lunes, 10 de octubre de 2011

LOS PASAJES DE PARIS. UN RECORRIDO POR RECOVECOS DE LA CIUDAD LUZ.


Un recorrido por recovecos de la Ciudad Luz que conservan arquitectura y diseño de otros tiempos, y remiten a una época en la que el concepto de urbanización era bien diferente del actual. Rincones que, además, inspiraron a no pocos escritores...


Es necesario que un accidental vistazo muestre un espacio profundo, que se abre como una calle inesperada. Una tenue luz filtrada por vitrales cenitales y la promesa de poder escapar por allí del ruidoso tráfico citadino, de reencontrar el eco de la propia marcha, atrae irremediablemente hacia el interior. Y, apenas unos pasos dados, la estructura mítica del laberinto atrapa...

Numerosos escritores, seducidos por su arquitectura, hicieron de los pasajes los escenarios de sus historias: Honoré de Balzac, Emile Zola, Walter Benjamin, Luis Aragón, André Breton..., y también Julio Cortázar.

De la multitud de pasajes cubiertos construidos entre finales del siglo XVIII y el segundo imperio, a mediados del XIX, subsisten solamente una veintena, que han tenido suerte diversa. Todos merecen un recorrido. Se respira un aire de otra época, e incluso en la decoración de algunas de las vidrieras o en el mobiliario de los cafés uno parece reencontrarse con algún rincón de un Buenos Aires que ya no existe.

Passage Choiseul, París, Francia
Su trazado invita a atravesar las sucesivas arcadas, a perderse por los recovecos, a escrutar las vidrieras de los negocios, a elevar la mirada y descubrir la trama de sus techos traslúcidos. Hoy se puede descubrir en ellos una concepción diferente de cómo construir una ciudad con una arquitectura a escala humana, perteneciente a una época en la que, en un mismo espacio, se concentraban el trabajo, la vivienda y el entretenimiento.

Todos se encuentran en la Rive Droite (la margen derecha del Sena), que es tradicionalmente la más comercial de París, y, salvo algunas excepciones, se agrupan en dos conjuntos principales: aquellos que, situados en el sector que va desde el Palais Royal hasta los grandes bulevares, restaurados o no, fueron y continúan siendo los más suntuosos. El segundo grupo, más austero, se concentra alrededor de la calle Saint-Denis.

La historia de los pasajes comienza en París a fines del siglo XVIII. La capital era una ciudad de lujos y atracciones, pero conservaba una estructura medieval. Sus callejuelas polvorientas o embarradas no tenían veredas, tampoco cloacas ni pavimento. Por ellas circulaba un gentío desordenado, y era imposible desplazarse a un ritmo distendido. Los primeros pasajes fueron creados entonces con un interés comercial, en respuesta a una necesidad de la época. Para su construcción se emplearon nuevos materiales, más seguros y económicos: el hierro y el vidrio, combinados para sostener los techos transparentes que permiten la iluminación natural. De noche, por primera vez se utiliza una brillante luz de gas, que contrasta con la penumbra de las calles mal iluminadas.

Dentro de esas nuevas arterias interiores era factible deambular libremente de un negocio a otro, protegido de la lluvia o del frío, hacer un alto en un café, ensayar un rendez-vous amoroso o leer el diario en alguno de los numerosos salones literarios. Allí podía encontrarse gente de distinta condición: hombres de negocios y jugadores, príncipes y buscavidas, atraídos por la Bolsa de Comercio (situada en el mismo barrio), las tiendas elegantes, los espectáculos, o las prostitutas ligeramente vestidas. En las galerías se podía asistir a pequeños conciertos o cruzarse en el camino con escritores, como Verlaine, con artistas o con caricaturistas, como Daumier. Tanto fue el éxito en ese momento que en el término de cincuenta años se construyeron cincuenta pasajes en todo París.

Galeria de la Madeleine, Paris, Francia
Construida en 1846, al mismo tiempo que la iglesia homónima, la galería cubierta de la Madeleine se encuentra en el barrio chic que rodea la Place Vendôme, donde abundan las joyerías y las casas de alta costura. Su corto trayecto alberga grandes contrastes. Una relojería y una boutique de indumentaria de marca ocupan los primeros locales. Nada diferente de lo que se encuentra en las veredas exteriores, pero la luz tamizada y las siluetas ateridas de los fumadores que hacen una pausa en el trabajo invitan al objetivo de mi cámara a aventurarse al interior.Frente a frente

La sastrería Benjamin llama la atención, tal vez por sus vitrinas detenidas en los años cincuenta, o por el chaleco amarillo a cuadros que porta el sastre. No bien atravieso el umbral, el hombre cuelga el teléfono con gesto colérico y descarga en voz alta la furia provocada por el capricho de un cliente; pero frente al fotógrafo argentino desarma su enojo un tanto teatral y trata de encontrar en la conversación un punto en común, a través de recuerdos de su temprana juventud en Argelia, cuando escuchaba los tangos de Gardel. Es amante del tango, pero no del que se baila ahora, según él, con espíritu atlético. Me confirma que él es un "pied-noir", los franceses que vivían en el Magreb en la época de la colonia. Los retratos de su abuelo militar en uniforme y de Frank Sinatra ocupan los pocos espacios liberados por las perchas repletas de vestimentas para recomponer.

Monsieur Benjamin protesta por las nuevas tendencias deportivas de la indumentaria, que atentan contra la elegancia del pasado. Pero cuando me habla de la moda me distraigo y no puedo no asociar su nombre con el otro Benjamin, el filósofo alemán, Walter Benjamin, que en los últimos trece años de su vida, antes de su suicidio, en 1940, se dedicó a una ambiciosa obra que quedó inconclusa: París, capital del siglo XIX - El libro de los pasajes . A través de sus innumerables notas y citas, el autor abre múltiples puertas de investigación, en las que los pasajes parisinos constituyen el andamiaje central.

A dos estaciones de metro se encuentra otro grupo de galerías, en el barrio de Grands Boulevards. Julio Cortázar se inspiró en él para escribir El otro cielo, cuento donde asocia los pasajes parisinos con lugares a través de los cuales es posible evadirse de la realidad.

Gallerie Vivienne, Paris, Francia
Restaurada hace unos años, la Gallerie Vivienne, en su momento una de las más elegantes de París, recuperó un poco de su brillo de antaño.

La diversidad de niveles, a lo largo de un recorrido que puede ser iniciado a partir de tres entradas diferentes (rue Vivienne, rue des Petits Champs y rue de la Banque), la convierten en una de las más variadas. El estilo arquitectónico es el neoclásico, que corresponde a la época de su construcción (1826), en la era posrevolucionaria, durante la cual el modelo era la república romana. El barroco y el rococó del antiguo régimen quedaron atrás. Los suelos están decorados con mosaicos del célebre artista italiano Faccina.

En una de las entradas de la galería se encuentra el bar Le Bougainville, cuyo nombre evoca al marino Louis-Antoine de Bougainville (1729-1811), fallecido en una de las viviendas del pasaje. En 1763, y en nombre de Luis XV, había tomado posesión de las islas Malvinas y fundado una colonia en la Gran Malvina, que él mismo restituyó más tarde a los españoles. También habitó allí Eugène François Vidocq, contemporáneo de Balzac, increíble personaje que fue a su turno presidiario, jefe de la policía y escritor de renombre. Hacia el interior, en el salón A Priori-thé, se puede hacer una pausa antes de lanzarse, unos pasos más allá, a la búsqueda de obras raras en los estantes de la librería de usados D. F. Jousscaume (fundada en 1826 con el nombre de Petit-Siroux). Una boutique especializada en relojes de pulsera de los años 60-70 y la bodega Lucien Legrand ayudan a darle el tono retro al conjunto del pasaje.

La Gallerie Colbert, Paris, Francia
La Gallerie Colbert, su vecina inmediata y antigua rival, con la cual se comunica, es de una arquitectura más imponente, donde se destaca una gran rotonda coronada por una cúpula de vitraux. Ocupada recientemente por las universidades de la Sorbona y de la Escuela Práctica de Altos Estudios, éstas ofrecen al paseante, con sus aulas expuestas, la curiosa posibilidad de presenciar una clase magistral a través de las vitrinas.

El Passage Choiseul está a menos de cien metros de las dos galerías anteriores. Alberga mayoritariamente boutiques de ropa femenina y, en el final de la nave, la librería de usados Libria.

Otros tres pasajes, Verdeau, Jouffroy y Des Panoramas, a pesar de haber sido construidos en diferentes momentos, con casi cincuenta años de distancia, forman un asombroso conjunto que se continúa a lo largo de un mismo eje, como si se constituyeran en pasadizo secreto que atraviesa el corazón del barrio.

Atravesar los tres espacios supone emprender un itinerario dispar sincopado por el cruce de calles de importancia diferente. Verdeau, el primero bajando desde Montmartre, es un refugio de anticuarios. El coleccionista Bruno Tartarin ofrece fotografías de época, vintages de Robert Doisneau y Willy Ronis por 1000 o 2000 euros, así como originales de Jacques-Henri Lartigue por 6000.

Pasaje Jouffroy, Paris, Francia
Jouffroy es el pasaje de los mundos ilusorios. Numerosos paseantes se detienen a hojear los libros de arte en ediciones de lujo de la librería Paul Vaulin, fundada en 1848. El bello rostro de la mujer que la atiende y su gracioso peinado atemporal parecen escapados de los libros que sus manos mecanizadas ordenan sin cesar. Enfrente, otra librería ofrece todo lo que un fan de cine puede soñar. Unos metros más allá, una boutique especializada en casas de muñecas y muebles en miniatura invita a reinventar los viajes de Gulliver en Lilliput. Y antes de volver a la realidad, el museo Grévin permite encontrarse cara a cara con las personalidades del jet-set o con hombres históricos, reproducidos en cera en tamaño natural.

El Passage des Panoramas, del otro lado del Boulevard Montmartre, tal vez sea mi preferido. Como soy fotógrafo, imagino que sigo los pasos de Louis Mandé Daguerre. En uno de los locales, el inventor del daguerrotipo asistía a los cursos de Prévost, el creador de los Panoramas, aquel antiguo espectáculo antecesor del cine y basado en la misma ilusión óptica.

Passage des Panoramas, Paris, Francia
Formando un tejido de galerías transversales que cortan la nave central, se encuentran boutiques de coleccionistas de estampillas, monedas y cartas postales antiguas, ceremoniosos restaurantes con gruesos manteles y servilletas almidonadas, y otros más amenos ofreciendo bocados rápidos.

Hasta no hace mucho, la centenaria imprenta Alsaciana Stern, cuyos locales se encuentran hoy vacíos, daba un lustre particular al conjunto. De los pasajes que quedan en pie, es uno de los más antiguos. Fue construido en el 1800, en el momento de transición entre la ciudad medieval y la urbe moderna, durante el cual se vivió una gran especulación inmobiliaria. Como consecuencia de la Revolución Francesa, un gran número de inmuebles pertenecientes a la Iglesia o a la aristocracia emigrada fueron subastados al mejor postor, y fue así como la transformación de la ciudad, en ese primer período, no se debió a los hombres de Estado, sino a particulares enriquecidos con la compraventa de ese tipo de propiedades. Entonces, buena parte de los pasajes fue construida en terrenos liberados de la tutela del antiguo régimen.

Bajando aun más hacia el Sena, se encuentra la galería Vero-Dodat, considerada la más bella por su arquitectura, su refinamiento y por la unidad de la decoración, construida en ­1826 por dos rotiseros: Bénoit Vero y su asociado Dodat. En su época ofrecía un cómodo atajo entre los barrios de Les Halles (el mercado de abasto) y Palais Royal.

Pasaje Vero Dodat, París, Francia.
La decoración neoclásica refinada, restaurada recientemente, con un piso en damero blanco y negro, ofrece un ambiente recogido y exquisito que se ha perdido en gran parte de los otros pasajes. En su interior se encuentran numerosos anticuarios, el luthier RF Charle y el editor milanés Franco María-Ricci. Las casas de moda y decoración van reemplazando a los antiguos propietarios.

Algunas centenas de metros en dirección al Este, a lo largo de la calle Saint Denis, se encuentra un segundo grupo de pasajes, de construcción mucho más sobria, desprovistos de toda decoración, apenas mantenidos y ocupados en gran parte por comerciantes mayoristas. Lejos de los circuitos turísticos y del París de las cartas postales, estos pasajes comunican barrios vivaces, con gran actividad comercial y con una fuerte impronta extranjera. Con sólo dar vuelta una esquina uno puede encontrarse en un mercado del Asia Central o de Medio Oriente.

Al Passage du Caire se accede por una pequeña puerta. En el interior nada justifica su nombre fantasioso, y de las pretensiones pasadas no quedan más que décadas de polvo acumulado en sus cornisas. En sus múltiples galerías se cruzan incansables changarines, bajo la mirada perdida de maniquíes desnudos que pululan en vitrinas de negocios de confección. Su construcción se inspiró en los souks , o mercados cubiertos de Turquía, Persia y el resto de Oriente. Es el momento, en 1799, en que Napoleón Bonaparte lleva a cabo una campaña en Egipto para contrarrestar la hegemonía inglesa; no en vano, este pasaje construido en ese mismo año se llama Pasaje del Cairo.

En los pasajes Du Prado y Brady, muy frecuentados, los inmigrantes paquistaníes, turcos o kurdos han tomado posesión de los lugares instalando restaurantes -siempre llenos al mediodía-, agencias de viajes, peluquerías y salones de té. Apenas mantenidos para su utilización comercial, el estado general es algo sombrío, pero el ambiente impregnado de la cultura del Asia Central ofrece un contraste muy marcado con el resto de la ciudad, como para sentirse tentado de recorrerlos.

El Passage du Prado conserva los soportes del techo en diseño art déco, único vestigio del pasado. Un pequeño café se diferencia del resto de los negocios. En el interior se respira un aire de régimen soviético. Hombres de cabellos blancos y gesto adusto juegan a las cartas para matar el tiempo; la única mujer es la encargada. Nadie presta atención a la televisión que transmite noticias en una lengua inidentificable. ¿Serbocroata?, pregunto imprudentemente. "¡Serbio!", me corrige, agraviado, un hombre sentado a la mesa del fondo. Las heridas de la desintegración de Yugoslavia todavía no están cerradas.

Passage du Grand Cerf, Paris, Francia.
Ocupado en su mayoría por negocios de diseño, el Passage du Grand Cerf es arquitectónicamente el más alto de los pasajes parisinos. Su bóveda de vitrales se eleva a 12 metros, más del doble del Passage des Panoramas, pero apenas la mitad de la Galería Umberto I de Nápoles o la Vittorio-Emmanuele de Milán. Si bien fue París la ciudad que inventó los pasajes cubiertos, el hecho de que sus constructores fueran financistas privados dio por resultado obras de dimensiones más intimistas. La moda de las galerías cubiertas se propagó a otros países, pero como voluntades políticas que expresaban el monumentalismo de las grandes capitales. Así, Londres, Cleveland, Berlín, Moscú o La Haya, a lo largo del siglo XIX, competirán en la gran talla de sus galerías cubiertas.

Son varios los pasajes que quedan por recorrer: el Des Princes (convertido en una inmensa juguetería), Bourg l´Abbé, Du Ponceau, Ben Aïad, Puteaux, Vendôme (se encuentra en Place de la République y no en la plaza del mismo nombre) y las galerías del Palais Royal, donde nació el primer pasaje cubierto de París con el nombre de Galleries de Bois, construidas en 1786 y destruidas en 1828.

Luego de la Revolución de la Comuna, en la segunda mitad del siglo XIX, en parte por razones estratégicas, la ciudad será transformada por la obra urbanística del barón Haussman, que rompe con su estructura medieval y traza las grandes avenidas que dan la perspectiva del París actual.

Los pasajes pertenecían a aquel esquema antiguo, que unía pequeñas calles. El nuevo trazado hará desaparecer una gran parte de ellos. Así como en su momento fueron un fenómeno de moda y el reflejo de los cambios económicos y culturales, la aparición de los grands magasins (las grandes tiendas) a partir de 1850, como el Bon Marché, la Belle Jardinière, Le Printemps y otros, los vuelve pasados de moda, vaciándolos de sus habitués. En diferentes momentos, una treintena de ellos serán destruidos.

En el otro extremo de la ciudad, no lejos del Arco de Triunfo, me topo con una galería cuyo nombre me da curiosidad: La Cité Argentine. Construida en 1907 por el innovador arquitecto Henri Sauvage, de quien Le Corbusier tomará algunas ideas, es un revival de los pasajes del siglo XIX. El nombre de la construcción se inspira en el país de origen de quien encargó la obra, Felipe Mayol de Senillosa, estanciero argentino (fundador de la localidad de San Mayol en Tres Arroyos) cuya mujer, María Luisa Cramer, compartía su tiempo entre París y Buenos Aires.

La Cité Argentine, París, Francia
La travesía llega a su fin y me doy cuenta de que los pasajes son un viaje en el tiempo, donde se encuentran referencias literarias, personajes históricos; donde se evocan vivencias personales y, sobre todo, donde diferentes mundos se entrelazan y comunican de una manera indefinida. Son, como decía Cortázar, el refugio imaginario de los caminantes de la ciudad.

Leonardo Antoniadis
revista@lanacion.com.ar

sábado, 8 de octubre de 2011

EL DOCTOR MANUEL JOSÉ GARCÍA SEGÚN EL HISTORIADOR JOSÉ MARÍA ROSA



                                                                                                                                                            
El Doctor José María Rosa, fue un distinguido historiador argentino, abogado y profesor universitario. Es sin duda alguna uno de los más respetados y consultados historiadores de la corriente que se llamó revisionista. 

Nació en Buenos Aires el 20 de agosto de 1906, en el seno de una familia tradicional. Su bisabuelo don Vicente Rosa, arribó desde España en 1828 y desempeño el cargo de director de aduanas durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas. 

En su libro "La misión García ante Lord Strangford" nos deja su opinión con respecto al doctor Manuel José García.

"El 28 de enero se embarcaba con rumbo a Río de Janeiro el doctor Manuel José García, quién llevaba dos importantes comunicaciones para entregar al embajador británico ante la corte lusitana, vizconde de Strangford. Estos pliegos, firmados por el Director Supremo el 25 de enero, se hallaban destinados al propio Lord Strangford, y al ministro de Relaciones Exteriores inglés. Lord Castlereagh. También llevaba una carta del Director Carlos María de Alvear para servirle de presentación ante el diplomático británico."

"García era uno de los hombres más representativos y capacitados del gobierno directorial, no obstante contar solamente con treinta años. Hijo de don Pedro Andrés García, el célebre comandante de Montañeses, pertenecía a una de las familias de mayor arraigo social en Buenos Aires; había estudiado en Charcas donde obtuvo el grado de doctor en derecho, y desempeñado durante algún tiempo funciones administrativas en el Alto Perú durante el último año de la dominación española. Pero plegado a la causa revolucionaria, como su padre, había regresado a Buenos Aires donde, entre otros cargos, obtuvo el de Regidor del cabildo para el año 1812. Y no obstante haber sido separado de sus funciones comunales por la revolución del 8 de octubre de ese año, acabó por adherir - como tantos otros - a los vencedores hasta llegar a ser uno de los jefes del partido triunfante."

"Ocupaba en enero de 1815 el altísimo cargo de Consejero de Estado y Secretario de ese cuerpo, para el cual fuera designado por el ex director Gervasio Antonio Posadas el 4 de febrero de 1814. Se encontraba, pues, interiorizado de todos los pormenores de la política directorial, y es presumible que fuera uno de los orientadores de la misma."

"García, al estar las referencias de quienes lo trataron, era un diplomático nato. Hombre culto, de excelente educación y finas maneras, de palabra fácil y clara, agregaba a esas condiciones exteriores una penetrante inteligencia y a una prudencia que llegaba hasta la astucia. Fue, junto con don Manuel de Sarratea, el gran diplomático de la primera mitad del siglo pasado. Tal vez su escepticismo lo hizo aceptar algunas negociaciones que pueden criticarse severamente, pero en todos los casos trató de obrar conforme a lo que creía los intereses inmediatos del gobierno que lo comisionaba."

FUENTE: José María Rosa. La misión García ante Lord Strangford. A. Peña Lillo Editor S.R.L. Buenos Aires. Año 1951.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Josefina Arrighi García-Mansilla. Una artista que irradia alegría y talento.


Hoy queremos hablar de quienes conforman nuestra gran familia contemporánea, integrada por un sinnúmero de talentosos miembros que continúan nuestra estirpe y que de una u otra forma dan muestras de genio artístico o excelencia académica en los distintos ámbitos donde les toca actuar.

Esto demuestra que la buena simiente que nos dejaron nuestros ancestros, cuando cae en tierra fértil y se le brinda el cuidado y la educación necesaria se traduce en buena cosecha.

Este es el caso de Josefina Arrighi García-Mansilla de Fraguas, quién supo crear su propio universo y plasmar con talento y técnica depurada la fuerza que la empuja en cada una de sus obras.

Le pedí que nos cuente algo sobre su vida y me pidió visitara su blog, titulado Josefina Arrighi, en el que con natural sencillez  nos expresa porque eligió esta expresión del arte.

"Llevo el arte en mi esencia. Lo descubrí desde mi infancia. Lo "elegí" para mi vida, hace unos años. Naci el 16 de febrero de 1970, en Buenos Aires, Argentina."

"Estudié educación y trabajé varios años en ésta área. Por suerte, escuchando a mi corazón, disfrutaba del arte en distintos talleres."

"Vivir en Uruguay me dió la posibilidad de dedicarme de lleno al arte y toparme con grandes maestros."


"Explorando técnicas, soportes, aprendiendo de artistas sabios y generosos que compartieron conmigo sus saberes, voy descubriendo lo que realmente significa el arte en mi vida." 

"Al regresar a mi país continúo en la búsqueda e ingreso a la carrera de Bellas Artes para completar mi formación en el IUNA - Instituto Universitario Nacional del Arte -  Participé de numerosas muestras individuales y colectivas. En galerías de arte, en grupos con otros grandes artístas."

"Mi trabajo abarca pintura, escultura, obra gráfica y diversos proyectos vinculados al mundo del arte. Elijo el relieve, la textura. El trabajo sobre soportes no tradicionales. Utilizo una paleta de colores vivos, brillantes y variados, me gustan las obras alegres y frescas."

"Mi obra busca transmitir la alegría y el entusiasmo por la vida. Soy madre de cinco hijos. Recibí de Dios un regalo que me hace feliz y estoy convencida que con éste don, puedo hacer felices a los demás."

"Mi arte es un canal...mi intención es aportar mi granito de arena para hacer de la vida un lugar mejor y transmitir lo que voy descubriendo..."

"A través del arte doy mis talentos creativos a otros...y en el camino soy un intrumento para que otros descubran a Dios..."



"El arte puede transformar vidas. El arte textil las transforma por naturaleza. Mujeres de todo el mundo pueden corroborarlo. Gracias a él, alcanzan sus sueños, se proyectan, se hacen mejores personas, y mas felices. Entregan al mundo toda su esencia."

El Arte es el acto mediante el cual, valiéndose de la materia o de lo visible, imita o expresa el hombre lo material o lo invisible, y crea copiando o se sirve de sus fantasías. Se considera Arte a toda creación u obra que exprese lo que el hombre desea exteriorizar, obedeciendo a sus propios patrones de belleza y estética. El que crea el arte, el artista, tiene que tener aptitudes y actitudes para crear, con ciertas dotes de imaginación para poder expresar sus sentimientos por medio de palabras, formas, colores o sonidos.

Son sus padres Esther Josefina García-Mansilla y Edgardo Arrighi. Fue desde niña una persona inquieta que mostraba un gran deseo por saber o comprender todo aquello que la rodeaba y con el transcurso del tiempo fue orientando su capacidad hasta convertirse en una persona dotada de virtud y disposición para las bellas artes.

Si quieren conocer su obra pueden visitar su blog:  http://josefinaarrighi.blogspot.com/

FUENTE: Josefina Arrighi García-Mansilla y Arte y futuro blogspot.

sábado, 24 de septiembre de 2011

CORONEL D. JUAN F. CZETZ FUNDADOR DEL COLEGIO MILITAR DE LA NACIÓN ARGENTINA.

En 1869, aún no acallados los ecos de la Guerra del Paraguay, siendo Presidente de la Nación Domingo Faustino Sarmiento, surgió la inquietud de organizar un instituto de formación de oficiales para el Ejército. La idea no era nueva, pues varios ensayos se habían hecho en ese sentido desde los días de mayo de 1810, sin embargo todos ellos tuvieron corta existencia.

Unos años antes, en 1860, en un mensaje que Derqui leyera ante el Congreso de Paraná como Presidente de la Confederación, hizo una serie de consideraciones sobre la necesidad de crear una escuela militar, si bien lamentó los inconvenientes e imposibilidad de organizarla en ese momento.

El 9 de agosto de 1869 cuando aún no había cumplido el primer año de su mandato constitucional, Sarmiento envió un mensaje a la Cámara de Diputados adjuntando un proyecto para la creación de una escuela castrense que proveyera de oficiales altamente capacitados para mandar al Ejército.

Así el Congreso se abocó al estudio del mismo y tras algunos debates fue aprobada la Ley por ambas cámaras con el número 357 que autorizó al Poder Ejecutivo para la formación de una escuela militar.

Promulgada el 11 de octubre de ese mismo año esa Ley 357 se convirtió en la piedra fundamental del Colegio Militar de la Nación.

De inmediato el gobierno designó una comisión militar especial a efectos de proponer el reglamento y plan de estudios de la nueva escuela. Se recurrió para esta tarea a un selecto grupo de oficiales, veteranos de muchas campañas y que habían acreditado destacadas condiciones intelectuales; eran ellos el Brigadier General D. Emilio Mitre, el General D. Indalecio Chenaut, el Coronel D. Mariano Moreno, el Coronel D. Juan F. Czetz y el Sargento Mayor V. L. Peslouan.

Cerca de dos meses llevó a la comisión completar la tarea, que permitió al P.E. dictar un decreto el 22 de junio de 1870, oficializando lo propuesto. Dicho documento, firmado por el presidente Sarmiento y refrendado por el Ministro de Guerra General Martín de Gainza, designó como cuartel del Colegio Militar al edificio que fuera  residencia de Juan Manuel de Rosas y al mismo tiempo nombra Director del Colegio Militar al Coronel de origen húngaro D. Juan F. Czetz quién estaba casado con Basilia Ortiz de Rozas, la hija mayor del General Prudencio Ortiz de Rozas y López de Osornio, hermano del Brigadier General  Juan Manuel de Rosas.

El edificio, que desde Caseros había sido destinado a distintos menesteres en forma temporaria, era de estilo colonial y de grandes proporciones para la época. En sus aulas y recintos se mantenían aún, muebles, estufas, alfombras, arañas y espejos que ornamentaron el lugar en tiempos de su primitivo propietario. Algunos de ellos, como un conjunto de rojos sillones de jacarandá, un escritorio de caoba, una cómoda y una caja de caudales, forman hoy el mobiliario del museo que funciona en la casa histórica de Caseros, dentro del predio del Colegio Militar en El Palomar.

El edificio se erguía al N.O. de la ciudad, distante de ella cerca de una legua, en los terrenos limitados por el arroyo Maldonado y el Río de la Plata. Su construcción databa de 1838.

La primera tarea del flamante director, el Coronel Juan F. Czetz, fue la adaptación de las instalaciones para la nueva función. Meses más tarde, el 19 de julio de 1870, ingresaba el primer alumno del Colegio, Ramón L. Falcón.

Este edificio, que había sido construido para albergar a una familia y al personal de servicio, llegó a cobijar en 1892 a 118 cadetes a los que había que agregar el cuadro de oficiales, el claustro de profesores y el personal de tropa y servicio.

Por espacio de 22 años, el caserón de Palermo de San Benito sirvió como cuartel del Colegio Militar y 17 promociones de oficiales egresaron de sus aulas, antes de ser abandonado en 1892 en búsqueda de mayor espacio.


Para entonces, el Colegio habría alcanzado un alto prestigio académico, formando a los cadetes en un riguroso secundario que, por la época, se consideraba de excelencia y se ubicaba entre las mejores academias militares del mundo

La nueva sede se fijó en la localidad de San Martín, donde hoy se encuentra el Liceo Militar General San Martín. Ese ámbito, al igual que el primero, no fue construido al efecto sino que se aprovechó una edificación ya existente destinada anteriormente a un Colegio de Artes y Oficios. El reacondicionamiento se efectuó con sendas partidas presupuestarias otorgadas a ese efecto por el Congreso.

Más allá de la importancia de la nueva sede en San Martín, pronto las limitaciones de la construcción evidenciaron la necesidad de buscar un espacio especialmente diseñado. Así surgió el proyecto para construir la sede definitiva del Colegio que se hará realidad en el año 1937. Los viejos campos del Palomar de Caseros fueron los elegidos, considerados un espacio ideal por su amplitud y cercanía a la Capital Federal.

La piedra fundamental del nuevo edificio fue colocada por el General Pablo Ricchieri en 1904. Sin embargo, recién en 1921 bajo la presidencia de Hipólito Irigoyen, comenzaron efectivamente los trabajos de construcción.

Se adjudicaron las obras del pabellón "Dirección" a la empresa Bonnen Ibero, Parodi y Figini, iniciándose los trabajos el 19 de julio, con asistencia del entonces Ministro de Guerra Dr. Julio Moreno. Se descubrió en dicha oportunidad una placa adosada al "Palomar" histórico, que más tarde fue colocada al pie del busto del General de División Domingo Faustino Sarmiento, en inmediaciones del arco de entrada del Instituto.

El Ministro de Guerra que seguía de cerca los trabajos, ordenó suspenderlos en 1922 con el objeto de ampliar la capacidad del edificio para 1500 cadetes. Se encontraba ya construida para ese entonces parte de la Plaza de Armas, pavimentada con adoquinado de granito de Tandil, circundando con trazo elíptico al Palomar de Caseros.

Como consecuencia de la ampliación resultante del Plan de Obras, fue necesario abarcar la totalidad del terreno circundante, que incluía la antigua Escuela de Caballería.

A mediados de 1923 el Poder Ejecutivo aprobó el nuevo Plan de Obras, con una inversión superior a $ 13.500.000 moneda nacional que contemplaba prácticamente el actual Colegio Militar de El Palomar.

Hasta el año 1929 se asignó una partida de $ 500.000 Moneda Nacional anuales para la continuación de la obra, en cumplimiento del nuevo contrato celebrado con la "Compañía Nacional de Pavimentación y Construcciones".

En 1930, la crisis económica, obligó a paralizar las obras por total falta de recursos. Llegando así al año 1935, en el cual se reinician por parte del Presidente Justo, ex director del Colegio, quien destinó los fondos necesarios para terminar en dos años de intensa actividad la obra.

El actual edificio, menos el pabellón C de dormitorios, las tribunas laterales del Campo de Deportes, el Casino de Oficiales y la primera Capilla, fueron inaugurados finalmente el 23 de diciembre de 1937 en ocasión del egreso anual de oficiales.

Con los años esas instalaciones se fueron ampliando, hoy los cadetes cuentan con numerosos espacios para su uso, se destacan una biblioteca informatizada en permanente expansión de más de 16.000 volúmenes, aulas interactivas, aulas tácticas, laboratorios de idiomas, física, química, polígono de tiro, capilla, salas de conferencias, cine, casino y un importante campo de deportes con gimnasio cubierto, salón de complementos, esgrima y pileta olímpica climatizada.

Además el Colegio Militar tiene el privilegio de contar con un patrimonio histórico único, ya que alberga dos sitios declarados Monumentos Históricos Nacionales: el Palomar y la Casa de Caseros, testigos mudos de importantes hechos del pasado como la Batalla de Caseros, antesala de la Constitución Nacional o las conversaciones preliminares del Pacto de San José de Flores, que consolidó la unión definitiva del país.

La historia reciente encuentra al Colegio Militar en una etapa de grandes cambios, en los últimos años el Colegio Militar ha pasado a ser un Instituto Universitario que también otorga a los Subtenientes un título de grado que cuentan con el aval del Ministerio de Cultura y Educación. Así los cadetes pueden optar entre las Licenciaturas en Administración, en Enfermería Profesional o Contadores Públicos.

FUENTE. Página web del Colegio Militar de la Nación.

jueves, 22 de septiembre de 2011

El auge del torpedo en la Marina Argentina


1875. Surgimiento de la Dirección General de Torpedos


Lanzamiento de un torpedo
La inserción del torpedo en la Marina Nacional en las dos últimas décadas del siglo XIX significó un importante avance en materia tecnológica para la época. El principal precursor para la adquisición de estos fue el presidente Domingo Faustino Sarmiento, Ministro Plenipotenciario en los Estados Unidos de América desde 1865 a 1868. Allí adquirió conocimientos sobre esta novedosa arma que posteriormente fue incorporada a la Marina de nuestro país. Luego de su asunción como primer mandatario en 1868, trajo al país a militares estadounidenses veteranos de la guerra de Secesión, todos ellos marinos expertos en el arma. La tarea de éstos fue instalar una estación de torpedos y elaborar un plan a corto plazo para hacer de éste el arma por predilección de la Marina de Guerra.

A principios de 1875 quedó establecida la División Argentina de Torpedos en el río Luján, cuyo asiento estaba en el vapor Fulminante. Además, se hizo un estudio de relevamiento hidrográfico, defensa de los ríos interiores y sus afluentes para su utilización como arma principal de protección ante un eventual ataque del Brasil. La visión geoestratégica de la adopción del arma se correspondía con la amenaza latente de esta nación para avanzar sobre territorio argentino mediante los ríos interiores del litoral. Esta presunción estuvo sostenida por el rol protagónico que ocuparon los brasileros luego de concluida la Guerra de la Triple Alianza o del Paraguay, de la cual salieron fortalecidos por la victoria lograda y el consiguiente reparto de territorios.

El 14 de octubre de 1883 se realizaron los primeros ejercicios a gran escala de lanzamientos torpedísticos de la escuadra. La importancia del arma puede observarse en esta fecha con la presencia del presidente Julio Argentino Roca y del ministro de Guerra y Marina general Benjamín Victorica. Pasaron 16 años desde la primera organización del artefacto hasta su consolidación definitiva en 1891 con la creación de la Dirección General de Torpedos y del Apostadero y Estación de Torpedos de La Plata, este último ubicado en Río Santiago.

Maniobra de recuperación de un torpedo
El 28 de abril de 1891 mediante un decreto del presidente Carlos Pellegrini se creó la Dirección General de Torpedos con sede en la ciudad de Buenos Aires. Su creación tenía como objetivos adiestrar al personal y otorgarle una dirección técnica independiente. En cuanto a material, debía aprovisionar, preparar y abastecer a las torpederas de río. Estaba a su cargo la defensa del litoral fluvial y marítimo de la república y la preparación de ejercicios de combate. La dirección estuvo desde 1891 a 1895 bajo la conducción de un especialista del arma, el capitán de fragata Manuel José García Mansilla.

El eje central de la organización fue la bifurcación de las defensas; una fija y otra móvil. La fija estuvo integrada por dos estaciones, una en el Tigre para la defensa del río de la Plata y sus afluentes; la otra recientemente creada con el decreto, en Río Santiago para la salvaguardia externa del mismo río y del litoral marítimo. Lo que se buscaba con esta disposición de poseer dos flotillas era la continua alarma y precaución que iba a tener la flota enemiga.

La Estación de Torpedos del Tigre conservaría su denominación anterior de Escuela de Torpedos. Tendría como propósito abastecer a buques y torpederos de la novedosa arma, instrucción del personal y reparaciones del material. En el Apostadero de Río Santiago tendrían asiento los torpederos de división Espora, Rosales y los de primera clase. 

En consonancia con la nueva orgánica se creó el cuerpo especializado de mecánicos especialistas para el funcionamiento de los torpedos, minas de fondo y aparatos complementarios.


Una de las primeras medidas implementadas por García Mansilla fue incorporar el ariete torpedero Maipú a la Dirección General de Torpedos y elevar al Jefe de Estado Mayor de Marina, Contraalmirante Bartolomé Cordero, una exposición de las falencias en cuanto a material y personal que contaba la dirección.

A principios de 1895, el Apostadero de Torpedos de La Plata pudo contar con un dique flotante especializado en los torpederos de mar que se le compró a un astillero de Francia. Esta adquisición tenía la capacidad de levantar al mismo tiempo dos torpederas de primera clase. Para ese año, se logró el mayor desarrollo del arma alcanzado por la Marina de Guerra. La cantidad de torpederos que poseía la nación lo ponía en primer puesto en el concierto de naciones sudamericanas.

Año 1895, clase práctica de torpedos en la Escuela Naval

Los avances realizados en la gestión del capitán García Mansilla sobre la importancia defensiva que tenía el río de la Plata y sus afluentes como principales baluartes de la república, fueron altamente significativos. Sin embargo, a fines del siglo XIX una nueva concepción geo-estratégica comenzaba a estar en boga en las principales armadas de Europa. Las ideas de Alfred Mahan que postulaban la importancia del mar, residían en su dominación como única vía legítima para el progreso y desarrollo de una nación. Esta teoría contrastaba con la visión ribereña y defensiva que se observaba en la Marina nacional desde su nacimiento.

El cambio de estrategia y equipamiento naval de Brasil y Chile, junto al conflicto limítrofe con éste último país a fines del siglo XIX y principios del XX, llevaron a los jefes y oficiales de nuestra Marina a realizar un giro en 180 grados en su concepción estratégica. Los cimientos del dique de carena del Puerto Militar que se levantaron en 1898 fueron el primer paso dado en este sentido. Las baterías costeras y torpederos de río resultaban obsoletos ante la evolución de los potentes acorazados y la posibilidad de tener que hacerle frente a una escuadra de mar.

Ese mismo año con la creación del Ministerio de Marina le fue conferida una nueva orgánica a la institución. A la sección torpedos le correspondió el mantenimiento del tipo Whitehead, minas submarinas y en tierra, las líneas de defensa submarina y el régimen de las escuelas de torpedistas. Esta sección pasó a depender de la Dirección General de Armamento. Con esta estructuración y una nueva concepción marítima que a partir de la creación del puerto militar, entre otras acciones, ponía proa hacia el vasto litoral atlántico del país, el arma fue relegada a un segundo plano para dar paso a la adquisición de cruceros acorazados.

FUENTE: Teniente de fragata Francesco Nahuel Venturini, de la División Investigaciones Históricas del Departamento de Estudios Históricos Navales. Publicado en la Gaceta Marinera el 15 de abril de 2011. 

domingo, 18 de septiembre de 2011

EL TESTAMENTO HISTÓRICO DE AGUSTINA ORTIZ DE ROZAS DE MANSILLA



Agustina Ortiz de Rozas de Mansilla
(1816-1898)
Fotografía propiedad de
Manuel Rafael García-Mansilla
La hermana de don Juan Manuel de Rosas, tan distinta a éste, había nacido un 20 de enero de 1816; casó a los quince años con Lucio Norberto Mansilla, veintisiete años mayor y muerto en la epidemia de 1871; mereció siempre la alta consideración de quienes la trataron, por su refinada cultura y belleza y se dice que, en su vejez, narraba con precisión los acontecimientos de su época y los juzgaba con acertado criterio. Murió en 1898, a los 82 años, habiendo hecho testamento en 1893, es decir, cinco años antes.

Después de indicar sus datos de filiación y ratificar su profesión de fe cristiana, encomienda su alma a Dios, encarga el entierro en la forma más modesta posible y expresa su deseo de que se digan tres misas, simultáneamente, de cuerpo presente, en la Iglesia del Pilar.

En la cláusula segunda manifiesta ser viuda del general Lucio Norberto Mansilla, de cuyo matrimonio hubo varios hijos, de los cuales sólo viven dos: don Lucio Victorio y don Carlos Alberto y los seis hijos de su hija Eduarda, muerta no hacía mucho tiempo y casada con Manuel Rafael García Aguirre.

El autor de "Una excursión a los indios ranqueles" había nacido en Buenos Aires en 1831 y muerto en París en 1913 y era, como se dijo en su época, "un tipo único". Eduarda estuvo casada con el hijo del ministro
de Rivadavia; Manuel José García,  nació en 1834, murió en 1892 - un año antes de que la madre hiciera testamento - y fue escritora, habiendo recibido el elogio de Víctor Hugo por su novela "Pablo o la vida en las pampas". Dejó seis hijos: Eduarda García-Mansilla de Marrier de Lagatinerie; Manuel José; Rafael; Daniel ; Eduardo y Carlos García-Mansilla.

Por la cláusula tercera y cuarta declara que sus bienes consisten únicamente en la finca de la calle Alsina 905/907 (antes 359/363) formando esquina con la de Tacuarí y los muebles que se encuentran en ella y que la hipoteca que existía a favor del Banco Hipotecario de la Provincia ya ha sido cancelada.

Lega a Felipa Rozas - hija de padres desconocidos - la suma de treinta mil pesos si permaneciera soltera al momento de su muerte o cinco mil si se hubiera casado y le nombra tutor a don Napoleón Vera (cláusula
5ª). A su sobrina Eduarda - esposa del citado Napoleón Vera - le deja mil pesos (cláusula 6ª), a una hija de Ángel Rozas, llamada Agustina, cien pesos (cláusula 7ª); a Guillermo y María Dutel - sus servidores - la
cantidad de cien pesos a cada uno (cláusula 8ª); a su ahijada María Celia Mansilla, el crucifijo de oro que está a la cabecera de su cama, "por tenérselo ofrecido desde muy niña" (cláusula 9ª); a los cuatro pobres
que tiene la costumbre de beneficiar todos los meses, ordena que se les dé diez pesos a cada uno, por una sola vez (cláusula 10ª).

En el remanente de todos sus bienes deducidos los gastos, instituye herederos a sus dos hijos Lucio Victorio. y Carlos A. Mansilla y a sus seis nietos, hijos de su difunta hija Eduarda (cláusula 11ª) y designa albaceas a sus dos hijos y al nieto Manuel José García-Mansilla (cláusula 12ª).

Por la cláusula 13ª, revoca todo testamento anterior, en especial el otorgado el 6 de setiembre de 1886.

El testamento está fechado el 4 de agosto de 1893; intervino el escribano Manuel Lacasa y fueron testigos: Trinidad Osuna, de 49 años; Enrique Echevarría, de 37 años y Francisco Sánchez, de 31. El juicio tramitó ante el Juzgado del Dr. Luis Ponce y Gómez, Secretaría del Dr. Ventura Lima (h).

Fuente. Arturo Yungano. Testamentos históricos. Publicado en la Revista del Notariado, revista periódica del Colegio de Escribanos de la Capital Federal, Argentina.

sábado, 10 de septiembre de 2011

QUE ES EL HONOR HIJO MÍO?

El honor, hijo mío, es una obligación, viva y presente en la conciencia, que nos inclina al cumplimiento del deber, es la virtud por excelencia, porque en sí contiene todas. El honor está por encima de la vida y de la hacienda, y de cuanto existe en el mundo, porque la vida se acaba en la sepultura y la hacienda y las cosas que poseemos son bienes transitorios, mientras el honor a todo sobrevive y trasciende a los hijos, y a los nietos, y a la casa donde se mora, y a la tierra donde se nace, y a toda la humanidad, finalmente, como un aroma eterno de virtud. El honor es el patrimonio del alma, el depósito sagrado que Dios nos fía al nacer y que habremos de volver intacto al morir, es la rectitud del juez, el heroísmo del soldado, la fidelidad de los esposos, los votos del sacerdote, el cumplimiento de las promesas, la santidad de los juramentos, la obediencia de las leyes, el respeto de la opinión...Es una cosa hijo mío, tan grande y tan hermosa, que por ella, no lo olvides nunca, se deben sacrificar la vida y la hacienda y las más hondas afecciones del corazón.


Ricardo León y Román. "El hombre nuevo" Año 1925. Novelista y poeta español nacido en Barcelona el 15 de octubre de 1877 y fallecido en Galapagar, Madrid el 6 de diciembre de 1943.

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