viernes, 29 de abril de 2011

Manuel José García-Mansilla. Un exponente de los oficiales de la Marina moderna.

CENTENARIO DE SU MUERTE 1910-2010

El sorpresivo deceso de Manuel García Mansilla mientras ejercía la dirección de la Escuela Naval, el 18 de agosto de 1910, provocó una gran conmoción en la sociedad argentina por la relevancia de su figura.

“El porvenir de la Marina era su obsesión y su objetivo. Anhelaba verla grande respetada y querida de propios y extraños, a ella entregó sus anhelos y esperanzas”, resaltaba el artículo del Centro Naval que daba cuenta del fallecimiento de quien había sido su primer presidente. En efecto, toda su trayectoria lo definió como un hombre de pensamiento, preocupado por la profesionalización y la incorporación de adelantos tecnológicos que permitieran fortalecer el proceso de crecimiento y consolidación de la institución naval.

Reseñar sus contribuciones a la Armada Argentina implicaría un trabajo que excede con creces las posibilidades y objetivos del presente artículo. Hace pocos días se conmemoró el centenario de su fallecimiento y consideramos propicia la oportunidad para iniciar esta serie de misceláneas navales exponiendo parte de la incansable labor de García Mansilla; pieza importante de aquella generación de hombres con objetivos que trascendían su campo de acción, y que se situó como impulsora de proyectos a largo plazo cuya finalidad era la superación de los viejos paradigmas orientadores de los primeros años de la Armada Argentina.

Sostenía que esta institución debía mantenerse al margen de los conflictos internos y que la mejor forma de contribuir al desarrollo argentino era desde los lugares de trabajo, a partir de la consolidación orgánica y operativa de la Armada. Fueron estas inquietudes las que confluyeron con otras y derivaron en el surgimiento del Centro Naval, siendo designado como su primer presidente. Contaba con 23 años de edad y tenía la jerarquía de alférez de navío (actual teniente de fragata).

Desde las páginas del Boletín del Centro Naval impulsaba el desarrollo del uso del torpedo en la Marina Argentina. Sus artículos y sus vastos conocimientos lo convirtieron en referente ineludible sobre la materia.
El 5 de junio de 1882, García Mansilla inauguró aquella organización bajo el lema Unión y Trabajo. Señalaba, en aquella oportunidad, que para ocupar un lugar relevante al servicio de los intereses del país, los marinos debían conquistarlo por medio del compromiso con la institución y a fuerza de constancia y estudio. Aquellas palabras se reflejaron en las múltiples actividades que éste realizaba de forma simultánea: mientras cumplía con las tareas del servicio naval, colaboraba mediante la producción de artículos y el dictado de conferencias sobre temas profesionales que daban cuenta de los progresos técnicos internacionales en el arte de la guerra.

Desde las páginas del Boletín del Centro Naval, el teniente Manuel José García Mansilla impulsaba el desarrollo del uso del torpedo en la Marina Argentina, tomando como ejemplo las experiencias en enfrentamientos bélicos, como la guerra de Secesión, la del Pacífico, la conflagración turco – rusa. La multiplicidad de artículos y sus vastos conocimientos sobre el tema le otorgaron una gran solvencia en la materia, convirtiéndose en referente ineludible.

Por ello, años después, contribuyó a la consolidación del esquema defensivo del Río de la Plata sobre la base de la adquisición de seis torpederas de río, ocho torpederas de primera Clase y un número idéntico de torpederas de segunda Clase. A cargo de la División de General de Torpedos, realizó una serie de propuestas para alcanzar una óptima distribución del material flotante adquirido, teniendo en cuenta las condiciones geográficas y estratégicas de la región. Tomando esos estudios, el Congreso Nacional impulsó la separación de la División de Torpedos en dos estaciones, la Central ubicada sobre las márgenes del río Luján y otra en el apostadero de La Plata.

Esta medida fue acompañada por una serie de decisiones que contribuyeron a la configuración de la Marina de los primeros años del siglo veinte.

Este marino se constituía así como promotor e incansable ejecutor de la modernización naval argentina. Su fallecimiento, ocurrido mientras ocupaba la dirección de la Escuela Naval, significó una gran pérdida cualitativa para la institución, beneficiaria directa de las contribuciones de Manuel García Mansilla, quien aún permanece en la memoria de los miembros de la Armada Argentina.

Fuente:  Gaceta Marinera. Por el teniente de navío Mauro Fernando Figueroa. Departamento de Estudios Históricos Navales, 6 de septiembre de 2010. Buenos Aires. Argentina.

domingo, 6 de marzo de 2011

VERÓNICA GARCÍA-MANSILLA. "Mi familia es una prioridad"


Nuestra familia en la actualidad.

Evocar la vida y obra de nuestros ancestros es mantener viva nuestra rica historia familiar, es también  comprender que quién sabe de donde viene, comprende a donde va. 

Los principios y valores que nos fueron inculcados no pueden ser relativizados y la educación recibida -tesoro inconmensurable- que nos permite desempeñarnos con éxito en cualquier ámbito que nos toque actuar: un legado que debemos perpetuar. Es, por añadidura, una forma de liberar a quienes nos precedieron en la vida de la peor de la muertes: el olvido. 

De nosotros depende que sigan vivos en el corazón de la familia y que su vida y enseñanza -digna de mención- sea una luz que nos guíe en el camino que cada uno construye para sí mismo y para los demás.

Sin embargo, esa buena intención no debe ser motivo para que destacados integrantes de esta querida familia, que a Dios gracias están aún en el mundo de los vivos  y a diario luchan -con denuedo- en distintos ámbitos, defendiendo esa herencia recibida, deban esperar su desaparición física para ser recordados.

Por tal motivo,  queremos brindarles la oportunidad de conocer personajes de las distintas generaciones que  sobresalen en la sociedad en la que viven, dando muestras de señorío, distinción, temple, refinamiento, patriotismo, coraje, inteligencia y capacidad de conducción, en medio de la "mediocridad" generalizada, demostrando que también ellos, sus descendientes, han sabido honrar el legado e incrementar los dones recibidos.

En esta intención, respetaremos la decisión de cada uno con relación al deseo de dar a conocer su vida o mantenerla anónima;  y sólo lo haremos con su consentimiento previo o reproduciendo notas que otros medios hayan publicado.

Manuel Rafael García-Mansilla

Hoy nos reunimos con  Verónica García-Mansilla Pueyrredón, casada con Esteban Pino -heroico veterano de la Guerra de Malvinas-. Hija de Eduardo Rafael García-Mansilla Bosch y Verónica Pueyrredón Regules, nieta de Rafael García-Mansilla Ossipoff y Magdalena Bosch Marín. Bisnieta del Eduardo García-Mansilla, un destacado diplomático argentino, un "causeur" fino, ameno, inteligente, humorista, espiritual, pues no sólo dominaba el arte, la música, la poesía y la literatura, sino que además era un hombre de gran erudición y de Natalia Ivanova Ossipowa, hija del Barón y General del ejército imperial ruso, Ivan Petrovich Ossipoff y de Natalia Nicolanova.



" MI FAMILIA ES UNA PRIORIDAD"

Verónica García Mansilla, (40) muchos la conocen como organizadora de eventos o de las páginas de sociales de diferentes medios. Pero como ella misma dice, “eso es sólo la punta del iceberg de mi trabajo” y aclara que no quiere que la encasillen como Relaciones Públicas. La directora de la consultora Nueva Comunicación hace eso entre muchas otras actividades. Nunca para, pero entre todas sus obligaciones encuentra siempre tiempo para sus cuatro hijos: Esteban (14), Jerónimo (13) y los mellizos Manuel y María (6), con quienes tiene una relación muy especial.

—¿Cómo fueron sus comienzos laborales?

—Cuando terminé el colegio quería ser periodista política. En la Argentina, donde nací, no había una buena carrera de Comunicación e hice Ciencias Políticas. Con 18 años, era la productora de Bernardo Neustadt en la radio, y por la tarde también escribía en el díario La Razón.

—Si le iba tan bien en el periodismo ¿por qué lo dejó?

—Porque en ese momento los diarios eran muy machistas, y a mis 22 años me llamaron de la encuestadora y consultora en marketing más importante de Buenos Aires y me ofrecieron un muy buen empleo.

—¿Por qué se vino al Uruguay?

—Porque el padre de mis hijos tuvo una propuesta laboral. A mÍ me iba muy bien en mi trabajo, tenía dos chicos, una casa divina, el perro, todo. Al principio me costó, pero la familia siempre fue mi prioridad.

—¿Encuentra tiempo para estar con sus cuatro hijos?

—Es difícil el equilibrio, pero soy muy organizada. Antes pensaba que la calidad era más importante que la cantidad, hoy creo que la cantidad también es importante, hay que estar porque los chicos te necesitan. Soy medio mamá gallina, a veces demasiado protectora. Me encanta estar con ellos, somos muy unidos y nos cuidamos mucho.

—¿Qué valores le gustaría trasmitirles?

—Que hay que luchar en la vida, ser fiel a los principios, ser auténtico y no hablar nunca mal de los demás.

—¿Qué le gusta del Uruguay?

—Los mellizos nacieron acá y yo me siento cada vez más uruguaya. Montevideo es una maravilla, es la calidad de vida al máximo y quiero que mis hijos se críen acá, hoy por hoy elijo mi familia ante todo.

Verónica disfrutó con sus cuatro hijos de una tarde increíble en Costa CARAS. Probaron diversas frutas frescas servidas por View Point, juntaron caracoles, hicieron una relajante caminata y se divirtieron sacándose fotos.

Nuestras felicitaciones a Verónica por haber sido elegida como personaje por la revista Caras y por la magnífica familia que formó, pero por sobre todas las cosas por haber expresado públicamente que la familia es una prioridad en su vida. 


Fuente. Caras Revista. Publicado en la sección "Personajes" el domingo 6 de marzo de 2011. 

sábado, 12 de febrero de 2011

CORONEL JUAN CZETZ. UN OFICIAL HUNGARO QUE HONRÓ SUS ORÍGENES, BRINDÓ SUS MEJORES DONES A LA ARGENTINA Y ENRIQUECIÓ LA SANGRE DE NUESTRA FAMILIA.


Nació en el pueblo de Gidofalva, Hungría, el 8 de junio de 1822, hijo de un oficial de húsares. Después de cursar el Colegio Militar de primeras letras de Kezdy Wásárhely, ingresó en la Academia Militar de Viener – Neustad, para incorporarse en 1842 al ejército austríaco, en calidad de teniente primero. Producida la revolución de 1848, Czetz se alistó en las filas patriotas que mandaba Luis Kossouth, siendo uno de sus más entusiastas colaboradores, y en 1849 ocupaba el cargo de comandante general de Transilvania.

Pero la traición condujo a la catástrofe de Vilagos, y Czetz se vio obligado a emigrar a Alemania, de donde pasó a Inglaterra, no sin haber publicado antes una gramática de la lengua militar húngara para los oficiales alemanes y sus memorias de la campaña de Bem. En Inglaterra permaneció siete años y en diciembre de 1857, aceptó una propuesta de unas damas inglesas para acompañarlas a España, llegando para Navidad a Barcelona. Después se trasladó a Sevilla, donde conoció a la familia del general argentino don Prudencio Ortiz de Rozas, que se hallaba radicado en aquella ciudad desde hacía un lustro. Czetz se enamoró de una de sus hijas llamada Basilia, que más tarde sería su esposa.

De Sevilla, Czetz y sus acompañantes pasaron a Granada, Málaga, Cádiz, Lisboa, Oporto, Vigo y de aquí a Southampton. En esta ciudad se entrevistó con don Juan Manuel de Rosas, para quien llevaba una carta de presentación de su sobrina. Después de estar un tiempo en Inglaterra, en noviembre de 1858 viajó a Francia, de donde pasó posteriormente a España. El 12 de marzo de 1859 se celebró en Sevilla su enlace con doña Basilia Ortiz de Rozas, en la iglesia de San Vicente.

Antes de desposarse, Czetz había convenido con su prometida que partiría para la guerra que iba a hacer Napoleón III contra Austria a favor de Italia, en la que debía intervenir un cuerpo del ejército húngaro de 30.000 hombres bajo el comando del general Georg Klapka. Este avisó a Czetz a mediados de abril de 1859, que lo esperaba en Génova para organizar y mandar la primera división del cuerpo de ejército, la que sería constituida por los emigrados húngaros y los pasados del ejército austríaco. Czetz se trasladó a Marsella, donde se embarcó con el primer cuerpo del ejército francés, con el cual llegó a Génova. Las batallas de Solferino y San Martino aceleraron el fin de la guerra, y la paz de Villafranca echó completamente por tierra las esperanzas de Czetz, Kossuth, Klapka y otros patriotas húngaros.

Este fracaso convenció a Czetz que no había nada que esperar de los gobiernos extranjeros y resolvió partir hacia Sud América, para labrarse una posición a su propia costa. El 15 de julio de 1859 se despidió de sus compañeros de lucha Kossuth, Klapka, Turr, Teleky, etc., y partió para Sevilla, de donde pasó con su esposa y su cuñada Manuela de Rosas, a Lisboa. El 18 de diciembre de 1859 nació allí su primer hijo. En mayo de 1860 se embarcaron en el “Royal Mail Inglés” y en junio llegaron con su esposa e hijito a Buenos Aires.

En octubre de 1861, rindió examen en Buenos Aires para recibir el título de agrimensor, siendo designado por el gobernador general Mitre, en 1862, para medir grandes extensiones de campo en el Azul. En 1864, una grave enfermedad lo condujo al borde del sepulcro, de la que zafó con felicidad, debiendo suspender sus trabajos de agrimensura.

Por influencia del entonces mayor don Lucio V. Mansilla, el Presidente Mitre, dio de alta a Czetz en el ejército, como jefe de la sección de ingenieros. Empezó a trazar el mapa de la República, en la parte que limita con el Paraguay y el Brasil y estando en esa tarea estalló la guerra de la Triple Alianza. El general Mitre dio a Czetz el grado de coronel el 20 de junio de 1865, junto con la misión de organizar el cuerpo de zapadores, el que fue constituido con un grupo de jóvenes preparados en ingeniería, que sirvieron de oficiales y su segundo fue el mayor Alejandro Díaz, que marchó con los zapadores a incorporarse al cuerpo de ejército al que pertenecían, quedando él en Buenos Aires a causa de una recaída de su enfermedad. Terminó el mapa que había iniciado y pasando a la plana mayor disponible, aprovechó esta situación para trasladarse al Partido de Rojas a efectuar unas mediciones de campos, para allegarse recursos. Más adelante estudió la construcción del ferrocarril desde Santa Fe a Esperanza, trabajo que terminó en 1867.

Cuando Sarmiento asumió la presidencia, el mismo general Gainza, encomendó a Czetz, en octubre de 1869, el ensanche de las fronteras sur de Córdoba y Santa Fe y oeste de Buenos Aires. Hizo construir el fortín Sarmiento por la tropa del batallón 12 de línea, al lado sur del Río V, desde donde siguió con 6 baqueanos y un destacamento del precitado batallón hacia los Cerrillos del Plata. Prosiguió su camino por la pampa, al costado norte de la laguna La Amarga, en dirección recta al fortín Acha, extremo oeste de la línea de Buenos Aires. Señaló los puntos por los cuales debían trazarse los límites fronterizos y terminada su comisión regresó a Buenos Aires para dar cuenta de la misma. El ministro Velez Sarsfield le ofreció el puesto de director del ferrocarril Central Norte, pero él ya se había comprometido con el general Martín de Gainza para organizar el Colegio Militar.

En junio de 1870 cumplió este acto trascendental para nuestra institución armada, consagrándose con dedicación ejemplar a esta ardua tarea, al extremo que dice en sus Memorias, que en los cuatro años que permaneció al frente de aquel Instituto, sólo fue una vez al teatro. Czetz dirigió el Colegio hasta mayo de 1874, secundado hábilmente en su obra por el mayor Lucas de Pesloman, oficial distinguido de la escuela francesa de caballería establecida en Saumur. El 14 de aquel mes y año, entregó la dirección del Colegio a su sucesor.

En 1875 fue designado Presidente del Departamento Topográfico en la Provincia de Entre Ríos, cargo que desempeñó hasta 1883, confeccionándose bajo su dirección personal los primeros planos catastrales de los departamentos de la misma, trabajo que fue el primero ejecutado en la República, imitándolo después las demás provincias. Simultáneamente fue profesor de matemáticas en la Escuela Normal de Profesores de Concepción del Uruguay, y desde 1875 formó parte todos los años en las comisiones examinadoras del Colegio Nacional de aquella ciudad. En 1884 hizo lo propio en el Colegio Militar, así como también en la Comisión Revisadora y Proyectora de nuevos planes de enseñanza para aquel Instituto. En noviembre de 1884 fue por corto tiempo, profesor de Topografía y Dibujo Topográfico en la Escuela Naval.

Aquel año fue destinado a la jefatura de la cuarta Sección del Estado Mayor, puesto en el que permaneció hasta su retiro militar, en diciembre de 1895, pero hecho efectivo en los comienzos del año siguiente. Aquella Sección era la correspondiente a Ingenieros, de cuya arma le fue reconocida la efectividad de Coronel el 15 de enero de 1891.

En 1893 propuso al Superior Gobierno el estudio de la Cordillera de los Andes a ejecutarse por los oficiales de la Cuarta Sección del E.M.G. Aprobado su plan, el Gobierno destinó 30.000 pesos para la ejecución de la obra, siendo encargados de efectuarla los siguientes oficiales: Juan Serrato, Martín Rodríguez, Arturo Lugones, Reymundo Baigorria, Desiderio Torino, S. Domínguez, Ricardo Pereyra y el ingeniero Julio Lederer, los que presentaron el mismo año el trabajo terminado.

En 1885 publicó “Ensayos de Geografía Militar de la República Argentina”, que sirvió de texto en el Colegio Militar y escuela de Cabos y Sargentos, escribió un Tratado de Fortificación Permanente y Pasajera y preparó una traducción de la táctica alemana de la tres armas.

El coronel Czetz falleció en Buenos Aires el 6 de septiembre de 1904.

Fuente: “BIOGRAFIAS ARGENTINAS y SUDAMERICANAS”, (Pág. 166/118) Jacinto R. Yaben.

NOTA: El Coronel Juan Fernando Czetz, contrajo matrimonio con Basilia Ortiz de Rozas, hija de Prudencio Ortiz de Rozas y López de Osornio, hermano de nuestra cuarta abuela Agustina Ortiz de Rozas y López Osornio. Tuvieron tres hijos: León Czetz Ortiz de Rozas, nacido en Lisboa el 1860, Cristina Czetz Ortiz de Rozas, nacida en Buenos Aires el 4 de octubre de 1861 y Celia Czetz Ortiz de Rozas,  nacida en Buenos Aires el 27 de febrero de 1864.

sábado, 5 de febrero de 2011

La Vuelta de Obligado y la soberanía nacional

Una confesión, si se permite, a modo de presentación: la fecha nunca me resultó agradable. El calendario no tiene la culpa, tampoco los bravos soldados que al mando del General Lucio Norberto Mansilla  pelearon en condiciones muy desventajosas contra el poderío militar anglo-francés, sino los promotores del aniversario. Me explico. La primera vez que oí hablar de la Vuelta de Obligado fue en 1965, en un acto en el colegio secundario promovido por agrupaciones fascistas, entre los que se contaban los célebres Tacuaras.

Mi razonamiento era simple y, como todo razonamiento simple, equivocado o equivocado a medias, lo cual suele ser más grave: si los admiradores de Franco, Hitler y Mussolini en la Argentina reivindicaban a la Vuelta de Obligado, yo por principio debía estar en contra. Algo parecido podría decir ahora: si el gobierno nacional bate parche con la Vuelta de Obligado mi deber es estar en contra. Si a ello le agrego que ciertos escritores de temas históricos se han lanzado a vender libros con el tema o comparan lo sucedido con la campaña libertadora de San Martín, mi rechazo debería ser más profundo.

Sin embargo no es así o por lo menos no debería ser así. Después de todo, un acontecimiento histórico que había despertado la adhesión de San Martín y de los principales jefes de la guerra de la Independencia no debería haber sido tan injusto. Incluso, visto desde el punto de mira del cálculo político, no era conveniente ni práctico permitir que una fecha noble de la Argentina quedara en manos de los fascistas o del oficialismo de turno o de los vendedores de libros de Historia.

Sartre enseñaba a pensar en contra de uno mismo; es decir, en contra de las ideas preconcebidas y, por lo tanto, anquilosadas. La Historia, como disciplina, dispone de esta virtud: enseña a pensar. Algo parecido me ocurrió cuando empecé a estudiar con más detenimiento los años de Rosas y ese episodio que se llamó la Vuelta de Obligado. En principio, importa establecer una distinción entre la leyenda, las manipulaciones ideológicas y el conocimiento histórico. El axioma vale a la hora de poner en discusión el panteón liberal y el panteón revisionista. La objetividad pura es imposible, pero no habría conocimiento histórico si no existiera la pretensión de objetividad, es decir, de construir conocimiento objetivo. En la historia de Bartolomé Mitre como en la de Julio Irazusta, lo que vale es el saber histórico, que sobrevive a pesar de las ideologías de sus autores.

A la batalla de la Vuelta de Obligado hay que pensarla en un contexto histórico preciso: el gobierno de Rosas, la crisis crónica de la Confederación con las provincias del Litoral, incluida la Banda Oriental, Brasil y Paraguay, así como el bloqueo anglo-francés de 1845, aquel ineficaz bloqueo organizado por los gobiernos de dos grandes potencias coloniales que permitió que los comerciantes de esas nacionalidades residentes en Buenos Aires afirmaran: “Nos estamos bloqueando a nosotros mismos”. Ese comentario fue avalado dos años después por un primer ministro inglés, que dijo: “Debemos aceptar la paz que nos propone Juan Manuel de Rosas, porque esta guerra nos está resultando un mal negocio”. Descarnada lógica utilitaria.

La crisis de la Banda Oriental, la lucha facciosa entre colorados y blancos, y su correspondiente internacionalización alentaron la intervención de las potencias coloniales. Desde 1811 en adelante, cada vez que se inició un conflicto en la Banda Oriental, la inmediata internacionalización fue su consecuencia inevitable. Rosas no pudo escapar a esa ley de hierro. Desde Buenos Aires dominó con mano dura a todas las provincias, pero donde nunca pudo controlar la situación fue en el Litoral. Allí el conflicto fue permanente y sería esa coalición de intereses la que habría de derrocarlo en 1852.

En esos años, el colonialismo estaba en plena expansión. La alianza de Gran Bretaña con Francia había impuesto sus intereses en China y en África. Las manufacturas europeas entraban a punta de bayoneta en la periferia del mundo. La fórmula que se aplicaba en África y Asia también era válida para América, sobre
todo, para América Latina.
      
Los objetivos de la expedición que salió de Montevideo eran explícitos: vender y comprar mercaderías en los puertos del Litoral. La expedición era comercial y militar al mismo tiempo. El lema ideológico que legitimaba la operación era la libre navegación de los ríos y la lucha contra el tirano. Jurídicamente, a la representación política de la Nación -o de lo que empezaba a ser una Nación- la tenía don Juan Manuel de Rosas. Dictador, autócrata o lo que sea, la legitimidad de su poder estaba fuera de discusión.

Está claro que, iniciado el bloqueo al puerto de Buenos Aires y conquistada por las armas la isla Martín García, Rosas no iba a consentir que una pandilla de comerciantes ingresara por uno de los principales ríos del país protegido por una flota de guerra. Como tampoco tenía un pelo de zonzo, no se le escapaba que, además de los buenos negocios, lo que se tramaba en nombre de la libertad era una conspiración política que contaba con la participación de los exiliados de Montevideo y, a juzgar por los datos posteriores, de los jefes políticos de Corrientes y de la sagaz diplomacia brasileña.

Los rosistas aseguran que Rosas se transformó en el adalid de la lucha anticolonialista al punto que no faltó el que llegara a compararlo con un Fidel Castro avant la lettre. Los antirosistas sostienen que el Restaurador no defendió la Nación -cuya existencia estaba en formación- sino los intereses de su provincia y, muy en particular, de su clase social. Entre ambas posiciones la Historia como investigación y conocimiento tiene una interesante tarea a realizar.

Rosas era un terrateniente autócrata, pero el colonialismo existía y si bien la Nación no había terminado de constituirse aquello que se llamaba la Confederación argentina tenía una entidad más o menos definida y esa entidad era la que había que defender. Si Rosas lo hizo para proteger sus intereses o los de la Nación es un tema a debatir, aclarando que muy bien puede haberlo hecho por ambas cosas ya que la historia está plagada de ejemplos en los que un gobernante de derecha defiende intereses objetivamente progresistas.

Los detalles militares de la batalla son conocidos. Basta con saber que se peleó durante más de doce horas y que, finalmente, las naves invasoras pudieron forzar el paso. Los soldados argentinos lucharon con coraje temerario. La batalla fue dura y el resultado militar, previsible, por la tecnología y la calidad del armamento. Sin embargo, los invasores no pudieron festejar por mucho tiempo. A lo largo del recorrido hubo emboscadas y pequeñas escaramuzas que dificultaron su navegación. La batalla final se libró el 4 de junio de 1846 en el Paso del Quebracho. La emboscada criolla produjo sesenta bajas y considerables pérdidas materiales. La “derrota” de la Vuelta de Obligado quedaba así saldada.

Juan Manuel de Rosas con su habitual perspicacia había dicho: “Vienen a hacer negocios; si pierden plata, están derrotados”. No se equivocó. Militarmente, la coalición anglofrancesa logró imponerse en Obligado, pero, en términos comerciales, perdieron plata. Las compras y ventas en los puertos del Paraná no fueron tan beneficiosas como se lo habían contado. Cuando, a fines de junio de 1846, la expedición llegó a Montevideo, el estado de ánimo de los conquistadores distaba de ser festivo.

A partir de ese punto, la pulseada política se empezó a definir a favor de Juan Manuel de Rosas. En Londres y en París, los políticos opositores impugnaban una diplomacia que iba de fracaso en fracaso. Las relaciones con los exiliados habían dejado de ser cordiales porque los pragmáticos diplomáticos británicos y galos entendían los procesos desde la lógica descarnada de los intereses y no estaban dispuestos a seguir financiando conspiraciones que nunca producían buenos resultados.

Finalmente, Gran Bretaña y Francia se allanarían a firmar un tratado de paz. A las condiciones de esa paz las impondrá Rosas: fin del bloqueo; devolver la flota argentina capturada; devolver la isla Martín García; saludar a la Bandera argentina con 21 cañonazos; reconocer la soberanía y la no navegación de los ríos interiores. Nunca antes —y nunca después— las potencias coloniales aceptarían imposiciones tan duras.

Después de la Vuelta de Obligado, la estrella de Rosas brilló con más luminosidad que nunca. Los diarios de Brasil, de Estados Unidos, de la propia Europa ponderaban el genio de un jefe de Estado capaz de negociar con flexibilidad y firmeza, con astucia y coraje. San Martín, desde el exilio, le escribió cartas que ponderaban su patriotismo. Un año después, ordenaría en su testamento que el sable de las campañas guerreras fuera entregado a quien había sabido defender la soberanía nacional.

Fuente: Rogelio Alaniz.

viernes, 4 de febrero de 2011

Manuelita Robustiana Ortiz de Rozas Ezcurra "Manuelita Rosas"


Nació en Buenos Aires el 24 de mayo de 1817, hija de Juan Manuel Ortiz de Rozas López de Osornio y María Encarnación Ezcurra y Arguivel. Fue bautizada con los nombres de Manuela Robustiana, ese mismo día, por el doctor José María Terrero. Se educó en la ciudad, en la calle de la Biblioteca (hoy Moreno y Bolívar) pero iba con frecuencia a las estancias de su padre del Pino (o San Martín) y Los Cerrillos. Manuela jugaba con sus primas, vigilada por negras fieles e indias mansas, que era el personal domestico de las familias porteñas. Además se rodeo de amigas que le fueron fieles toda su vida. La “princesa de las pampas” Manuela tenía apenas 18 años, cuando su padre subió al poder por segunda vez. Y desde entonces vivió en compañía suya, hora por hora; cosa que jamás le había acontecido antes de esa época, en que la vida de Rosas cambia completamente en su modo de ser doméstico.

Al fallecer Encarnación, la madre, Manuelita pasó a desempeñar funciones de anfitriona y colaboradora del padre, aunque su papel político fue diferente al cumplido por su madre. “Tampoco es cierto que yo tomase parte alguna oficialmente de asuntos públicos o políticos durante la Administración de mi querido padre, cuando creo, que hice cuanto me fue dado para desempeñarme en los actos privados y sociales con la dignidad que correspondía a nuestra posición.”

Por su simpatía y bondad conquistó la adhesión de cuantos la trataban y conoció la adulación y el halago interesado. El escenario natural de la vida pública de Manuelita fue Palermo. En esa mansión levantada por el Restaurador sobre terrenos pantanosos , que él convirtió en jardines tuvo Manuelita el marco para sus deberes sociales. Un enemigo político de su padre el escritor José Mármol la describe así: “el nombre de Manuela Rosas es ya una propiedad de la historia. Manuela oye a todos; recibe a todos con afabilidad y dulzura. El plebeyo encuentra en ella bondad en las palabras y en el rostro. El hombre de clase halla cortesía, educación y talento." 

Manuela no es una mujer bella, propiamente hablando; pero su fisonomía es agradable y simpática.

Con ese sello indefinible, pero elocuente, que estampa sobre el rostro la inteligencia, cuando sus facultades están en acción continua. Su frente no tiene nada de notable, pero la raíz de su cabello castaño oscuro, borda perfectamente en ella, esa curva fina, constante, y bien marcada, que comúnmente distingue a las personas de buena raza y de espíritu. Sus ojos, algo más oscuros que su cabello, son pequeños, límpidos, y constantemente inquietos. Se fija apenas en los objetos, pero se fija con fuerza. Y sus ojos, como su cabeza, parece que estuvieran siempre movidos por el movimiento de sus ideas. El color de su tez es pálido, y muy a menudo con ese tinte enfermizo de los temperamentos nerviosos. Agregad a esto un figura esbelta; una cintura leve, flexible, y con todos esos movimientos llenos de gracia y voluptuosidad que son peculiares a las hijas del Plata, y tendréis una idea aproximada de Manuela Rosas, hoy a los 33 años de su vida; edad en que una mujer es dos veces mujer”.

José María Rosas y Patrón consideraba la idea de consolidar el régimen federal convirtiéndolo en monarquía hereditaria y nombrándola a Manuelita como “Princesa Federal” y legítima heredera. Este proyecto votado unánimemente en la legislatura fue rechazado por el Restaurador.

El óleo de Prilidiano Pueyrredón (y que se conserva en el museo de Bellas Artes) que la retrata de cuerpo entero fue pintado en la segunda mitad de 1851, y le fue obsequiado por un grupo de ciudadanos federales que la agasajaron con un baile.

Ese mismo año fue el de la gloria de Manuelita; gracias a los extranjeros y a la política internacional de Don Juan Manuel los periódicos europeos hablaban de la joven porteña.

Luego de Caseros, Manuelita acompañó a su padre en el destierro y a pocos meses de su llegada a Inglaterra, el 23 de octubre de 1852, contrajo matrimonio con su novio Máximo Terrero Muñoz de Ravago, hijo de Juan Nepomuceno Terrero y Villarino , socio y amigo de Juan Manuel de Rosas y de Juana Muñoz de Ravago. Del matrimonio nacieron dos hijos varones: Manuel Máximo Juan Nepomuceno, nacido en Londres el 20 de mayo de 1856 y fallecido el 21 de julio de 1926, quién contrajo matrimonio con Juana Thompson y no tuvo sucesión  y Rodrigo Tomás, que vino al mundo como su hermano en la ciudad de Londres el 22 de setiembre de 1858 y contrajo matrimonio con Ema Hamilton y tuvieron un hijo al que llamaron Juan Manuel como su abuelo materno. Vivieron en Hampstead, Londres. Ya Señora de Terrero y alejada de la escena pública ocupaba su atención, la contabilidad familiar, el pago de las cuentas, los trámites bancarios y los reclamos por la confiscación  de los bienes de su familia totalmente ilegal.


Manuela sentía la responsabilidad de reivindicar la figura paterna, de combatir la historia falaz y arbitraria de los profetas del odio y de que las nuevas generaciones conozcan la verdadera Historia del Restaurador y de la “Confederación Argentina”. Comienza así una nutrida correspondencia con Don Antonino Reyes el leal ex edecán de su padre. Fue su confidente preferido - ella misma lo llamaba “mi secretario privado y confidencial”.

Fue por su intermedio que comenzó a escribirle a Saldías - calificado en sus escritos como “Ángel protector” -, remitiéndole valiosos materiales para su Historia de la Confederación Argentina, obra pionera del naciente revisionismo histórico.

Nunca le pasó inadvertido, ni en los días de su vejez, el infausto aniversario de Caseros.

El 3 de febrero de 1892 le manifiesta a Reyes: ” Te escribo en este día, aniversario de tanta fatalidad para nosotros. Quien todo lo dispone, así lo quiso, sigamos sometidos a su divina voluntad. Se cumplen hoy 41 Años, ¡Oh Reyes¡ Y estamos hoy mejor que entonces? “. ” Yo Reyes, nací para sufrir por todos y con todos. Mi carácter nunca fue propicio a mi felicidad”.

Poco después y ya en Londres, le entregará a Adolfo Saldías el archivo completo de su padre. Su último aporte a los argentinos, fue la donación del sable que el general José de San Martín le había legado a Don Juan Manuel en su testamento. Se ha dicho que Manuelita volvió a Buenos Aires en 1886, temporalmente. No fue así. Nunca regresó a su adorada patria. Manuelita falleció en la capital británica el 17 de setiembre de 1898.

BIBLIOGRAFÍA:
Manuelita Rosas y Antonino Reyes “El olvidado Epistolario”
Mármol, José “Amalia”
Sáenz Quesada, María “Mujeres de Rosas”
Sánchez Zinny, E. F. “Manuelita de Rosas y Ezcurra”

FUENTE: Julio Otaño. Corrientes Opina. Publicado el 6 de julio de 2010. Blog Argentino.

domingo, 28 de noviembre de 2010

EL CORONEL PEDRO ANDRÉS GARCÍA y la merced de tierras solicitada por el Virrey Liniers al Rey de España, otorgada en 1809 en consideración a los méritos y servicios prestados a la corona española.


El 14 de junio de 1809, el virrey Santiago de Liniers solicitó al Rey de España, que en consideración a los méritos y servicios prestados, otorgara una merced de tierras al primer comandante del Tercio de Montañeses, también conocidos como "Cántabros de la Amistad", don Pedro Andrés García. Este Tercio, uno de los cinco que formaron los peninsulares procedentes de otras tantas regiones de España y radicados en Buenos Aires, estaba formado por cuatro compañias, de cincuenta hombres cada una.

 Los españoles que ejercieron la jefatura de esos tercios, según Paul Groussac "revelaron un laudable espíritu de disciplina, designando sin discrepancias a los vecinos mas autorizados y aptos para mandarlos" . Uno de ellos fue Pedro Andrés García. A comienzos del siglo XIX, no era frecuente que se concediera una merced, pues casi dos siglos separaban a esa época de la conquista. La actuación de García era un motivo consistente para justificar esa decisión de Liniers que, al concederle esta merced, mencionó los distinguidos servicios hechos por Pedro Andrés como segundo comandante del Primer Batallón de Cántabros voluntarios de Buenos Aires y su participación en la defensa de la autoridad y el orden contra los insurgentes, durante la asonada del 1º de enero de 1809.

Pero el motivo de peso fue el papel desempeñado por García en la Reconquista y Defensa de la ciudad: "Y siendo este comandante, con su Batallón, el que sostuvo el punto más interesante de la gloriosa defensa del 5 de julio de 1807; el que resistió y logró rendir al General Crawfurd y su columna en el Convento de Santo Domingo, y cuyo golpe obligó al enemigo a capitular". Este reconocimiento hizo Santiago de Liniers en sus últimos días como virrey, dolido como estaba por la muerte de su padre y asediado por las intrigas de sus adversarios. No solo valoró aquel aporte de Pedro Andrés al frente del Tercio de Cántabros sino también el importante donativo de éste para sostener la guerra contra Napoleón, además de los numerosos desembolsos hechos de sus bienes privados para uniformar la mayor parte de su Batallón.

El Virrey destacó "la energía, amor y celo con que ha mantenido a sus hijos en el servicio" , remitiéndose a otras misiones de gran importancia desempeñadas siempre por el coronel, en las que desplegó sus talentos y los conocimientos que había alcanzado en el Río de la Plata. Liniers recordó entonces, que cuando su gobierno se encontraba privado de recursos y desorientado respecto a la forma de sostener las tropas García le propuso algunas soluciones y las realizó el mismo revirtiendo la inacción y el estancamiento de más de ocho meses.

Dos meses antes de dejar su cargo de virrey en manos de Baltasar Hidalgo de Cisneros, Liniers pidió al Rey otorgara a Pedro Andrés esa merced en virtud de tales antecedentes y de los términos de la Real Orden del 13 de enero de 1809, en la que el monarca pidió a Liniers proponer el nombre de vecinos y oficiales que se hayan destacado en la reconquista de Buenos Aires de manos de los ingleses y que no hubieran sido debidamente recompensados, para hacerles objeto de ese reconocimiento. El Coronel Pedro Andrés García de Sobrecasa, tenía entonces 51 años y habían pasado 33 desde su llegada a Buenos Aires en la expedición del Virrey Cevallos.

FUENTE: Extracto de lo publicado por Manuel Rafael García-Mansilla en la Revista Todo es Historia Nº 486, páginas 24 a 34. Buenos Aires, Enero de 2008.

sábado, 20 de noviembre de 2010

20 de noviembre. Por primera vez se festeja a nivel nacional el "Día de la Soberanía Nacional"

Sobre las barrancas del Paraná, en el mismo sitio donde las tropas de la Confederación Argentina enfrentaron hace 165 años a la flota anglofrancesa, se celebrará hoy por primera vez el Día de la Soberanía Nacional. Será en el paraje Vuelta de Obligado, cercano a San Pedro, con la asistencia de la presidenta Cristina Fernández.

Más allá de estrenar un feriado y un fin de semana largo, la conmemoración hace foco en una gesta intencionalmente descuidada hasta ahora por la historia oficial. Como es habitual en los conflictos bélicos, la invasión tuvo como excusa “liberar” al territorio argentino de la “tiranía rosista”. Pero el verdadero motivo fue económico: independizar y fundar la “República de la Mesopotamia”, y hacer del Paraná un río internacional de navegación libre. Había además dos objetivos políticos: debilitar a la Confederación Argentina, y acentuar la secesión de la Banda Oriental, intención que contaba con el apoyo de Francia.

Juan Manuel de Rosas encargó frenar el avance de la moderna flota invasora a su cuñado, el general Lucio Norberto Mansilla. Consciente de la inferioridad de fuerzas, Mansilla se propuso al menos retardar el avance de las naves y, sobre todo, causarles el mayor daño posible. Para eso instaló cuatro pequeñas baterías, y tres cadenas de orilla a orilla en el paraje Vuelta de Obligado, donde el río se angostaba a 700 metros.

“Noventa buques mercantes, veinte de guerra”, recuerda Miguel Brascó en La vuelta de Obligado, que escribió y compuso para el uruguayo Alfredo Zitarrosa. Hoy, Teresa Parodi cerrará el acto a realizarse en el Parque Histórico Natural Vuelta de Obligado cantando ese triunfo.

Sin embargo, la batalla de la Vuelta de Obligado no fue un triunfo, y dejó numerosas bajas argentinas; aunque también las hubo del bando enemigo. Tampoco fue el único combate de la llamada guerra del Paraná. Pero los sucesivos enfrentamientos causaron importantes pérdidas humanas y materiales a la flota enemiga, que decidió emprender la retirada. Al abandonar el Río de la Plata, cumplió con la imposición de disparar veintiún cañonazos en desagravio al pabellón nacional.

Veintiún salvas de honor atronarán hoy en las barrancas. Será después de la Oración a los héroes de la Vuelta de Obligado, que interpretará por primera vez la banda militar “Tambor de Tacuarí” del Regimiento de Infantería Patricios, y que contiene los toques de órdenes de la batalla.



El acto musical comenzará a las 19 con el Himno Nacional, a cargo de la banda de Patricios y del barítono Ernesto Bauer. Para entonces ya se habrán concentrado en el Paraná una decena de naves de la Armada y decenas de embarcaciones deportivas y turísticas, convocadas a través de los clubes náuticos del norte bonaerense.

Será el momento de dejar inaugurado el monumento alegórico ideado por el artista plástico Rogelio Polesello, en el Parque Histórico Natural Vuelta de Obligado, ya preparado con infraestructura definitiva para recibir a los visitantes, incluidos miradores panorámicos, cartelería didáctica y un destacamento de Prefectura.

Los nuevos senderos comunican con el Museo de Sitio Batalla de Obligado y Centro de Interpretación de Flora y Fauna, un emprendimiento que la Dirección de Cultura de la Municipalidad de San Pedro llevó adelante mucho antes de que la Presidenta incorporara por decreto el 20 de Noviembre al calendario de feriados nacionales, y de que la Unidad Bicentenario organizara esta celebración.

También fue previo el hallazgo de más de 120 cartas inéditas sobre la batalla, que salieron a la luz en setiembre. Guardadas en el Juzgado de Paz de San Nicolás, habían pasado muchos años después al Museo y Archivo Histórico Municipal “Gregorio Chervo”, de esa ciudad; y fue el historiador nicoleño Santiago Chervo quien anotició de su existencia al director de Cultura de San Pedro, José Luis Aguilar.

La ceremonia de hoy es la culminación de la Semana de la Soberanía en San Pedro, con quince actividades culturales, deportivas y turísticas. Hoy, la Presidenta recibirá la Orden de la Soberanía Nacional de manos del historiador Pacho O’Donnell y de Luis Launay. Los festejos terminarán con un espectáculo de fuegos artificiales.

A disposición de quienes quieran estudiarlos quedarán los documentos inéditos, ya digitalizados, a la espera de continuar reconstruyendo este tramo de la historia argentina.

FUENTE. Sibila Camps. Diario"Clarin" 20 de noviembre de 2010.

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