domingo, 19 de febrero de 2012

Lucio V. Mansilla, el dandy nacional.


A los diecisiete años, aprendiz de dandy, Lucio V. Mansilla fue enviado por sus padres a purgar un “pecadillo de cuenta” a la estancia de su tío y padrino Gervasio Rosas. El tío Gervasio era un domador de muchachos contumaces, y aquella estancia sobre el río Salado albergó en sus soledades a no pocos muchachos desterrados, como Bartolomé Mitre, en sus tiempos. El “pecadillo de cuenta” del joven Mansilla fue un primer amor platónico que derivó en un rapto escandaloso. Y aunque en los corrillos de la Buenos Aires de 1849 no se hablaba sino de sus malas inclinaciones, no fueron unos amores que la prudencia no veía con buenos ojos la causa del viaje a la India en el que se embarcó poco después. 

Fue la lectura a hurtadillas de Jean-Jacques Rousseau: “Mi amigo, cuando uno es sobrino de don Juan Manuel de Rosas no lee El Contrato Social , si se ha de quedar en este país; o se va de él, si quiere leerlo con provecho”, le había dicho su padre al descubrirlo leyendo. ( Entre nos. Causeries de los jueves , Lucio V. Mansilla) Dos años más tarde, instalado en Londres luego de haber recorrido Asia, Africa y Europa, recibió la noticia, muy atrasada porque no había telégrafo y eran raros los vapores, de que Urquiza se había sublevado contra Rosas, el hermano de su madre Agustina, “la belleza de la Federación”. Federal y partidario de los caudillos provincianos (como lo nombra –lo bendice– mi padre), la noticia lo desconcertó y decidió regresar a Buenos Aires de sorpresa. Tras pasar por el trámite de la ballenera, el carro, la subida a babucha, se dirigió a la casa paterna. 

La alegría que despertó en su familia fue tal que se mandó decir una misa en la iglesia de San Juan, y poco después comenzaron a arribar fuentes de dulces, cremas y pasteles con el mensaje criollo: “Que cómo está su merced; que se alegra mucho de la llegada del niño, y que aquí le manda esto por ser hecho por ella”. Mientras se dejaba agasajar, Lucio escuchaba las nuevas sobre el avance victorioso del “loco, traidor, salvaje unitario, Urquiza”. Su prima Manuelita y, sobre todo, su prima Catalina Ortiz de Rosas y Almada, con quien se casaría en 1853, lo encontraron muy chic, vestido a la última moda parisiense: sombrero de copa alta puntiagudo, levita muy larga y pantalón estrecho. 

Pero ese aire de dandy afrancesado, del que se envanecía, no ocultaba su naturaleza criolla, de la que también se envanecía: “Era tan criollo como el Chacho”, decía. Por añadidura, su tío Juan Manuel se alegró de que su sobrino no hubiera vuelto “agringado”. 

En su texto “Imagen de Mansilla” Sylvia Molloy se interesó en el dandismo de Mansilla: “Se ha hablado a menudo de su dandismo y es cierto que, en el contexto del 80, es el artífice máximo de su persona: ‘soy el hombre de mi facha y de mi fecha’”. Pero Molloy lo diferencia de los dandis clásicos: “El discurso del dandi es intransigente, es un discurso de veras manco que rechaza todo contacto; en sus textos, en cambio, Mansilla necesita tocar con la vehemencia de quien busca complacer a todo precio”.
Como suscribiendo a Molloy, así se describe Lucio en una fiesta provinciana durante su destierro en Santa Fe en 1856, a los veinticinco años: “Yo me mantenía un tanto apartado, dándome aires: tenía toda la barba, larga la rizada melena, y usaba un gran chambergo con el ala levantada… Mi apostura, mi continente, mi esplendor juvenil…”, explica en sus Causeries , le daban una apariencia de romántico o de poeta. Mucho de romántico tuvo el origen de su exilio, un reto a duelo a José Mármol en el Teatro Argentino por las injurias que éste había proferido contra su familia.

Ya maduro, es descripto por George Brandes (En el Bois de Boulogne ) como un adolescente: “Un verdadero aventurero y un hombre hermosísimo, quien, a pesar de sus cabellos y barba blancos, por su aire marcial y su jovialidad podría ser todavía un peligroso rival para cualquier joven. Es tan hermoso con su prestancia militar, con sus ligeros rasgos de “rastacuére” y con la picardía de sus ojos negros, que hasta su propia satisfacción de su persona física no le está mal”. Ambos están en París, en un almuerzo con la flor y nata . Brandes menciona la palabra “espléndido” y Mansilla le pregunta si estaba hablando sobre él con Robert de Montesquiou, el epítome del dandi, el modelo para el personaje del barón de Charlus de Proust. Al responderle Brandes con una negativa, Mansilla dijo: “¿No? Cuando oigo palabras tales como espléndido o esplendidez, creo siempre que se está hablando de mí.” Brandes concluye: “Y se reía como un niño”. Molloy acuerda con Blandes cuando escribe sobre la escritura en primera persona de Mansilla, ese yo que prefiere mantenerse en la indecisión, “no como un dandi sino como un adolescente”.
  FUENTE: Laura Ramos. Diario "Clarin" Buenos Aires, 28 de agosto de 2011.

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