lunes, 10 de octubre de 2011

LOS PASAJES DE PARIS. UN RECORRIDO POR RECOVECOS DE LA CIUDAD LUZ.


Un recorrido por recovecos de la Ciudad Luz que conservan arquitectura y diseño de otros tiempos, y remiten a una época en la que el concepto de urbanización era bien diferente del actual. Rincones que, además, inspiraron a no pocos escritores...


Es necesario que un accidental vistazo muestre un espacio profundo, que se abre como una calle inesperada. Una tenue luz filtrada por vitrales cenitales y la promesa de poder escapar por allí del ruidoso tráfico citadino, de reencontrar el eco de la propia marcha, atrae irremediablemente hacia el interior. Y, apenas unos pasos dados, la estructura mítica del laberinto atrapa...

Numerosos escritores, seducidos por su arquitectura, hicieron de los pasajes los escenarios de sus historias: Honoré de Balzac, Emile Zola, Walter Benjamin, Luis Aragón, André Breton..., y también Julio Cortázar.

De la multitud de pasajes cubiertos construidos entre finales del siglo XVIII y el segundo imperio, a mediados del XIX, subsisten solamente una veintena, que han tenido suerte diversa. Todos merecen un recorrido. Se respira un aire de otra época, e incluso en la decoración de algunas de las vidrieras o en el mobiliario de los cafés uno parece reencontrarse con algún rincón de un Buenos Aires que ya no existe.

Passage Choiseul, París, Francia
Su trazado invita a atravesar las sucesivas arcadas, a perderse por los recovecos, a escrutar las vidrieras de los negocios, a elevar la mirada y descubrir la trama de sus techos traslúcidos. Hoy se puede descubrir en ellos una concepción diferente de cómo construir una ciudad con una arquitectura a escala humana, perteneciente a una época en la que, en un mismo espacio, se concentraban el trabajo, la vivienda y el entretenimiento.

Todos se encuentran en la Rive Droite (la margen derecha del Sena), que es tradicionalmente la más comercial de París, y, salvo algunas excepciones, se agrupan en dos conjuntos principales: aquellos que, situados en el sector que va desde el Palais Royal hasta los grandes bulevares, restaurados o no, fueron y continúan siendo los más suntuosos. El segundo grupo, más austero, se concentra alrededor de la calle Saint-Denis.

La historia de los pasajes comienza en París a fines del siglo XVIII. La capital era una ciudad de lujos y atracciones, pero conservaba una estructura medieval. Sus callejuelas polvorientas o embarradas no tenían veredas, tampoco cloacas ni pavimento. Por ellas circulaba un gentío desordenado, y era imposible desplazarse a un ritmo distendido. Los primeros pasajes fueron creados entonces con un interés comercial, en respuesta a una necesidad de la época. Para su construcción se emplearon nuevos materiales, más seguros y económicos: el hierro y el vidrio, combinados para sostener los techos transparentes que permiten la iluminación natural. De noche, por primera vez se utiliza una brillante luz de gas, que contrasta con la penumbra de las calles mal iluminadas.

Dentro de esas nuevas arterias interiores era factible deambular libremente de un negocio a otro, protegido de la lluvia o del frío, hacer un alto en un café, ensayar un rendez-vous amoroso o leer el diario en alguno de los numerosos salones literarios. Allí podía encontrarse gente de distinta condición: hombres de negocios y jugadores, príncipes y buscavidas, atraídos por la Bolsa de Comercio (situada en el mismo barrio), las tiendas elegantes, los espectáculos, o las prostitutas ligeramente vestidas. En las galerías se podía asistir a pequeños conciertos o cruzarse en el camino con escritores, como Verlaine, con artistas o con caricaturistas, como Daumier. Tanto fue el éxito en ese momento que en el término de cincuenta años se construyeron cincuenta pasajes en todo París.

Galeria de la Madeleine, Paris, Francia
Construida en 1846, al mismo tiempo que la iglesia homónima, la galería cubierta de la Madeleine se encuentra en el barrio chic que rodea la Place Vendôme, donde abundan las joyerías y las casas de alta costura. Su corto trayecto alberga grandes contrastes. Una relojería y una boutique de indumentaria de marca ocupan los primeros locales. Nada diferente de lo que se encuentra en las veredas exteriores, pero la luz tamizada y las siluetas ateridas de los fumadores que hacen una pausa en el trabajo invitan al objetivo de mi cámara a aventurarse al interior.Frente a frente

La sastrería Benjamin llama la atención, tal vez por sus vitrinas detenidas en los años cincuenta, o por el chaleco amarillo a cuadros que porta el sastre. No bien atravieso el umbral, el hombre cuelga el teléfono con gesto colérico y descarga en voz alta la furia provocada por el capricho de un cliente; pero frente al fotógrafo argentino desarma su enojo un tanto teatral y trata de encontrar en la conversación un punto en común, a través de recuerdos de su temprana juventud en Argelia, cuando escuchaba los tangos de Gardel. Es amante del tango, pero no del que se baila ahora, según él, con espíritu atlético. Me confirma que él es un "pied-noir", los franceses que vivían en el Magreb en la época de la colonia. Los retratos de su abuelo militar en uniforme y de Frank Sinatra ocupan los pocos espacios liberados por las perchas repletas de vestimentas para recomponer.

Monsieur Benjamin protesta por las nuevas tendencias deportivas de la indumentaria, que atentan contra la elegancia del pasado. Pero cuando me habla de la moda me distraigo y no puedo no asociar su nombre con el otro Benjamin, el filósofo alemán, Walter Benjamin, que en los últimos trece años de su vida, antes de su suicidio, en 1940, se dedicó a una ambiciosa obra que quedó inconclusa: París, capital del siglo XIX - El libro de los pasajes . A través de sus innumerables notas y citas, el autor abre múltiples puertas de investigación, en las que los pasajes parisinos constituyen el andamiaje central.

A dos estaciones de metro se encuentra otro grupo de galerías, en el barrio de Grands Boulevards. Julio Cortázar se inspiró en él para escribir El otro cielo, cuento donde asocia los pasajes parisinos con lugares a través de los cuales es posible evadirse de la realidad.

Gallerie Vivienne, Paris, Francia
Restaurada hace unos años, la Gallerie Vivienne, en su momento una de las más elegantes de París, recuperó un poco de su brillo de antaño.

La diversidad de niveles, a lo largo de un recorrido que puede ser iniciado a partir de tres entradas diferentes (rue Vivienne, rue des Petits Champs y rue de la Banque), la convierten en una de las más variadas. El estilo arquitectónico es el neoclásico, que corresponde a la época de su construcción (1826), en la era posrevolucionaria, durante la cual el modelo era la república romana. El barroco y el rococó del antiguo régimen quedaron atrás. Los suelos están decorados con mosaicos del célebre artista italiano Faccina.

En una de las entradas de la galería se encuentra el bar Le Bougainville, cuyo nombre evoca al marino Louis-Antoine de Bougainville (1729-1811), fallecido en una de las viviendas del pasaje. En 1763, y en nombre de Luis XV, había tomado posesión de las islas Malvinas y fundado una colonia en la Gran Malvina, que él mismo restituyó más tarde a los españoles. También habitó allí Eugène François Vidocq, contemporáneo de Balzac, increíble personaje que fue a su turno presidiario, jefe de la policía y escritor de renombre. Hacia el interior, en el salón A Priori-thé, se puede hacer una pausa antes de lanzarse, unos pasos más allá, a la búsqueda de obras raras en los estantes de la librería de usados D. F. Jousscaume (fundada en 1826 con el nombre de Petit-Siroux). Una boutique especializada en relojes de pulsera de los años 60-70 y la bodega Lucien Legrand ayudan a darle el tono retro al conjunto del pasaje.

La Gallerie Colbert, Paris, Francia
La Gallerie Colbert, su vecina inmediata y antigua rival, con la cual se comunica, es de una arquitectura más imponente, donde se destaca una gran rotonda coronada por una cúpula de vitraux. Ocupada recientemente por las universidades de la Sorbona y de la Escuela Práctica de Altos Estudios, éstas ofrecen al paseante, con sus aulas expuestas, la curiosa posibilidad de presenciar una clase magistral a través de las vitrinas.

El Passage Choiseul está a menos de cien metros de las dos galerías anteriores. Alberga mayoritariamente boutiques de ropa femenina y, en el final de la nave, la librería de usados Libria.

Otros tres pasajes, Verdeau, Jouffroy y Des Panoramas, a pesar de haber sido construidos en diferentes momentos, con casi cincuenta años de distancia, forman un asombroso conjunto que se continúa a lo largo de un mismo eje, como si se constituyeran en pasadizo secreto que atraviesa el corazón del barrio.

Atravesar los tres espacios supone emprender un itinerario dispar sincopado por el cruce de calles de importancia diferente. Verdeau, el primero bajando desde Montmartre, es un refugio de anticuarios. El coleccionista Bruno Tartarin ofrece fotografías de época, vintages de Robert Doisneau y Willy Ronis por 1000 o 2000 euros, así como originales de Jacques-Henri Lartigue por 6000.

Pasaje Jouffroy, Paris, Francia
Jouffroy es el pasaje de los mundos ilusorios. Numerosos paseantes se detienen a hojear los libros de arte en ediciones de lujo de la librería Paul Vaulin, fundada en 1848. El bello rostro de la mujer que la atiende y su gracioso peinado atemporal parecen escapados de los libros que sus manos mecanizadas ordenan sin cesar. Enfrente, otra librería ofrece todo lo que un fan de cine puede soñar. Unos metros más allá, una boutique especializada en casas de muñecas y muebles en miniatura invita a reinventar los viajes de Gulliver en Lilliput. Y antes de volver a la realidad, el museo Grévin permite encontrarse cara a cara con las personalidades del jet-set o con hombres históricos, reproducidos en cera en tamaño natural.

El Passage des Panoramas, del otro lado del Boulevard Montmartre, tal vez sea mi preferido. Como soy fotógrafo, imagino que sigo los pasos de Louis Mandé Daguerre. En uno de los locales, el inventor del daguerrotipo asistía a los cursos de Prévost, el creador de los Panoramas, aquel antiguo espectáculo antecesor del cine y basado en la misma ilusión óptica.

Passage des Panoramas, Paris, Francia
Formando un tejido de galerías transversales que cortan la nave central, se encuentran boutiques de coleccionistas de estampillas, monedas y cartas postales antiguas, ceremoniosos restaurantes con gruesos manteles y servilletas almidonadas, y otros más amenos ofreciendo bocados rápidos.

Hasta no hace mucho, la centenaria imprenta Alsaciana Stern, cuyos locales se encuentran hoy vacíos, daba un lustre particular al conjunto. De los pasajes que quedan en pie, es uno de los más antiguos. Fue construido en el 1800, en el momento de transición entre la ciudad medieval y la urbe moderna, durante el cual se vivió una gran especulación inmobiliaria. Como consecuencia de la Revolución Francesa, un gran número de inmuebles pertenecientes a la Iglesia o a la aristocracia emigrada fueron subastados al mejor postor, y fue así como la transformación de la ciudad, en ese primer período, no se debió a los hombres de Estado, sino a particulares enriquecidos con la compraventa de ese tipo de propiedades. Entonces, buena parte de los pasajes fue construida en terrenos liberados de la tutela del antiguo régimen.

Bajando aun más hacia el Sena, se encuentra la galería Vero-Dodat, considerada la más bella por su arquitectura, su refinamiento y por la unidad de la decoración, construida en ­1826 por dos rotiseros: Bénoit Vero y su asociado Dodat. En su época ofrecía un cómodo atajo entre los barrios de Les Halles (el mercado de abasto) y Palais Royal.

Pasaje Vero Dodat, París, Francia.
La decoración neoclásica refinada, restaurada recientemente, con un piso en damero blanco y negro, ofrece un ambiente recogido y exquisito que se ha perdido en gran parte de los otros pasajes. En su interior se encuentran numerosos anticuarios, el luthier RF Charle y el editor milanés Franco María-Ricci. Las casas de moda y decoración van reemplazando a los antiguos propietarios.

Algunas centenas de metros en dirección al Este, a lo largo de la calle Saint Denis, se encuentra un segundo grupo de pasajes, de construcción mucho más sobria, desprovistos de toda decoración, apenas mantenidos y ocupados en gran parte por comerciantes mayoristas. Lejos de los circuitos turísticos y del París de las cartas postales, estos pasajes comunican barrios vivaces, con gran actividad comercial y con una fuerte impronta extranjera. Con sólo dar vuelta una esquina uno puede encontrarse en un mercado del Asia Central o de Medio Oriente.

Al Passage du Caire se accede por una pequeña puerta. En el interior nada justifica su nombre fantasioso, y de las pretensiones pasadas no quedan más que décadas de polvo acumulado en sus cornisas. En sus múltiples galerías se cruzan incansables changarines, bajo la mirada perdida de maniquíes desnudos que pululan en vitrinas de negocios de confección. Su construcción se inspiró en los souks , o mercados cubiertos de Turquía, Persia y el resto de Oriente. Es el momento, en 1799, en que Napoleón Bonaparte lleva a cabo una campaña en Egipto para contrarrestar la hegemonía inglesa; no en vano, este pasaje construido en ese mismo año se llama Pasaje del Cairo.

En los pasajes Du Prado y Brady, muy frecuentados, los inmigrantes paquistaníes, turcos o kurdos han tomado posesión de los lugares instalando restaurantes -siempre llenos al mediodía-, agencias de viajes, peluquerías y salones de té. Apenas mantenidos para su utilización comercial, el estado general es algo sombrío, pero el ambiente impregnado de la cultura del Asia Central ofrece un contraste muy marcado con el resto de la ciudad, como para sentirse tentado de recorrerlos.

El Passage du Prado conserva los soportes del techo en diseño art déco, único vestigio del pasado. Un pequeño café se diferencia del resto de los negocios. En el interior se respira un aire de régimen soviético. Hombres de cabellos blancos y gesto adusto juegan a las cartas para matar el tiempo; la única mujer es la encargada. Nadie presta atención a la televisión que transmite noticias en una lengua inidentificable. ¿Serbocroata?, pregunto imprudentemente. "¡Serbio!", me corrige, agraviado, un hombre sentado a la mesa del fondo. Las heridas de la desintegración de Yugoslavia todavía no están cerradas.

Passage du Grand Cerf, Paris, Francia.
Ocupado en su mayoría por negocios de diseño, el Passage du Grand Cerf es arquitectónicamente el más alto de los pasajes parisinos. Su bóveda de vitrales se eleva a 12 metros, más del doble del Passage des Panoramas, pero apenas la mitad de la Galería Umberto I de Nápoles o la Vittorio-Emmanuele de Milán. Si bien fue París la ciudad que inventó los pasajes cubiertos, el hecho de que sus constructores fueran financistas privados dio por resultado obras de dimensiones más intimistas. La moda de las galerías cubiertas se propagó a otros países, pero como voluntades políticas que expresaban el monumentalismo de las grandes capitales. Así, Londres, Cleveland, Berlín, Moscú o La Haya, a lo largo del siglo XIX, competirán en la gran talla de sus galerías cubiertas.

Son varios los pasajes que quedan por recorrer: el Des Princes (convertido en una inmensa juguetería), Bourg l´Abbé, Du Ponceau, Ben Aïad, Puteaux, Vendôme (se encuentra en Place de la République y no en la plaza del mismo nombre) y las galerías del Palais Royal, donde nació el primer pasaje cubierto de París con el nombre de Galleries de Bois, construidas en 1786 y destruidas en 1828.

Luego de la Revolución de la Comuna, en la segunda mitad del siglo XIX, en parte por razones estratégicas, la ciudad será transformada por la obra urbanística del barón Haussman, que rompe con su estructura medieval y traza las grandes avenidas que dan la perspectiva del París actual.

Los pasajes pertenecían a aquel esquema antiguo, que unía pequeñas calles. El nuevo trazado hará desaparecer una gran parte de ellos. Así como en su momento fueron un fenómeno de moda y el reflejo de los cambios económicos y culturales, la aparición de los grands magasins (las grandes tiendas) a partir de 1850, como el Bon Marché, la Belle Jardinière, Le Printemps y otros, los vuelve pasados de moda, vaciándolos de sus habitués. En diferentes momentos, una treintena de ellos serán destruidos.

En el otro extremo de la ciudad, no lejos del Arco de Triunfo, me topo con una galería cuyo nombre me da curiosidad: La Cité Argentine. Construida en 1907 por el innovador arquitecto Henri Sauvage, de quien Le Corbusier tomará algunas ideas, es un revival de los pasajes del siglo XIX. El nombre de la construcción se inspira en el país de origen de quien encargó la obra, Felipe Mayol de Senillosa, estanciero argentino (fundador de la localidad de San Mayol en Tres Arroyos) cuya mujer, María Luisa Cramer, compartía su tiempo entre París y Buenos Aires.

La Cité Argentine, París, Francia
La travesía llega a su fin y me doy cuenta de que los pasajes son un viaje en el tiempo, donde se encuentran referencias literarias, personajes históricos; donde se evocan vivencias personales y, sobre todo, donde diferentes mundos se entrelazan y comunican de una manera indefinida. Son, como decía Cortázar, el refugio imaginario de los caminantes de la ciudad.

Leonardo Antoniadis
revista@lanacion.com.ar

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