miércoles, 17 de febrero de 2010

ESA PERFECTA BELLEZA DE LYON


Nuestra querida Francia, tiene una enorme diversidad, sus regiones históricas enclavadas en una geografía y paisaje que las define con claridad, han desarrollado rasgos y características propias, que se traducen en una  arquitectura particular, una gastronomía para cada lugar, una música con sello distintivo y costumbres que las diferencian unas de otras. Algunas hablan dialectos y en algunos casos su propio idioma.

Hoy queremos mostrarles un poco de la ciudad de Lyon, donde habitan muchos de nuestros queridos parientes, en especial algunos miembros de la rama de Guillemette Marrier de Lagatinerie García-Mansilla, quién contrajo matrimonio con Henry Bourgois y era  la hija mayor de nuestra tía bisabuela Eduarda García-Mansilla, casada con Charles Jules Marrier de Lagatienerie.


Lyon, forma parte de la región del Valle del Ródano y Alpes Franceses. Los dos principales accidentes que dan su nombre a la región, le confieren un carácter espectacular. Los romanos reconocieron esta ruta estratégica cuando fundaron Lyon hace mas de 2.000 años. Actualmente Lyon con sus museos y sus hermosos edificios renacentistas, es la segunda ciudad de Francia y uno de los centros comerciales y culturales mas importantes del país, ostentando el título de capital de la gastronomía francesa; es también una puerta vital entre el norte y el sur desde tiempos remotos.

Quisimos buscar la visión de un turista argentino que haya visitado la ciudad recientemente, por eso elegimos un artículo publicado en el Clarín de hoy domingo 14 de febrero de 2010, escrito por Ana María Shua, en la que nos brinda sus impresiones en una visita a Lyon.

"Cruzada por los ríos Saona y Ródano, la ciudad, conocida como la Capital gastronómica francesa, cautivó a la escritora con el barrio medieval y, por supuesto, con sus platos típicos.

Lyon no suele ser un destino turístico para los argentinos. Llegué a esa ciudad con mi hija Vera, invitada por un festival de literatura latinoamericana que se realiza allí todos los años: las Belles Latinas.

La primera impresión fue la de una belleza perfecta, ordenada, tranquila, profundamente francesa: nada dejado al azar. El agua define la ciudad, cruzada por dos ríos, el Saona y el Ródano, que en francés son respectivamente femenino y masculino. Como apasionada por las palabras, me intrigó esa diferencia. Mi editor lionés, que nunca lo había pensado, intentó una explicación que pasaba por "fleuve" y "riviere", pero pronto quedó desbaratada por numerosos ejemplos que se escapaban de la regla.
Nuestro hotel quedaba en pleno Vieux Lyon, el precioso barrio medieval y renacentista a orillas del Saona, y al pie de la colina de la Foruviere, lleno de negocitos y pequeños restaurantes.


Lyon tiene fama de ser la capital gastronómica de Francia. Lógicamente, había que constatarlo. Por una cifra razonable, entre 12 y 14 euros, se accede a un menú de tres platos, y a ello nos dedicamos cada día. En muchas vidrieras había carteles que decían "Autentique bouchon lyonnais": deduje que debía tratarse de un plato típico. Error espantoso. Un auténtico bouchon es un restaurante típico de probada antigüedad. En cambio, probamos las quenelles, invención lionesa un poco misteriosa para el paladar argentino, una suave croqueta de algo así como salsa blanca espesa. Y la andouillete, que podría describir como un interesante embutido de mondongo.

Desde una simple ensalada hasta el más complejo de los platos franceses, todo era perfecto y exquisito. Un postre inesperado y digno de consideración es el "cervelle de canut", literalmente, "seso de obrero textil": queso blanco mezclado con queso de cabra, echalote, ciboulette y ajo.


Lo que me lleva a otra de las características de la ciudad: Lyon fue, en los siglos XVIII y XIX, el principal centro europeo de producción de seda, y la industria dejó su sello en cada rincón de la ciudad.

Me asombró ver la altura de cada piso en los edificios de departamentos. Además de las fábricas, cada hogar de la burguesía tenía su propio, altísimo, telar familiar, con sus canut, que vivían y dormían allí mismo, al pie del telar.

A mi hija, que trabaja en cine, le interesó especialmente el Museo Lumiere. Habíamos llegado justo para un festival y sacamos entradas con mucha ilusión para ver una de las primeras películas de zombies, pero cuando llegamos al cine nos encontramos con que los empleados estaban practicando un deporte nacional de Francia: la huelga sin aviso.

Hay que huir del Museo de los Autómatas. Es tan malo como se lo pueden imaginar, e incluso un poco peor. Todos los demás son muy valiosos, incluidas las ruinas de los teatros romanos.

¡Adiós, Lyon! Ocho días después de haber llegado, nos despedimos sin muchas esperanzas de volver, y sin embargo... El mundo es ancho y ajeno, pero también es un pañuelo."
Fuentes : Ana María Shua Escritora. Su último libro es "Que tengas una vida interesante" (EMECE). 
Diario "Clarin" de Buenos Aires, domingo 14 de febrero de 2010.

sábado, 13 de febrero de 2010

BOURGOIS, UN SEÑOR DE LAS LETRAS

Durante más de 40 años el editor francés, fallecido en diciembre de 2007, difundió la obra de los autores más importantes de su tiempo. A la Argentina lo unía un vínculo especial: la curiosidad por sus escritores y el parentesco con Eduarda Mansilla y Juan Manuel de Rosas.

"Nunca me pregunté qué tenían ganas de leer los lectores. No lo sé y no me interesa. No conozco sus gustos y sería muy arriesgado intentar halagarlos. Conozco, en cambio, los míos." Que estas sean palabras de un editor es algo casi inimaginable a principios de este siglo XXI. Las editoriales que en algún momento señalaron rumbos y eligieron cultivar cierta idea de la literatura han pasado hoy a manos de grupos internacionales cuyos criterios de rentabilidad y difusión masiva aciertan solo esporádicamente; más a menudo producen volúmenes nacidos con vocación de saldos, perecederos como los yogures aunque no tengan impresa su fecha límite de validez.

Quien las pronunció murió el 20 de diciembre de 2007. El editor francés Christían Bourgois había nacido en 1933, en Antibes, y se inició en la edición antes de cumplir veinte años, al lado de René Juillard, cuya firma iba a dirigir tras la muerte del fundador. Hubo en su vida una amistad decisiva: la que lo vinculó a Dominique de Roux, el creador de los Cahiers de l Herne, colección de voluminosas entregas dedicadas entre otros a Borges y a Gombrowicz, a Heidegger y a Clausewitz. Así como en Italia el legendario intelectual triestino Roberto "Bobbi" Bazlen legó su proyecto editorial a Roberto Calasso, quien lo convirtió en Adelphi, el más prestigioso sello europeo, en Francia Bourgois, que había colaborado con de Roux, tras la muerte temprana del amigo editor, continuó y desarrolló en un primer momento sus elecciones. Pero su ambición era dejar una huella propia en el mundo, aún no estandarizado, de la edición francesa.

En 1966 se concretó la creación de un sello propio: las "ediciones Christian Bourgois", cuyas tapalas blancas y caracteres delgadísimos para el título y el nombre del autor fueron en los primeros años un desafío a las tendencias en boga en la época. Entre 1968 y 1992 Bourgois también dirigió la colección "10/18", que llevó al formato de bolsillo autores y obras que no solían considerarse propicias para una difusión masiva. En 1992, su audacia lo indispuso con el grupo Presses de la Cité, dueño mayoritario de la editorial, y esta siguió un derrotero propio, con el auxilio invalorable de Dominique Bourgois, tercera esposa de Christian y la única que compartio su pasión por la literatura y su voluntad de independencia. Durante los últimos tiempos, desde que la salud declinante del fundador no le permitió atender la editorial como solía hacer ha sido ella quién la condujo con la misma exigencia.


Es instructivo revisar su catálogo. De Willian Burroughs a Witold Gombrowicz, de Fernando Pessoa a Paul Celan, de Susan Sontag a Ernst Jünger, de Allen Ginsberg a Salman Rushdie, de Enrique Vila-Matas a Carlo Emilio Gadda, Christian Bourgois se colocó de entrada en las antípodas del ombliguismo parisién. Aunque también haya publicado a Boris Vian, le gustaba indagar en esos limbos de la literatura donde obras de gran originalidad son relegadas a una penumbra ajena a la moda: publicó, por ejemplo, la primera antología fuera de la lengua original de los poetas del Oberiou, el grupo vanguardista ruso liquidado por Stalin. Se atrevió, también, a traducir a María Luisa Bombal, y en este momento Dominique Bourgois tiene en carpeta a Norah Lange. Su relación con la Argentina no se limita a haber publicado una excelente traducción de El pasado de Pauls.

Conocí a Christian y a Dominique cuando publicaron la edición francesa de mi Vudú urbano . Invitado a su departamento, donde convivían pacíficamente estampas y esculturas de rinocerontes, su animal preferido, Christian me habló de sus antepasados argentinos: se remontaban nada menos que a Juan Manuel de Rosas. Una sobrina nieta del restaurador, Eduarda García-Mansilla (hija de Eduarda Mansilla, primera novelista argentina, autora de El médico de San Luis ), se casó en Francia con un Barón Marrier de la Gatinerie, hijo de una familia de marinos normandos y bretones; tuvieron ocho hijos, entre ellos, la abuela de Christian. Me sorprendió que supiera que la unión de ambos apellidos mediante un guión había tenido por intención la de reconciliar simbólicamente a las dos facciones enemigas del país: los Mansilla, federales, y los García, unitarios.

Durante años insistí para que publicase la que considero la obra cumbre del siglo XIX argentino, inédita en francés, sólo equiparable al Facundo y muy por encima del demagógico Martín Fierro : Una excursión a los indios ranqueles , de su antepasado Lucio V. Mansilla. Las dificultades de traducción, larga y exigente de conocimientos históricos y de contexto, postergaron indefinidamente esa edición, que solo ahora se anuncia, como si en el ocaso de su vida Christian hubiese sentido una obligación hacia esa rama de su familia, distante pero siempre presente en su conversación.

Christian Bourgois no solo fue un devoto de la literatura, miembro ilustre de esa especie menguante que, como una cofradía, se entiende por contraseñas (el nombre de un autor poco conocido, una cita de la que no se considera necesario mencionar la fuente) sino un señor de la edición, con la ambición y la capacidad de poner los medios menos sensibles del capitalismo tardío al servicio de una noción de la cultura hedonista, ajena a toda pedantería, solo interesada por gozar de la conversación de quienes se aprecia la palabra escrita.

Por Edgardo Cozarinsky
Para LA NACION. Sábado 5 de enero de 2008. Publicado en edición impresa. Noticias de ADN Cultura.

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