viernes, 24 de abril de 2009

Esther de Zavalía de García-Mansilla, una mujer y madre ejemplar.

Se cumplieron dos años de la muerte de nuestra querida madre. Todos sus hijos y nietos, la hemos recordado desde distintos lugares del mundo, concurriendo a misa a pedir a Dios Nuestro Señor por su eterno descanso. Estoy seguro de que, junto a nuestra padre, nos protegen desde el cielo felices de haber formado una familia cristiana que ha hecho del amor filial una norma de vida.

Yo quiero evocarla también en su vida cotidiana. La imagino cuando, venciendo su natural timidez, su rostro se iluminaba al escuchar algunos interpretes de música de salón que fueron parte de su existencia terrenal.



Louis Amstrong, Glen Miller, Nat King Cole, la transportaban a épocas felices que atesoraba en su corazón con verdadero celo. La recuerdo bailando junto a nuestro padre con cara de mujer enamorada dejando que la melodía y su imaginación hicieran el resto.



La evoco tarareando, muy bajo, las melodías de Nat King Cole como "Unforgetable" Mona Lisa" o viendo feliz a Fred Astaire y Ginger Rogers bailando "Cheek to Cheek" que fue la canción que bailó, por primera vez, con el amor de su vida: papá.



Vayan estos recuerdos para recordarla, tal cual era.

domingo, 19 de abril de 2009

Bretaña, un lugar de ensueño, que atesora recuerdos familiares y en el que habita buena parte de nuestra familia francesa.

Bretaña es, para nuestra familia, una región de Francia muy cercana a nuestro corazón, porque ella atesora gran parte de la historia de la rama francesa de nuestro linaje. Allí encontró su lugar en el mundo, modeló su hogar y alcanzó sus sueños, nuestra tía bisabuela, Eduarda -"Eda"- García-Mansilla, quién contrajo matrimonio con Charles Jules Marrier de Lagatinerie y tuvieron numerosa descendencia. En el cementerio de Boismoreau de Vannes, reposan sus restos, como un homenaje a la tierra que la cobijó y a la que ella brindó sus mejores dones. Allí, habitan varios de sus descendientes. En el pueblo de Plaudren, cercano a Vannes, se encuentra "Le Nedo" el castillo que construyeron Charles y Eda, en el que vivieron y pasaron sus mejores años y que, tiempo después, inspirara a su hija Guillemette Marrier de Lagatinerie García-Mansilla a escribir una deliciosa novela titulada: "Nous n'irons plus ou bois" En el Colegio de los Jesuitas de San Javier de Vannes se educaron sus hermanos Rafael, Daniel y Eduardo, nuestros tíos bisabuelos. De la Escuela Naval de Brest, egresaron Manuel José -mi bisabuelo- y Rafael - muerto trágicamente en Washington -, sus dos hermanos marinos. Todo este rico pasado es una invitación permanente a recorrer esta región de Francia, que forma parte indisoluble de nuestra historia de familia.



Sobresaliendo desafiante sobre el Océano Atlántico, ese extremo del noroeste de Francia tiene una expresión cultural y una geografía que la distingue del resto de Francia. Conocido por los celtas como Armórica -país del mar- Bretaña tiene un pasado cargado de leyendas.

Bretaña se divide en cuatro regiones o departamentos Ille-et-Vilaine, Côtes d'Armor, Finistère y Morbihan, y cuanto mas se avanza hacia el oeste más notorio se hace el acento celta en el habla francesa.



Bretaña es la tierra del sosiego y de los placeres sencillos. Muchos de sus pueblos conservan el encanto original como si el tiempo no hubiese transcurrido para ellos. Tiene pintorescas ciudades y pueblos medievales como Dinan y Tréguier, donde uno tiene la sensación que vive en la Edad Media.

Queremos compartir con la familia algunos videos que nos la muestran en todo su esplendor y que estoy seguro generaran en cada uno el deseo de ir hacia ella y conocer algo de nuestra historia de familia.

lunes, 9 de febrero de 2009

La música es el corazón de la vida.

La música es el corazón de la vida. Por ella habla el amor; sin ella no hay bien posible y con ella todo es hermoso.

Franz Liszt (1811-1886) Pianista y compositor austriaco de origen húngaro.



Les ofrecemos un poco de buena música para que como dijera Robert Browning, un reconocido poeta inglés, puedan escuchar a estos calificados intérpretes y sientan que su soledad, de repente, se puebla.

viernes, 30 de enero de 2009

María Rosa Bemberg García-Mansilla.

Con pesar nos enteramos de la muerte acaecida en París el pasado 13 de diciembre, de nuestra querida tía Rosin. Queremos brindarle un sincero homenaje a esta dama familiar, que fue un ejemplo para todos y recordarla siempre con afecto como esa singular mujer, filántropa sincera, viajera universal con sed por el saber, que se distinguió en todos los ámbitos en que le tocó actuar y que siempre sobresalió por la calidez de su trato y su proverbial hospitalidad.

Nacida un 20 de junio de 1922, era hija de Jovita Julia García-Mansilla García Cortina y de Federico Otto Bemberg Elortondo. Nieta materna de Manuel José García-Mansilla y de Angélica Jovita García Cortina, bisnieta de Manuel Rafael García Aguirre y Eduarda Mansilla Ortíz de Rozas.

Contrajo matrimonio con Miguel Ángel Cárcano y tuvo dos hijas: Isabel y Leticia.

El diario "La Nación" la recordó diciendo: "En París, donde residía, falleció, María Rosa Bemberg, que apoyó en nuestro país valiosas iniciativas culturales y de bien público, con generosidad y sencillez.

Había nacido en Buenos Aires en 1922 y descendía por su madre, Jovita García-Mansilla de Bemberg, de ilustres figuras de nuestra historia desde la época colonial; su tatarabuela fue doña Agustina Rozas de Mansilla. De esa procedencia fueron las piezas que donó al Museo de Arte Hispanoamericano Fernández Blanco de esta capital.

Dueña de una refinada cultura y un exquisito buen gusto, amaba el arte y era una experta conocedora de pintura impresionista y moderna.

Rosine Bemberg, como la llamaban todos, fue durante varios años representante de la Argentina en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) y también en el International Council of Arts.

Trabajó eficazmente en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (Mamba) y le dio un gran apoyo material, sobre todo para su instalación en la sede de la avenida San Juan, y, al mismo tiempo, acrecentó su fondo artístico con valiosas e importantes donaciones.

Trajo a la Argentina una interesante exposición de arte egipcio que fue exhibida en el Teatro San Martín.

También se destacó por su mecenazgo en la música, con becas para artistas jóvenes y, a través de Festivales Musicales de Buenos Aires, haciendo venir a importantes orquestas internacionales.

Preocupada por los otros la esencia de su personalidad fue su gran generosidad y sentido humanitario, siempre alerta a las necesidades del prójimo.

Una de las obras que apoyó incondicionalmente hasta el final de su vida fue el modelo de maternidades centradas en la familia, que se lleva a cabo en el Hospital Materno-Infantil Ramón Sardá y que acaba de ser reconocido por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) como ejemplo para ser imitado en el país y en el mundo.

Brindó a esta obra su apoyo económico y moral desde el comienzo, y no dejaba de visitarla personalmente al venir cada año a Buenos Aires.

Por su espíritu abierto hacia los demás, Rosine Bemberg tuvo en su vida verdaderos amigos en todo el mundo, que hoy la extrañan."

Publicado por el diario "La Nación" el lunes 29 de enero de 2009.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Lucio Victorio Mansilla, el príncipe de las Pampas.

Con motivo de la reedición de Entre nos (El Elefante Blanco y María Rosa Bemberg) se evoca a uno de los grandes autores argentinos del siglo XIX: un héroe de capa y espada, que se movía con igual soltura en las cortes europeas y en las tolderías, que seducía con su charla a caciques y emperadores.

"¡Qué hermoso debe de ser con sus plumas!", exclamó la dama francesa cuando le informaron que el caballero, tan apuesto y elegante, que en aquella fiesta en París le había llamado la atención hasta el punto de requerir -discretamente- sus datos, era un militar argentino. Para el europeo medio, salvo contadas excepciones, la Argentina era todavía, allá por 1880, una región nebulosa donde el Brasil llegaba hasta el Río de la Plata y las pampas interminables se mezclaban con las espesas florestas tropicales, pobladas por salvajes pintorescos, como los representaron, en el siglo anterior, los frescos de Tiépolo y las tapicerías de los Gobelinos.

Enterado de aquel comentario, el personaje aludido, el entonces coronel y luego general Lucio Victorio Mansilla, rió de buena gana, lo anotó en su prodigiosa memoria -que conservaría hasta la muerte- y no dejó de envanecerse ante la idea de revestir su espléndida figura con el colorido plumaje atribuido por la imaginación popular a los nativos del Plata. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, toda su vida vestiría con un estilo muy personal, muy propio, inimitable y que sus contemporáneos juzgarían extravagante.

De ahí el dandismo que tradicionalmente se le atribuye, el rasgo destacado por todos sus biógrafos como el más característico de su persona. Esa persona que es protagonista absoluta, encarnación suprema del narcisismo, de todo lo que escribió (¡y vaya si escribió Mansilla!), salvo los textos técnicos. Pero otros rasgos no menos sobresalientes lo apartan del dandismo tal como lo codificó su profeta, el hermoso Brummell. Según éste, el auténtico dandi no impresiona sino por el corte irreprochable y la calidad de las telas de su vestuario; nada debe ser ostentoso, ni llamativo, y hasta recomienda no aparecer nunca en público con ropas flamantes: conviene rasparlas un poco con un vidrio y estrujarlas, para que se las vea algo gastadas y arrugadas.

En Mansilla predomina, en cambio, una evidente teatralidad. Encarna un personaje, que es él mismo, uno y vario a la vez. Puede ser el militar corajudo, reventador de caballos en travesías de miles de leguas, capaz de resistir setenta y dos horas sin comer -pero tan sólo treinta y seis sin beber-, huésped en las tolderías de los ranqueles con su impecable uniforme azul y guantes grises en las manos, hermosas e inmaculadas. Envuelto, además, en una capa no reglamentaria (le encantará, toda su vida, trasgredir las normas), un verdadero manto de finísimo paño rojo, semejante al de los espahíes franceses en las guarniciones nordafricanas. Y puede ser el gran señor porteño, levita gris y estrechos pantalones del mismo color, sombrero de ala ancha, requintada, monóculo y flexible varita, que el fotógrafo de moda, el inglés Witcomb, retrata, mediante un truco con espejos, sentado a una mesa en animada conversación consigo mismo. ¡Cuánto le habrá complacido al general esa reiteración de elegantes, idénticos Mansillas, cuatro o cinco, contándose y volviéndose a contar las infinitas anécdotas de una vida increíblemente rica en peripecias, en aventuras, en personajes curiosos!



Un héroe de Verne
Porque mucho más que a un jinete romántico, capa al viento y sable refulgente en mano, si a alguien se parece Mansilla, más que a un dandi, más que a su admirado conde Alfred d´Orsay -entrevisto al paso en las mañanas de Hyde Park- es a un personaje de Julio Verne. Lucio Victorio pudo ser perfectamente el impasible Phileas Fogg, en su vuelta al mundo en alocada carrera contra reloj, o uno de esos extravagantes caballeros entregados a pasiones científicas, a los que el novelista francés hace descender al cráter de un volcán en Islandia, recorrer los mares en busca del insólito rayo verde arrojado por el sol poniente, o partir en cohete a la Luna.

Como ellos, tuvo Mansilla la afición desmesurada por la lectura de reseñas científicas. Lo fascinaban los inventos, los avances de la técnica, las exploraciones de continentes todavía vírgenes. Una curiosidad ilimitada espoleaba a su poderosa inteligencia. Hijo de su tiempo, se interesó tanto por la presunta ciencia de la frenología -reconocimiento del carácter de una persona por las características de su cráneo- como por la electricidad, la incipiente investigación del átomo, las andanzas de los espiritistas. Más que la naturaleza, las artes (cuya reina era, para él, la pintura), la física, la química, lo atraían las personas. Seducía al prójimo porque se interesaba por él: la gente agradece la atención que se le otorga, y Mansilla poseía esa innata cualidad de hacer sentir a su interlocutor como único, indispensable e irreemplazable. Es una cualidad imprescindible para los políticos; curiosamente, la política le fue siempre esquiva al general, quien persiguió en vano, durante años, un ministerio que sucesivos presidentes amigos le negaron; y hasta llegó a pensarse presidente él mismo.

Ocurre que solía pecar de indiscreto. Muchas veces lo traicionaba el impulso irresistible de imponer su criterio por encima de normas y leyes, convencionales, si se quiere, pero vigentes. De casta le venía: sobrino carnal de Juan Manuel de Rosas (su madre, la bella Agustina Rosas, era la hermana favorita del Restaurador), Mansilla pertenecía al linaje de estancieros dueños del país -y, sobre todo, de su provincia más rica, Buenos Aires-, señores feudales de horca y cuchillo, apenas atemperados sus excesos por la lenta infiltración de usos y costumbres de los dos países rectores de Europa, o sea, del mundo en el siglo XIX: Inglaterra y Francia. Como primogénito del famoso y acaudalado general Lucio Mansilla y de la no menos rica y dominante Agustina, Lucio Victorio fue criado y educado con casi espartana severidad, pero con un concepto hondamente arraigado de su posición social.

De Palermo a París

Nada hacía prever el destino literario de Lucio Victorio. Una educación fundamentada, como era de rigor entonces, en las humanidades clásicas, pero bastante dispersa, y el ya apuntado rango social lo llevaban a ser un gran señor dedicado, como quería su padre, al comercio de carnes, producción básica de las vastas posesiones familiares. A raíz de algunas turbulencias adolescentes, Lucio padre lo destinó, sin más, a un saladero que poseía entre Ramallo y San Nicolás. Con la estoica resignación que, pese a las escapadas imaginativas, no lo abandonaría nunca, el muchacho emprendió sus pesadas tareas. En la parca biblioteca del escritorio paterno encontró algunos libros franceses (desde la cuna le habían enseñado ese idioma, y también inglés, latín y griego, sin contar la frecuentación de los clásicos españoles, todavía vigentes entonces en el habla rioplatense) que lo atrajeron. De sopetón se presentó un día Lucio padre y encontró a su primogénito despatarrado en la cama, a la hora de la siesta, leyendo El contrato social de Rousseau. Sin más, tras advertirle que si uno era sobrino de Rosas no podía leer ese libro ni La nueva Heloísa , lo despachó a la India, con el pretexto de hacer negocios, munido de una fortuna, veinte mil libras esterlinas en monedas mexicanas de oro y plata, y de una guitarra provista de un moño rojo, regalo de "Mama" Agustina.

Como corresponde, Lucio Victorio casi ni se ocupó de hacer negocios en la India, donde arribó tras noventa y seis días de navegación. Muy pronto, después de recorrer Egipto y pasar por Estambul, estará en París, ciudad que desde entonces adopta como segunda patria. En comparación, Londres lo decepciona bastante. Allí se entera de los acontecimientos que se precipitan en Buenos Aires -Urquiza está a punto de pronunciarse contra Rosas- y emprende el regreso. Llega a fines de 1851.
"Desembarcó -informa su excelente biógrafo, Enrique Popolizzio- luciendo vestimenta extraña y fastuosa: pantalones angostísimos, llamativa levita muy larga, sombrero de copa alta, reluciente y puntiaguda". Desde el puerto, una turba de chiquilines asombrados y burlones lo sigue hasta la casa paterna, en la esquina de las actuales Suipacha y Alsina. No habían visto nada, todavía. Para ir a saludar al tío Juan Manuel y a la prima hermana Manuelita, en la residencia de Palermo, el dandi porteño se vistió así: pantalón gris perla, levita azul, chaleco rojo (naturalmente) con botones de esmalte, corbata de raso azul, de doce vueltas, alfiler de zafiro, botas angostas de charol, guantes amarillos y la famosa galera de felpa. "Mama" Agustina le sugirió usar, en vez del zafiro, un alfiler con la cabeza de Minerva labrada en coral; Lucio Victorio la prendió en la solapa, manifestando así, desde temprano, su desdén de las convenciones y su certeza de que la moda la impondría él. Su propia moda, claro.

Es de imaginar la sorpresa que atuendo semejante provocó en el cortejo que escoltaba a Manuelita. Muy tarde en la noche, Rosas por fin lo mandó llamar e invitándolo a sentarse a la mesa, procedió a leerle un larguísimo mensaje a la legislatura de la provincia, en tanto lo convidaba con arroz con leche. El pobre viajero recién llegado debió soportar una lectura que se prolongó hasta la madrugada y contabilizó siete platos de esa golosina, convertida ya en una tortura repugnante. La anécdota configura una de las páginas más justamente celebradas de Entre nos o Causeries del jueves , acaso la recopilación de textos -cinco volúmenes en el original- más significativa y reveladora del Mansilla íntimo, más allá de las excelencias narrativas y documentales de su obra mayor, Una excursión a los indios ranqueles (1869-70).

La caída de Rosas no sólo perturbó -apenas- las finanzas familiares. Lucio Mansilla padre, guerrero de la Independencia y honorable defensor en la Vuelta de Obligado frente a las escuadras combinadas de Francia e Inglaterra, resolvió alejarse por un tiempo de las costas del Plata y emprendió viaje a España con su hijo mayor. Del exilio guardará Lucio hijo el recuerdo de las veladas con los colegas de su padre que habían intervenido en la guerra contra Napoleón. Soldados encallecidos que evocaban sin tapujos, con la franca contundencia de la lengua española, los horrores de la contienda, tal como los registró Goya para siempre. De Madrid fueron a París, y allí los argentinos conocieron y trataron al inminente Napoleón III, todavía presidente de una Francia que se ponía mansamente a sus pies, y a su cortejada, la bella Eugenia de Montijo. Quiere la leyenda que Mansilla padre haya aconsejado a la noble andaluza aceptar la oferta matrimonial del emperador.

De regreso en la patria, Mansilla se casó, a los veintiún años, con su prima Catalina Ortiz de Rosas y Almada, de diecinueve. El derrocamiento del tío Juan Manuel afectó la fortuna familiar: era preciso trabajar. Entre otras múltiples tareas, sobre todo periodísticas, Lucio oficiaba de secretario del general Emilio Mitre. En tal carácter, intervino en la batalla de Pavón y allí, al ser designado "capitán de guerra", comenzó la carrera militar.

De todo un poco

Ya en el transcurso de aquel primer viaje de juventud llevaba Lucio Victorio un diario de sus andanzas, donde registraba personas y lugares que había conocido, anécdotas varias, reflexiones, ocurrencias. La vida militar en las fronteras de este país inmenso y despoblado implicaba rigores y peligros ciertos -los indios, sobre todo-, pero también una dosis inevitable de tedio. Y si bien Mansilla era un trabajador infatigable, que asombraba a todos por la capacidad de despachar intrincados asuntos burocráticos y disciplinarios, alternar con los notables del lugar y con los caciques, trazar completísimos relevamientos topográficos del territorio -muchos de ellos, de memoria, facultad que era en él excepcional-, cartearse con sus superiores y sus amigos en Buenos Aires, todavía le quedaba tiempo para anotar sus impresiones y, sobre todo, recordar las etapas de los viajes, pensamientos y frases cosechados en las caudalosas lecturas, sagaces retratos, a veces muy maliciosos, de personajes públicamente importantes o no.

Todo este colosal repertorio fue decantándose en su espíritu hasta impulsarlo a emprender, veinte años después de Una excursión..., una publicación semanal en el diario Sudamérica , las Causeries de los jueves , a las que, después de pensarlo mejor, rebautizó Entre nos , conservando el anterior como subtítulo. Cada artículo era dedicado a un amigo, o al menos conocido, del autor; la lista de esas amistades es inmensa y en ella figuran casi todos los nombres de la gente conocida de aquella época. Conocida por ser "gente bien", "gente como uno", o por alguna actividad sobresaliente, en especial en la política. Dado que aquella connotación social y esta otra, profesional, coincidían las más de las veces, bien puede decirse que se trata del catálogo de las personas que entonces, hacia 1890, respondían a la pregunta de una revista de actualidad en este año 2000: ¿quién tiene poder en la Argentina? Ellos lo tenían, y mucho.

Al margen de esas consideraciones sociopolíticas, si es que puede prescindirse de ellas en este caso, ¿qué atractivo tiene Entre nos para un lector de hoy? Mansilla posee una innata cualidad de escritor. De artista, si se quiere, ya que indudablemente disfrutaba de agudo sentido estético y no carecía, por cierto, de recursos expresivos muy nobles. Tiene el don de la velocidad: escribe con el ritmo sostenido y musical de quien habla, con las pausas, las inflexiones y la sencillez de una narración oral. Son, de verdad, causeries , esto es, conversaciones. Charlas de club, entre amigos: "entre nos", que nos conocemos y compartimos una visión del país y del mundo.

Es justo acusar al escritor de ligereza. Él lo sabía y, lejos de negarlo, con su típica complacencia, lo asume y hace de la carencia, virtud. Es verdad que escribe demasiado y que muchas veces extravía el tema en digresiones que pueden volverse interminables; y que sin necesidad, con astucia de folletinista por entregas, posterga hasta el jueves venidero una conclusión evidente (de ahí que en esta nueva edición de El Elefante Blanco se hayan suprimido algunos fragmentos prescindibles). Pero muchas de esas digresiones contienen a menudo elementos que cautivan al lector contemporáneo: el humor irónico, el escepticismo expresado con gracia, la mirada despojada de ilusiones y que termina por analizar sin falsa piedad, pero con la dolorosa herida del amor burlado, los defectos de los argentinos. Después, a medida que el general se acerca a su fin, esa mirada se vuelve más penetrante, más certera y más angustiada: un texto muy posterior a las Causeries , Un país sin ciudadanos , de 1908, podría haber sido escrito en la Argentina de hoy.

El vals de Francisco José

Los últimos años del general, que vivía en París asistido por su fiel criado gallego, Manuel Peña, no fueron felices. La única hija que le quedaba murió en plena juventud, como sus hermanos. Esa circunstancia acentuó la sensación de vacío que transmiten sus textos postreros, y el presentimiento de la destrucción del mundo en que le había gustado vivir, el mundo donde frecuentaba los salones aristocráticos e intercambiaba correspondencia amistosa con el conde Robert de Montesquiou, el modelo del barón de Charlus para En busca del tiempo perdido , de Marcel Proust.
Mansilla no nos perdonaría, sin embargo, una despedida melancólica y sin esperanzas. Mientras el lector aguarda reencontrarse con su inimitable estilo en las páginas de Entre nos , recorramos algunas anécdotas reveladoras de su más auténtica personalidad. Por ejemplo, cuando, enviado plenipotenciario a las cortes de Alemania, Austria-Hungría y Rusia, presenta sus credenciales al zar Nicolás II, notorio por la cortedad de genio que compartía con su mujer, la zarina Alejandra. Grande fue la sorpresa de los cortesanos cuando, en medio del increíble lujo ostentoso de la corte rusa, se asistió a la insólita prolongación de la entrevista más allá del límite protocolar. El gran conversador que era Lucio Victorio, chispeante y encantado de representar el papel de embajador, con el uniforme recamado de oro y cargado de medallas, estaba entreteniendo como nadie a la pareja imperial, en dos idiomas que hablaba a la perfección, inglés y francés.

También se hizo amigo del venerable emperador de Austria, Francisco José, y ambos intercambiaron confidencias sobre lo que significaba estar casado con una mujer relativamente joven. Porque Mansilla, viudo, ya en sus altos años volvió a casarse con una dama inglesa, pero de familia argentina radicada en Inglaterra, Mónica Torromés, viuda a su vez de un banquero. Se casaron en la catedral católica de Westminster, en Londres, el 9 de febrero de 1899, y los sobrinos del general, descendientes de su adorada única hermana, Eduarda Mansilla de García, estaban preocupados por el tema de la confesión. Mansilla nunca había sido ferviente católico y la familia decidió vigilarlo con discreción para ver si se confesaba correctamente. Asombrados, lo vieron regresar del confesionario casi de inmediato, y lo interrogaron: ¿cómo?, ¿tan poco tiempo para examinar una conciencia de tantos años? El les contestó, secamente: "Le dije al cura que amé a muchas mujeres y maté a muchos hombres. ¿Qué más?"



Por Ernesto Schoo
Para La Nación - Buenos Aires, 2000

domingo, 16 de noviembre de 2008

General Lucio Norberto Mansilla. Héroe de la batalla de: “La Vuelta de Obligado”


“¡Allá los teneís! , considerad el insulto que hacen a la soberanía de nuestra patria al navegar, sin más título que la fuerza, las aguas de un río que corre por el territorio de nuestro país. ¡Pero no lo conseguirán impunemente! ¡Tremola en el Paraná el pabellón azul y blanco y debemos morir todos antes que verlos bajar de donde flamea! Cuando la banda comenzó los acordes del himno, este fue coreado con inenarrable emoción. Nunca se dijo con tanta fuerza el último verso del estribillo:¡O juremos con gloria morir!

Fue al despuntar el día 20 de noviembre de 1845, cuando el General Lucio Norberto Mansilla, nuestro cuarto abuelo, momentos antes de iniciar el combate, enfervorizó a sus soldados con aquellas soberbias palabras, no recogidas todavía por el bronce. El mismo río, que en fecha memorable espejo por primera vez la bandera de Belgrano, iba a ser testigo de una gloriosa hazaña. Pocos kilómetros al norte de San Pedro, en el recorrido llamado Punta o Vuelta de Obligado, tendría lugar el histórico acontecimiento.

Al cumplirse un nuevo aniversario de la que hoy se denomina “La Batalla de la Soberanía”, hemos querido recordar a todos tan magno acontecimiento y a quién le cupo el honor de conducir las tropas y nos dejó magnífico relato de dicha batalla.

A raíz de Obligado, el nombre argentino fue puesto en todas las bocas; la prensa de todos los países civilizados comentó con admiración la firmeza americanista de Juan Manuel de Rosas frente a la intrusión. Y aún los propios compatriotas de los invasores, a través de muchos de sus voceros, se hicieron eco elogiosamente del valor argentino.

¿Quién era Lucio Norberto Mansilla, el jefe que dirigió las fuerzas de la Confederación en esa inolvidable jornada? Un veterano de la Independencia, de 53 años, natural de Buenos Aires, a la que defendió en las Invasiones Inglesas siendo casi un niño bajo las órdenes de Liniers. Poco después lucho junto al infatigable José Gervasio Artigas para desalojar a los portugueses de la Provincia Oriental, y ese no fue su único aporte en tal sentido: intervino en el Sitio de Montevideo, al lado del general José Rondeau y por fin, en las filas del comandadas por el coronel Domingo French, , fue de los que tomaron En aquella mañana, que puede incorporarse por derecho propio a los grandes fastos nacionales. José de San Martín, siempre por encima de los partidismos, le atribuyo a la resistencia de Obligado tanta importancia como a la gesta que nos emancipó de España. Pero los que vinieron después, si bien respetaron en cierto modo al Libertador, no se inspiraron en su conducta: la historia oficial siempre estuvo envenenada de partidismo. Por eso durante años el 20 de noviembre transcurrió inadvertido para el país: la escuela lo ignoró; la prensa no se hace eco de aquellos marciales clarines, ni de las baterías que atronaron el espacio desde las barrancas del Paraná.

Sin embargo la verdad triunfa siempre. La historia es una ciencia y el esclarecimiento documentado - que hoy avanza en gran escala - determinará el inevitable reconocimiento.


Este montaje es un reconocimiento al General Lucio Norberto Mansilla.
Debieran considerar las autoridades nacionales, la incorporación de
su imagen en nuestros billetes de pesos veinte.

Hoy afortunadamente todos los argentinos tenemos un mejor conocimiento expresado entre otras cosas por el monumento erigido a la memoria de Juan Manuel de Rosas y por la emisión del billete de pesos veinte que a diario nos recuerda esta epopeya, pero fundamentalmente porque los dirigentes con no poca dosis de sabiduría han entendido que mas allá de las ideologías o las pasiones que despierta la figura de Juan Manuel de Rosas, su firme política de defensa de nuestra soberanía, que fue respaldada con heroísmo por nuestros hombres de entonces, nos hizo acreedores a la admiración de América y al respeto del mundo.

Extraído en parte de un artículo publicado por el historiador Don Francisco Hipólito Uzal, en la Revista Todo es Historia, Año II, Número 19, publicado en el mes de noviembre de 1968

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