domingo, 8 de julio de 2012

EL DIARIO DE VIAJES DE LUCIO VICTORIO MANSILLA


El manuscrito inédito



           El hallazgo del diario de viajes -presuntamente extraviado - de Lucio Victorio Mansilla, olvidado entre los papeles familiares de uno de sus herederos, es una novedad en el mundo de las letras. En este momento, se encuentra en ciernes una edición crítica del diario, a cargo de un equipo de investigación, del que formo parte, bajo la dirección de la Dra. María Rosa Lojo. 

          El manuscrito relata la crónica del primer viaje de Lucio V. Mansilla (1831-1913), escritor, militar y diplomático, hijo del General Lucio Norberto Mansilla y de Agustina Ortiz de Rosas, hermana del “Restaurador.” Su obra más conocida es Una excursión a los indios ranqueles (1870). También son importantes sus Causeries (1889-90), consideradas un clásico del relato conversacional. 

          El diario fue escrito entre los años 1850 y 1851, durante el viaje que Mansilla realizó de Buenos Aires a la India, Egipto y Europa. Inferimos que se trata del primer cuaderno de un total de dos, ya que el viaje fue más extenso de lo que figura en él, y que el segundo realmente se ha perdido. En esta parte inicial, el joven Lucio - tenía entonces 18 años - describe día por día la partida de Buenos Aires, el 25 de agosto de 1850, el cruce del océano Atlántico a bordo de la embarcación Huma, el desembarco en Calcuta, su vida social en la exótica ciudad, las aventuras por el interior de la India: en Chandernagor—actual Chandannagar— y Madrás, la travesía por el Mar Rojo de Adén a Suez, la interminable caravana hasta el Cairo, la visita a las pirámides y el paso por algunas de las principales ciudades de Italia. Florencia es el último destino mencionado en el manuscrito, el 18 de abril de 1851, pero sabemos, gracias a los escritos posteriores de Mansilla, que el viaje por Europa no terminó allí.

          Sus Causeries de los Jueves nos hablan de que después de Italia pasó por París, Londres, Edimburgo, y regresó a la capital británica en busca de tranquilidad. El recorrido completo duró poco menos de un año y medio. Lucio abandonó abruptamente su exilio, temeroso por el futuro de su familia, debido a los rumores acerca de la probable caída de Rosas. Acababa de cumplir los veinte años cuando desembarcó en Buenos Aires, en diciembre de 1851, vestido según la última moda europea. Y aunque pareciera que la experiencia no lo hubiera modificado más allá de su flamante apariencia de hombre cosmopolita, las vivencias de este viaje iniciático lo marcarían por el resto de su vida y se convertirían en fuente inagotable de anécdotas, reflexiones, puntos de vista y comparaciones que nutrirían casi toda su obra posterior, siempre autobiográfica, intimista y coloquial.

          Es importante aclarar que este descubrimiento incluye otro manuscrito destinado a su padre: la transcripción incompleta del diario de viajes, que no difiere mucho del original evidencia las intenciones de Mansilla de mejorarlo y hacerlo público. En rigor, el original no tiene ninguna marca de un destinatario concreto; en cambio, en la transcripción, el relato del viaje se inicia en la tercera página porque Mansilla añade un largo párrafo dedicado al Coronel Lucio Norberto, su padre o “Tatita,” como lo llama desde la infancia—, que abarca las primeras dos páginas:

          Mi querido Tatita: No solo por cumplir con una recomendación de Ud. y llenar un deber, como es, pasar mis horas de ocio en algún ejercicio agradable e instructivo es que me propuse llevar un diario durante mis viajes; sino con la idea de yo mismo tener algún día una memoria de ellas más primitiva e indeleble que la que puedo conservar en mi imaginación, cuando llegue a la edad en que las facultades intelectuales parecen debilitarse a medida que la fuerza física falta al hombre y edad en la que el recuerdo de las dulces impresiones recibidas en la juventud llenan el corazón de inefable contento y satisfacción. Mi primera idea al comenzarlo fue de enviárselo a Ud y hoy al someterlo a su buen juicio, solo tengo el sentimiento de que no sea una cosa bastante digna de ocupar su atención; sin embargo espero Sr. que Ud será indulgente y franco con su humilde hijo, que al ocuparse de este pequeño trabajo no ha estado poseído sino de la mejor voluntad y deseo de agradar a un padre tan digno de emulación y respeto como Ud. 

          El temor del joven viajero de haber escrito algo poco digno del interés de su padre refleja la temprana intuición del escritor que, al pasar en limpio el manuscrito, toma conciencia de lo que repetiría, muchos años más tarde, en el comienzo del relato “Recuerdos de Egipto”

          De todos los escritos de Lucio V. Mansilla, podemos nombrar un número importante que se nutrió de manera directa de las experiencias vividas en su primer viaje. Por este motivo, el manuscrito se nos presenta como una caja de resonancia cuyos ecos han vibrado de múltiples maneras. En primer lugar, nos referiremos a la causerie "¿Porqué . . . ?” (Entre Nos 20-62), ya que trata acerca de las circunstancias que llevaron a Mansilla a realizar un viaje tan prolongado con destinos tan remotos. El texto, dirigido al Dr. Carlos Pellegrini, se dilata en extensas digresiones durante cinco jueves con el evidente propósito de generar expectativa en el lector antes de revelar los verdaderos motivos del prematuro exilio.

          En el manuscrito que estudiamos, no hay ni una sola alusión directa a los motivos del viaje; pero el tono melancólico, la reflexión tenazmente repetida de la importancia de recordar o amar a la familia por sobre todas las cosas y la angustia por la distancia impuesta a causa de silenciadas imprudencias son una constante y llegan a establecer una atmósfera, una monotonía difícil de quebrar, sobre todo a lo largo de las ciento veintidós páginas que ocupa la crónica de la travesía transatlántica hasta la India. Creemos que el tono general de esta parte del relato se debe al pesar que Mansilla sentía por saberse desterrado de su casa y de su patria. En ningún momento, se muestra entusiasmado por la aventura que está emprendiendo, ni ávido de nuevas experiencias. Por el contrario, lamenta la distancia con sus seres queridos y los malestares físicos- náuseas y dolores de cabeza - lo perturban de tal manera que a veces le impiden realizar lo único que parece disfrutar durante el viaje: leer libros y escribir en su diario.

          El primer viaje de Mansilla fue decisivo en la construcción de su imagen. Le dio al personaje político y militar, pero sobre todo al escritor, el encanto propio de los que han visto lo que otros sólo han podido imaginar. La importancia de este diario de viajes, escrito durante un largo exilio, radica en su poder documental: es el primer paso en la vida literaria de Mansilla y también el primer testimonio de una serie de viajes por el mundo que no tendrá un final voluntario, pues la muerte detendrá a nuestro viajero en París, en 1913. Como queda demostrado aquí, este manuscrito constituye, ante todo, una fuente inagotable de ecos que resonarán cada vez que un lector ponga los ojos en algunos de los textos mansillanos para perderse entre mares, desiertos, aldeas y pirámides, con el sabor de la pampa en la boca y la irresponsable magnificencia de quien viaja acompañado de un baúl con veinte mil libras esterlinas. 

FUENTE: Extracto de un artículo de María Laura Pérez Gras, titulado: Los ecos del primer canto. El diario de viajes de Lucio V. Mansilla y las relaciones intertextuales con su obra posterior. Decimonónica. Volumen 6, Número 2, Verano 2009.





domingo, 29 de abril de 2012

LAS CARTAS SECRETAS DE LA CALLE TACUARÍ. "El presidio viejo". Casa natal de la familia Mansilla.



En la esquina de las calles Tacuarí y Potosí, que hoy se llama Alsina, se alzaba una edificación conocida en la época colonial como “el presidio viejo”: allí nació Lucio V. Mansilla, nuestro dandi nacional. En esa casa de San Telmo los niños Eduarda y Lucio se entretenían revisando los aparadores y cajones secretos del comedor doméstico, donde encontraban “cartas empaquetadas de infinidad de personajes, cartas que, a ocultas, solía yo leer”, confesó Mansilla en sus deliciosas memorias, escritas en 1904, cuando tenía 84 años y el movimiento rosista, ese gran productor de pasiones color punzó, había quedado en cierto modo atrás. Sobrino de Rosas, hijo de Agustina Ortiz de Rosas y polémico contrincante de Sarmiento, Mansilla encuentra en la autobiografía, o en la novela doméstica, un modo de contar la patria con su gracia afrancesada y soberbia.

En su artículo “Sarmiento, lector de imágenes, escritor de prodigios”, Graciela Batticuore señala que la figura de Agustina Rosas “adquiere un lugar relevante en las memorias del hijo y su obra nos ofrece otro ejemplo de la relación madre-niño-lectura, así como de la colocación del autobiógrafo en la escena familiar argentina del siglo XIX.” Lucio narra su experiencia como niño lector y a la vez la de su hermana Eduarda Mansilla, que también fue escritora. Dice Mansilla que en su casa no hay una biblioteca materna: Agustina no es una lectora y la biblioteca del padre está fuera del lugar donde habitan los niños durante la primera infancia. De modo que Agustina Rosas, para que sus hijos aprendan a leer, apela al legajo de las cartas familiares.

Cuenta Mansilla en sus Memorias: “La señora había coleccionado cientos de cartas y hecho con ellas, poniéndoles tapas de cartón, un grueso infolio. Era para que nos acostumbráramos a leer letra manuscrita de toda clase (había alguna que al mejor se la daría) y para que supiéramos qué clase de amigos tenía mi padre …. Allí, en ese enorme mamotreto, verdadero legajo de varios, aprendí yo a conocer y a querer algunos personajes, los de letra clara como el señor don Domingo de Oro. Las simpatías de mi hermana y las mías estaban en razón inversa de la mala letra de los personajes”.

De modo que el ingenio de los niños pronto convirtió en juego la didáctica materna y encontró una diversión en la lectura. En primer lugar, el legajo proveía a los niños una destreza: la lectura de letras manuscritas de distinto tipo. Este entrenamiento les permitía, a través de la letra, de su forma, su tamaño, su cadencia, además, llegar a vislumbrar el carácter y la personalidad de los corresponsales, que les resultaban más o menos queribles en relación con la amabilidad o la rusticidad de su caligrafía. La novela familiar de los niños Mansilla se completaba tanto más cuanto esos corresponsales, cuyas misivas ellos leían ora a hurtadillas, ora a instancias de su madre, eran también asiduos visitantes de la casa.

Aunque estos padres “leen poco” -como aclara el memorialista-, las lecturas escogidas para los niños, así como la casa misma y sus rituales organizan una lógica propia. La casa Mansilla recibe a menudo visitas prestigiosas: la calle Tacuarí esquina Potosí es una mansión marcada por la belleza y por los brillos que el dinero es capaz de proporcionar. Y aunque no hay una biblioteca, las cartas y documentos dan cuenta de una literatura: la historia de la patria y la historia familiar.


Porque los propósitos, conscientes o no, de Agustina Ortiz de Rosas al dar a leer a sus hijos los archivos familiares, no son tanto pedagógicos cuando políticos: el legajo permite a los niños construir una genealogía. El conocimiento de los nombres de los allegados y parientes de la familia Mansilla les sirve para situarlos socialmente, para insertarlos en las redes de parentescos familiares, sociales y políticos. De modo que la práctica de la lectura del legajo los perfila como dignos herederos de la casa, apunta Batticuore. Como si se tratara de un manual cosido y dibujado por ella misma, la madre Agustina insta a los hijos a ejercitar su lectura. Pero el objeto de instruir a los niños es doble: no se trata tanto de iniciarlos en el conocimiento del alfabeto como de apropiarse, por medio del acceso a las cartas manuscritas de los corresponsales de la familia, de un linaje.

Fuente: Laura Ramos.Diario "Clarin" de Buenos Aires, domingo 29 de abril de 2012. 

martes, 28 de febrero de 2012

El general Bertrand Ract-Madoux, quinto nieto del benemérito general del Ejército Argentino, don Lucio Norberto Mansilla, asumió el pasado 1º de septiembre de 2011 como máxima autoridad del Ejército Francés.


Una mañana del 20 de noviembre de 1845, un general argentino, don Lucio Norberto Mansilla, comandaba las tropas de la Confederación Argentina, entonces gobernada por el Brigadier General don Juan Manuel de Rosas, para enfrentar a la escuadra anglo-francesa, en la “Batalla de la Vuelta de Obligado”, hoy denominada “Batalla de la Soberanía”. 

Hoy, transcurridos 166 años de aquel hecho de armas, un general francés de cinco estrellas, asume como Jefe del Estado Mayor del Ejército de la República de Francia.

Que tienen en común estos dos hechos de la historia de ambos países?

Que el futuro comandante del ejército francés es quinto nieto del general Lucio Norberto Mansilla, prócer benemérito de la República Argentina.

Es increíble como la vida de los hombres y el devenir de los pueblos nos deparan estas magníficas historias de vida.

No dudamos que nuestro heroico general argentino, estaría orgulloso, al ver que su estirpe continúa el camino virtuoso que con tanto esmero inculcó a sus hijos y perduró en su descendencia, y que estaría muy feliz al comprobar que el camino del desencuentro terminó y que ambos países hoy están hermanados por ideales comunes.

Como vemos en Argentina o en Francia, los valores inculcados en la formación de una familia dieron y darán sus frutos y todos aquellos que sepan honrar los legados recibidos están llamados a desempeñar roles trascendentes donde quiera que se desempeñen en la vida.

El futuro general de cinco estrellas Bertrand-Regis-Marie-Dominique Ract Madoux, es hijo de Claude Louis Marie Robert Ract-Madoux y de Guillemette Tabard Bourgois. Nieto de Etienne Nicolás George Tabard y Antoinette Louise Eda Bourgois Marrier de Lagatinerie. Bisnieto de Henry Marie Bourgois y Guillemette Marrier de Lagatinerie García-Mansilla. Tataranieto de Charles Jules Michel Marrier de Lagatinerie y Eduarda Manuela Agustina Nicolasa García-Mansilla. Chozno de Manuel Rafael García Aguirre y Eduarda Mansilla Ortiz de Rozas. Quinto nieto de Agustina Martina Dominga Ortiz de Rozas – hermana menor de Juan Manuel de Rosas - y el general Lucio Norberto Mansilla Bravo de Oliva.

Fue nombrado el pasado 22 de junio por el Consejo de Ministros de Francia para desempeñarse como Jefe del Estado Mayor del Ejército Francés y asumirá su cargo el próximo 1º de septiembre , en reemplazo del general Elrick Irastorza, quién ocupa el cargo desde el mes de julio de 2008.

Nacido en 1953, el general Bertrand Ract-Madoux, de cincuenta y ocho años de edad es hijo de un oficial de caballería, se graduó en la prestigiosa Academia Militar de Saint-Cyr Coëtquidan. Esta escuela militar, fue creada por la ley del 11 de floréal del año X - que corresponde al 1 de abril de 1802 - por orden de Napoleón Bonaparte y su divisa es: "Ils s'instruisent pour vaincre" ; "Se instruyen para vencer".

En 1975, al egresar como oficial eligió el arma de caballería blindada y fue destinado al 8ª Regimiento de Húsares en Altkirch. Posteriomente se desempeñó como oficial instructor en la Escuela de Caballería (1975-1979) y fue destinado como Jefe de Escuadrón en Alemania (1982-1984). Se graduó como oficial de Estado Mayor (presupuesto y logística) y pasó a prestar servicios en la Escuela Superior de Guerra.

Al ascender al grado de teniente coronel fue jefe del 2º Regimiento de Cazadores, mas tarde director en el departamento de investigación del Ejército (1990-1995) y en el año 1995 con el grado de coronel comandó el 1º Regimiento de Spahis.

Durante su extensa carrera militar, realizó varias operaciones en el extranjero, en particular en la antigua Yugoslavia y en Costa de Marfíl.

                 Thierry Bussière, Patrice Ract-Madoux - mostrando el Boletin del
              Centro Naval con la imagen del almirante Manuel José García-Mansilla -
Hervé Ract-Madoux, el general Bertrand Ract-Madoux y Manuel Rafael García-Mansilla.
      Château du Plessis,Troyes, Champagne-Ardenne, Francia, 23 de julio de 2011.
Nombrado general fue comandante de la 2ª Brigada Blindada, para desempeñarse posteriormente como jefe de la oficina adjunta de "Estudios y Estrategia Militar " en el Estado Mayor General del Ejército.

Fue designado como Segundo Comandante de la Fuerza Licorne en Costa de Marfil, ( 2003 a 2004 ), y ocupó el cargo de jefe de estrategia e investigación en el Estado Mayor General de la EMA, para finalmente convertirse en el año 2007 en el Jefe de gabinete de la Dirección General de Seguridad Externa (DGSE).


Sus virtudes personales, fruto de una esmerada educación y un esfuerzo constante, su concepto del honor, su acendrado patriotismo, su honradez, su firmeza de carácter, su respeto por los principios republicanos, su abnegación y entereza y su gran espíritu de cuerpo fueron sin duda factores determinantes para que el Ministro de Defensa proponga al Consejo de Ministros a este destacado oficial para desempeñar el cargo de Jefe de Estado Mayor del Ejército Francés.

El General Bertrand Ract-Madoux revista las tropas de tierra del Ejército Francés.


Le deseamos a este querido y distinguido miembro de nuestra familia, 
el mayor de los éxitos en su nuevo destino militar.

Bertrand es un digno representante de nuestra estirpe, que ha sabido cumplir cabalmente el lema familiar:


“PIERDASE TODO SALVESE EL HONOR” 


¡VIVA LA ARGENTINA! ¡VIVA FRANCIA! 








domingo, 19 de febrero de 2012

Lucio V. Mansilla, el dandy nacional.


A los diecisiete años, aprendiz de dandy, Lucio V. Mansilla fue enviado por sus padres a purgar un “pecadillo de cuenta” a la estancia de su tío y padrino Gervasio Rosas. El tío Gervasio era un domador de muchachos contumaces, y aquella estancia sobre el río Salado albergó en sus soledades a no pocos muchachos desterrados, como Bartolomé Mitre, en sus tiempos. El “pecadillo de cuenta” del joven Mansilla fue un primer amor platónico que derivó en un rapto escandaloso. Y aunque en los corrillos de la Buenos Aires de 1849 no se hablaba sino de sus malas inclinaciones, no fueron unos amores que la prudencia no veía con buenos ojos la causa del viaje a la India en el que se embarcó poco después. 

Fue la lectura a hurtadillas de Jean-Jacques Rousseau: “Mi amigo, cuando uno es sobrino de don Juan Manuel de Rosas no lee El Contrato Social , si se ha de quedar en este país; o se va de él, si quiere leerlo con provecho”, le había dicho su padre al descubrirlo leyendo. ( Entre nos. Causeries de los jueves , Lucio V. Mansilla) Dos años más tarde, instalado en Londres luego de haber recorrido Asia, Africa y Europa, recibió la noticia, muy atrasada porque no había telégrafo y eran raros los vapores, de que Urquiza se había sublevado contra Rosas, el hermano de su madre Agustina, “la belleza de la Federación”. Federal y partidario de los caudillos provincianos (como lo nombra –lo bendice– mi padre), la noticia lo desconcertó y decidió regresar a Buenos Aires de sorpresa. Tras pasar por el trámite de la ballenera, el carro, la subida a babucha, se dirigió a la casa paterna. 

La alegría que despertó en su familia fue tal que se mandó decir una misa en la iglesia de San Juan, y poco después comenzaron a arribar fuentes de dulces, cremas y pasteles con el mensaje criollo: “Que cómo está su merced; que se alegra mucho de la llegada del niño, y que aquí le manda esto por ser hecho por ella”. Mientras se dejaba agasajar, Lucio escuchaba las nuevas sobre el avance victorioso del “loco, traidor, salvaje unitario, Urquiza”. Su prima Manuelita y, sobre todo, su prima Catalina Ortiz de Rosas y Almada, con quien se casaría en 1853, lo encontraron muy chic, vestido a la última moda parisiense: sombrero de copa alta puntiagudo, levita muy larga y pantalón estrecho. 

Pero ese aire de dandy afrancesado, del que se envanecía, no ocultaba su naturaleza criolla, de la que también se envanecía: “Era tan criollo como el Chacho”, decía. Por añadidura, su tío Juan Manuel se alegró de que su sobrino no hubiera vuelto “agringado”. 

En su texto “Imagen de Mansilla” Sylvia Molloy se interesó en el dandismo de Mansilla: “Se ha hablado a menudo de su dandismo y es cierto que, en el contexto del 80, es el artífice máximo de su persona: ‘soy el hombre de mi facha y de mi fecha’”. Pero Molloy lo diferencia de los dandis clásicos: “El discurso del dandi es intransigente, es un discurso de veras manco que rechaza todo contacto; en sus textos, en cambio, Mansilla necesita tocar con la vehemencia de quien busca complacer a todo precio”.
Como suscribiendo a Molloy, así se describe Lucio en una fiesta provinciana durante su destierro en Santa Fe en 1856, a los veinticinco años: “Yo me mantenía un tanto apartado, dándome aires: tenía toda la barba, larga la rizada melena, y usaba un gran chambergo con el ala levantada… Mi apostura, mi continente, mi esplendor juvenil…”, explica en sus Causeries , le daban una apariencia de romántico o de poeta. Mucho de romántico tuvo el origen de su exilio, un reto a duelo a José Mármol en el Teatro Argentino por las injurias que éste había proferido contra su familia.

Ya maduro, es descripto por George Brandes (En el Bois de Boulogne ) como un adolescente: “Un verdadero aventurero y un hombre hermosísimo, quien, a pesar de sus cabellos y barba blancos, por su aire marcial y su jovialidad podría ser todavía un peligroso rival para cualquier joven. Es tan hermoso con su prestancia militar, con sus ligeros rasgos de “rastacuére” y con la picardía de sus ojos negros, que hasta su propia satisfacción de su persona física no le está mal”. Ambos están en París, en un almuerzo con la flor y nata . Brandes menciona la palabra “espléndido” y Mansilla le pregunta si estaba hablando sobre él con Robert de Montesquiou, el epítome del dandi, el modelo para el personaje del barón de Charlus de Proust. Al responderle Brandes con una negativa, Mansilla dijo: “¿No? Cuando oigo palabras tales como espléndido o esplendidez, creo siempre que se está hablando de mí.” Brandes concluye: “Y se reía como un niño”. Molloy acuerda con Blandes cuando escribe sobre la escritura en primera persona de Mansilla, ese yo que prefiere mantenerse en la indecisión, “no como un dandi sino como un adolescente”.
  FUENTE: Laura Ramos. Diario "Clarin" Buenos Aires, 28 de agosto de 2011.

domingo, 5 de febrero de 2012

MANUEL JOSÉ GARCÍA Y JUAN MANUEL DE ROSAS


Manuel José García Ferreyra
1784-1834
Los años transcurridos entre 1829 y 1835 tuvieron particular significado en el desarrollo económico de la provincia de Buenos Aires, también lo fueron en el aspecto político e institucional. De estos últimos , en apretada síntesis podría decirse que el poder político detentado de hecho y de derecho por la Honorable Sala de Representantes pasó a manos de una sola persona, Juan Manuel de Rosas, con la suma del poder público; en cuanto a lo institucional , la provincia eludió darse una constitución interna y lo que es más, maniobró para concretar su hegemonía sobre las provincias interiores no aceptando llegar a la formulación de un gobierno nacional que pudiera dar derecho a éstas a participar en el manejo del puerto bonaerense. 

Es sabido que el lapso de seis años en cuestión fue turbulento y la lucha de distintas facciones porteñas llegó a las peores consecuencias con la lucha armada y sin cuartel: no hubo tregua para el enemigo.

A pesar del aparente caos de este período, su estudio desde el punto de vista económico, adquiere coherencia lógica, mostrando el ascenso y consolidación del sector pecuario bonaerense sobre el grupo de comerciantes ligados al comercio exterior. En esta consolidación de la agricultura quedó de lado y aún retrogradó con respecto a los primeros años del veinte, ya que la provincia de Buenos Aires fue importadora de harina de trigo hasta los comienzos de la década del 50.

En la búsqueda de los hechos económicos y su interpretación, la figura de Manuel José García tiene una importancia singular. La influencia de sus ideas será una constante, ya sea en el primer plano del gobierno o entre bastidores. Su retiro en 1834, luego de más de treinta años al servicio de su país de nacimiento, marca el fin de un proceso en el cual se frustraron sus propósitos de unir los intereses de hacendados y comerciantes y dar bases constitucionales a la provincia.

Luego de desempeñarse como ministro de Hacienda con Juan José Viamonte, en su gobierno provisorio, Juan Manuel de Rosas solicita su colaboración para que continúe a cargo de ese ministerio, sin duda porque reconoce sus méritos relevantes para la conducción de los problemas económicos.

La labor de García al frente de la hacienda pública fue fundamental para la consolidación de la política de Buenos Aires entre los años 1830 a 1832. Merced a sus acertadas soluciones económicas, le permitieron a Rosas organizar sus ejércitos, los que le darían la hegemonía sobre la provincia bonaerense, financiando además, a las fuerzas militares de Estanislao López y Facundo Quiroga en su lucha contra José María Paz. Ahí están los números que hablan de esa ayuda y las cartas de los protagonistas reclamando los fondos prometidos. Esa política de ayuda al interior va a permitir a los porteños mantener el control de la aduana, negándose a compartir su usufructo, como lo pretendió el correntino Pedro Ferré, al discutir el luego denominado Pacto Federal.

Al cesar la lucha contra los unitarios después del triunfo de Quiroga en “La Ciudadela” , los hacendados bonaerenses con Rosas a la cabeza tornan a despreocuparse del propósito de unidad nacional para interesarse en la frontera con los indios.

Cuando se vuelve la mirada dejando de lado la lucha de las fracciones políticas surge con nitidez la expansión de los hacendados hacia el sur de la provincia, un propósito que arranca desde el año 1820 en la administración de Martín Rodríguez. Esa expansión alcanza su culminación con la expedición al desierto de Rosas en el año 1833, que recibió el apoyo unánime de la Sala de Representantes. Este hecho no fue fortuito, venía siendo el punto de mira de todos los gobiernos, desde la Junta de 1810, quién ordenó al coronel Pedro Andrés García de Sobrecasa, padre de Manuel José García, primer ministro de Hacienda de la Argentina, realizar su incursión en tierras de indios para lograr acuerdos que permitieran lograr la paz con los caciques. Este bravo montañes, naturalizado argentino en la Asamblea del Año 1813, culmina su actuación en esta tarea en el año 1821, con su expedición hasta la Sierra de la Ventana. 

Juan Manuel de Rosas, nacido
Juan Manuel Ortiz de Rozas
1793-1877
Balcarce, designado gobernador, será incapaz de imponer su autoridad sobre las fracciones del partido federal debido a su falta de energía para ejercer el cargo. El grupo rosista actuante en la Sala lo reduce a la inoperancia al no aprobar los presupuestos de gastos, mientras que las querellas políticas desembocan en la Revolución de los Restauradores, provocando su renuncia.

El general Tomás Guido y Manuel José García repitiendo una acción similar a la ejecutada en 1829, durante el conflicto con Juan Galo de Lavalle, intervienen como mediadores para aplacar a una delegación de la Sala de Representantes. Esta como solución a la crisis vuelve a designar a Juan José Viamonte para desempeñar la gobernación, quién nombra a aquellos como sus ministros.

Manuel José García vuelve al manejo de las finanzas, después de su alejamiento del gobierno en 1832, por su discrepancia con Rosas en torno a la negativa de éste para consolidar la unidad nacional tal como se pone en evidencia a través de la correspondencia entre ambos. Ahora mediante un plan financiero y económico global procura solucionar la seria situación que atraviesa el gobierno bonaerense en este terreno, para lo cual busca conciliar los intereses de los hacendados y comerciantes, pero su gestión fracasa al carecer de apoyo político en la Sala de Representantes, donde se pone en evidencia que aquellos no están dispuestos a ceder sus privilegios económicos.

El retiro de Juan José Viamonte y sus ministros sometiendo su renuncia a la Sala, se resuelve luego con el interinato de Manuel Vicente Maza, que derivó con el nombramiento de Juan Manuel de Rosas con plenas facultades para gobernar. La tozudez de los hechos económicos permiten consolidar el predominio político del grupo ganadero y saladerista por medio de su figura más prominente.

El análisis particular de los factores económicos efectuados en esta investigación en el lapso señalado no tuvo el propósito de estudiar personajes individuales, pero la historia la hacen los hombres. La figura de Manuel José García se impuso por derecho propio debido a su actuación dentro y fuera del gobierno. Criticado por su participación en el arreglo de la paz con el Brasil auspiciado por Bernardino Rivadavia y el partido unitario, quién descargo sobre sus hombros la responsabilidad de la firma de un acuerdo considerado lesivo a los intereses del país, volvió a la actuación pública llamado por Juan Manuel de Rosas, sin que sus contemporáneos le enrostraran en ningún momento esa acción. Esta realidad abre campo a la polémica y a la necesidad de un juicio más serio y desapasionado sobre su labor como economista, político y diplomático.

Cuando Félix de Alzaga amparado en el anonimato acusó a García de otorgar favores a sus amigos, éste reclamo en la Sala de Representantes las pruebas de los cargos lanzados en su contra. Estas no fueron presentadas. Con este episodio terminó la vida pública de García, después de haber comenzado la misma con su participación en las invasiones inglesas.

Al margen de los hombres que actuaron en este lapso, al término del mismo, luego de la agitación política que duró seis meses entre mediados y fines de 1834, Rosas vuelve al ejercicio del poder, ahora sin obstáculos.

La situación económica y financiera del gobierno es deficitaria, pues se ha acumulado una deuda importante debido a la guerra civil, con el interior, a los desórdenes políticos internos de la provincia y a la expansión de la frontera con el indio.

La circunstancia de que el gobierno se encuentre en una situación financiera difícil no significa en absoluto que esto rija para los capitales aplicados a la ganadería. Como dijo José María Roxas y Patrón en su memorándum a la Comisión Representativa de Santa Fé, realizaban “ganancias exorbitantes”, que les permiten ampliar sus actividades pecuarias, aprovechando la demanda extranjera de su producción. Por ese motivo el “gremio de Hacendados” agradece a Juan Manuel de Rosas en mayo de 1835, los servicios prestados asegurando la paz en la frontera y valorizando las tierras.

Este trabajo de investigación histórica ha dejado de lado los aspectos políticos para concentrarse en los económicos, no porque los unos sean independientes de los otros, sino con el propósito de destacar las acciones de cada grupo actuante en la provincia de Buenos Aires.

FUENTE: Juan Carlos Nicolau. Rosas y García. La economía Bonaerense (1829-1835). Los hacendados ascienden al poder. Editorial Sadret, Buenos Aires, 1980.

martes, 11 de octubre de 2011

Manuelita Rosas a través de su olvidado epistolario.


Manuelita Rosas de Terrero
1817-1898
La correspondencia de Manuelita Rosas de Terrero ha despertado  siempre el interés de los historiadores. Hace unos años nos sorprendía Lila Nilda Bonastre de Dansey con su trabajo Manuela Rosas de Terrero. Un aspecto ignorado de su espistolario (Corrientes, 1968).

En el Museo de Luján se conservan seis (6) cartas de Manuelita dirigidas a su padre, y ciento quince (115) cartas que, ya señora de Terrero, remitió a su amiga Pepita Gómez. Esas piezas, - además de otras setenta y tres (73) cartas de Juan Manuel de Rosas a la misma destinataria-, fueron salvadas de la inundaciones que afectaron al Museo de Luján del 10 al 13 de octubre de 1967, y después, severamente, a comienzos de los años 80. No obstante, hay copia de esa correspondencia con Josefa Gómez, de 1852 a 1875, en el legajo 2447 de la Sala VII del Archivo General de la Nación, obtenidas por el doctor Ernesto Celesia. Estas cartas fueron utilizadas y dadas a conocer por Carlos Ibarguren en su estudio Manuelita Rosas, en las sucesivas ediciones aparecidas desde 1925.

A esa documentación debe sumarse el voluminoso paquete de cincuenta y nueve (59) cartas que van de marzo de 1889 a marzo de 1897 que Manuela dirigió desde el destierro a su fiel amigo Antonino Reyes, cuyos originales se han extraviado. Fueron comentadas por Raúl Montero Bustamante en su artículo El ocaso de Manuelita Rosas (La Prensa, Buenos Aires, 9 de mayo de 1926), y por Martiniano Leguizamón, primero en Revelaciones de un manojo de cartas (La Nación, Buenos Aires, 6, 8 y 11 de junio de 1926) y después en su libro Papeles de Rosas (Buenos Aires, 1935). Nuestro Archivo General de la Nación, ha publicado esas 59 cartas de Manuelita a Reyes, junto con otra de éste a aquélla, una de Agustina Rosas de Mansilla al mencionado Reyes y otras dos de Manuelita a Rosario T. de Rodriguez y a Rosario Reyes de Tezanos, respectivamente, con el título Manuelita Rosas y Antonino Reyes. El olvidado epistolario,1889-1897 (Buenos Aires, 1998). Finalmente, están las que Reyes dirigió a Manuelita, todavía inéditas.

La correspondencia de Manuelita desde el exilio fue incesante: “mi tiempo no es holgado - le escribe a Reyes el 21 de febrero de 1893 - y no se debe olvidar que sostengo la correspondencia con mis amigos en Buenos Aires y en varias partes del mundo”. Pero ¿dónde están esas cartas?...

Antonio Dellepiane ha cuestionado la ortografía de las cartas de juventud de Manuelita. Pero, la verdad sea dicha, no se diferencian en mucho de las cartas de vejez de Mariquita Sánchez de Thompson, en la época de Rosas señora de Mendeville, que presumía de sabia y literata. Manuelita tuvo una educación esmerada, de motu proprio. Ella lo ha referido al recordar a su maestro Marcelino Camelino. Y se tiene por cierto que recibió clases del famoso educacionista Salvador Negrotto.

La correspondencia de Manuelita deja traslucir la nostalgia del exilio. En carta a Reyes del 24 de mayo de 1889, al evocar el día de su santo, recuerda emocionada: “Para mí ese día... es de recuerdos tan tristes desde que me faltó mi amado padre ¡ Pobre tatita, me festejaba tanto¡ .. Comíamos en el medio del campo”. Y después de recordar sus visitas a Burguess Farm, finaliza: “¡Oh Reyes¡ Esos amenos días pasaron para no volver más, y para mi son más valiosos sus recuerdos que los que no puedo dejar de conservar de aquel tiempo en mi patria en que me rodeaba tanta bulla, tanta demostración de cariño, en algunos fingido, verdadero en otros”.

Nunca le pasó inadvertido, ni en los días de su alta vejez, el aniversario de Caseros. El 3 de febrero de 1891 le manifiesta a Reyes: “ Te escribo en este día, aniversario de tanta fatalidad para nosotros. Quien todo lo dispone, así lo quiso, sigamos sometidos a su divina voluntad”. En siguiente aniversario recordará: “Día inolvidable...”. Y al año subsiguiente: “Día de terribles recuerdos, se cumplen hoy 41 años, ¡ Oh Reyes¡ Y estamos hoy mejor que entonces?".

La nostalgia por el terruño, por los amigos y por los parientes ingratos fue infinita. Al punto que le escribe a Reyes el 18 de julio de 1892: “Ojalá nos fuera dado estar reunidos comunicándonos de viva voz nuestras cuitas ¡ Oh Reyes¡ qué grande sería el placer de estos tus dos amigos [se refiere a ella y a su consorte Máximo Terrero] y estoy cierta el tuyo también, si pudiera realizarse. Pero como nosotros hacen tantos años andamos en la mala, esa felicitad será difícil que entre por nuestras puertas”.

En esa correspondencia del exilio, Manuelita aclara, en palabras que trasuntan dignidad, la verdadera naturaleza del papel que le tocó desempeñar durante el gobierno de su padre: “Mi finado padre el general Rosas jamás me hizo desempeñar un rol que no debía, o que ridiculizase tanto a mí como a él mismo. Tampoco es cierto que yo tomase parte alguna oficialmente de asuntos públicos o políticos durante la administración de mi lamentado padre, cuando, creo, que hice cuanto me fue dado para desempeñarme en los actos privados y sociales con la dignidad que correspondía a nuestra posición" (carta a Reyes del 16 de noviembre de 1892). Y lo ratifica el 21 de febrero de 1893: “jamás desempeñé carácter tal en acto alguno”.

Y terminantes son sus palabras sobre la ejecución de Camila O`Gorman:“Tanto Máximo como yo te aseguramos ser cierto que mi lamentado padre, el general Rosas, escribió a una persona de nuestro país, en Buenos Aires [se refiere a Josefa Gómez] con motivo de ese mismo asunto, expresando terminantemente que a nadie había pedido consejo y agregando que de todos los actos de su administración, buenos o malos, era él exclusivamente responsable” (carta a Reyes del 16 de noviembre de 1892).

Otras cartas, despojadas de la gravedad que revisten las anteriores, aluden a los detalles de su vida cotidiana. El 18 de junio de 1895 escribe: “desde el 1° de junio la casa ha estado llena de huéspedes y yo obligada a cuidar de todo y de todos, como que soy quien todo lo dispone y maneja – esta pobre vieja- seguiré hasta que más no pueda y después será lo que Dios quiera”. Desde Londres, el 17 de febrero de 1890 cuenta su intimidad hogareña y la satisfacción que la causaba el recibo de sus connacionales. “Mi día fijo de recepción es el domingo pero siempre que vienen amigos entre semana y me es posible recibirles lo hago con más particular placer si son mis compatriotas, a quien recibo sin etiqueta y con la urbanidad que tu sabes me es característica ... a más tengo mi lote de visitas en la sala y debo recibirlas”.

Antonino Reyes
1813-1895
Evocando el golpe que le significa la separación de su hijo Manuel, refiere a Reyes el 18 de noviembre de 1890 con poética expresión: “sin él, me quedo como un pájaro sin alas”.

El 21 de mayo de 1890 escribe a su nunca olvidado amigo : “El andar con mi viejo, teniendo que ser quien maneja todo lo requerido en viajes, gastos de hotel, firmar cheques, etc. te probará que estoy muy acostumbrada a las reglas inglesas y que me hago entender en este idioma. Yo misma hago mi elogio a mi buen desempeño".

El 18 de febrero de 1897 en una carta de grave tono, como si hubiese sido escrita bajo un fúnebre presagio, Manuelita se refiere al envío del sable de San Martín al gobierno argentino y a las gestiones para que le fueran devueltos los bienes que le habían sido confiscados a su padre (en la parte correspondiente a los bienes propios que su finada madre, Encarnación Ezcurra, había aportado al matrimonio ) . Pero cuando envió esta carta, Antonino Reyes ya había muerto. Pero todavía el 22 de enero Reyes le había escrito por última vez, sin decirle a su amiga nada de su enfermedad. Pocos días después fue sometido a una operación y el 6 de febrero falleció. Manuelita se enteró de su muerte por el Dr. Adolfo Saldías. Y el 4 de marzo escribió a Rosario Reyes de Tezanos, hija del amigo, para darle el pésame: “Máximo y yo hemos perdido a un amigo de ejemplar lealtad, a quien jamás olvidaremos”.

La muerte de Reyes, su fiel corresponsal, desató el lazo que la unía con el pasado y ella, también vieja, enferma y entristecida, dedicada a la atención de su esposo enfermo, se extinguió en Londres el 17 de septiembre de 1898, traspuesto ya el umbral de los 81 años. Había nacido el 24 de mayo de 1817.

Se ha dicho que Manuelita volvió a Buenos Aires en 1886, temporalmente. Nada más inexacto. Nunca regresó a su adorada patria.

Julio A. Benencia dio a conocer una carta suya dirigida al doctor Adolfo Saldías y fechada en Londres el 2 de abril de 1896, cuyo original se conserva en el Archivo General de la Nación, en la que Manuela manifestó el deseo de que su padre, ella, su marido y sus hijos, reposaran definitivamente en suelo inglés, lejos del solar patrio: “En cuanto a trasladar los restos de mi tan amado padre a Buenos Aires eso jamás tendrá lugar, y mi completa oposición a ello la dejo explícitamente expresada en mi testamento. No, Doctor, sus cenizas reposan muy bien colocadas en el sepulcro y hermoso monumento que el cariño de su hija lo hizo erigir en el cementerio de Southampton; con su fiel hijo Máximo y sus nietos iremos según nos toque el turno, a reunirnos a él. La bóveda está construida para todos” ("Manuelita Rosas y los restos de su padre”, en Investigaciones y Ensayos, núm. 17, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 1974, págs. 311-312).

Pero el hermoso monumento que Manuelita mandó erigir, es hoy solamente una ruina que apenas se divisa entre la maleza de un cementerio abandonado. Don Juan Manuel ya ha sido repatriado. Allá quedan Manuelita, su marido e hijos. Por eso, ya no se justifica su permanencia en tierra extraña. Es hora que los restos de la niña de Palermo regresen a la tierra de sus mayores, y que en su losa se graben aquellas palabras que ella escribió a Reyes el 26 de julio de 1893,a los 76 años: “Yo Reyes , nací para sufrir por todos y con todos. Mi carácter nunca fue propicio a mi felicidad”. Palabras, tan sinceras como conmovedoras, que la revelan como arquetipo de la mujer argentina.

FUENTE: Guillermo Palombo. Manuelita Rosas a través de su olvidado epistolario.

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lunes, 10 de octubre de 2011

LOS PASAJES DE PARIS. UN RECORRIDO POR RECOVECOS DE LA CIUDAD LUZ.


Un recorrido por recovecos de la Ciudad Luz que conservan arquitectura y diseño de otros tiempos, y remiten a una época en la que el concepto de urbanización era bien diferente del actual. Rincones que, además, inspiraron a no pocos escritores...


Es necesario que un accidental vistazo muestre un espacio profundo, que se abre como una calle inesperada. Una tenue luz filtrada por vitrales cenitales y la promesa de poder escapar por allí del ruidoso tráfico citadino, de reencontrar el eco de la propia marcha, atrae irremediablemente hacia el interior. Y, apenas unos pasos dados, la estructura mítica del laberinto atrapa...

Numerosos escritores, seducidos por su arquitectura, hicieron de los pasajes los escenarios de sus historias: Honoré de Balzac, Emile Zola, Walter Benjamin, Luis Aragón, André Breton..., y también Julio Cortázar.

De la multitud de pasajes cubiertos construidos entre finales del siglo XVIII y el segundo imperio, a mediados del XIX, subsisten solamente una veintena, que han tenido suerte diversa. Todos merecen un recorrido. Se respira un aire de otra época, e incluso en la decoración de algunas de las vidrieras o en el mobiliario de los cafés uno parece reencontrarse con algún rincón de un Buenos Aires que ya no existe.

Passage Choiseul, París, Francia
Su trazado invita a atravesar las sucesivas arcadas, a perderse por los recovecos, a escrutar las vidrieras de los negocios, a elevar la mirada y descubrir la trama de sus techos traslúcidos. Hoy se puede descubrir en ellos una concepción diferente de cómo construir una ciudad con una arquitectura a escala humana, perteneciente a una época en la que, en un mismo espacio, se concentraban el trabajo, la vivienda y el entretenimiento.

Todos se encuentran en la Rive Droite (la margen derecha del Sena), que es tradicionalmente la más comercial de París, y, salvo algunas excepciones, se agrupan en dos conjuntos principales: aquellos que, situados en el sector que va desde el Palais Royal hasta los grandes bulevares, restaurados o no, fueron y continúan siendo los más suntuosos. El segundo grupo, más austero, se concentra alrededor de la calle Saint-Denis.

La historia de los pasajes comienza en París a fines del siglo XVIII. La capital era una ciudad de lujos y atracciones, pero conservaba una estructura medieval. Sus callejuelas polvorientas o embarradas no tenían veredas, tampoco cloacas ni pavimento. Por ellas circulaba un gentío desordenado, y era imposible desplazarse a un ritmo distendido. Los primeros pasajes fueron creados entonces con un interés comercial, en respuesta a una necesidad de la época. Para su construcción se emplearon nuevos materiales, más seguros y económicos: el hierro y el vidrio, combinados para sostener los techos transparentes que permiten la iluminación natural. De noche, por primera vez se utiliza una brillante luz de gas, que contrasta con la penumbra de las calles mal iluminadas.

Dentro de esas nuevas arterias interiores era factible deambular libremente de un negocio a otro, protegido de la lluvia o del frío, hacer un alto en un café, ensayar un rendez-vous amoroso o leer el diario en alguno de los numerosos salones literarios. Allí podía encontrarse gente de distinta condición: hombres de negocios y jugadores, príncipes y buscavidas, atraídos por la Bolsa de Comercio (situada en el mismo barrio), las tiendas elegantes, los espectáculos, o las prostitutas ligeramente vestidas. En las galerías se podía asistir a pequeños conciertos o cruzarse en el camino con escritores, como Verlaine, con artistas o con caricaturistas, como Daumier. Tanto fue el éxito en ese momento que en el término de cincuenta años se construyeron cincuenta pasajes en todo París.

Galeria de la Madeleine, Paris, Francia
Construida en 1846, al mismo tiempo que la iglesia homónima, la galería cubierta de la Madeleine se encuentra en el barrio chic que rodea la Place Vendôme, donde abundan las joyerías y las casas de alta costura. Su corto trayecto alberga grandes contrastes. Una relojería y una boutique de indumentaria de marca ocupan los primeros locales. Nada diferente de lo que se encuentra en las veredas exteriores, pero la luz tamizada y las siluetas ateridas de los fumadores que hacen una pausa en el trabajo invitan al objetivo de mi cámara a aventurarse al interior.Frente a frente

La sastrería Benjamin llama la atención, tal vez por sus vitrinas detenidas en los años cincuenta, o por el chaleco amarillo a cuadros que porta el sastre. No bien atravieso el umbral, el hombre cuelga el teléfono con gesto colérico y descarga en voz alta la furia provocada por el capricho de un cliente; pero frente al fotógrafo argentino desarma su enojo un tanto teatral y trata de encontrar en la conversación un punto en común, a través de recuerdos de su temprana juventud en Argelia, cuando escuchaba los tangos de Gardel. Es amante del tango, pero no del que se baila ahora, según él, con espíritu atlético. Me confirma que él es un "pied-noir", los franceses que vivían en el Magreb en la época de la colonia. Los retratos de su abuelo militar en uniforme y de Frank Sinatra ocupan los pocos espacios liberados por las perchas repletas de vestimentas para recomponer.

Monsieur Benjamin protesta por las nuevas tendencias deportivas de la indumentaria, que atentan contra la elegancia del pasado. Pero cuando me habla de la moda me distraigo y no puedo no asociar su nombre con el otro Benjamin, el filósofo alemán, Walter Benjamin, que en los últimos trece años de su vida, antes de su suicidio, en 1940, se dedicó a una ambiciosa obra que quedó inconclusa: París, capital del siglo XIX - El libro de los pasajes . A través de sus innumerables notas y citas, el autor abre múltiples puertas de investigación, en las que los pasajes parisinos constituyen el andamiaje central.

A dos estaciones de metro se encuentra otro grupo de galerías, en el barrio de Grands Boulevards. Julio Cortázar se inspiró en él para escribir El otro cielo, cuento donde asocia los pasajes parisinos con lugares a través de los cuales es posible evadirse de la realidad.

Gallerie Vivienne, Paris, Francia
Restaurada hace unos años, la Gallerie Vivienne, en su momento una de las más elegantes de París, recuperó un poco de su brillo de antaño.

La diversidad de niveles, a lo largo de un recorrido que puede ser iniciado a partir de tres entradas diferentes (rue Vivienne, rue des Petits Champs y rue de la Banque), la convierten en una de las más variadas. El estilo arquitectónico es el neoclásico, que corresponde a la época de su construcción (1826), en la era posrevolucionaria, durante la cual el modelo era la república romana. El barroco y el rococó del antiguo régimen quedaron atrás. Los suelos están decorados con mosaicos del célebre artista italiano Faccina.

En una de las entradas de la galería se encuentra el bar Le Bougainville, cuyo nombre evoca al marino Louis-Antoine de Bougainville (1729-1811), fallecido en una de las viviendas del pasaje. En 1763, y en nombre de Luis XV, había tomado posesión de las islas Malvinas y fundado una colonia en la Gran Malvina, que él mismo restituyó más tarde a los españoles. También habitó allí Eugène François Vidocq, contemporáneo de Balzac, increíble personaje que fue a su turno presidiario, jefe de la policía y escritor de renombre. Hacia el interior, en el salón A Priori-thé, se puede hacer una pausa antes de lanzarse, unos pasos más allá, a la búsqueda de obras raras en los estantes de la librería de usados D. F. Jousscaume (fundada en 1826 con el nombre de Petit-Siroux). Una boutique especializada en relojes de pulsera de los años 60-70 y la bodega Lucien Legrand ayudan a darle el tono retro al conjunto del pasaje.

La Gallerie Colbert, Paris, Francia
La Gallerie Colbert, su vecina inmediata y antigua rival, con la cual se comunica, es de una arquitectura más imponente, donde se destaca una gran rotonda coronada por una cúpula de vitraux. Ocupada recientemente por las universidades de la Sorbona y de la Escuela Práctica de Altos Estudios, éstas ofrecen al paseante, con sus aulas expuestas, la curiosa posibilidad de presenciar una clase magistral a través de las vitrinas.

El Passage Choiseul está a menos de cien metros de las dos galerías anteriores. Alberga mayoritariamente boutiques de ropa femenina y, en el final de la nave, la librería de usados Libria.

Otros tres pasajes, Verdeau, Jouffroy y Des Panoramas, a pesar de haber sido construidos en diferentes momentos, con casi cincuenta años de distancia, forman un asombroso conjunto que se continúa a lo largo de un mismo eje, como si se constituyeran en pasadizo secreto que atraviesa el corazón del barrio.

Atravesar los tres espacios supone emprender un itinerario dispar sincopado por el cruce de calles de importancia diferente. Verdeau, el primero bajando desde Montmartre, es un refugio de anticuarios. El coleccionista Bruno Tartarin ofrece fotografías de época, vintages de Robert Doisneau y Willy Ronis por 1000 o 2000 euros, así como originales de Jacques-Henri Lartigue por 6000.

Pasaje Jouffroy, Paris, Francia
Jouffroy es el pasaje de los mundos ilusorios. Numerosos paseantes se detienen a hojear los libros de arte en ediciones de lujo de la librería Paul Vaulin, fundada en 1848. El bello rostro de la mujer que la atiende y su gracioso peinado atemporal parecen escapados de los libros que sus manos mecanizadas ordenan sin cesar. Enfrente, otra librería ofrece todo lo que un fan de cine puede soñar. Unos metros más allá, una boutique especializada en casas de muñecas y muebles en miniatura invita a reinventar los viajes de Gulliver en Lilliput. Y antes de volver a la realidad, el museo Grévin permite encontrarse cara a cara con las personalidades del jet-set o con hombres históricos, reproducidos en cera en tamaño natural.

El Passage des Panoramas, del otro lado del Boulevard Montmartre, tal vez sea mi preferido. Como soy fotógrafo, imagino que sigo los pasos de Louis Mandé Daguerre. En uno de los locales, el inventor del daguerrotipo asistía a los cursos de Prévost, el creador de los Panoramas, aquel antiguo espectáculo antecesor del cine y basado en la misma ilusión óptica.

Passage des Panoramas, Paris, Francia
Formando un tejido de galerías transversales que cortan la nave central, se encuentran boutiques de coleccionistas de estampillas, monedas y cartas postales antiguas, ceremoniosos restaurantes con gruesos manteles y servilletas almidonadas, y otros más amenos ofreciendo bocados rápidos.

Hasta no hace mucho, la centenaria imprenta Alsaciana Stern, cuyos locales se encuentran hoy vacíos, daba un lustre particular al conjunto. De los pasajes que quedan en pie, es uno de los más antiguos. Fue construido en el 1800, en el momento de transición entre la ciudad medieval y la urbe moderna, durante el cual se vivió una gran especulación inmobiliaria. Como consecuencia de la Revolución Francesa, un gran número de inmuebles pertenecientes a la Iglesia o a la aristocracia emigrada fueron subastados al mejor postor, y fue así como la transformación de la ciudad, en ese primer período, no se debió a los hombres de Estado, sino a particulares enriquecidos con la compraventa de ese tipo de propiedades. Entonces, buena parte de los pasajes fue construida en terrenos liberados de la tutela del antiguo régimen.

Bajando aun más hacia el Sena, se encuentra la galería Vero-Dodat, considerada la más bella por su arquitectura, su refinamiento y por la unidad de la decoración, construida en ­1826 por dos rotiseros: Bénoit Vero y su asociado Dodat. En su época ofrecía un cómodo atajo entre los barrios de Les Halles (el mercado de abasto) y Palais Royal.

Pasaje Vero Dodat, París, Francia.
La decoración neoclásica refinada, restaurada recientemente, con un piso en damero blanco y negro, ofrece un ambiente recogido y exquisito que se ha perdido en gran parte de los otros pasajes. En su interior se encuentran numerosos anticuarios, el luthier RF Charle y el editor milanés Franco María-Ricci. Las casas de moda y decoración van reemplazando a los antiguos propietarios.

Algunas centenas de metros en dirección al Este, a lo largo de la calle Saint Denis, se encuentra un segundo grupo de pasajes, de construcción mucho más sobria, desprovistos de toda decoración, apenas mantenidos y ocupados en gran parte por comerciantes mayoristas. Lejos de los circuitos turísticos y del París de las cartas postales, estos pasajes comunican barrios vivaces, con gran actividad comercial y con una fuerte impronta extranjera. Con sólo dar vuelta una esquina uno puede encontrarse en un mercado del Asia Central o de Medio Oriente.

Al Passage du Caire se accede por una pequeña puerta. En el interior nada justifica su nombre fantasioso, y de las pretensiones pasadas no quedan más que décadas de polvo acumulado en sus cornisas. En sus múltiples galerías se cruzan incansables changarines, bajo la mirada perdida de maniquíes desnudos que pululan en vitrinas de negocios de confección. Su construcción se inspiró en los souks , o mercados cubiertos de Turquía, Persia y el resto de Oriente. Es el momento, en 1799, en que Napoleón Bonaparte lleva a cabo una campaña en Egipto para contrarrestar la hegemonía inglesa; no en vano, este pasaje construido en ese mismo año se llama Pasaje del Cairo.

En los pasajes Du Prado y Brady, muy frecuentados, los inmigrantes paquistaníes, turcos o kurdos han tomado posesión de los lugares instalando restaurantes -siempre llenos al mediodía-, agencias de viajes, peluquerías y salones de té. Apenas mantenidos para su utilización comercial, el estado general es algo sombrío, pero el ambiente impregnado de la cultura del Asia Central ofrece un contraste muy marcado con el resto de la ciudad, como para sentirse tentado de recorrerlos.

El Passage du Prado conserva los soportes del techo en diseño art déco, único vestigio del pasado. Un pequeño café se diferencia del resto de los negocios. En el interior se respira un aire de régimen soviético. Hombres de cabellos blancos y gesto adusto juegan a las cartas para matar el tiempo; la única mujer es la encargada. Nadie presta atención a la televisión que transmite noticias en una lengua inidentificable. ¿Serbocroata?, pregunto imprudentemente. "¡Serbio!", me corrige, agraviado, un hombre sentado a la mesa del fondo. Las heridas de la desintegración de Yugoslavia todavía no están cerradas.

Passage du Grand Cerf, Paris, Francia.
Ocupado en su mayoría por negocios de diseño, el Passage du Grand Cerf es arquitectónicamente el más alto de los pasajes parisinos. Su bóveda de vitrales se eleva a 12 metros, más del doble del Passage des Panoramas, pero apenas la mitad de la Galería Umberto I de Nápoles o la Vittorio-Emmanuele de Milán. Si bien fue París la ciudad que inventó los pasajes cubiertos, el hecho de que sus constructores fueran financistas privados dio por resultado obras de dimensiones más intimistas. La moda de las galerías cubiertas se propagó a otros países, pero como voluntades políticas que expresaban el monumentalismo de las grandes capitales. Así, Londres, Cleveland, Berlín, Moscú o La Haya, a lo largo del siglo XIX, competirán en la gran talla de sus galerías cubiertas.

Son varios los pasajes que quedan por recorrer: el Des Princes (convertido en una inmensa juguetería), Bourg l´Abbé, Du Ponceau, Ben Aïad, Puteaux, Vendôme (se encuentra en Place de la République y no en la plaza del mismo nombre) y las galerías del Palais Royal, donde nació el primer pasaje cubierto de París con el nombre de Galleries de Bois, construidas en 1786 y destruidas en 1828.

Luego de la Revolución de la Comuna, en la segunda mitad del siglo XIX, en parte por razones estratégicas, la ciudad será transformada por la obra urbanística del barón Haussman, que rompe con su estructura medieval y traza las grandes avenidas que dan la perspectiva del París actual.

Los pasajes pertenecían a aquel esquema antiguo, que unía pequeñas calles. El nuevo trazado hará desaparecer una gran parte de ellos. Así como en su momento fueron un fenómeno de moda y el reflejo de los cambios económicos y culturales, la aparición de los grands magasins (las grandes tiendas) a partir de 1850, como el Bon Marché, la Belle Jardinière, Le Printemps y otros, los vuelve pasados de moda, vaciándolos de sus habitués. En diferentes momentos, una treintena de ellos serán destruidos.

En el otro extremo de la ciudad, no lejos del Arco de Triunfo, me topo con una galería cuyo nombre me da curiosidad: La Cité Argentine. Construida en 1907 por el innovador arquitecto Henri Sauvage, de quien Le Corbusier tomará algunas ideas, es un revival de los pasajes del siglo XIX. El nombre de la construcción se inspira en el país de origen de quien encargó la obra, Felipe Mayol de Senillosa, estanciero argentino (fundador de la localidad de San Mayol en Tres Arroyos) cuya mujer, María Luisa Cramer, compartía su tiempo entre París y Buenos Aires.

La Cité Argentine, París, Francia
La travesía llega a su fin y me doy cuenta de que los pasajes son un viaje en el tiempo, donde se encuentran referencias literarias, personajes históricos; donde se evocan vivencias personales y, sobre todo, donde diferentes mundos se entrelazan y comunican de una manera indefinida. Son, como decía Cortázar, el refugio imaginario de los caminantes de la ciudad.

Leonardo Antoniadis
revista@lanacion.com.ar

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