en Tres Arroyos) cuya mujer, María Luisa Cramer, compartía su tiempo entre París y Buenos Aires.

La Cité Argentine, París, Francia
La travesía llega a su fin y me doy cuenta de que los pasajes son un viaje en el tiempo, donde se encuentran referencias literarias, personajes históricos; donde se evocan vivencias personales y, sobre todo, donde diferentes mundos se entrelazan y comunican de una manera indefinida. Son, como decía Cortázar, el refugio imaginario de los caminantes de la ciudad.

Leonardo Antoniadis
revista@lanacion.com.ar

sábado, 8 de octubre de 2011

EL DOCTOR MANUEL JOSÉ GARCÍA SEGÚN EL HISTORIADOR JOSÉ MARÍA ROSA



                                                                                                                                                            
El Doctor José María Rosa, fue un distinguido historiador argentino, abogado y profesor universitario. Es sin duda alguna uno de los más respetados y consultados historiadores de la corriente que se llamó revisionista. 

Nació en Buenos Aires el 20 de agosto de 1906, en el seno de una familia tradicional. Su bisabuelo don Vicente Rosa, arribó desde España en 1828 y desempeño el cargo de director de aduanas durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas. 

En su libro "La misión García ante Lord Strangford" nos deja su opinión con respecto al doctor Manuel José García.

"El 28 de enero se embarcaba con rumbo a Río de Janeiro el doctor Manuel José García, quién llevaba dos importantes comunicaciones para entregar al embajador británico ante la corte lusitana, vizconde de Strangford. Estos pliegos, firmados por el Director Supremo el 25 de enero, se hallaban destinados al propio Lord Strangford, y al ministro de Relaciones Exteriores inglés. Lord Castlereagh. También llevaba una carta del Director Carlos María de Alvear para servirle de presentación ante el diplomático británico."

"García era uno de los hombres más representativos y capacitados del gobierno directorial, no obstante contar solamente con treinta años. Hijo de don Pedro Andrés García, el célebre comandante de Montañeses, pertenecía a una de las familias de mayor arraigo social en Buenos Aires; había estudiado en Charcas donde obtuvo el grado de doctor en derecho, y desempeñado durante algún tiempo funciones administrativas en el Alto Perú durante el último año de la dominación española. Pero plegado a la causa revolucionaria, como su padre, había regresado a Buenos Aires donde, entre otros cargos, obtuvo el de Regidor del cabildo para el año 1812. Y no obstante haber sido separado de sus funciones comunales por la revolución del 8 de octubre de ese año, acabó por adherir - como tantos otros - a los vencedores hasta llegar a ser uno de los jefes del partido triunfante."

"Ocupaba en enero de 1815 el altísimo cargo de Consejero de Estado y Secretario de ese cuerpo, para el cual fuera designado por el ex director Gervasio Antonio Posadas el 4 de febrero de 1814. Se encontraba, pues, interiorizado de todos los pormenores de la política directorial, y es presumible que fuera uno de los orientadores de la misma."

"García, al estar las referencias de quienes lo trataron, era un diplomático nato. Hombre culto, de excelente educación y finas maneras, de palabra fácil y clara, agregaba a esas condiciones exteriores una penetrante inteligencia y a una prudencia que llegaba hasta la astucia. Fue, junto con don Manuel de Sarratea, el gran diplomático de la primera mitad del siglo pasado. Tal vez su escepticismo lo hizo aceptar algunas negociaciones que pueden criticarse severamente, pero en todos los casos trató de obrar conforme a lo que creía los intereses inmediatos del gobierno que lo comisionaba."

FUENTE: José María Rosa. La misión García ante Lord Strangford. A. Peña Lillo Editor S.R.L. Buenos Aires. Año 1951.

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